No entrabas en mi temario Capítulo 9
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Capítulo 9

Dentro del ascensor, Maya pulsó el botón de la segunda planta.

Acababan de decirnos que Alan ya estaba ahí, en la habitación doscientos once.

Sonreí al mirar a mi amiga. Se había despertado de golpe y tenía cara de dormida. Yo lo máximo que había podido hacer había sido cerrar los ojos, para descansar la vista.

—¿Estará despierto? —me preguntó.

—No lo sé.

Asintió y se quedó mirando fijamente la puerta. Yo hice lo mismo, hasta que se abrió y nos dio paso a la segunda planta. Fuimos directas al número de habitación y, al llegar, como la puerta estaba abierta de par en par, entramos silenciosas.

Nos paramos en cuanto la cama en la que estaba Alan se hizo visible. Tragué saliva, antes de acercarme con cuidado a un lateral. Maya se puso en el otro.

—Alan —lo llamé susurrando, inclinada hacia él.

Nuestro amigo no reaccionó de ninguna manera.

—Está bien. Solo necesita descansar —susurró Maya.

—Sí —suspiré.

—No va a despertarse todavía.

La voz de una mujer nos hizo girarnos hacia la puerta de la habitación.

—Hola —nos saludó.

Era una enfermera y entró sonriente.

—En la sala de recuperación ha estado despierto unos segundos, pero le han administrado más calmante y sedante, para que no despierte hasta mañana. Eso ayudará al proceso de recuperación.

—Gracias —le dije.

—No hay de qué.

Pasó por mi espalda y me aparté para dejarle sitio para trabajar. Maya se reunió conmigo a los pies de la cama y observamos lo que hacía la chica.

—Tenemos camas libres de sobra. Si queréis, podéis utilizar sin problema esa.

Señaló la que estaba al lado de la ventana, separada por un metro, más o menos, de la de Alan.

—Si surgiera cualquier cosa y la necesitáramos, os lo diríamos con tiempo. Alguna de mis compañeras o yo.

—Muchas gracias —le dijo Maya.

—No hay de qué. Un día es un día. —Nos hizo un guiño y le sonreímos—. Ahora aviso a mis compañeros para que no os despierten cuando entren para controlar al paciente.

La enfermera se fue y, al quedarnos solas, decidimos que nos tumbaríamos las dos en la cama. Lo necesitábamos ambas, por lo que nos sentaría genial aprovechar la gran oportunidad que nos había ofrecido la enfermera.

Sabíamos que era una excepción y no íbamos a privarnos.

Nos acercamos de nuevo a Alan y estuvimos hablándole, aunque no pudiera escucharnos. Le dimos un beso de buenas noches, cada una en una mejilla, y fuimos a la otra cama.

Nos descalzamos y nos subimos a la vez, lo que provocó que riéramos al chocar. Entre risas, tuvimos que subirnos primero una y después la otra, y tumbarnos despacio.

—Ponte para el otro lado porque, como no hagamos la cucharita, en un descuido estoy en el suelo —me dijo.

Reí contenida, para no hacer ruido.

Me giré con cuidado, dándole la espalda. Maya pasó un brazo por mi cintura, para sentirse más segura, y me quedé mirando a Alan, ya que lo tenía enfrente.

—No sé yo si vamos a poder dormir algo —suspiró Maya.

—Ya verás como sí —la animé—. No descansaremos mucho, pero peor sería pasar la noche en sillas.

—Ya te digo. Hemos tenido suerte y al final hemos dormido juntas.

—Sí —susurré, sonriendo.

—Buenas noches. Descansa.

—Igualmente, cariño.

La habitación se quedó en silencio y cerramos los ojos. Al menos yo sí. Imaginé que Maya también.

El cansancio me venció tan rápido que no me di cuenta, después de los nervios, el miedo y de todo por lo que había pasado hasta este momento.

Entré en un sueño profundo y, sorprendentemente, cuando volví a abrir los ojos, lo hice con la claridad del nuevo día que entraba por la ventana.

Parpadeé varias veces, para adaptar la vista y, cuando lo conseguí, agrandé los ojos al ver a Alan mirando hacia nosotras.

—Alan… —susurré.

Estaba despierto y sus labios se curvaron un poco al escucharme.

No tenía ni idea de qué hora era, pero algo me decía que lo de llegar al trabajo en el horario habitual ya era historia. Aunque yo había decidido que hoy faltaría al trabajo. No tenía cuerpo ni mente para ir como si nada.

En un rato llamaría para comunicarlo. Estaba tranquila porque sabía que me cubrirían sin problema.

Maya estaba bien dormida, arriba en la cama y en la misma posición que nos dormimos. Era bueno que ninguna de las dos nos hubiéramos caído. Muy de agradecer.

Le separé a Maya el brazo de mi cintura, moviéndoselo con mucho cuidado, y me deslicé en la cama silenciosa. Le coloqué el brazo bien y bajé al suelo sin hacer ruido.

Maya enseguida se apropió de toda la cama, estirándose. Sonreí al verla.

Me giré hacia Alan y me acerqué rápido a su lado.

—Eh, hola —le dije, susurrando.

—Hola —me devolvió el saludo, con la voz ronca.

—¿Llevas mucho despierto? Voy a llamar a una enfermera.

—No. Ya ha venido —me frenó con sus palabras.

—Vale —le sonreí.

—No sé cuánto llevo despierto. Hace un rato.

—Me has dado un susto… —Tragué saliva—. Vas a tener que currártelo mucho para que te perdone del todo.

Sonrió de medio lado, pero el gesto no le iluminó la mirada.

—Lo siento mucho. Y gracias por venir porque si no hubieras estado, no sé qué…

—Ya está —lo interrumpí—. Alguna vez debía servirme el ser pesada —le dije con diversión, o al menos fue mi propósito—. ¿Te duele algo? —le pregunté cuando cerró los ojos.

—Ahora mismo no, pero me siento como si me hubiera pasado una semana entera sin dormir. Agotado y un poco flipando.

—Lo último será por la medicación.

Le agarré una mano y le di un ligero apretón. Después comencé a acariciársela.

—¿Por qué no me dijiste nada? —le pregunté casi en un murmullo.

—Porque pensaba que el dolor era por la operación y que se me pasaría —suspiró.

—Pero cuando viste que te encontrabas muy mal…

—A esas alturas me costaba hasta pensar, Lía.

—Vale —sonreí tensa.

—Ven aquí.

—No quiero hacerte daño.

—No vas a hacérmelo.

No esperé más para abrazarlo. Me eché encima de él con mucho cuidado, evitando la zona de la herida. Escondí la cara en su cuello y no pude evitar que se me saltaran las lágrimas.

—Shhh… —me pidió que me tranquilizara, acariciándome la espalda—. No sabes cómo siento haberte hecho pasar por algo tan malo.

—He sentido mucho miedo e impotencia.

—Me hago una idea, con la situación que te dejé.

—Yo te dejé en la nevera ensaladilla rusa y carne en salsa —dije con la voz entrecortada.

—Joder, no me hagas reír ahora —dijo con diversión.

Sonreí.

—No vas a decirme lo que te ha pasado, ¿verdad?

—Ya sabes la respuesta.

Solté un largo suspiro porque eso significaba que no podía.

Le di un beso en la mejilla, antes de incorporarme. Pero no lo solté de la mano, necesitaba sentirlo para hacerlo más real de lo que ya era.

—Mis padres se fueron de madrugada, cuando supieron que estabas bien y en la sala de recuperación.

—Vale —sonrió.

—Maya y yo les dijimos que se fueran porque nos quedábamos nosotras contigo. Y Eloy, mi vecino, amigo y tu compañero, también se fue con ellos, de madrugada.

—Lo llamaste —lo dio por hecho.

—Sí. Pero cuando ya estaba aquí esperando, con mis padres y con Maya. Quería quedarse también.

Asintió.

—Él se ha encargado de todo en vuestro trabajo, habrá hablado con vuestro jefe. Supongo.

Me encogí de hombros.

—Solo me dijo que ya estaba todo arreglado y que no me preocupara.

—Pues ya está.

—Sí —sonreí—. ¿Te han dicho por qué te pusiste tan mal?

—Una enfermera. Por lo visto, estaba peor por dentro de lo que pensó el primer médico que me atendió.

—El de anoche nos dijo que tenías dañada la pared del riñón derecho, pero que, como estaba cerrada, no le dieron importancia pensando que se repararía sola con la recuperación. Era difícil saber que podía romperse.

—Y yo que me moví más de lo que me recomendaron…

—Si es que ya te vale. —Bufé.

—Gracias por estar, Lía.

—No digas tonterías porque un pequeño enfado puede hacerme estallar y te aseguro que no poco.

Sonreímos.

—Ay, ¡Dios mío! —jadeó Maya, a mi espalda.

Me giré para verla bajar al suelo y apreté los labios, por los pelos que tenía. Cómo se había despeinado tanto, cuando no habíamos podido movernos en la cama, era todo un misterio que ni ella sabía develar.

Se acercó rápido a nosotros y le acarició la mejilla a Alan.

—Hola, guapo. Hazme un favor y la próxima vez que quieras hacerte notar, invítanos a cenar o a cualquier cosa. Los numeritos inconscientes se terminaron, ¿sí?

Reímos, pero Alan se arrepintió al instante.

Maya y yo nos quedamos calladas, observando cómo nuestro amigo se apretaba un poco la barriga.

—Lo siento —dijo Maya, haciendo un puchero.

—No pasa nada. Tengo que acostumbrarme. Ven aquí también.

Sonreí viendo cómo se abrazaban, y al oír cómo Maya continuaba amenazándolo, pero ya sin bromas para no provocarle más dolor.