No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO VEINTITRÉS #3
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CAPÍTULO VEINTITRÉS #3

Como si alguien hubiera encendido una luz.

Al piano, Ruth Harlow seguía sentada con las manos en el regazo. No tocaba. No se movía. También ella miraba hacia la puerta lateral.

Nathan seguía sentado en la tercera fila desde el fondo, con el himnario en el regazo, y no podía moverse.

Tenía que moverse. Tenía que levantarse.

Tenía que ir tras él. Se lo había prometido.

«No voy a ser como él. No voy a ponerme delante de nadie a mentir sobre ti».

Se lo había prometido en el apartamento, con el teléfono boca abajo sobre el escritorio.

Se lo había prometido en la bañera, bajo las estrellas. «Juntos». Había dicho «juntos».

Y Luke acababa de ponerse delante de trescientas personas y lo había dicho todo, solo. Y había mirado a Nathan mientras lo decía, y luego había apartado la vista a propósito, para que nadie le siguiera la mirada. Para que nadie lo supiera.

Lo había protegido. Incluso ahora. Incluso ahí arriba. Incluso después de que Nathan le hubiera dicho que no lo hiciera.

«Lo estás haciendo otra vez».

A Nathan no le respondían las piernas. Tenía las manos aferradas al himnario.

El santuario entero rugía a su alrededor, y su cabeza rugía más fuerte todavía: la voz de su padre, «Eso se lo habrás hecho tú, no yo, tú»; su propia voz, «Sí, señor, sí, señor, sí, señor»; veinte años de puños bajo la almohada y de muros levantados ladrillo a ladrillo.

Y no podía moverse. No podía ponerse en pie.

No podía hacerlo. Tenía dieciocho años y eran las cuatro y media de la madrugada y las persianas estaban bajadas y no podía hacerlo.

Una mano se le cerró en el brazo.

Volvió la cabeza. Debby lo miraba. Llevaba a Micah en la cadera, y el niño golpeaba el caballito contra su hombro. Tenía la cara muy pálida y muy serena.

—Vete —dijo ella.

Nathan se quedó mirándola.

—Vete, Nathan. —Le soltó el brazo y le dio un empujón. Sin delicadeza—. ¿A qué esperas? Vete.

Al otro lado de Debby, Hannah se había puesto en pie. También lo miraba. Sus ojos grises echaban chispas.

—Vete —dijo su hermana.

Se levantó.

Se levantó de la silla plegable de la tercera fila empezando por atrás, junto al pasillo, donde se sentaba todos los domingos desde que tenía memoria.

Y se encaminó, no hacia la puerta lateral junto a la plataforma, por donde los ancianos se abrían paso a empujones, sino hacia las puertas del fondo.

Fuera del santuario. Al vestíbulo. Por delante de la mesa de bienvenida, el expositor de folletos y la fotografía enmarcada de su padre dándole la mano al gobernador.

Y por las puertas principales del Tabernáculo Grace Covenant, a la tarde calurosa, pesada y anaranjada.

Echó a correr.

Corrió alrededor del antiguo Walmart, pasó junto a los contenedores y la zanja de desagüe, y llegó al aparcamiento de atrás.

Allí estaba la Silverado. Allí estaba el Camry.

Y allí estaba el viejo Tahoe verde con la pegatina de la Marina, con el motor en marcha, los faros encendidos y la puerta del conductor abierta.

Luke estaba sentado al volante, con las manos puestas en él y la cabeza apoyada encima.

Al oír los pasos, alzó la vista. Vio a Nathan cruzar el aparcamiento corriendo hacia él bajo la luz anaranjada, y su cara…

Nathan se detuvo junto a la puerta abierta. Le faltaba el aire. El corazón le golpeaba contra las costillas.

—Apartaste la mirada —dijo.

Luke se le quedó mirando.

—Allí arriba. Me miraste y luego apartaste la mirada. Para que nadie lo supiera. —A Nathan se le quebró la voz—. Lo has vuelto a hacer. Has cargado tú solo con todo. Te plantaste ahí arriba solo y…

—Tenía que hacerlo.

—No tenías…

—No estás preparado, Nathan. —La voz de Luke sonaba muy baja y muy cansada—.

No estabas preparado. Te vi la cara. No iba a tomar esa decisión por ti.

No delante de trescientas personas. No con tu padre ni siquiera presente.

No con Micah en el regazo de Deb. Eso es tuyo.

Es tu nombre y te toca decirlo a ti. Cuando estés preparado. No a mí.

Nathan siguió allí, en la puerta abierta del Tahoe, con el motor en marcha y el cielo anaranjado tiñéndose de rojo a su espalda.

—¿Adónde vas? —preguntó.

Luke bajó la mirada al volante.

—A casa de Arlene —respondió—. Esta noche. A devolverle el Tahoe. Mañana por la mañana me lleva al aeropuerto.

—¿A Oklahoma?

—No. —Luke negó con la cabeza—. A Minneapolis.

Mi vuelo sale a las diez cuarenta. El jueves llamé a mi madre.

Le dije… —Se interrumpió. Tragó saliva—.

Le conté todo. No sé cómo se lo va a tomar.

Mi padre no ha dicho ni una palabra. Pero ella me dijo que volviera a casa.

Me dijo: «Vuelve a casa, Lukey, y ya lo resolveremos».

—Soltó una risa breve y quebrada—. No tengo ningún otro sitio adonde ir, Nathan.

No tengo trabajo. No tengo iglesia. Después de mañana no tengo piso.

Tengo una madre en Alexandria que me ha dicho que vuelva a casa.

—Me tienes a mí.

Luke alzó la vista hacia él.

—Me tienes a mí —dijo Nathan. Le temblaba la voz—. Dijiste juntos. En la bañera. Dijiste que lo resolveríamos juntos.

—Sé que lo dije.

—Pues no te vayas.

—Nathan. —Luke tenía los ojos húmedos—. Estás casado.

Tienes un hijo. Tienes un padre que va a…

Ni siquiera sé qué va a hacer. Y dentro de dos semanas te ordenan.

Tienes toda una vida aquí. Tienes muchísimas cosas que resolver.

Y no puedes resolverlas conmigo en medio.

No puedes resolverlas con todos los de esa iglesia sin quitarnos ojo a los dos.

Necesitas… —Se interrumpió—. Necesitas hacerlo a tu manera.

A tu ritmo. Y yo necesito volver a casa y mirar a mi madre a los ojos. Y después…

—¿Y después qué?

Luke lo miró un largo rato.

—Y después no lo sé —dijo—. Esa es la verdad. No lo sé.

A sus espaldas, desde la parte delantera del edificio, llegó el estruendo de las puertas al abrirse de golpe. Voces. Gente que salía al aparcamiento. Alguien gritaba. Los faros empezaron a barrer el asfalto.

Luke alargó el brazo y le puso la mano en la cara a Nathan. Solo un segundo. Solo la palma contra su mejilla.

—Te quiero —dijo—. Te quiero más de lo que he querido nunca nada. Eso es lo único que sí sé. Recuérdalo.

Apartó la mano. Cerró la puerta.

El Tahoe salió del aparcamiento. Nathan se quedó allí, mirando cómo se alejaban las luces traseras: por el camino de atrás, lleno de baches, junto a los contenedores, hasta salir a Slaughter Lane y perderse en el atardecer rojo, hasta no ser más que dos lucecitas entre otras cien, y luego nada.

A su espalda, las voces se acercaban cada vez más.

No se volvió.