Capítulo 12
—¿Qué te parece este? —le pregunté a Eva.
Ella negó con la cabeza, lo mismo que había hecho ya varias veces.
Nada le parecía bien y, por supuesto, tampoco el nuevo pantalón que le enseñé.
Solté un suspiro mientras devolvía la percha a su sito.
—Oh, joder, ¿por qué me habéis llamado para acompañaros? —preguntó en voz alta Maya—. ¿Habéis visto este vestido? Dios, me he enamorado —alzó la voz y soltó un pequeño grito.
Se giró con el vestido en alto pegado al cuerpo y una sonrisa de oreja a oreja. Eva y yo reímos.
—Te recuerdo que era Eva la que quería comprarse un par de pantalones y una chaqueta —le dije.
—Y yo creo que hoy Eva va a ser la última en llevarse algo, si es que lo encuentra. No tienes el día, preciosa —le habló Maya.
—Llevo varios días sin que sea mi día —admitió Eva.
Rio, pero fue de esas risas que no tenían ninguna gracia.
—A ver, a ver. ¿Qué está pasando aquí? —le preguntó Maya, acercándose.
—Jon y la idiota de Mariam, eso pasa —le contestó Eva, antes de girarse para continuar pasando perchas.
Maya me miró y me encogí de hombros, negando con la cabeza.
—¿De qué Mariam estamos hablando? —Quiso saber Maya, con el ceño ligeramente fruncido.
—De una compañera de la universidad —le contesté—. Te hemos hablado alguna vez de ella, pero hacía tiempo que no la mencionábamos.
—Fue la que, hace meses, extendió la mentira de que yo me había acostado con Santi, otro compañero que siempre pasa de los rumores.
—La mentira que Santi y Eva desmintieron tardó largas semanas en olvidarse. Ambos estuvieron en boca de todos en la universidad, alumnos y docentes —dije recordándolo.
—Me acuerdo de que me dijiste que él lo pasó peor —comentó Maya dirigiéndose a mí.
—Sí, porque está casado y tenía miedo de que esa mentira llegara hasta su mujer, de alguna manera.
—Ya me encargué yo de hablar con Belén, la mujer. Le conté lo que había pasado, lo mal que me sentía y de quién sí estaba enamorada —suspiró Eva—. Me ayudó mucho. Fue un gran desahogo y apoyo. Desde entonces somos amigas. Gané yo —sonrió Eva.
—Joder —se sorprendió—. ¿Te ha hecho algo más esa Mariam? —le preguntó con rabia Maya.
—Ir descaradamente detrás de Jon —contestó.
—Entiendo. ¿Qué hacemos? ¿Cómo podemos ponerla en su sitio?
Apreté los labios por la decisión con la que habló Maya, dispuesta a lo que dijéramos.
—No voy a hacer nada —dejó claro Eva—. Jon ya es mayorcito para saber qué camino tomar.
Y no me refiero a que quiera algo conmigo, porque eso está claro que no va a pasar nunca.
—Hizo una mueca—. Me he referido a que sabe cómo es Mariam, así que si quiere y permite que se le acerque, es cosa suya.
Lo que está claro es que yo no voy a estar a su lado cuando ella aparezca.
—Ni yo, por mucho que me pese por Jon —confirmé.
—Vaya mierda. ¿Jon, qué dice?
—Por no hacerle feos y que Mariam no suponga un problema para nadie, le sigue el rollo —le contesté.
—Eso o le gusta de verdad. A saber —añadió Eva—. No quiero mirar nada más hoy. Como habéis dicho, no es mi día y estoy cansada de que nada me parezca bien.
—Me pruebo el vestido y, si me gusta, lo compro y nos vamos. ¿Vale?
—Ve —animé a Maya.
Agarré del brazo a Eva y seguimos a Maya. Se adelantó para llegar antes a los probadores.
Cuando salió con el vestido puesto, para enseñárnoslo, le silbamos y le insistimos en que le quedaba genial. Era cierto y por eso mismo Maya salió feliz del probador y pagó de la misma manera. El vestido era un chollo, tenía descuento y le costó poco.
Una vez fuera de la tienda de ropa, caminamos por la acera dando un paseo.
—¿Os apetece tomar algo? —nos preguntó Maya—. Son las siete, es buena hora.
—Por mí sí —acepté.
—Vale —se animó Eva—. Os invito yo, que con las vueltas que os he hecho dar por las tiendas… Total, para nada.
—De eso nada, monada —le dijo con gracia Maya y reímos—. Lo de esta tarde es algo normal en Lía y en mí.
—Sí —confirmé, sonriendo—. Muchos de los días que salimos de compras llegamos a nuestros pisos con las manos vacías, pero no el estómago.
Reímos.
Continuamos caminando hasta que encontramos una cafetería. Ocupamos una mesa en la terraza y, cuando el camarero vino a atendernos, Eva pidió un café con hielo y Maya y yo un batido cada una. El suyo de chocolate negro y blanco, y el mío de fresa y plátano.
Aunque las dos terminaríamos bebiendo del batido de la otra, como siempre.
—Venga, alegrad esas caras, que mañana es viernes. Por fin —nos pidió Maya.
—Qué ganas —suspiró Eva.
—Y Alan sale del hospital —dije animada.
—Es verdad —comentó Eva—. Tengo la cabeza fatal.
Puso los ojos en blanco.
—Dadle recuerdos de mi parte.
—De Jon, ¿no? —la picó Maya.
—Que se los dé él.
Maya rio y yo sonreí.
—Él no sabe lo que sientes, por lo que no tiene ni idea de lo que te pasa —le dije a Eva—. Tanto Jon como yo sabemos que lo que te hizo Mariam hace meses hace tiempo que te da igual.
—Debes tener al pobre hombre loco —comentó con diversión Maya.
—Como no es la locura que quisiera, que se aguante.
Se encogió de hombros.
—Y digo yo… no sé, por aportar algo de cordura a la situación —carraspeó Maya—. ¿No sería mejor que le hablaras claro?
Eva no llegó a responder al momento, ya que el camarero regresó con lo que le habíamos pedido. Las dejé calladas y sin opción cuando me adelanté y pagué la cuenta.
Saqué la pajita de la protección y la metí en el batido, para darle el primer sorbo. Maya hizo lo mismo y después nos intercambiamos los batidos, para repetirlo. Hasta que los batidos de cada una volvieron a su sitio.
—¿Quieres probarlo? —le pregunté a Eva.
—No, gracias. Esta mañana he decidido que voy a ponerme a dieta.
Asintió, como dándose ánimos a ella misma.
—¿Tú? ¿A dieta?
Maya habló sorprendida y con razón, porque Eva estaba perfecta.
—¿De dónde quieres perder? —insistió Maya.
—Será que no tengo culo y caderas. Y paro de contar que me deprimo. —Bufó Eva.
—¿Tú la estás escuchando? —se dirigió a mí Maya, sin borrar el asombro de su cara.
—Sí, y me gustaría saber dónde ve que le sobra de culo y de caderas. O de otras partes.
Arqueé una ceja.
—Necesito perder unos kilitos —suspiró.
—¡Si estás genial! Una mujer con curvas es un espectáculo —le dijo Maya.
—Y tú tienes las curvas perfectas en sus sitios —añadí—. ¿Por eso esta mañana solo has desayunado un café con leche?
Fruncí el ceño.
—Es que no tenía hambre.
Se encogió de hombros.
—Podría haberme comido una tostada, pero no me ha apetecido —explicó Eva.
—Vale —di como bueno—. No dejes de comer.
Fue una advertencia en toda regla. Eva me sonrió con cariño y negó con la cabeza.
—Cuidarse está bien —comentó Maya.
—Eso es lo que quiero hacer y si en el proceso pierdo unos kilos, pues mejor.
—Un momento —nos pidió.
Buscó en su bolso, hasta que encontró el móvil. Estaba sonándole.
—Es mi madre —dijo antes de descolgar.
—Habla tranquila.
Me sonrió y se levantó para separarse unos metros. No se alejó mucho.
—¿Crees que lo de adelgazar es por lo de Jon? —me preguntó Maya, hablando bajo.
—Sí.
No dudé en responder, mientras miraba concentrada a Eva.
—Joder. ¿No puedes hablar con él? No sé, hacerle comentarios que lo dejen pensando.
O yo qué sé. No puede ser que después de tantos años Eva siga enamorada de él y que él no tenga ni puñetera idea.
¿Qué pasará cuando os cuente otra vez que se ha liado con una tía?
Porque lo hará, y estará en todo su derecho de hacerlo.
—No voy a traicionar la confianza de Eva, al igual que no traicionaría nunca la tuya.
La miré e hizo una mueca.
—Vale —suspiró—. Ya me has ganado.
Sonreí.
—Pero sí puedo hacerle ver a Jon ciertas cosas que Eva se ha encargado de ocultar muy bien. Un comentario por aquí, un toque de atención por allá, disimuladamente…
—Esa es mi chica —me dijo, riendo.
—Lo primero es que aleje a la tal Mariam de él. Sería genial que le dejara las cosas claras. Porque tú no crees que a él le guste, ¿no?
—Qué va. Pasa de ella y la aguanta por respeto. Ya está.
—Pues esa no tuvo mucho respeto con Eva hace meses, cuando tuvo la maldad de hablar de ella con mentiras. —Bufó.
—No la tuvo y Jon lo sabe. Él se enfrentó en su momento a Mariam, pero fue Eva la que nos pidió que hiciéramos como si nada hubiera pasado, después de un tiempo. Jon ha actuado normal, el problema es que viven en la ignorancia con Eva.
—Ábrele los ojos —susurró.
—Haré lo que pueda sin que sea obvio y sin perjudicar mi amistad con ambos.
—Pues ya está. Arreglado.
—Queda bastante para eso, pero bueno…
Reímos. De esa manera nos encontró Eva, cuando volvió a su silla después de hablar con su madre.