Capítulo 6
—Esto no es normal.
Mi voz se perdió por la habitación.
Me puse de rodillas en la cama y comencé a hablarle a Alan, y a moverlo con cuidado para despertarlo. No podía ser que estuviera tanto tiempo de la misma manera, sin reaccionar.
No era la primera vez que intentaba despertarlo, pero hasta ahora no había tenido éxito. Eso me había hecho dudar mucho de si estaba perdiendo un tiempo valioso, cuando podríamos estar ya en el hospital.
No iba a dejarlo solo. Ni loca.
Ya había hablado con Maya para explicarle la situación que me había encontrado al llegar. Se quedó preocupada y de vez en cuando hablábamos por mensaje o por llamada.
Al principio me comentó que venía hacia aquí, pero le dije que esperara un poco. Ya no tenía sentido esperar más.
Con un suspiro cansado porque Alan no abrió los ojos, ni siquiera movió un poco los párpados, me separé de él para bajar de la cama.
Desbloqueé el móvil y marqué el número de mi amiga.
—¿Qué pasa? ¿Cómo sigue? —me preguntó.
—Voy a llevarlo al hospital.
—Joder, joder… Mierda. Voy corriendo.
—No servirá de nada que vengas, Maya. Es mejor que, cuando te avise, salgas para el hospital.
—Pero tú no vas a poder cargar con Alan para bajarlo a tu coche —habló alzando la voz.
—Ni entre las dos podríamos moverlo, sin arrastrarlo.
—¿Entonces? —preguntó preocupada.
—Voy a llamar a mi padre. Vendrá muy rápido y, si entre él y yo no podemos, llamaré a urgencias para que venga una ambulancia.
—Vale, vale… Me parece bien.
—Sea una cosa u otra, te lo digo, pero ten paciencia.
—Sí.
—Luego hablamos.
No esperé a escucharla de nuevo, colgué para llamar a mi padre.
—Hola, cariño —me saludó al descolgar—. ¿Va todo bien?
—¿Es la niña? —oí la voz lejana de mi madre.
—Papá, dile que sí, pero que no se entere de nuestra conversación —le dije de manera apresurada.
Mi padre se quedó en silencio durante unos segundos, pensando.
—Sí, es la niña —le confirmó—. Pero me ha pasado con Alan porque tiene unas dudas —alzó la voz.
—Ah. Vale. Dale recuerdos —dijo mi madre.
—Ya está —me confirmó mi padre, hablando muy bajo. —Espera —me pidió—. Sí, eso es, Alan —dijo disimulando—. Exacto. No, eso no. Cariño, salgo al jardín —se dirigió a mi madre.
—Si vas a estar mucho rato, ponte algo más de ropa; no vayas a coger frío.
—Mujer, que hace una temperatura perfecta para estar fuera en manga corta.
No llegué a escuchar lo siguiente que dijo mi madre, porque mi padre salió al porche de la casa. Escuché dos veces la corredera, señal de que la cerró para tener privacidad.
—Lía.
—Sí.
—Ahora sí —me confirmó—. Tu madre está dentro de casa, en la cocina. Has tenido suerte porque está echando helado en cuencos. Si llegas a llamar unos segundos antes, habría estado a mi lado. ¿Qué te pasa?
—Siento molestaros en la película. Mamá me ha dicho que ibais a ver la que te gustaba, la de acción.
—La película no va a moverse de donde está. Aquí lo importante eres tú.
—Papá, te necesito.
Miré a Alan y tragué saliva.
—¿Qué sucede, Lía? Me estás preocupando.
—Yo estoy bien. Es Alan.
No pude contenerme más y rompí a llorar.
—Eh, cariño… ¿Qué le pasa a Alan?
—No está bien —dije con la voz entrecortada—. El resumen rápido es que habíamos quedado con Maya, para salir a tomar algo y cenar, pero él lo ha anulado en el último momento.
Hice una respiración profunda y continué.
—Supuestamente era porque estaba cansado y no le apetecía salir. Llegó de madrugada de la guardia. El tema es que al final Maya y yo cambiamos de planes y voy a cenar a su piso, para quedarme a dormir. Con el cambio, decidí venir a ver a Alan, para traerle la comida que hice de más al mediodía.
—¿Y? —me preguntó cuando me quedé en silencio.
—Está herido, papá.
—¿Cómo que está herido?
—Creo que lo han operado recientemente y no está bien. Llevo un rato intentando bajarle la fiebre, pero no lo consigo. Antes de que se quedara dormido, le ha dado tiempo a decirme que se ha tomado la medicación, pero no se acordaba cuánto tiempo hacía de eso.
—¿Ahora cómo está?
—No consigo despertarlo. Te llamo para que vengas a su piso y me ayudes a llevarlo al hospital.
—Dame unos minutos.
—Gracias —susurré, retirándome las lágrimas.
—No llores, cariño. Alan va a salir de esta.
—Sí —suspiré—. ¿Se lo vas a decir a mamá? Con lo que se preocupa por una mínima cosa…
—Yo me ocupo de tu madre. Olvídate de eso.
—Pero es que si tardamos mucho…
—Tranquila. Le diré la verdad muy suavizada y disfrazada para convencerla de que se quede aquí. La haré entender por qué le he dicho lo de antes de Alan.
—Vale.
—Ahora nos vemos, cariño. Sigue haciendo lo que hacías para mantenerlo lo mejor posible.
—Sí. Te quiero.
—Yo también, hija.
Colgamos la llamada y seguido llamé a Maya.
—¿Qué? —me preguntó impaciente.
—Ya está. Mi padre viene hacia aquí. La próxima vez te enviaré un mensaje para decirte que vamos al hospital.
—De acuerdo. Así salgo al mismo tiempo. Ya estoy preparada. ¿Alan ha dado algún cambio?
—Sigue en la misma postura desde que lo ayudé a tumbarse en la cama. Continúa dormido.
—Lía… ¿Y si está inconsciente?
—Está dormido —susurré y tragué saliva.
—Vale —no quiso contradecirme.
—Hablamos en un rato.
—Sí, cariño.
Colgué y me metí el móvil en un bolsillo trasero del pantalón, antes de ponerme de nuevo con las toallas con las que estaba enfriándole el cuerpo. Mojadas otra vez y colocadas sobre él, me senté en el borde de la cama y le agarré una mano.
—¿Por qué has pasado por esto solo? —le pregunté.
Lógicamente, no me dio una respuesta. Le toqué la cara con la mano libre y aproveché para pasarle la toalla que había dejado sobre su frente.
Sabía perfectamente que Alan estaba inconsciente. Si no fuera así, habría conseguido despertarlo. Pero pensar en eso me asustaba mucho.
Bajé la mirada hacia el apósito grande que le tapaba la herida. Me hubiera encantado curarlo y cambiárselo por uno limpio, pero no me atreví en ese momento.
Lo normal, después de una operación, y más si era de gravedad, era que mínimo las primeras horas no se quitara el primer apósito que ponían en el hospital. Al menos esa había sido mi experiencia en las dos operaciones que me habían hecho a lo largo de mi vida.
Estuviera bien o mal, era lo que conocía y no sería yo la que se saltara esa regla.
No me di cuenta de cuánto tiempo pasó. Cuando sonó el timbre, me llevé un susto y pegué un bote de la cama.
Corrí hasta la puerta, para abrirle a mi padre. Aunque debía subir todavía, también abrí la puerta del piso, impaciente.
Al ver a mi padre salir del ascensor, me puse a llorar como una niña pequeña. Y más lloré cuando me abrazó, para consolarme.
—Ya está. —Me dio un beso en la cabeza.
Asentí, porque la presión del pecho ya había aflojado, y entramos en el piso.
Mi padre me siguió hasta la habitación de Alan, aunque conocía el piso.
—¿Cómo se ha quedado mamá?
—Un poco preocupada, pero bien.
—De acuerdo —suspiré.
—Sabe que Alan está mal, pero no hasta qué punto. Le he dicho que yo tampoco lo sabía, así será más fácil contarle lo que me…
Se quedó callado en el hueco de la puerta de la habitación, al ver a mi amigo.
Nos acercamos rápido a la cama y mi padre hizo lo mismo que yo había hecho tantas veces: tocarle la piel.
—¿Has intentado despertarlo hace poco?
—Sí.
—¿Sabes dónde tiene las llaves de su coche?
Me buscó con la mirada.
—Siempre las deja en la entrada.
—Pues cógelas, nos vamos en él. No voy a sacarlo a la calle así, para llevarlo a mi coche o al tuyo.
Fui corriendo a la entrada del piso y, como esperaba, descolgué la llave. Me la guardé en un bolsillo delantero y fui al sofá, de donde cogí el bolso para cruzármelo al pecho.
Saqué el móvil del bolsillo trasero del vaquero y lo metí en el bolso, mientras recorría el pasillo.
Cuando llegué a la habitación, mi padre ya le había puesto la camiseta a Alan y tenía el pantalón del chándal a medio poner. Lo ayudé colocándole los calcetines y yendo a buscar las deportivas. Le pusimos una cada uno.
—Ahora viene lo más complicado —dije, haciendo una mueca.
—Yo me encargo —aseguró.
Con lo que me costó a mí quitarle la ropa, y mi padre manejó a Alan como si no pesara nada. Lo hizo con esfuerzo, pero pareciendo fácil.
—Vamos al hospital, cariño —me sonrió.
Asentí emocionada y me puse al otro lado de Alan. No iba a servir de mucha ayuda, pero por poco que pudiera aliviar a mi padre, bueno era.
Salimos del piso de mi amigo y bajamos en el ascensor hasta el estacionamiento del edificio, para ir directos a la plaza de aparcamiento de Alan.