Capítulo 5
—Alan…
Entré en el piso y solté en el suelo todo lo que llevaba, sin preocuparme de cómo caía.
Me acerqué rápido a mi amigo, para rodearle la cintura con el brazo y pasarle el suyo por mis hombros. Le agarré la mano de ese brazo con la mía y lo aparté de la pared.
Al cerrar y soltar la manilla de la puerta, necesitó apoyarse en la pared. Parecía que no podía con su cuerpo.
—No tendrías que estar aquí —susurró—. Eres muy cabezota.
—No me hagas hablar. —Bufé.
Estaba cabreada porque me hubiera ocultado que su cansancio en realidad era que se encontraba muy mal, pero la preocupación que sentía ganó al cabreo y dejé de lado al primero.
Quise llevarlo al sofá, di varios pasos hacia él, pero sus palabras me hicieron cambiar de opinión.
—No. A la cama —me pidió.
Me dirigí al pasillo mientras lo miraba de reojo, muy preocupada.
Caminando lentamente, conseguimos llegar a su habitación. Lo llevé a la cama y lo ayudé a tumbarse bocarriba.
En silencio, me hice muchas preguntas al ver su expresión de dolor.
Cuando estuvo tumbado, recorrí con la vista su cuerpo, de la cabeza a los pies. Con la ropa no se veía nada a simple vista. Todo parecía estar bien, como debía ser. Pero no, sabía que era algo engañoso y no iba a irme hasta que no descubriera qué le pasaba.
—Alan… —Lo llamé con suavidad.
—Acabo de tomarme la medicación —murmuró, con los ojos cerrados.
Lo dejé solo en la cama para ir al baño, donde mojé con agua fría una toalla pequeña. Después de escurrirla bien, corrí de vuelta junto a mi amigo y se la pasé por la cara.
Estaba sudando y acalorado, por lo que le puse la toalla por toda la cara, con cuidado.
—¿Para qué era la medicación? —le pregunté.
Le levanté la cabeza para darle fresco en la nuca y después continué con la parte interior de los codos y de las muñecas.
Volví al baño para hacer el mismo proceso con la toalla y, cuando estuve de nuevo junto a la cama, puse una mano en su hombro, para moverlo un poco. Se había quedado dormido.
—¿Para qué era la medicación? —repetí la pregunta, cuando entreabrió los ojos.
—Para el dolor y la fiebre —me contestó casi sin voz.
—¿Qué te pasa? ¿Qué te duele? ¿Es la gripe?
—Lía…
—Vamos, Alan.
Comencé a darle toquecitos en la cara con la toalla y a dejársela sobre la frente y las mejillas durante unos segundos, para bajarle la fiebre.
—¿Cuánto hace que te tomaste la medicación?
—No… no lo sé.
—¿Mucho antes de verme? —insistí.
—No lo… sé.
—Mierda. No te duermas. ¡Alan! ¡Mírame, joder!
Solté un pequeño grito de impotencia.
Me dispuse a desnudarlo, empezando por quitarle los calcetines. El pantalón de chándal le siguió después. Hasta ese momento fue lo que menos me costó sacarle.
Di otro viaje al baño, para coger dos toallas de mano. Las mojé bien con agua fría y esta vez no las escurrí del todo. Se las coloqué extendidas, una en cada pierna, asegurándome de que le rodearan los tobillos.
Mi amigo se estremeció por la temperatura.
Me moví hacia arriba de la cama, para quitarle la camiseta de manga corta. Esa tarea era la más complicada, porque tenía que moverle todo su cuerpo y, sin que estuviera despierto, iba a costarme mucho.
—Alan…
Lo llamé empujándolo un poco por el hombro, como la vez anterior, pero en esta ocasión no tuve suerte. Mi amigo no abrió los ojos, para mi desesperación.
Me incorporé observándolo cada vez más preocupada, sin entender cómo había llegado hasta este punto. Debía haber ido encontrándose mal poco a poco. ¿Por qué no lo había frenado antes?
Respiré profundo, antes de animarme a quitarle la camiseta. Una vez lo hiciera, se quedaría en bóxer y así podría bajarle la temperatura de todo el cuerpo.
Esperaba que con eso y con la medicación que había tomado fuera más que suficiente.
Agarré el bajo de su camiseta y, cuando todavía no la había deslizado hacia arriba ni un centímetro, Alan se movió en la cama inquieto y soltó un pequeño quejido de protesta.
—Lo siento mucho, pero es necesario —le dije.
Ignoré su siguiente queja y comencé a tirar hacia arriba de la camiseta. No llegué muy lejos. Las manos comenzaron a temblarme y los ojos se me nublaron de lágrimas, con ellos abiertos de par en par.
Dirigí rápido la mirada a la cara de Alan, pero, ni yo podía decirle todo lo que se me vino a la cabeza, ya que no me escuchaba, ni él podía darme las explicaciones que necesitaba oír.
—Mierda, mierda… —susurré.
Volví a mirar lo que acababa de destapar. Era un apósito. Este estaba manchado de sangre y desinfectante líquido.
Tragué saliva y corrí al baño para lavarme las manos. Lo hice bien y varias veces, mientras varias lágrimas se escapaban de mis ojos.
En cuanto estuve junto a Alan de nuevo, comencé a destapar la herida. La tenía en el costado. Lo hice con mucho cuidado y sin prisa. Tuve que parar en distintas ocasiones, por el temblor de las manos.
Mi amigo no reaccionó, por lo que continué hasta que descubrí la herida.
Solté un pequeño jadeo al ver una cicatriz de bastantes centímetros. La tenía cosida con puntos de hilo quirúrgico. Estaba muy roja; se notaba que era reciente, por lo que no supe si estaba bien o no. La inflamación era normal.
Me incliné más, para acercarme a la cicatriz. Me aseguré de no ver ningún rastro de infección y se la tapé rápido y con el mismo cuidado, para no empeorar su estado.
—¿Qué te ha pasado? —le pregunté, con la voz temblorosa—. ¿Por qué te lo has callado?
Me senté en el borde de la cama, sin fuerzas. Así continué durante un rato, con la vista ida en la ventana de la habitación, hasta que me activé y terminé mi trabajo de desvestirlo.
Con más delicadeza, le subí la camiseta como pude y agradecí inmensamente que fuera de manga corta. Cuando lo incorporé un poco, apoyándole la espalda en mis piernas, volvió a soltar varios quejidos por los movimientos.
—Lo siento. Ya mismo estoy —susurré.
Cuando por fin le saqué la camiseta por la cabeza y los brazos, la lancé a un lado y corrí al baño con la toalla pequeña de la cara.
La empapé bien de agua, lo mismo que hice con otras dos.
Con la pequeña repetí el proceso, pasándosela por toda la cara y dejándosela doblada en la frente y tapándole un poco los ojos.
Las otras dos se las coloqué en los brazos, rodeándole las muñecas.
Después de pasársela con mucho cuidado por el pecho y la barriga. Evité acercarme a la herida.
Cuando terminé, me sentía agotada, sin fuerzas, por los nervios, la tristeza y el miedo de ver a mi amigo así.
Cogí una bocanada de aire y me levanté como si me pesara toneladas el cuerpo.
Le toqué la cara y varias partes del cuerpo y pude respirar un poco más tranquila, al notar que no estaba tan caliente.
Caminé hacia la puerta y, antes de irme de la habitación, miré otra vez a Alan. Con un suspiro, salí al pasillo y lo recorrí para ir a la cocina.
Encontré rápido la medicación que mencionó Alan. Había dos cajas en la encimera y, después de leer para qué eran, no supe si despertarlo para dárselas.
¿Cuánto habría pasado desde la última vez que se las tomó? ¿Debía tomarse otras dosis? ¿Y si se las daba yo y me equivocaba?
Dejé las cajas donde las encontré, pensativa, y fui a la puerta del piso. Recogí del suelo el bolso y la bolsa con la comida, y llevé el primero al sofá.
Regresé a la cocina con la bolsa y saqué de ella los recipientes, comprobando que, por suerte, no se abrieron al dejarlos caer al suelo. Los metí en la nevera y doblé la bolsa de tela, mientras iba al salón.
La guardé dentro del bolso y después cogí el móvil. Yendo hacia la habitación, vi que Maya no me había llamado ni escrito, lo que era normal porque me dijo que no tuviera prisa con Alan.
Al entrar en la habitación, los ojos se me fueron a mi amigo. No se había movido, seguía dormido y en la misma posición.
Me acerqué rápido hasta él y le toqué la piel. Hice una mueca porque volvía a estar caliente. No supe si más. Las toallas estaban bastante secas.
Fui al baño con todas las toallas y, una vez mojadas, se las coloqué como la primera vez.
Rodeé la cama, para subirme por el lado que estaba vacío, y me quedé sentada junto a Alan, observándolo con atención.
—Vamos —susurré.
Me eché hacia abajo, para acariciarle la cara y darle un beso en la mejilla.