No entrabas en mi temario Capítulo 1
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No entrabas en mi temario

No entrabas en mi temario

Por Carlota Manzano

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Capítulo 1

Lía

Dieciocho años

Me giré en la cama, sintiendo algo extraño. Debía hacer un rato que me había dormido, no mucho, pero sí el suficiente para tener un sueño profundo.

No era así. Con los ojos cerrados y pesados por el cansancio, tuve una sensación rara.

—Lía.

Fruncí el ceño al escuchar mi nombre. Sonó muy lejano, en mis sueños, y me esforcé por entreabrir los ojos.

—Líaaa…

—¿Qué? —le pregunté a mi amiga, con la voz ronca por el sueño.

Me costó darme cuenta de que era Maya la que me hablaba y la que estaba arrodillada al lado de mi cama.

—¿Qué haces ahí? —le pregunté más espabilada.

—Lo he hecho.

—¿Cómo?

En el momento en que me metí en la cama, no recordé bajar la persiana. Por ese motivo podía ver la silueta de mi amiga y un poco de su cara. La luz tenue de la farola que estaba cerca de mi ventana se colaba en la habitación.

Me estiré para encender la luz de la lámpara de la mesita de noche y, viendo a Maya mejor, me incorporé para quedarme sentada.

—¿Tienes que estar en el suelo? —le pregunté.

—¿Qué más da? ¿Me has oído?

—Has dicho que lo has hecho.

Asintió varias veces, mordisqueándose una uña. Era algo que hacía cuando estaba muy nerviosa, por lo que arqueé una ceja.

—Me puedes aclarar qué has hecho y por qué es tan importante para que me despiertes a las…

—Son las cinco y media de la madrugada —me aclaró, antes de que llegara a encender la pantalla del móvil.

—Joder. Me he acostado a las cinco menos diez. —Bufé—. Media hora solo he dormido.

Me tapé la cara con las manos y me la froté varias veces, antes de soltar un suspiro.

—Ya puede ser bueno lo que tienes que decirme.

—Lo he hecho —repitió.

—¿En serio, Maya? ¿De qué narices hablas?

Mi amiga se echó casi encima de mí y me tapó la boca con una mano, haciendo presión. Agrandé los ojos, sorprendida, pero lo entendí todo con sus siguientes palabras.

—He tenido sexo con el tío de la feria, con el que me fui a dar una vuelta mientras tú y Alan os quedabais comiendo el perrito caliente.

Solté un grito. De ahí lo de taparme la boca. Maya tardó un rato en apartar la mano, cuando se aseguró de que se me había pasado la primera impresión.

—Cuando te refieres a sexo…

—¿Qué entiendes tú por eso? —me preguntó con una risilla.

—Puedes referirte a muchas prácticas, no hace falta que…

—He perdido la virginidad esta noche.

—¡La Virgen! —jadeé.

—No, ya no lo soy.

—¡Oh, cállate!

Cogí la almohada y le di con ella en la cabeza, haciéndola reír.

Nuestras voces sonaban en todo momento muy bajas, al igual que sus risas. Por la hora que era, la casa estaba completamente en silencio y todos dormían.

—¿Cómo estás? ¿Cómo ha sido? —le pregunté.

Me arrastré por la cama, alejándome de ella para hacerle sitio. Maya se subió junto a mí. Se tumbó de lado y yo hice lo mismo, de esa manera nos quedamos mirándonos.

—Me siento… no lo sé —habló pensativa—. De cuerpo un poco dolorida, pero por lo demás igual que siempre.

—¿Ha sido bruto? —le pregunté con el ceño fruncido.

—Digamos que podría haberme tocado otro mejor, pero bueno, era mi primera experiencia y ha salido como ha salido.

—Por eso mismo, porque era tu primera experiencia, era necesario que…

—No te preocupes. Estoy bien, de verdad. Te he adelantado —sonrió de medio lado.

—Joder. Has tenido cuidado, ¿verdad? Quiero decir…

—Lo hemos hecho con protección.

—Vale —suspiré—. ¿Tenía práctica? —pregunté con interés.

—Según él sí, aunque creo que necesita practicar más y creérselo menos.

Se encogió de hombros y apreté los labios, conteniendo la diversión.

—¿Has estado hasta ahora con él?

—Sí.

Se ruborizó.

—Hemos repetido varias veces.

Agrandé los ojos.

—Pero solo estimulándonos y esas cosas —rio, tapándose la boca con la mano—. No hemos vuelto a llegar al final.

—Qué fuerte. Te traigo al pueblo de mis abuelos y pierdes la cabeza. Esa parte para empezar, porque has perdido algo más abajo —dije sorprendida.

Reímos contenidas.

Estábamos en agosto y habíamos venido todo el mes con Alan, nuestro otro amigo, para pasar unas largas vacaciones en el pueblo de mis abuelos.

Aquí estábamos rodeados de naturaleza, un río en el que disfrutar de muchas maneras, con diferentes actividades, una gran piscina en el centro del pueblo, pero, sobre todo, lo más importante eran mis abuelos.

Me encantaba pasar todo el tiempo posible con ellos en verano. Mientras estudiaba podía permitírmelo, de manera que este era mi lugar seguro y tranquilo en el mes más fuerte de calor.

Un dato importante y destacable del pueblo era que por las noches refrescaba, lo que era muy de agradecer porque era necesario dormir tapada con unas capas finas. Durante las horas de sol hacía mucho calor.

Mis amigos cada año venían conmigo al pueblo. Algunos veranos me acompañaban durante todo el mes de agosto; los demás venían como mínimo durante quince días. Ese era el tiempo mínimo que estaban aquí.

Era genial pasar tanto tiempo los tres juntos. Mis abuelos querían mucho a Alan y a Maya, como si fueran sus nietos. Lo mismo sucedía a la inversa.

Mis abuelos no eran muy mayores. Se encontraban de maravilla de salud y estaban muy felices por tenernos con ellos.

Estábamos en la semana de las fiestas del pueblo, en la que montaban una gran feria. También había espectáculos y actividades en cada plaza, y todas las cafeterías, los bares y los restaurantes estaban muy animados durante todo el día.

En las fiestas del pueblo, la gente vivía más fuera de sus casas que dentro.

Precisamente, fue en un día de estos de la feria donde Maya se fijó en que había un chico que no dejaba de mirarla. No era la primera vez que lo veíamos, ya que aquí lo normal era coincidir en un lado o en otro.

Al final, una cosa llevó a la otra y así había terminado la cosa, con mi amiga tumbada en mi cama después de su confesión.

—Es muy tarde, deberíamos dormir algo —dijo alargando las palabras, con voz cansada.

Sonreí.

—Cierra los ojos y duérmete. Mañana hablamos con más calma.

—Alan va a flipar cuando se lo cuente —susurró.

—Bastante —dije con diversión.

—¿Tú no duermes?

Parpadeó muy despacio, alargando los movimientos.

—Después de ti.

—Vale —suspiró.

Apagué la luz haciendo malabares para no caer encima de mi amiga y Maya se quedó dormida al instante. Su respiración cambió.

Yo me quedé muy despierta, observándola con la luz tenue de la farola de la calle. Entre que me había espabilado del todo y con la noticia inesperada que me había despertado, ahora era incapaz de dormirme.

Solté un suspiro, mientras me ponía bocarriba en la cama. Giré la cabeza hacia la ventana y durante unos minutos esperé a sentir algo de sueño, pero no tuve suerte.

Decidí levantarme, porque tal vez si me movía cuando regresara, me había cansado lo suficiente como para caer rendida otra vez.

Necesitar dormir y descansar, y no poder, era muy mierda.

Con las zapatillas de estar por casa y con la chaqueta de lana que cogí de una silla y me puse, salí silenciosa de la habitación.

Recorrí el largo pasillo, pasando por las puertas de las habitaciones de mis abuelos y de la de Alan, y cuando llegué al final, bajé la escalera para ir a la cocina.

Fui a oscuras, ya que me sabía el camino perfectamente.

—¡Abuela! —exclamé, al encender la luz de un manotazo.

Ella era de las mías, no necesitaba luz para moverse por la noche.

Ambas reímos por el susto que me llevé.

—Lo siento, cariño. Pensaba que era la única despierta. Me he levantado al poco de escuchar llegar al último descarrilado.

Apreté los labios.

Mis abuelos nunca se acostaban más tarde de las once, a no ser que hubiera alguna celebración y esta se alargara. Con lo tarde que era, mi abuela no sabía en qué orden habíamos llegado. Solo nos había escuchado.

Y no porque hiciéramos ruido. El problema era que tenía un sueño muy ligero y se enteraba de todo.

Le di un beso en la mejilla al pasar por su lado y me acerqué a la encimera.

—La última descarrilada ha sido Maya —le dije, cogiendo la botella de agua—. Aunque Alan y yo hemos llegado media hora antes. Poca diferencia hay.

Saqué un vaso del armario y eché agua en él. Me sentó de maravilla beber el primer sorbo, ya que tenía la garganta seca.

—¿Os lo habéis pasado bien?

—Sí —le contesté, sonriendo—. La feria estaba muy animada. Hemos comido perritos calientes.

No entré en detalles, porque si le decía que los que habíamos comido los perritos calientes éramos Alan y yo, me preguntaría por Maya, lo que me llevaría a tener que decirle que se fue para dar una vuelta con un chico que vino hasta nuestra mesa para invitarla a estar un tiempo juntos. Y les cundió ese tiempo.

Me bebí de golpe el agua y dejé el vaso en el fregadero. Mi abuela llevaba su botella en la mano, seguramente había bajado para rellenársela.

—Vamos a la cama —le dije.

La abracé por el costado y ella me sonrió, antes de darme un beso en la mejilla.

Apagué la luz y nos fuimos de la cocina, para ir hacia la escalera.

—Mañana no te levantes pronto. Si Alan aparece antes que vosotras, le diré que te costó mucho dormirte.

—Eres la mejor.

Le devolví el beso.

Subimos la escalera en silencio y nos despedimos en la puerta de su habitación con un abrazo. Después me dirigí a la mía, dispuesta a dormir.

Maya continuaba como la dejé y sabía que, aunque hiciera ruido, no la despertaría en este momento. Aun así, fui igual de silenciosa que al salir.