CAPÍTULO VEINTICUATRO #3
Y por debajo de la siguiente. Y de la siguiente.
No volvió a hacer la fila. La atravesó: de un lado a otro del laberinto, agachándose, colándose y deslizándose por debajo de las cuerdas, «perdón, lo siento, perdón, uy, perdón», junto a empresarios sobresaltados y familias con carritos y un hombre con un perro de asistencia y todo el grupo de despedida de soltera con sombreros rosas, que se había abalanzado hacia la barandilla de lo alto de las escaleras mecánicas y chillaba sin parar.
La bolsa de viaje iba golpeando hombros ajenos.
Se le cayó la tarjeta de embarque. No se detuvo a recogerla.
Cruzó aquel control como un defensa cruzando el hielo, grande, rápido e imparable, y la agente de la TSA de la entrada abrió la boca para decir algo, pero le vio la cara, la cerró otra vez y se limitó a apartarse.
Salió de la última fila de postes y dejó caer la bolsa de viaje al suelo.
Y Nathan ya corría también. Y se encontraron en medio del vestíbulo, en lo alto de las escaleras mecánicas, bajo los grandes ventanales llenos de cielo de Texas, delante de doscientos desconocidos, de un grupo de despedida de soltera y de Dios.
Luke lo cogió en el aire.
Lo cogió como lo había hecho en la cocina durante la tormenta: lo levantó del suelo de un solo movimiento, como si no pesara nada, y Nathan le rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas, y se agarró fuerte.
Y los brazos de Luke se cerraron a su alrededor como abrazaderas de hierro.
Y Nathan le puso las manos a ambos lados de la cara mojada y lo besó.
Allí mismo. A la luz. Donde todo el mundo podía verlo.
No fue un beso cauteloso. Ni silencioso.
Era cada minuto robado de todo el verano, cada puerta cerrada y cada habitación con llave y cada vez que habían evitado mirarse al otro lado de la mesa, cada mano sobre cada boca, cada «chist», cada «ten cuidado»: todo volcado de golpe en medio del aeropuerto, delante de todos.
Era la tormenta y el lago y la roca y las estrellas.
Era Jacob al amanecer, empapado y sangrando y cojeando, diciendo por fin su nombre.
Alguien empezó a aplaudir.
Era el grupo de despedida de soltera. Cómo no.
Una de las mujeres de los sombreros rosas de vaquero empezó a aplaudir y a vitorear, y luego se unieron las demás, y luego se puso a aplaudir alguien de la fila de seguridad, y luego otro, y entonces —Nathan lo oyó a través del rugido de sus oídos, de su propio latido y del de Luke— estaba aplaudiendo todo el control.
Doscientos desconocidos. Empresarios y abuelas y universitarios y el hombre del perro de asistencia.
Aplaudían y vitoreaban y silbaban. La niñita de las coletas daba saltos.
Abajo, el guitarrista había vuelto a tocar —algo alto y luminoso y rápido, con mucho rasgueo—, y la agente de la TSA de la entrada, la mujer corpulenta y aburrida de las gafas de leer colgadas de una cadenita, se había quitado las gafas y se secaba los ojos con el dorso de la mano.
Luke interrumpió el beso. No dejó a Nathan en el suelo. Le apoyó la frente contra la suya, como en la cocina, y se quedaron allí respirando agitados, con el aliento mezclándose en el minúsculo espacio caliente que había entre sus caras.
—Lo has dicho —susurró Luke—. En el aeropuerto. Delante de todos.
—Lo he dicho.
—Y lo has dicho alto.
—Me dijiste que aguantara. —Nathan reía y lloraba a la vez—. Me dijiste que no soltara hasta recibir la bendición.
—Yo no dije…
—Génesis treinta y dos, versículo veintiséis.
Luke se rió. Le salió una risa rota, húmeda, incrédula.
—¿Me estabas escuchando?
—Te escuchaba cada palabra —dijo Nathan—. Te escucho desde la primera noche. Y te escucharé el resto de mi vida.
A Luke se le volvió a descomponer la cara. La hundió en el hombro de Nathan. Nathan lo sostuvo. A su alrededor, los aplausos seguían y seguían.
Y abajo, al pie de las escaleras mecánicas, nada más pasar las puertas correderas de cristal de la terminal Barbara Jordan, había una mujer menuda y pulcra, de pelo plateado, con zapatos cómodos y un cordón de cuentas sujeto a las gafas; estaba allí de pie, el bolso colgado del brazo y las llaves del coche en la mano, y los observaba.
Arlene Pickett no aplaudió. No agitó la mano.
Se quedó allí sin más, con la boca apretada en una línea fina y los ojos muy brillantes detrás de las gafas de leer; al cabo de un rato sacó del bolso un pañuelo de papel doblado y se dio unos toques cuidadosos en el rabillo de un ojo y luego en el del otro.
Después guardó el pañuelo en el bolso, se dio la vuelta y salió por las puertas correderas a la mañana blanca de Texas, donde un policía del aeropuerto con chaleco amarillo le estaba poniendo una multa a una Silverado roja y descolorida que aún tenía las luces de emergencia parpadeando.
—Agente —dijo ella—, esa camioneta es de mi nieto. Ha tenido una emergencia. Déjeme que se la quite yo de ahí.
El policía la miró. Le miró el pelo plateado, y el cordón de cuentas de las gafas, y los zapatos cómodos.
Rompió la multa en pedazos.