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Capítulo 2

Metí la cabeza debajo de la almohada y solté un sonido de queja.

No quería despertarme. Todavía debía ser muy temprano y mi cuerpo me pedía más cama, por lo que no pensaba levantarme.

Durante unos minutos más me esforcé por dormirme de nuevo, pero agotada abrí los ojos.

Cansada o, más bien, mosqueada, por lo poco que había dormido.

—Joder —susurré, soltando un bufido—. ¿Quién hace tanto ruido? —grité.

Maya no estaba a mi lado, por lo que rodé por la cama para coger mi móvil. Activé la pantalla para ver la hora y me sorprendí porque eran casi las once.

—Qué tarde —dije sorprendida.

Me espabilé de golpe. Por eso y porque volví a escuchar los mismos sonidos. En esta ocasión pude diferenciarlos bien y me di cuenta de que eran voces.

Me levanté de la cama y abrí la ventana. Entonces escuché con claridad lo que decían, ya que quien hablaba se encontraba debajo de mi ventana.

Me asomé con el ceño fruncido y, en cuanto vi de quién se trataba, agrandé los ojos y solté un pequeño jadeo.

Me aparté de la ventana y salí de la habitación casi corriendo.

Pasé por delante de todas las habitaciones. Tenían las puertas abiertas y estaban vacías, por lo que continué.

Desde la escalera, mientras la bajaba, vi a mis amigos y a mis abuelos cerca de la puerta principal.

—Cariño —dijo mi abuela, al verme.

—Buenos días —hablé apresurada—. ¿Qué está pasando?

—Ay, Lía, ayyy…

Miré a Maya, con el ceño fruncido.

—Hay dos tíos fuera —comenzó a contarme Alan y me centré en él.

Maya estaba muy nerviosa.

—Los conocemos de vista y uno de ellos fue el que se acercó a nosotros anoche, cuando íbamos a comernos los perritos calientes.

Miré de reojo a Maya. Mi amiga estaba mordisqueándose una uña, lo que dejaba aún más al descubierto sus nervios.

—¿Y qué quieren? —pregunté.

—No lo sabemos —intervino mi abuelo—. Iba a bajar cuando has aparecido.

—Me han despertado sus gritos. —Bufé.

—Por lo visto, el que grita está borracho. A saber, si se han acostado desde anoche o continúan con la fiesta —comentó Alan—. El que está bebido es el que vino a nuestra mesa.

Alan miró a Maya. Oh, y yo conocía muy bien la mirada que le echó. Estaba diciéndole que había pasado algo que él no sabía, con ese chico.

—¿Y el otro? —quise saber, para distraer un poco el momento.

—Se ve bien y se mantiene firme al lado de su amigo.

—Joder. ¿Cómo saben que estamos aquí? O no lo saben y les ha dado por picar a varias puertas.

Al hablar, los miré a los cuatro.

—Yo he oído el nombre de Maya varias veces —me informó mi abuela.

Puse los ojos en blanco y, como no quise tensar la cuerda y poner más histérica a Maya, me contuve para no girarme hacia ella.

—Te acompa…

No llegué a terminar porque iba a decirle a mi abuelo que lo acompañaba abajo, pero él ya no estaba. Se había ido sin que ninguno nos diéramos cuenta.

Todos, sin excepción, salimos al rellano de la escalera que bajaba hasta la puerta desde la que se accedía al interior.

La entrada daba a dos casas y una de ellas era la de mis abuelos, por lo que al entrar por la puerta principal llegabas a un patio cubierto desde el que salían dos escaleras en direcciones opuestas.

Alan comenzó a bajar los escalones, justo cuando mi abuelo abría la puerta. Yo fui a hacer lo mismo que mi amigo, pero Maya me agarró de la parte de arriba del pijama, por detrás, y me detuvo arriba.

No hizo falta que me dijera que no la dejara sola. La miré, sin entender por qué tanta preocupación. Maya se encogió de hombros, entendiendo lo que estaba pensando y respondiéndome, me dijo que no tenía ni idea.

—¿Qué quieres, muchacho?

La voz de mi abuelo nos hizo mirar hacia abajo.

—¿Te parecen maneras de llamar la atención? —preguntó de nuevo mi abuelo.

—Señorrr… —Alargó la palabra el que se fue con Maya anoche—. Vengo a ver al amor de mi vida. Me han dicho que vive aquí.

—¿Qué dice? —preguntó con un jadeo Maya.

Yo elevé las cejas y me agarré de la barandilla, preparada para bajar. Mi abuelo y Alan miraron hacia arriba.

—Preciosa —dijo el chico, al ver a Maya también.

Dio un paso dentro de la propiedad y Alan se interpuso en su camino. El amigo que lo acompañaba apoyó el brazo en el marco de la puerta y se cruzó de brazos.

Fruncí el ceño, observándolo con atención. Parecía cansado, harto y aburrido de tener que aguantar a su amigo en esas condiciones. Me imaginé que continuaba con él para que no la liara mucho, aunque no entendía por qué no se lo llevaba de aquí y de cualquier otro lado.

Lo que necesitaba el que buscaba a Maya era una cama, para dormir como mínimo hasta el día siguiente. El de la puerta parecía estar perfectamente.

No me dio tiempo a apartar la mirada, cuando nuestros ojos se encontraron. Y qué ojos tenía él, oscuros como la noche más negra. Nos quedamos observándonos sin ningún disimulo. Por mi parte, ya no valía la pena molestarme en ocultar que había estado pendiente de él.

No varió en ningún momento la expresión, por lo que no pude saber qué pasaba por su cabeza.

—Vamos, Maya. Acabo de decirte que te quiero. Baja.

Desvié la atención al otro, obviando el jadeo de sorpresa de mi amiga.

—Quiero que seas mi novia. No puedes decir que no, anoche nos lo pasamos de lujo y…

—¿Por qué no te callas un rato? —le pregunté, interrumpiéndolo antes de que soltara lo que no tocaba en este instante.

—Tú no eres Maya —dijo, con cara de confusión.

—Obviamente no lo soy. Pero vivo aquí y me has despertado, cuando necesitaba dormir mucho más —le reproché.

—¡Maya! ¡Maya!...

Comenzó a gritar al hablar.

—Ya está bien de hacer el ridículo —dijo su amigo.

Lo agarró de la parte de atrás de la camiseta y tiró de él hacia fuera de la casa.

—¿Qué haces? ¡Nooo…! —se quejó el otro.

—O te estás quieto o te las apañas solo para llegar a la casa —le advirtió.

—He venido a decirle a Maya que desde que la vi hace unos días no he podido dejar de pensar en ella. Y después de lo de anoche…

—Da igual lo que pasara anoche, muchacho. ¿Has visto a Maya bajar para recibirte? ¿Te ha saludado? Yo creo que es bastante respuesta por su parte para que tengas claro que lo que sucediera anoche, no va a volver a repetirse —dijo con convicción mi abuelo.

—He sido el primero para ella. Eso tiene que significar algo.

—Mierda —susurré.

Maya soltó un jadeo, antes de estallar.

—¡Cállate y déjame tranquila! —alzó la voz—. ¡No quiero saber nada de ti! ¡Nunca más!

Al terminar de hablar, entró en la casa corriendo y desapareció de la vista de todos.

Respiré profundo, antes de mirar a mi abuela. Ella seguía con la vista fija por donde había desaparecido mi amiga. Su expresión era de preocupación, pero por cómo estaba, no por lo que acaba de salir a la luz.

—Ya la has oído —volví a hablar, cansadísima con la situación—. Desaparece y te aconsejo que te vayas a dormir, antes de que caigas rendido en cualquier lado.

—No voy a irme de aquí sin…

Alan cerró la puerta de golpe y esta dio un fuerte portazo, impidiendo que el chico terminara de hablar.

Antes de que se cerrara, durante unos segundos, me encontré de nuevo con la mirada del amigo. En esta ocasión fui yo la que lo pillé observándome.

Él tampoco disimuló. No apartó la vista, hasta que la puerta le privó de ver más allá de esta.

—Pues ya está —dijo mi abuelo—. Esta juventud…

Sacudió la cabeza, le dio una palmada de afecto a Alan en la espalda, y comenzó a subir la escalera. Cuando pasó por mi lado, me dio un beso en la cabeza y le sonreí antes de que entrara en la casa con mi abuela.

Ella me agarró de la mano e hizo presión. Yo le devolví el apretón, para que se quedara tranquila.

Solté un suspiro y volví a mirar hacia abajo. Alan subía despacio.

—Buenos días, dormilona —me dijo y sonreí.

—Buenos días, hombre, de no sé a qué hora te has despertado. —Le hice un guiño.

Reímos y nos dimos un abrazo.

Alan entornó la puerta de la casa y se giró para ir a la barandilla a apoyar los brazos en ella. Yo me puse a su lado, apoyando la cadera.

—¿Qué me he perdido sobre ese tío y Maya? —me preguntó.

Buscó mi mirada.

—¿He entendido bien? Cuando ese ha dicho que ha sido el primero para Maya, ¿qué ha querido decir?

—Lo que estás pensando —le confirmé.

—¿En serio? —Se sorprendió y frunció el ceño—. ¿Y no había otro en todo el puñetero pueblo?

—Pues por lo visto, no.

Reí.

—Manda narices. —Bufó—. A ver si ese tío no nos da problema el tiempo que estemos aquí.

—Espero que no, y que solo esté de paso. Hasta este año no lo había visto, ni a su amigo tampoco.

—Tienes razón. Deben estar de vacaciones o de paso. A saber. Sea como sea, esperemos que no sean molestos porque entonces no se irán tan bien como hoy.

Sonreí y apoyé la cabeza en su hombro.

—Maya quería contártelo esta mañana, pero todo se ha precipitado. Llegó media hora más tarde que nosotros.

—Créeme, todavía tiene mucho que contarme.

Le di un golpecito en el brazo y ambos terminamos riéndonos.