Capítulo 8
Sonreí al ver a Eloy acercarse caminando. Venía directo hacia mí.
Llevaba un rato fuera del hospital, alejada de la entrada de urgencias y sentada en un asiento alargado que hacía a la vez de decoración.
Me levanté cuando tan solo le quedaban unos pasos para llegar a mí. Nos dimos un abrazo.
—¿Cómo estás? —me preguntó cuando nos separamos.
—Ahí voy —le contesté, encogiéndome de hombros.
—¿Sabes algo nuevo?
Negué con la cabeza.
—Vamos dentro.
—Vale —suspiré.
Comenzamos a caminar hacia el hospital.
—Ya he hablado con quien tenía que hablar en la comisaría —me informó—. El tema del trabajo está solucionado.
—Gracias.
—Aunque no hubiera pasado nada si hubiera sido mañana.
—Prefería dejarlo ya arreglado. Como tengo la cabeza, seguramente se me habría olvidado. O qué sé yo.
Hice una mueca y lo miré de reojo.
—Tú sabes lo que le ha pasado —le dije.
—Lía…
—Ya, ya… no puedes hablar de trabajo. —Bufé—. Menuda mierda, joder —susurré—. Es mi mejor amigo el que está mal en el hospital y no sé qué le están haciendo ni cómo se encuentra.
—Eh.
Al hablar, me paró, agarrándome de un brazo. Me giró hacia él, para tenerme de cara.
—¿Qué?
—Alan va a ponerse bien.
—¿Cómo lo sabes? Porque acabas de llegar y te has enterado por mí hace muy poco, de cómo lo hemos traído mi padre y yo. Soy yo la que ha estado con él estando inconsciente y no he podido despertarlo, por más que he intentado bajarle la temperatura.
—No ha sido culpa tuya.
Me agarró de los brazos y me los frotó.
—No puedo quitármelo de la cabeza.
Cerré los ojos con fuerza.
Eloy tiró de mí hacia él para darme un abrazo. Me refugié en los brazos de mi vecino, con el que tenía la suficiente confianza como para venirme abajo.
—Ya está —susurró, sobre mi cabeza—. Tienes razón, no sé si Alan se pondrá bien, pero lo que sí sé es que es un tío fuerte y, sobre todo, cabezota. Tú lo sabes mejor que yo.
—Sí —le confirmé riendo y llorando al mismo tiempo.
—Vamos a confiar porque no sirve de nada pensar en lo peor. Sea lo que sea, gracias a ti ha llegado pronto al hospital. Imagínate si no hubieras ido a verlo, nadie se habría dado cuenta de que le pasaba algo muchas horas después. Mañana.
—Ya lo sé.
Nos quedamos en silencio y durante un rato continuamos abrazados. Hasta que la voz de Maya, alta y clara, me llamó con urgencia.
Nos separamos y nos acercamos a ella rápido. Mi amiga estaba a un lado de la puerta, en la calle, y nos esperaba impaciente.
—Nos han llamado por los altavoces —me informó.
Pasé por su lado caminando rápido y ellos me siguieron el ritmo.
—Hola, guapo —oí a Maya saludar a Eloy, de manera acelerada.
—Hola, preciosa —le correspondió él.
Nos encontramos con mis padres y un hombre que se guardaba un borro en el bolsillo de su uniforme de trabajo.
—Hola —lo saludamos los tres, al unísono.
—Hola —nos sonrió.
Mi madre se agarró de mi brazo, para escuchar al cirujano.
—El paciente está estable, en la sala de recuperación.
—Oh, Dios. Menos mal —dijo mi madre, llevándose una mano al pecho.
A mí me temblaron un poco las piernas.
—Debido a la fiebre y a los síntomas con los que ha llegado, he tenido que abrir la herida de la que lo operaron la madrugada pasada.
Nadie dijo nada ni nos sorprendimos. Teníamos claro que de la intervención no podían haber pasado muchas horas. Hacía dos días que Alan estuvo jugando a básquet con mi padre por la tarde, en el jardín de la casa de mis padres.
Y el día anterior a su guardia yo también estuve con él. Lo vi y estaba perfectamente.
—Con el poco tiempo que hace de la primera intervención, era poco probable que fuera una infección, ya que para eso se necesita más tiempo.
El problema ha sido que tenía dañada la pared del riñón derecho y en la primera operación no le dieron importancia porque estaba cerrada. Es lo que está detallado en el informe.
—¿Entonces? —preguntó mi padre.
—Al tener la pared dañada, con alguno de los movimientos que pudo hacer habría terminado de abrir una grieta en el riñón.
No debería haber pedido el alta médica voluntaria después de la operación.
Se lo he restaurado y me he asegurado de que todo esté bien, antes de volver a cerrar la herida.
Por lo demás, todo está correcto. Ahora se quedará unas horas en observación y después lo subirán a planta.
Esta vez no va a irse, se quedará ingresado unos días.
—De acuerdo —comenté.
—Muchas gracias —le dijo mi madre.
—No hay de qué. Me alegro de que haya quedado en un susto —habló con un asentimiento—. Estaré pendiente de Alan y, cualquier duda que os surja, podéis hacerme llamar. Os atenderé lo más pronto que pueda.
Nos despedimos del cirujano, agradeciéndole de nuevo su gran trabajo.
Cuando nos quedamos solos, solté un gran suspiro y cerré los ojos.
—Ya está, cariño —me dijo mi madre, frotándome la espalda.
—Sí —sonreí.
Le agarré la mano a Maya y nos miramos emocionadas. Después dirigí la vista a Eloy. Él me hizo un guiño y amplié la sonrisa.
—Ahora que sabemos que se pondrá bien y que no hay peligro, aquí debería quedarse solo uno —comentó mi madre—. Propongo que sea yo porque los demás tenéis que trabajar, por lo que es necesario que descanséis. Ya es tarde.
—No voy a irme, mamá —le dije con seguridad—. Me da igual ir al trabajo con ojeras.
Me encogí de hombros.
—Tranquila, Melisa, no será la primera noche que no dormimos —habló con diversión Maya.
Se pasó un dedo por la esquina de un ojo, retirándose la humedad.
—Ay, hija —le dijo mi madre y tanto Maya como yo le sonreímos.
—Déjalas —le pidió mi padre—. Es normal que quieran quedarse las dos y que vayan a hacerlo.
Asentimos.
—Avisad a alguien del personal sanitario de que os quedáis, para que os informen cuando suben a planta a Alan y podéis estar con él —nos pidió mi padre.
—Me quedo con vosotras —comentó Eloy.
—No hace falta. Tu trabajo es más peligroso que el nuestro. Da igual que nosotras no descansemos bien, pero tú sí tienes que hacerlo —le dije—. Vete al piso, te iré informando con todas las novedades.
—Sí —intervino Maya—. No tiene sentido que nos quedemos tantos.
—A nosotros también infórmanos con lo que sea, sin importar la hora. ¿De acuerdo? —me pidió mi padre y asentí.
—No os preocupéis, os iré escribiendo.
Nos dimos un abrazo de despedida y acompañamos a mis padres y a Eloy a la salida de urgencias.
—Ya es tarde. Aprovechad ahora que Alan estará unas horas en observación, para ir a la cafetería a comer algo. Un bocadillo o lo que tengan —nos pidió mi madre.
—Sí. Ahora es buen momento para ir —le confirmó Maya.
Nos dijeron que al día siguiente vendrían y los vimos alejarse del hospital.
—Ya está, Lía. Menudo susto. —Bufó Maya.
—Me cago en todo. De verdad. —Bufé también.
Terminamos riéndonos, más por nervios que por otra cosa.
—Vamos a cenar algo porque tengo un hambre…
—A ver lo que tienen en la cafetería a estas horas —suspiré.
—Me conformo con cualquier bocadillo simple. Como si me dan la barra de pan y el embutido, para que me lo prepare yo.
Reímos, esta vez con más ganas.
Fuimos a la cafetería, la que casi estaba vacía. Nos acercamos a la barra y le preguntamos al camarero si sería posible que nos preparara dos bocadillos de lo que tuviera a mano, ya que la vitrina estaba vacía.
—¿De jamón os va bien? —nos preguntó, después de decirnos que tenía la cocina cerrada.
—De maravilla —le confirmé, sonriendo—. Si puedes echarle tomate al pan, te lo agradecería.
Asintió, sonriendo.
—Y dos botellas de agua —añadió Maya.
—Me pongo a ello. —Nos hizo un guiño.
Fuimos a ocupar una de las mesas que estaban más cerca de la barra y sincronizadas, soltamos un largo suspiro cuando nuestro trasero tocó la silla.
—Anda que, de cómo teníamos planeada la noche, a cómo se nos ha complicado… —comentó mi amiga.
—Ya te digo.
Negué con la cabeza.
—Cuando me vaya del hospital tengo que ir a buscar mi coche, donde vive Alan —suspiré.
—Y después querrás pasarte por el piso, para darte una ducha rápida y cambiarte de ropa.
—Sí —le confirmé—. Qué menos.
El camarero nos trajo los bocadillos con las dos botellas de agua y se lo agradecimos, al mismo tiempo que Maya se adelantaba para pagarle.
Se fue y regresó rápido, para devolverle el cambio. Nos despedimos de él porque terminó su turno y saludamos desde lejos a la compañera que lo sustituyó.
—Joder, qué delicia con hambre —dijo Maya.
Habló con la boca llena. No pudo esperar ni a tragar. Yo la imité y le di un buen bocado al bocadillo, para soltar después un gemido de placer.
Reímos, tapándonos las bocas.