Capítulo 3
Lía
Veintinueve años. En la actualidad.
Pasé por el salón dando saltos y cantando, alzando la voz, al mismo tiempo que sonaba la canción. Tenía la música alta, pero no lo suficiente para que los vecinos se me echaran encima.
Además, era sábado, las once de la mañana, por lo que, si no estaban todos levantados, mi música y mi voz les servirían de despertador porque ya era hora de estar en pie.
Estaba de broma, porque por los primeros que me preocupaba era por Alonso y Berta, mis vecinos de rellano. Este lo compartíamos también con Eloy, un policía de treinta y cinco años al que le quedaba el uniforme, que era una maravilla. Me llevaba muy bien con él, éramos buenos amigos.
Alonso, Berta y yo siempre bromeábamos diciendo que estábamos bien protegidos gracias a Eloy. Él se reía siempre, pero nos daba la razón.
Me apresuré a parar la música, cuando el timbre sonó por encima de todos los sonidos.
En cuanto abrí la puerta del piso, sonreí de oreja a oreja, al encontrarme en el rellano a mi amigo Alan.
—Buenos días, preciosa.
—Buenos días. ¿Te has perdido, guapo?
Reímos.
—Hola, chicos.
Alan se giró y ambos miramos hacia mi vecino Alonso.
—Hola, bombón —le dije, provocándole una gran sonrisa.
—Y esta niña —comentó a modo de queja, pero no podía ocultar lo que le gustaba que le dijera esas cosas.
—¿Dónde has dejado a Berta? —le pregunté.
—Ahora sale. Revisando que esté todo cerrado y bien. Tiene una obsesión…
Negó con la cabeza y sonreí.
—Es bueno ser precavido. Quita de muchos problemas —le dijo Alan, con diversión.
Alonso puso los ojos en blanco y mi amigo y yo reímos.
—¿Vais a dar un paseo? —le pregunté.
—Sí, y también a comprar unas cuantas cosas.
—No os carguéis mucho —le pedí—. Que os conozco.
—Lo que necesitamos son cosas pequeñas. No pasa nada —me sonrió—. ¿Vosotros vais a salir?
—Pues no tengo ni idea porque no lo esperaba. —Señalé a Alan.
—Voy a sacarla un rato, sí —contestó mi amigo.
—¿A sacarme? ¡Oye! Que yo me saco solita, ¿eh?
Me crucé de brazos, haciéndome la ofendida y aguantando porque Alonso y Alan reían.
Nos despedimos de Alonso y entramos en el piso.
La única ropa que llevaba yo era una camiseta holgada que parecía un vestido, porque me llegaba hasta la mitad de los muslos. El cuello lo tenía ancho y dejaba uno de mis hombros al descubierto.
Había estado limpiando el piso hasta hacía poco y, al terminar, me di una ducha rápida y acabé de nuevo con ropa cómoda porque no tenía la intención de salir del piso. Al menos hasta la tarde, cuando había quedado con mis amigos.
—¿Has dicho en serio lo de salir? —le pregunté a Alan.
Me senté en el brazo del sofá.
—Claro —me confirmó—. Así que tú decides, o te calzas y te vas como estás, o corres a cambiarte de ropa.
—¿Y esa prisa? —le pregunté con diversión—. ¿Has desayunado?
—Todavía no. Así que ya puedes hacerte una idea de la urgencia que tengo.
—Es muy tarde.
Me levanté del sofá.
—Ya… pero llegué del turno de guardia pasadas las cuatro de la mañana y he priorizado eligiendo descansar.
—Joder, qué tarde. —Hice una mueca—. Me visto rápido.
Le di un beso en la mejilla y fui a mi habitación.
Me quité la camiseta y me dirigí a la cómoda, para ponerme un sujetador. Después me dirigí al armario y saqué de él un pantalón vaquero corto y una camiseta de manga corta. Me vestí con ello y me calcé las sandalias planas.
Casi preparada, entré en el baño para cepillarme el pelo y recogérmelo en una coleta alta. La crema en la cara ya me la eché después de la ducha, y como iba a maquillarme, solo me puse un poco de brillo en los labios y me perfumé.
En la habitación de nuevo, cogí el bolso, metí el móvil dentro y fui al salón.
—Ya estoy. No puedes quejarte, he sido rápida.
—No seré yo el que ose quejarse de ti —habló con diversión.
Soltamos una carcajada, mientras caminábamos hacia la puerta del piso. Salimos y cerré con llave, antes de ir hacia el ascensor.
—Cuando llegues a tu piso tienes que descansar para la salida de esta tarde. Aunque si estás muy cansado, nos olvidamos de tomarnos unas copas después de cenar.
Las puertas del ascensor se abrieron y entramos. Alan pulsó el botón de la planta baja del edificio.
—Estaré bien —me aseguró—. No tengo ni que hacerme la comida, comeré rápido la que me sobró de ayer y me echaré. Hasta las siete y media tengo mínimo cuatro horas para descansar.
—¿Podrás estar tanto tiempo sin hacer nada? —le pregunté sonriendo.
Alan apoyó la espalda en una de las paredes, mirándome divertido.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Qué ha sido, el qué?
—La mueca que has hecho de molestia —le contesté.
—Me encanta tu imaginación. ¿Te lo he dicho alguna vez? —me preguntó con diversión.
—Sí. Muchísimas veces, pero lo de ahora no ha sido…
—Lía, cariño, estoy perfectamente —me aseguró, con un guiño.
Hasta que no se abrieron las puertas del ascensor en la planta baja y lo vi moverse otra vez, y comprobé que en su expresión no mostraba ningún cambio al separarse de la pared del ascensor, no quedé tranquila.
Solté un suspiro y sonreí.
—Algún día mi imaginación me dará algún dolor de cabeza —reí.
Alan sonrió, negando con la cabeza. Salimos del ascensor y fuimos hacia la puerta del edificio.
—¿Algún día? —preguntó con humor—. Como si ese día no hubiera llegado ya, varias.
—Eres un dramas —me quejé.
—No más que tú, pero en esto llevo la razón. Por completo.
Solté un bufido, consiguiendo que la sonrisa de mi amigo fuera más grande.
Cuando estuvimos en la calle, nos paramos.
—¿Dónde te apetece ir? —le pregunté.
—Vamos a la cafetería que está cerca de aquí, así es más rápido.
—Vale —sonreí.
Nos pusimos en marcha hacia la dirección en la que se encontraba.
—¿Al final Maya está trabajando esta mañana? Tuve que desconectar de vuestra conversación y me quedé en que no sabía si trabajaría o no.
—Está trabajando —le confirmé—. Decidió sustituir a su compañera y así tiene el sábado que viene libre. Podrá disfrutar del fin de semana completo.
—Bien. —Asintió.
Nos paramos en un paso de cebra.
—Eso si no le dicen de hacer otro cambio —comenté.
Me encogí de hombros.
—Que se niegue. Es así de simple.
—Ya…
Volvimos a caminar cuando el semáforo para peatones se puso en verde. Al llegar a la otra acera, fuimos hacia la derecha y giramos en la esquina de la calle.
—¿Ya has hecho todo lo que querías hacer, para tener el resto del fin de semana libre?
—Aún me queda algo, pero me doy por satisfecha. He limpiado el piso y ayer hice dos lavadoras. Me falta recoger la ropa del tendedero y guardarla, y alguna cosilla más, pero con calma.
Llegamos a la cafetería y, como había varias mesas libres en la terraza, decidimos ocupar una para estar al aire libre.
La camarera no tardó en acercarse a nosotros y le pedimos dos cafés con leche y Alan, además, se decidió por un bocadillo de tortilla de patata.
—Con lo grandes que hacen aquí los bocadillos, te servirá también de comida —le dije divertida.
—Pues mira, me viene genial.
Me hizo un guiño.
—Ya te digo —le sonreí—. Se te ve más cansado de lo normal. ¿Has tenido una guardia complicada?
—Sí que lo estoy —confirmó—. Complicada, pesada, cargante, molesta, lenta…
—Vale, vale.
Levanté las manos entre nosotros, riendo.
—Me he hecho una buena idea.
Negué con la cabeza.
La camarera volvió con los cafés con leche y el bocadillo de Alan. Antes de que se fuera, le pedí una botella pequeña de agua, al pensar que mi amigo iba a necesitarla. Me dio la razón cuando se lo dije.
Desayunamos disfrutando de una mañana tranquila y soleada. En la terraza se estaba de lujo y lo aprovechamos, aunque una vez que Alan terminó de comer, no tardamos mucho en irnos. Él necesitaba descansar.
Me adelanté a pagar yo y recorrimos el mismo camino para volver a mi casa. Alan había estacionado en la calle de atrás de mi edificio, pero, aunque no fuera así, igualmente me acompañaría hasta la puerta.
Él era así. Ni de día ni de noche nos dejaba solas, siempre que estaba con nosotras.
—Descansa mucho —le dije, frente a la puerta de mi bloque de pisos.
—Gracias, preciosa —sonrió.
—Ponte una alarma, a ver si se te va a echar la noche encima durmiendo —comenté con diversión.
—No estoy tan agotado —rio.
Nos dimos un abrazo y, cuando nos separamos, Alan volvió a caminar por la acera y yo abrí y entré.
Subí a mi planta en el ascensor y me dirigí a la puerta de mi piso. Una vez dentro, lo primero que hice fue cambiarme de ropa en mi habitación. Dejé en la silla la que me quité y volví a ponerme la camiseta holgada.
Me puse las zapatillas de estar por casa, saqué el móvil del bolso y cogí el libro de la mesita de noche, para ir al salón a ponerme cómoda y a leer.