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Capítulo 11

—Vale. De tu parte —le dije a mi madre.

—Dile que cuando salga le prepararé su comida favorita, para que se dé más prisa en recuperarse.

Reí.

—Como si fuera así de sencillo, mamá —le dije divertida—. Alan está haciendo todo lo que puede, a ver si te piensas que le gusta estar en el hospital.

—Bueno, bueno… Se lo hacen todo, solo tiene que dar paseítos, vive la mayor parte del tiempo en una cama…

—Anda qué…

Volví a reír.

—¿Te cambiarías por él?

—No —contestó tajante.

—Pues ahí lo tienes.

—Vale. Esta vez ganas tú. —Bufó.

—Como en muchas otras ocasiones —sonreí.

—Dale muchos besos a Alan y amenázalo si hace falta para que salga de ahí.

—Lo haré todo. No te preocupes.

Estaba riendo con mi madre cuando de repente, sin verlo venir porque me pilló despistada en ese momento, el móvil se me cayó de la mano y di varios pasos hacia atrás, desestabilizada por el impacto que me llevé al encontrarme de golpe con una barrera fuerte e inesperada en medio del camino. Una que no debía estar.

Una mano me sujetó con fuerza de un brazo y gracias a eso no perdí la estabilidad.

Cuando levanté la mirada, me encontré con unos ojos muy oscuros que me dejaron sin respiración. No supe si fue por el color tan extraño de los ojos, pero estos transmitían una intensidad que no me permitió reaccionar durante unos largos segundos.

—¿Hija? ¿Hola? ¿Ha pasado algo?

La voz de mi madre, por alguna parte, me hizo abrir mis ojos al máximo.

Me solté de su mano dando un tirón de mi brazo y miré al suelo, para buscar mi móvil. Por suerte, lo encontré sobre la hierba. Se libró de la caída contra el suelo asfaltado del camino.

Me agaché rápido y me llevé el teléfono a la oreja, mientras me incorporaba despacio.

—Sí. Estoy aquí, perdona. Se me ha resbalado el móvil de la mano.

Miré de reojo al hombre que me observaba con atención. Arqueé una ceja, pero él no respondió de ninguna manera. Se mantuvo serio.

—Ay, hija —rio—. Espero que no se te haya dañado.

—Mi teléfono está bien. Mamá, te dejo. Voy a entrar al hospital.

—De acuerdo, cariño. Que vaya bien.

—Igualmente. Besos para papá.

Colgué la llamada y me guardé el móvil dentro del bolso.

—¿Qué miras y qué haces aquí todavía? —le pregunté.

—Quería interesarme porque estuvieras bien.

—Gracias, pero me ves perfectamente. Estoy de maravilla. Lo que no hubiera sucedido si llegas a romperme el móvil.

Me crucé de brazos.

—La que has chocado conmigo has sido tú.

Elevó las cejas. Por fin una reacción en su expresión.

—Y tú el que estabas parado como un monigote en medio de un camino por el que pasa mucha gente. No es muy ancho que digamos, para que las personas puedan pasar por tus lados.

—La hierba no quema.

Ladeó un poco la cabeza.

—Pero a mí no me da la gana de mancharme las deportivas. —Bufé.

Eso era una gran mentira. Me daba lo mismo pisar la hierba y, de hecho, era lo que haría dentro de muy poco, cuando saliera con Alan a que le diera el aire. Así lo hicimos la tarde anterior que lo dejaron salir del edificio.

—No voy a discutir por una tontería —me dijo.

Sonreí de medio lado.

—Exacto. Es la primera vez que abres la boca para decir algo sensato.

Di un paso hacia él para dejarle claro mi mensaje. No se apartó, como era mi intención. En cambio, nos quedamos mirándonos a los ojos demasiado cerca.

Sus ojos… eran negros o lo parecían. Nunca había visto unos iguales e impresionaban. Mucho.

Al final de retarnos con la mirada, acabó echándose a un lado para dejarme pasar.

—Gracias y adiós —le dije, susurrando.

Me alejé de él caminando rápido por el camino y tuve que obligarme a no mirar por encima del hombro.

En cuanto traspasé la puerta del hospital, hice una respiración profunda y continué sin pararme hasta el ascensor. No tuve que esperar mucho para que las puertas se abrieran delante de mí. Entré y subí a la segunda planta, en la que me dirigí a la habitación de mi amigo.

—Hola —saludé, sonriendo al ver la escena que me encontré.

Junto a Alan estaba la enfermera que nos ofreció a Maya y a mí dormir en la cama de al lado de nuestro amigo, la primera noche. Cama que todavía no había ocupado otro paciente.

A ella la encontré riendo y a él sonriendo. Con una sonrisa que conocía muy bien.

Apreté los labios mientras me acercaba a la cama.

—Hola —me saludó la chica.

—Hola, preciosa —fue el turno de mi amigo.

—Te veo genial —le dije.

Me incliné para darle un beso en la mejilla. Yo también recibí el suyo.

—¿Cómo está, enfermera?

—Llámame Claudia —me pidió sonriente.

—Vale, Claudia. —Asentí.

—Mejorando estupendamente. Se lo he dicho en cuanto he entrado, si sigue recuperándose de esta mañana, le darán el alta en un par de días.

—Qué buena noticia.

Miré a Alan.

—Sí —me dijo con un guiño—. Aunque a mí me gustaría más poder irme ya.

—Eso no va a poder ser —rio Claudia—. Todavía te veremos un poco más por aquí. —Le hizo un guiño.

Él sonrió de medio lado.

—¿Vamos a dar el paseo de la tarde? —me preguntó Alan—. Necesito moverme de esta cama y alejarme de esta habitación —suspiró.

—Claro. Hace un sol precioso, en el jardín se está de maravilla.

La enfermera asintió, dándome la razón y también dándole permiso para salir una vez más.

—Que disfrutéis —nos deseó Claudia, antes de dejarnos solos.

Se lo agradecimos y, cuando se fue, rodeé la cama para ir hacia el lado por el que se bajaba Alan.

No lo ayudé porque quería hacerlo él solo. Al incorporarse para quedarse sentado, su expresión cambió para mostrar un poco de molestia, pero pasó rápido.

Bajó al suelo con cuidado y le acerqué las zapatillas de estar por casa, para que se las pusiera.

—Gracias —me sonrió cuando me puse de pie.

—No me las des tanto porque vas a pagarme caro cada dolor de cabeza, miedo y tristeza que me has hecho pasar —le dije con diversión.

—¿Cómo de caro?

Me pasó el brazo por encima de los hombros. A modo de abrazo y también de apoyo. Fue el del lado que tenía bueno, lógicamente.

—Tienes muchos meses para descubrirlo —reí.

Salimos de la habitación, caminando con pasos tranquilos. Fuera, Claudia nos saludó con una mano y ambos le correspondimos de la misma manera.

Seguimos caminando hacia el ascensor y durante el recorrido hicimos pequeñas pausas cuando Alan lo necesitó.

—Joder, qué gustazo —dijo mi amigo, en cuanto sintió el sol.

—Sí. Qué poco se valora en el día a día —comenté pensativa.

—Ya te digo. Pero como todo lo importante y que realmente tiene valor.

Asentí dándole la razón, mientras bajábamos despacio las escaleras de la entrada del hospital.

Había una rampa, pero Alan podía bajar las escaleras sin problema.

Nos dirigimos hacia uno de los bancos a los que daba el sol y, cuando estábamos cerca, la vista se me fue al camino principal que llevaba a la entrada del hospital.

El hombre con el que choqué ya no estaba. Lo raro hubiera sido que permaneciera todavía en el mismo sitio.

Pensando en las posibilidades y recordando su cara, no caí hasta ese momento en que tal vez alguien cercano a él estaba grave en el hospital y ese hombre no se encontraba bien por eso. Y a mí no se me había ocurrido otra cosa que enfrentarlo cabreada.

Solté un suspiro cuando llegamos al banco y sonreí al ver a mi amigo sentarse con mucho cuidado.

—Lo estás haciendo muy bien —lo felicité.

—Gracias. Ya podría estar en casa, pero siguen controlándome la herida del riñón.

—Da igual el tiempo que estés aquí. Lo importante es que salgas recuperado del todo.

Le di un beso en la mejilla y apoyé la cabeza en su hombro.

—¿En qué pensabas mientras veníamos al banco?

—¿Yo? En nada.

—Claro. Como que no te conozco —habló con diversión.

—Estaba pensando en un hombre que había en el camino de la entrada del hospital.

Me he chocado con él al llegar, porque iba distraída hablando con mi madre por teléfono.

Pero ahora me ha dado por pensar que me ha molestado cómo ha reaccionado y que estuviera molestando en el paso, pero es que tal vez él no estaba bien si tenía algún amigo o familiar dentro del hospital.

Una tontería porque ya no puedo disculparme, así que…

Me encogí de hombros.

—Es un pensamiento muy bonito.

Sonreí.

—Tú estás muy sensible, ¿no?

—El hospital saca lo mejor de mí.

Reímos. Alan haciendo presión en la barriga, hacia el costado dañado, y teniendo mucho cuidado.

—¿No será que cierta enfermera está sacando esa parte de ti? —le pregunté con diversión.

—No empieces —me pidió de la misma manera.

—Claudia se ve muy buena chica. Es muy simpática y muy, muy guapa.

—Lía… —me advirtió, sacudiendo la cabeza.

Reí feliz por estar con mi amigo.

—Mi madre te manda besos.

—Más tarde la llamo y se los devuelvo.

Estaba sonriendo, pero la sonrisa murió en mis labios cuando, mirando hacia delante, a los árboles que hacían de barrera natural con el estacionamiento y la acera, vi al mismo hombre del que le había hablado a Alan.

No le dije nada a mi amigo. Solo me quedé observando a ese hombre con mucha atención. Me sorprendí porque él estaba haciendo lo mismo hacia nosotros, al menos eso pensé porque por la distancia…

Fruncí el ceño.

—Al mediodía me ha llamado Maya —me dijo Alan.

—Me lo ha dicho cuando yo venía hacia aquí.

Separé la cabeza de su hombro y giré la cara hacia él, para sonreírle. Cuando volví a mirar entre los árboles, el hombre con el que choqué al llegar ya no estaba.

Recorrí con la vista toda la zona de delante y un poco más allá, hasta donde me alcanzaba la vista, pero había desaparecido.