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Capítulo 10

—Buenos días, profesora maciza.

Solté una carcajada al escuchar a Jon.

Cuando levanté la cabeza, lo vi apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Tenía una sonrisa pícara en los labios.

—Buenos días, compañero pelmazo.

—¡Auch! Eso ha dolido.

—Asúmelo y sigue adelante —le dije.

Reímos.

Cogí los dos libros que había utilizado para la clase y caminé hacia la puerta, bajando los escalones de la tarima.

—Hola, preciosa.

—Hola, guapo.

—¿Qué tal estás hoy?

—Descansada y con más energía —le contesté con un guiño.

—Me encanta oír eso. ¿Y tu amigo?

Salimos del aula y comenzamos a caminar por el pasillo.

—Mejorando —le respondí con una gran sonrisa—. Alan pasó ayer el día regular porque era muy reciente, pero hoy, cuando he ido a verlo temprano, antes de venir al trabajo, lo he visto más animado.

—Eso es muy bueno. —Asintió.

Jon era el compañero que llamé el día anterior, por la mañana, para decirle que no podía venir a la universidad. Después de contarle rápido los motivos, él se encargó de encontrar al rector y comunicárselo.

Yo hablé con él a media mañana, porque sabía que era cuando el hombre comenzaba a estar más activo.

La universidad era mi lugar de trabajo y mi profesión era la de profesora de biología, de bioquímica y de genética. Impartía esas tres asignaturas en horarios repartidos durante la semana. Siempre en el turno de mañana.

—¿Has visto a Eva? —le pregunté por otra compañera.

Jon y ella eran las personas más cercanas que tenía en la universidad, mis amigos dentro y fuera de estas paredes.

—Está fuera esperándonos. En el jardín.

—Vale —sonreí—. Adelántate si quieres con ella, mientras voy a mi despacho para dejar los libros y coger el monedero.

—¿Qué más da esperar fuera que dentro? Te acompaño.

Recorrimos los diferentes pasillos y las escaleras que nos llevaban hasta mi despacho.

Había ascensor, pero desde que comencé a trabajar aquí, y de eso ya hacía seis años, solo lo utilicé una vez. Lo evitaba a propósito, para esforzarme en hacer ejercicio. Por poco que fuera, al menos me movía a pie.

Frente a la puerta de mi despacho, la abrí y fui directa a la mesa. Dejé los libros en ella y me dirigí al lado derecho, donde estaba el armario. Dentro de él tenía el bolso.

Cogí el monedero y volví junto a mi compañero. Jon me esperó en el hueco de la puerta.

El móvil lo llevaba en un bolsillo del pantalón, por lo que me llevé todo lo necesario para desayunar.

Me guardé el monedero en un bolsillo delantero y cerré con llave. Recorrimos el mismo camino, pero esta vez yendo hacia la salida del edificio.

Estábamos en el principal, donde se impartían la mayoría de las clases.

El buen día nos recibió una vez pisamos el jardín.

La universidad era preciosa, al igual que el entorno que la rodeaba. Era una construcción antigua, pero muy bien mantenida y por dentro reformada por completo. Guardaba mucho encanto.

En los exteriores estaba rodeada por jardines y otros edificios, como la biblioteca o donde estaban los laboratorios para impartir todas las clases prácticas. También estaba el edificio de la cafetería, que era hacia el que me dirigía con Jon y Eva.

A ella la encontramos sentada en un banco, con la cara hacia arriba para que le dieran bien los rayos del sol.

—¿Café o sol? —le preguntó Jon, haciéndola reír.

—Menuda pregunta —habló ella con diversión—. Un buen café disfrutando del sol. Ya estás tardando en traérmelo.

Reímos.

Eva se levantó y se agarró de mi brazo.

—Me alegro de verte con tan buena cara —me dijo.

—Gracias.

—¿Cómo sigue Alan?

Le conté lo mismo que a Jon. Tanto Eva como Jon sabían bien lo que le sucedió a Alan. Sabían que era policía y pude sincerarme con ellos, hasta donde sabía.

—Se lo he dicho a Jon. Esta mañana me he pasado temprano y lo he visto mejor. Tenía hasta mejor color.

—Claro. Poco a poco —me sonrió.

Comenzamos a caminar por el camino que llevaba hasta el edificio de la cafetería, mientras ellos me contaban cómo les fue el día anterior que yo falté.

Al entrar en la cafetería, fuimos directamente a la barra e hicimos la pequeña cola que había para que nos atendieran.

Cuando fue nuestro turno, una vez mis amigos pidieron, yo me pedí un café con leche, una botella de agua, y un bocadillo vegetal pequeño.

—Aquí tenéis —nos dijo la chica que nos atendió.

Nos hizo un guiño y se apartó para atender a otros clientes. Jon cogió de la barra la chapa con el número que nos había tocado y buscamos una mesa.

Por suerte, encontramos una pegada a una de las grandes cristaleras que había. La ocupamos y, una vez sentados, miramos hacia la pantalla en la que iban apareciendo los números de los pedidos. Cuando eso sucedía, había que ir a buscarlo al final de la barra.

Este método solo lo utilizaban en los momentos en que había mucho trabajo. Había días que a esta misma hora la cafetería estaba bastante más vacía y pedías en la barra como habíamos hecho, pero te lo traían a la mesa.

—Voy yo —dijo Jon.

Se levantó cuando nuestro número apareció en la pantalla.

—¿Puedes con todo? —le preguntó Eva.

—Preciosa, la duda ofende —dijo riendo él.

Ella sonrió.

De esa manera la observé yo, sin que mi amiga se diera cuenta. Estaba demasiado entretenida observando de espaldas a Jon. Y sí, bien merecía la pena. Nuestro amigo tenía a muchas alumnas suspirando por él, al igual que alguna profesora. Eso que supiéramos…

—¿Quieres una servilleta para la baba? —le pregunté.

Eva se puso sentada recta en la silla y me miró.

—Lo digo porque ya mismo se te cae al suelo y no voy a poner en peligro mi desayuno, para que Jon se resbale. Tengo mucha hambre —sonreí de medio lado.

Ambas soltamos una carcajada.

—Ya te vale. —Sacudió la cabeza.

—Como si hubiera dicho alguna mentira —sonreí.

—No —me confirmó, con un suspiro—. Ayer vinimos a desayunar y, sin invitarla, Mariam se sentó a nuestra mesa.

—Y te dio el desayuno.

Asintió.

—Entre las miraditas que le lanzaba a Jon, los roces como si fueran casuales y que ella controló y acaparó la conversación en todo momento, puedes hacerte una muy buena idea de cómo terminé.

Se encogió de hombros e hice una mueca.

—Me giró el día. —Bufó—. Tuve muy mala leche y no hubo manera de remontar porque encima, cuando me iba para casa, volví a verlos juntos en el estacionamiento.

Miró de reojo hacia la izquierda y me hizo un gesto disimuladamente, para avisarme de que Jon venía ya.

—Vale.

Ambas miramos hacia nuestro amigo, aunque Eva soñara desde hacía bastante tiempo con ser algo más. Llevaba enamorada en secreto de Jon cuatro años, o quizás más, ya que quizás se dio cuenta, pero puso por delante la amistad.

—Para la gente que hay ha sido rápido —nos dijo Jon.

Le sonreímos.

—¿Qué? —nos preguntó.

—Nada —respondí rápido—. Que como no pongas ya la bandeja en medio para que coja lo mío, devoro lo primero que alcance.

—Ya ves tú qué problema si coges mi bocadillo —me dijo con un guiño.

—Ah, pues a mí no me da igual —habló Eva—. Llevo soñando con mi bocadillo de tortilla desde que vine a por el café de primera hora.

Le quitó la bandeja a Jon y la deslizó por la mesa, para dejarla en el centro. Jon y yo reímos.

Cada uno se puso delante su comida y bebida y dejamos la bandeja a un lado, apartada. Íbamos a comenzar a desayunar, pero…

—Hola, chicos.

Eva me dio una patada por debajo de la mesa e hice una mueca, intentando disimular. Levanté la mirada para ver a Mariam junto a nuestra mesa.

—¿Te importa que me siente a tu lado, Alan?

Colocó su bandeja en la mesa, cerca de él.

—Es que Sofía no ha venido hoy —se justificó Mariam.

—¿Qué pasa, que no hay nadie más que Alan en esta mesa? —le preguntó Eva, de mala gana—. Tendremos que aceptar todos, no solo él.

—¿Hay algún motivo por el que no me quieras aquí? —le preguntó Mariam, con malicia.

—¿Qué te parece que mis amigos son ellos dos? —Nos señaló a Jon y a mí—. No tú. Así que para mí sobras porque si estás, no puedo hablar con total libertad con mis amigos —remarcó la última palabra, para darle más énfasis.

—Eva. Tranquila —le pidió Jon, con cara de no saber qué le pasaba.

—Yo estoy tranquilísima, pero ya tuve bastante con aguantarla ayer. A la misma que creó un rumor de mí hace meses.

—¿Todavía sigues enfadada por eso? —rio Mariam—. Por Dios, Eva, ¿cuándo vas a madurar? Fue una broma y ya está olvidada por todos. Sobre todo, por el profesorado.

—No vayas tan de sobrada porque puedo hacerte desaparecer esas risas y las sonrisas en un segundo —le advertí, cabreada.

—¿Tú también? —me preguntó, sorprendida.

—Vamos, chicas, que haya paz —nos pidió Jon, incómodo.

Pude ver el desastre antes de que sucediera, antes de que estallara por los aires. Y así fue.

—Mariam, puedes sentarte con nosotros —le dijo Jon—. Pero mañana volvemos a la normalidad —le remarcó serio—. ¿De acuerdo?

—Claro.

Ella le sonrió de oreja a oreja, al haberse salido con la suya.

—Estupendo. Jodidamente estupendo —Bufó Eva.

Lanzó una de las servilletas con rabia y derramó parte de su café con leche, cuando se levantó con mucho ímpetu, arrastrando la silla.

—Que se os indigeste el desayuno —siseó, antes de darnos la espalda.

Eva se fue caminando rápido, sin molestarse en mirar atrás. La seguí con la mirada, también cuando pasó por nuestro lado desde el jardín, caminando por fuera.

Cuando miré a Jon, tenía cara de desconcierto y de culpa. Mucha culpa.

No me molesté en hablar, pero no por mi amigo. Él no se dio cuenta de que iba a cagarla a lo grande, ya que el dolor de Eva no era por lo que le hizo meses atrás Mariam, sino porque le dolía verlos juntos y ver cómo esa hacía todo lo posible por acercarse a Jon.

Ni siquiera miré hacia ellos, para no encontrarme con la mirada de Mariam. Sabía que estaba observándome y yo estaba muy calentita a estas alturas. Por muchos motivos. Evité estallar para no liarla bien liada.

Me concentré en coger las servilletas del plato de Eva y del mío, y envolví bien los bocadillos en ellas. Jon vio sorprendido cómo me levantaba despacio con los bocadillos y mi botella de agua.

—Nos vemos más tarde —me dirigí a mi amigo.

Después, conteniéndome, dirigí la vista a Mariam.

—Por tu bien te aviso de que hoy no vuelvas a cruzarte conmigo por ninguna parte de la universidad. Si me ves, vete lejos. Avisada estás.

Con esas palabras me fui a buscar a Eva. Tenía una buena idea de dónde encontrarla y no me equivoqué. Estaba sentada en las gradas del campo de fútbol, a la sombra.

Subí las escaleras y, cuando llegué a su lado, me senté en el asiento de su derecha.

—Toma.

Le di su bocadillo y dejé la botella de agua en medio, para las dos.

—Gracias —susurró.

—Me has dejado sin café y eso es muy, muy grave.

Intenté decirlo en broma, aunque era una gran verdad.

—Lo siento.

Bajó la mirada a su bocadillo y lo abrió despacio, apartando la servilleta.

—No tengo hambre.

—Vamos, Eva. Esa tía no merece que te pongas así por ella.

—Duele. ¿Sabes?

—Lo lamento. Tienes razón —suspiré—. Solo quería animarte. Si yo estuviera en tu lugar, ya la habría arrastrado de los pelos.

Nos miramos y soltamos una carcajada. Las risas nos duraron un rato, en un ataque que nos costó controlar.