Capítulo 13
—¡Tío bueno!
Reí por la entrada de Maya a la habitación del hospital de Alan.
Nuestro amigo sonrió de medio lado, de pie junto a la cama. Estaba completamente vestido, preparado para irse y no volver hasta que tuvieran que quitarle los puntos de la herida externa.
Ni a Maya ni a mí nos sorprendió ver a Claudia en la habitación. Mi amiga y yo habíamos hablado varias veces de ella: de lo que notábamos cada vez que los veíamos juntos y de lo que ambos dejaban ver sin darse cuenta. Era muy evidente.
—Os lleváis a mi paciente preferido, pero hacedme un favor, alejadlo de aquí porque no quiero volver a verlo en el hospital —nos dijo ella, divertida.
—Pues siento decirte que me obligáis a venir dentro de unos días, para los puntos —comentó él, con las cejas elevadas.
—Mientras no pases de los bóxeres de las consultas… —Le hizo un guiño.
—Si por nosotras fuera, no vendría ni a hacerse un control rutinario —hablé.
Las chicas reímos, Alan negó con la cabeza, sonriendo.
—Pero sentimos decirte que, aquí nuestro amigo, tiene la cabeza muy dura y al final acaba haciendo todo lo que quiere —habló con dramatismo Maya.
Claudia rio.
—¿Habéis acabado ya? —nos preguntó Alan.
—Podemos seguir durante un buen rato, así que no tientes a tu suerte —le dije.
Él sonrió de medio lado y tuve que reírme y optar por el silencio, ya que fue una clara advertencia para que más tarde me atuviera a las consecuencias.
—Gracias por todo, Claudia —se dirigió a ella Alan—. A tus compañeros y a todos los que me han atendido, de una manera u otra.
—Gracias a ti, por ser tan buen paciente —le devolvió ella, sonriendo—. Termina de recuperarte bien.
Alan asintió, antes de acercarse a ella para darle un beso en la mejilla. Claudia se lo devolvió, mientras Maya y yo veíamos la escena con una gran sonrisa.
Alan, cuando nos miró, puso los ojos en blanco.
—Chicas, ha sido un placer conoceros —nos dijo.
—Igualmente, Claudia —le sonreí.
Nos dimos un abrazo y después fue el turno de Maya.
—¿Quieres darme tu número de teléfono? —le preguntó mi amiga, sin pensárselo dos veces.
—Eh, claro.
—Podemos quedar para un café o para lo que surja, ¿no?
—Me encantaría —aceptó Claudia.
—Estoy orgullosa de ti —me dirigí a Maya—. De vez en cuando tienes unas ideas brillantes.
Soltamos una carcajada todos. Alan controlando.
—Bueno, cuando queráis nos vamos —habló Alan, divertido—. Ahora que puedo, vais a hacer que me quede más tiempo.
—No seas llorón, guapísimo —le pidió Maya, con una risilla.
—Hoy no dejáis de sumar puntos. Avisadas estáis.
—Oye… —me quejé—. Que ahora no he dicho nada.
—Por si acaso y para la siguiente. —Me hizo un guiño él.
Volvimos a reír y, cuando Maya se grabó el número de Claudia, nos despedimos por última vez de ella. Por este día.
Fuera de la habitación también nos despedimos de las personas que estaban en la pequeña recepción y entonces nos dirigimos hacia el ascensor.
Salimos del hospital sonrientes para dirigirnos a mi coche, ya que pasé a recoger a Maya por su piso para venir a buscar a Alan.
—¿Cuál es el plan? —nos preguntó él.
—Llevarte a casa y que te portes como un buen chico —le contesté, riendo—. Te recuerdo que el doctor te dijo ayer muy claro que te daba el alta hoy si tenías cuidado y te lo tomabas con calma mínimo durante una semana más.
—Escúchame bien. —Lo señaló Maya—. Yo no quiero volver al hospital porque tú seas un culo inquieto. ¿De acuerdo? Déjate de sustos por una buena temporada.
Terminó con un puchero que nos hizo sonreír.
—Joder, no iba a proponer hacer ningún deporte de riesgo ni a ponerme a hacer acrobacias —rio Alan—. Sé muy bien cómo estoy y por lo que hemos pasado todos. Os aseguro que soy el primero en no querer volver al hospital por algo así.
Negó con la cabeza y se paró al inicio del estacionamiento.
—En lo único que estaba pensando es en ir a cenar los tres, aunque sea algo rápido. Estoy harto de la comida del hospital, por muy sana que sea. Pero si no os apetece o no tenéis hambre todavía, no pasa nada.
—Eso no te lo discuto —le dije sonriendo—. Son las siete y media. Entre que llegamos y estacionamos donde sea, serán las ocho o casi, así que es una hora perfecta para cenar. Por mí, sí.
—Buenooo… como es viernesss… ¿Qué te apetece comer? Hoy eliges tú el restaurante.
Volvimos a caminar por el estacionamiento y, cuando nos montamos en mi coche y arranqué, salí del aparcamiento sin saber qué dirección tomar. Alan comenzó a dudar y Maya a darle opciones que entre ambos acababan descartando.
Sonreí porque me encantaba volver a la rutina de siempre, a la que te hacía sentir como en casa, con la gente que tanto quieres y que es hogar para ti.
—Vamos al centro y allí decidimos entre las posibilidades que hay —comenté, haciéndolos callar—. Tenemos variedad para lo que más te apetezca, seguro que te decides allí.
Miré a Alan por unos segundos. Estaba sentado a mi lado, en el asiento del copiloto.
—Buena idea —me dijo con un guiño.
—Vamos al centro —se animó Maya.
Sonreí y continué circulando por donde iba, ya que nos dirigíamos a la dirección correcta.
Veinte minutos después, con Alan despidiéndose de mi padre por teléfono, después de haber hablado con mi madre, nos bajamos del coche y recorrimos la calle en la que había estacionado.
En cuanto llegamos a la zona más animada, nos paramos observando el movimiento que había.
—¿Qué decís? —les pregunté.
—Y, si os digo que me apetece más cenar unas tapas, ¿qué? —nos preguntó Alan.
—A mí me parece una idea estupenda —acepté.
—Unas tapas y unas cervezas siempre son bien recibidas —estuvo de acuerdo Maya.
Teniendo claro lo que queríamos, por fin, nos dirigimos a uno de los bares que más nos gustaba para tapear. Este era el segundo, porque el primero se encontraba en otra zona.
—¿Estás cansado? —le pregunté a Alan, cuando Maya se adelantó para ocupar una mesa en la terraza.
—Un poco, pero es normal —me sonrió—. Moverse tanto en el día a día, no es lo mismo que los paseos que daba en el hospital.
—En la calle haces más esfuerzo por todo, pero no nos damos cuenta a diario porque nos encontramos bien.
—No te preocupes. Estoy genial, con vosotras y a punto de comer unas tapas. Me han entrado muchas ganas de repente.
Rio y sonreí.
—Me alegro.
Me agarré de su brazo y caminamos los últimos metros hasta la mesa de esa manera.
—Pero si en algún momento te encuentras muy cansado o te da un bajón, dilo. ¿Vale?
—Tranquila. He aprendido la lección —dijo con una media sonrisa.
—Lo dudo. —Bufé, poniendo los ojos en blanco.
No dijo nada más al respecto, pero no hizo falta porque su sonrisa se amplió y con eso lo dijo todo.
Nos sentamos a la mesa con Maya y enseguida pedimos tres cervezas, la mía sin alcohol, y varias tapas para empezar y para terminar, porque me dio la sensación de que lo cogimos con muchas ganas y pedimos demasiado.
—¿Has hablado con el trabajo? —le preguntó Maya.
—Sí. Todavía estoy de baja, pero me pasaré un día de estos —contestó Alan—. Durante unos días no quiero moverme mucho.
—Aleluya. —Levanté los brazos haciéndolos reír—. Ni se te ocurra hacer nada en el piso, mi madre y yo hace un par de días que fuimos a limpiártelo —le informé—. También tiramos la comida que estaba mala, tanto fuera como dentro de la nevera.
—Gracias —me sonrió con cariño y le hice un guiño—. Ya me ha dicho tu madre que a primera hora de la tarde ha ido con tu padre a mi piso. Me ha dejado la nevera bien cargada con recipientes de comida, para que no tenga que preocuparme durante varios días.
—Pues ya puedes comer rápido, porque mañana aparece con más —le advirtió Maya.
Soltamos una carcajada porque no iba desencaminada. Aunque todo tenía solución, ya que la mayoría de las comidas de los recipientes podrían meterse en el congelador. Mi madre lo pensaba todo muy bien.
Nos trajeron la bebida e hicimos un brindis por nosotros y más momentos como este.
Me llevé el botellín a los labios, observando con calma alrededor. A esta hora de la tarde, y como todavía estaban los comercios abiertos, había mucho movimiento.
En un momento dado, cuando iba a volver la atención a mis amigos, fruncí el ceño al notar algo raro junto al toldo de uno de los comercios. Me quedé mirando hacia ese sitio concreto, como si algo me obligara a no apartar la vista.
Me había parecido ver un movimiento y a alguien parado ahí, pero era muy difícil saber si estaba en lo cierto porque en un parpadeo había desaparecido tan rápido como apareció.
Durante unos segundos no aparté la vista, pendiente de si sucedía algo, por tonto que fuera. Lo mismo había sido el dueño del comercio o lo mismo todo era producto de mi imaginación.
Terminé soltando un suspiro, por lo tonta que me sentí, y sacudí la cabeza, antes de dirigir la atención a mis amigos.
Sonreí al escuchar lo que estaba diciéndole Maya a Alan. Él estaba haciendo un esfuerzo por no reír.