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Capítulo 7

—Tomad.

Maya y yo levantamos la cabeza. Mi padre estaba delante, con dos vasos de café.

—Oh, es chocolate —dijo mi amiga.

—Sí —nos confirmó mi padre—. Espero que esté mejor que el café. No os he traído uno porque he probado el primero que ha salido de la máquina y casi escupo el sorbo en la papelera.

Maya soltó una risilla y yo sonreí.

—Buenooo… —dijo mi amiga, después de probar el chocolate—. Podría estar mil veces mejor, pero es bebible.

—Lo próximo iré a buscarlo a la cafetería —sonrió.

—No te preocupes, papá.

La máquina estaba al salir de la sala de espera.

Me llevé el vaso a los labios, para darle el primer sorbo a mi chocolate. Por la mueca que puse, no les hizo falta que les dijera qué opinaba.

Maya rio y mi padre me miró con diversión.

—Papá, ¿por qué no te vas a casa? —le pregunté.

—Solo voy a dejaros solas para ir a buscar a tu madre —me contestó—. Así esperamos todos juntos y puedo contarle con calma lo que ha pasado. Hasta donde sé.

—Mañana trabajas.

—No pasa nada, cariño. —Me acarició la mejilla—. Tú me diste muchas más noches sin dormir, cuando eras pequeña.

—Toma ya —comentó Maya y reímos.

Sí, porque, a pesar del sentimiento de tristeza que teníamos los tres, reírnos nos servía para aflojar la presión. La incertidumbre estaba pudiendo conmigo.

—En un rato estoy de vuelta con tu madre.

—Vale.

Maya y yo le sonreímos y lo vimos salir de la sala de espera.

Llevábamos en el hospital un poco más de media hora. Cuando mi padre paró de emergencia en la entrada de urgencias, Maya ya nos esperaba a un lado.

Mi padre se quedó sacando a Alan, mientras que yo entré corriendo para pedir ayuda. Dos enfermeros no tardaron en salir empujando una camilla y en ella tumbaron a Alan.

Maya comenzó a llorar desde el momento en el que lo vio y le costó parar de hacerlo. Por suerte, mi padre siempre sabía cómo desviar la atención para llevarnos por otros caminos.

Desde que entraron a Alan y uno de los enfermeros nos hizo varias preguntas sobre él, no sabíamos nada. Y el tiempo pasaba muy lento.

—¿Qué crees que le ha pasado en realidad? —me preguntó Maya.

—Si me estás preguntando en cómo ha podido hacerse la herida y de qué manera, no tengo ni idea, Maya. Ojalá nos lo hubiera dicho. Lo único que sabemos y tenemos claro todos es que ha sido en su trabajo. Ya está.

—Tendría que haber contado con nosotras —susurró.

—No quería preocuparnos —dije convencida.

Nos quedamos en silencio. Maya apoyó la cabeza en mi hombro y yo me quedé con la vista fija en la pared del fondo.

—Como beba otro sorbo de chocolate, me voy de cabeza al baño —habló Maya.

Ambas soltamos una risilla, pensando lo mismo.

—Dame el vaso —le pedí, mientras me levantaba de la silla.

Maya me dio su vaso y, junto con el mío, fui hasta la papelera más cercana.

No hacía mucho que estábamos sentadas, pero ya estaba cansada. Por ese motivo estiré un poco las piernas, yendo de un lado al otro de la sala de espera y recorriendo la zona de fuera.

Me pregunté si habían conseguido despertar a Alan. Esa y muchas más preguntas estuvieron dando vueltas en mi cabeza, mientras caminaba sin rumbo, pero sin alejarme mucho de la sala de espera.

Ya habían avisado por los altavoces a varios familiares, para que fueran a no sé dónde para que les informaran. No quería despistarme y perderme el momento de que fuera nuestro turno.

Éramos los únicos familiares que tenía Alan: Maya y yo, junto con mis padres y los de Maya. Alan no tenía relación con su familia por parte de padre, al igual que no veía a su padre desde que abandonó a su madre y a él, cuando Alan tenía cinco años.

La madre de Alan, María, falleció seis años atrás.

Volví a la sala cuando también me cansé de ir de un lado a otro.

—Estas esperas me matan. —Bufó Maya.

Cerré los ojos, sentada de nuevo en la silla.

—Son lo peor, sin saber nada —suspiré.

—Tus padres.

Abrí los ojos y giré la cabeza hacia la puerta.

—Hola, preciosas —nos saludó mi madre.

—Hola, Melisa.

Maya se levantó para darle un abrazo y después fue mi turno.

—¿Cómo estás? —me preguntó al oído, susurrando.

—Un poco más tranquila con vosotros y con Maya a mi lado.

Nos separamos y me sonrió con cariño, acariciándome la mejilla.

—Me alegro.

Nos movimos entre los asientos, para que pudiéramos sentarnos los cuatro.

—Nada nuevo, ¿no? —nos preguntó mi padre.

Maya y yo negamos.

—Esperemos que no tarden mucho en informarnos —habló mi madre.

—Lía, ¿me acompañas a la cafetería? —me preguntó mi padre—. Vamos a traer cafés buenos.

—Claro —le sonreí.

Me levanté y me agarré de su brazo. De esa manera nos fuimos de la sala y dejamos a mi madre y a Maya hablando.

—Tendríamos que avisar a alguien del trabajo de Alan —me comentó.

—Tienes razón. No he pensado en eso —suspiré—. Al único que puedo avisar es a Eloy. A no ser que llame a la central directamente, para decir que no irá mañana a trabajar y para dejar el recado de que me llame alguien.

—Yo empezaría por Eloy, antes de que sea más tarde. Él sabrá de sobra lo que hacer y con quién hablar.

Saqué el móvil del bolso para mirar la hora. Eran las diez y media de la noche, tarde, pero al mismo tiempo una hora más o menos razonable para hacer la última llamada. Sobre todo, si era por algo importante.

No tardamos en llegar a la cafetería. Mi padre me pidió que ocupara una mesa, para que lo esperara mientras él iba a pedir. No hacía falta que le dijera lo que quería, lo sabía.

Desbloqueé el móvil y busqué en la agenda de contactos el nombre de Eloy. Él era mi vecino de rellano, el policía al que le quedaba el uniforme de escándalo.

Sí, Alan también era policía, por lo que era compañero de Eloy. Por ese motivo, en cierta manera, no nos habíamos alarmado mucho porque tuviera una herida, sino por cómo estaba él.

A ver, yo siempre me iba a alargar hasta por la mínima cosa que le sucediera a mi amigo, pero con el tiempo había aprendido a gestionar mis emociones. Sobre todo, a entender que no podía coartar la vida de los demás por mis miedos.

Eloy y Alan no formaban parte del mismo equipo, pero se conocían y tenían una muy buena relación.

Pulsé el botón de llamada y me llevé el teléfono a la oreja, viendo a mi padre de espaldas en la barra.

—Buenas noches, preciosa. ¡Qué sorpresa! ¿Va todo bien? ¿Estás en el piso y necesitas que tire tu puerta abajo? Has tenido suerte, estoy en el mío.

Sonreí.

—Buenas noches, guapo. No te embales y deja mi puerta tranquila. Hace bastante que salí.

—Ah. Pues tú dirás.

—Tengo algo que decirte, pero no de mí. Es sobre Alan —suspiré.

—¿Qué le pasa? —me preguntó con diversión.

—¿Tú estás informado de sus casos y de dónde se mete y esas cosas? —le pregunté.

Guardé una pequeña esperanza de que Eloy pudiera responderme lo que tanto necesitaba oír, cuando en realidad sabía que no sería así.

—¿A qué viene esa pregunta?

—¿Sabes en qué trabajos anda o no? —insistí.

Hablé enfadada.

—¿Qué te pasa?

—Joder. —Bufé—. Lo siento. No tienes la culpa y no te mereces que lo pague contigo —suspiré.

—Tranquila. Lía, no es que no quiera contestarte a la pregunta sobre Alan, es que no puedo. Por mucho que supiera en lo que anda metido, no podría hablar de ello.

—Ya…

—¿Por qué tanto interés por Alan? ¿Está contigo? Lo que sí puedo decirte es que tenía el fin de semana libre, después de una guardia larga.

—Tengo tanto interés porque me he encontrado a mi amigo muy mal en su piso.

Lo dejé callado. Eloy no habló en la pausa que hice.

—Tiene una herida fresquísima en el costado y lo he traído con mi padre al hospital, inconsciente y con mucha fiebre. Te llamo para avisarte, porque lógicamente mañana no va a ir a trabajar. Necesito que avises a quien corresponda.

—No te preocupes por nada. Yo me encargo de todo lo relacionado con el trabajo. ¿Cuánto hace de eso?

—A su piso creo que he llegado sobre las siete y cuarto o así. No sé cuándo comenzó a encontrarse mal, porque esta mañana vino a buscarme para desayunar y estuvo bien. Sí que le noté algún gesto como de dolor o molestia, pero teniendo en cuenta su herida… Nos despedimos casi a la una.

—¿Te ha abierto él la puerta de su piso?

—Sí, pero casi no podía mantenerse en pie.

—Joder. Voy para el hospital.

—No hace falta que…

—Nos vemos en unos minutos, estate pendiente del móvil por si tengo que llamarte —continuó hablando, sin escucharme.

—Vale —fue todo lo que dije y me colgó.

Me levanté de la silla y fui hasta la barra, junto a mi padre.

—¿Qué tal? —me preguntó.

—Creo que bien.

Me encogí de hombros.