Capítulo 4
Tarareando la canción que estaba sonando, volví al baño para comenzar a maquillarme.
Esa era mi intención, pero tuve que retrasarlo un poco más cuando salí corriendo a por el móvil. Lo tenía cargando en la mesita de noche y me sonó una llamada, cortando la música.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño.
Sonreí.
—¿Qué tal? —le pregunté, volviendo al baño.
—Bien. En el sofá esperando a tu padre. Ya tengo preparadas las palomitas, un bol para cada uno. Cuando venga, veremos la película esa de la que lleva hablando tanto.
Reí.
—Sí. La de acción.
—Esa.
—Guay. Qué bien os cuidáis, con palomitas y todo.
—Pues claro —rio ella—. ¿Tú qué haces?
Frente al espejo, puse el altavoz y dejé el móvil sobre la encimera del baño.
—Ahora mismo voy a maquillarme un poco. En cuanto termine, salgo. He quedado con Alan y Maya.
Comencé a maquillarme.
—Qué bien, cariño. Disfrutad mucho.
—Sí —sonreí—. ¿Dónde ha ido papá?
—A casa de Ramón. Lo ha llamado para que viera la pesca tan buena que ha hecho. Seguramente venga cargado con pescado.
—Qué bueno.
Ramón era un vecino de mis padres, de toda la vida.
Después de ponerme la máscara de pestañas, pasé a pintarme los labios.
—Te guardamos un poco, porque la última vez tu padre llegó con una bolsa grande llena.
—Vale, pero poco. Que te conozco y mi congelador es mucho más pequeño que el vuestro.
—Está bien —rio.
—Mamá, te dejo. Ya he terminado.
Metí todo dentro del neceser en el que guardaba el maquillaje.
—Vale, cariño. Dales recuerdos a los chicos.
—Os quiero. Disfrutad de la película y no hagáis manitas, que os despistaréis.
—¡Niña!
Solté una carcajada mientras me cepillaba el pelo.
Entre risas y después de una despedida rápida, colgué sin mirar la pantalla. Me eché el perfume y salí del baño, apagando la luz.
Cogí el bolso de la percha y, cuando iba a meter el móvil dentro, para irme ya del piso, me llegaron varios mensajes al grupo que compartía con mis dos amigos. Era Alan quien escribió.
Me senté en la cama para leerlo. Iba muy bien de tiempo. Me sobraba, por lo que llegaría con antelación al lugar que desde hacía años era nuestro punto de encuentro.
Alan: Hola, preciosas. Lo siento, pero hoy me echo para atrás. No me esperéis, no voy a salir.
Alan: Pasadlo muy bien. Disfrutad y tened cuidado, ¿vale?
Fruncí el ceño y me apresuré a escribir.
Lía: Hola. ¿Qué te pasa?
Esperé impaciente a que me contestara, ya que Alan se tomó su tiempo.
Alan: No me pasa nada, aparte de que necesito descansar. No me apetece salir esta noche.
Lía: ¿Quieres que vaya a verte?
Alan: No. Lo que quiero es que salgas como teníamos planeado y que lo paséis bien.
Lía: De acuerdo. Descansa. Mañana hablamos.
Alan: Claro. Mañana hablamos.
No pude borrar el ceño fruncido de mi frente, ni durante la conversación ni mientras llamaba a Maya. Marqué el número de mi amiga porque, conociéndola, estaba corriendo para no llegar más tarde de unos quince minutos.
Si yo me adelantaba casi siempre y era la puntualidad personificada, Maya era todo lo opuesto a mí.
—Holaaa… —me contestó.
—Hola. ¿Has entrado al grupo?
—¿Eh? No me he enterado de nada, acabo de terminar de secarme el pelo. ¿Qué pasa?
Ahí estaba, recién duchada y sin vestir ni arreglar. Sonreí.
—Alan ha escrito para decir que no sale esta noche.
—¿Y eso?
—Porque no le apetece salir y necesita descansar.
—Ah.
—¿No te parece raro? —le pregunté, impaciente.
—A ver, este mediodía, cuando hemos hablado, me has dicho que se acostó muy tarde, sobre las cuatro de la madrugada.
—Pasadas las cuatro.
—Pues todavía peor. Es normal que esté cansado.
—Debe haber dormido mínimo tres horas de siesta.
—¿Te lo ha dicho?
—Era su intención esta mañana.
—Sí, pero ¿le has preguntado ahora si ha conseguido dormir? Lo mismo no ha podido.
—No he pensado en eso —suspiré—. Si estaba tan cansado, lo mismo no ha podido descansar todo lo que necesitaba.
—O porque algún vecino lo ha despertado, o por unas cuantas cosas más, porque si comenzamos a sacar posibilidades por las que no ha dormido bien…
—Ya, ya… Lo pillo —sonreí.
—Pues eso. Todo está bien.
—¿Te has arreglado antes de secarte el pelo? —le pregunté.
Apreté los labios.
—No —contestó riendo—. Ahora me visto y me pongo monísima.
—¿Te apetece salir?
—¿A ti no?
—Sí, pero si quieres, como todavía no has comenzado a prepararte, puedo ir a tu piso y cenamos ahí lo que nos apetezca pedir.
—Ah, por mí, genial —dijo animada.
—Estupendo. A mí también me apetece más que estar en la calle.
—Quédate a dormir —me propuso.
—Vale —acepté sonriendo.
—Pues ya no tengo que correr —dijo riendo—. Voy a ponerme el pijama. Joder, qué gustazo.
—Ya te digo. Yo ya mismo estoy como tú. Voy a cambiarme, para ponerme una ropa más cómoda, y voy para allí.
—Estupendo. Aquí te espero. Ten cuidado.
—Sí. Hasta ahora.
Colgué y metí el móvil en el bolso.
Me quité la falda larga y el top de palabra de honor, me cambié el sujetador por uno de tirantes, y me puse un pantalón vaquero y una camiseta de manga corta.
En una mochila pequeña metí el pijama, un neceser pequeño con lo básico que iba a necesitar, las zapatillas de estar por casa y una muda para el día siguiente. Aunque podía ponerme lo que llevaba puesto. Total, solo iba a durarme encima el trayecto hasta el piso de Maya.
Salí de la habitación con la mochila colgada a un hombro y el bolso al otro. El bolso lo necesitaba porque seguramente mañana por la mañana saldríamos a desayunar.
Cuando estaba en la puerta, miré hacia la cocina. Pensé en algo y sonreí.
Me dirigí a la cocina, donde dejé todo lo que llevaba sobre la encimera.
Fui a la nevera para sacar varios recipientes, uno con ensaladilla rusa y otro con carne en salsa.
Ambos los había preparado al mediodía y, pensando en el día de mañana, domingo, hice la suficiente cantidad para que me sobrara para comer dos días.
Cogí una bolsa de tela y metí los recipientes. Había decidido llevarle la comida a Alan y así de paso lo veía. Todavía era temprano para que pidiera comida a domicilio o para que entrara a la cocina para prepararse algo rápido.
Con la bolsa en una mano y la mochila y el bolso colgados a los hombros, me fui de mi piso y bajé en el ascensor hasta el estacionamiento, donde tenía mi coche.
Me dirigí a mi plaza y, una vez estuve montada y con el vehículo arrancado, me fui para pasar por el piso de Alan, antes de ir al de Maya.
Me llevó unos doce minutos hacer el trayecto, pero me costó otros diez más encontrar aparcamiento. Cuando logré meter el coche en un sitio que parecía imposible, pero que era el único que se quedó libre, salí y me dirigí al edificio en el que vivía Alan.
No tuve que picar al timbre del portero, ya que tenía la llave. Los tres, Maya, Alan y yo, teníamos las llaves de los demás. De esa manera entró Alan a mi edificio por la mañana y picó directamente al timbre de mi piso, desde el rellano de mi planta.
Mientras subía en el ascensor, solo cargada con la bolsa con la comida y el bolso, me llegó un mensaje de texto. Saqué del bolso el móvil, para ver que Maya me había escrito.
Normal, porque ya debería haber llegado a su piso.
Maya: ¿No encuentras aparcamiento o es que has salido más tarde? No te llamo porque, si es lo primero, cobraré yo tu mala leche. Ja, ja, ja…
Lía: No te preocupes. Tendría que haberte avisado primero, pero se me ha complicado la cosa. Ja, ja, ja… Sí que me entrará mala leche, porque voy a llegar más tarde y será peor para aparcar.
Maya: ¿Qué te ha pasado?
Lía: Nada, que he decidido venir al piso de Alan para traerle la comida que me ha sobrado el mediodía. Como está tan cansado, así se despreocupa.
Maya: Ah, buena idea. Eres la amiga que siempre piensa en todo. Ja, ja, ja… Dile que le mando un besazo.
Lía: De tu parte. Cuando esté en el coche te envío un mensaje, para avisarte.
Maya: ¡Vale! No tengas prisa, es pronto.
Lía: Hasta ahora.
Maya: Hasta dentro de poco, preciosa.
Me guardé el móvil sonriendo y miré la pantalla del ascensor, donde indicaba el número de planta. Dirigí la vista a la puerta y la empujé cuando se paró en la planta de Alan.
Caminé hasta la puerta de su piso y esta vez sí que piqué al timbre.
Sonreí al escuchar los pasos de mi amigo. No sonaban mucho, pero con el silencio que había…
Dejé de escucharlo al cabo de unos largos segundos, lo que me extrañó y me hizo fruncir el ceño. Llevé la vista a la cerradura y después a la mirilla, así varias veces.
—¿Alan?
—Sí, sí…Voy.
—Ah. Vale —reí.
En vez de tranquilizar mi inquietud, esta aumentó en el instante en el que la puerta se abrió y mi amigo se dejó ver al otro lado, desde su piso.
Agrandé los ojos y di un paso hacia él.
—¿Qué te pasa?
—¿Qué haces aquí?
Nos preguntamos al mismo tiempo, pero él me habló en un tono muy bajo, como si no pudiera hacerlo de nuevo con normalidad.