CAPÍTULO VEINTIDÓS
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Fiebre
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La fiebre de Micah empezó el lunes por la tarde y a las once de la noche ya tenía cuarenta coma tres.
Nathan nunca había tenido tanto miedo en su vida.
Ya había pasado por otras fiebres. Como todos los padres.
Micah había enfermado a los seis meses —una infección de oído— y otra vez al año, con una gastroenteritis que los tuvo a los dos en pie tres noches seguidas, cambiando sábanas, meciéndolo y llamando a la línea de enfermería a las dos de la madrugada.
Pero aquellas fiebres eran normales. Venían con llanto y protestas, con un bebé ardiendo, enfadado e inquieto que quería que lo cogieran en brazos, luego que lo dejaran en la cuna y después que lo volvieran a coger.
Esto era distinto.
Esta fiebre venía con silencio.
Micah no lloraba. Micah, que gritaba por todo —le gritaba al perro del vecino, a los cuidadores de la guardería y hasta a su propio reflejo—, yacía inerte sobre el pecho de Nathan, en el sofá de la sala de estar, ardiendo como una brasa a través de dos capas de algodón, sin emitir un solo sonido.
Tenía los ojos entreabiertos y vidriosos.
Respiraba deprisa y superficialmente. Tenía las mejillas de un rojo febril y manchado, los labios secos y agrietados, y cuando Nathan le apoyó una toallita fría en la frente, ni siquiera se inmutó.
—Deb —dijo Nathan. La voz le salió extraña—. Deb, el Tylenol no le hace nada.
Debby estaba al teléfono, en la línea de urgencias del pediatra. Llevaba doce minutos en espera. Estaba de pie en medio de la sala de estar, con los pantalones cortos del pijama, el pelo escapándosele del moño y la cara blanca como el papel, mirando al bebé que yacía sobre el pecho de Nathan.
—No llora —dijo—. Nathan. ¿Por qué no llora?
—No lo sé.
—Siempre llora. Siempre llora…
Y entonces el cuerpo de Micah se quedó rígido.
Sucedió todo de golpe. Un segundo antes estaba flojo, un peso muerto y ardiente sobre el pecho de Nathan.
Al siguiente se le quedó tieso como una tabla.
Arqueó la espalda. Sacudió los brazos. La cabeza se le fue hacia atrás de golpe y los ojos se le dieron la vuelta hasta que solo se le vio el blanco; de la garganta le brotó un sonido terrible, fino y gorgoteante, y entonces empezó a temblar.
Debby gritó.
Nathan no recordaba lo que pasó después.
No en orden. Recordaba que a Debby se le cayó el teléfono de la mano y rebotó en la alfombra.
Recordaba haber puesto a Micah de lado sobre los cojines del sofá, porque en algún rincón de la cabeza una voz de una clase de reanimación cardiopulmonar en la YMCA le repetía: «De lado, de lado, no le metas nada en la boca».
Recordaba sus propias manos, enormes e inútiles, suspendidas sobre aquel cuerpecito que se sacudía, sin saber dónde tocarlo.
Recordaba haber contado —uno, dos, tres, cuatro— en voz alta, porque la voz de la clase de reanimación decía que había que cronometrarlo.
Recordaba a Debby de rodillas en el suelo, a su lado, sollozando: «Dios mío, Dios mío, Dios mío, por favor, por favor, por favor… »
Recordaba el momento en que paró.
Cincuenta y ocho segundos. Le había parecido un año.
Micah volvió a quedarse flojo. Cerró los ojos. Respiraba rápido, con un sonido áspero y húmedo, pero respiraba. Nathan apoyó el oído en aquel pecho pequeñísimo y le oyó el corazón latir como el de un colibrí.
—Nos vamos —dijo—. Ahora. Coge los zapatos.
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El Dell Children’s Medical Center quedaba a veinte minutos, en el barrio del antiguo aeropuerto Mueller, al noreste de Austin.
Nathan llegó en once. Se saltó dos semáforos en rojo en Lamar y uno en la 290, y pisó a ciento cuarenta y cinco por la I-35 con las luces de emergencia puestas; Debby iba detrás, en el asiento de la Silverado, con Micah en brazos, porque no había tiempo para la sillita, y lo mecía y le cantaba con una voz quebrada, en un susurro: «Cristo me ama, bien lo sé». Una y otra vez.
Micah no se despertó.
En urgencias los pasaron dentro de inmediato.
Eso fue lo que más asustó a Nathan después: no la espera, sino el hecho de no esperar.
La enfermera de triaje le echó un vistazo al bebé que Debby llevaba en brazos y preguntó: «¿Convulsión febril?
», y cuando Nathan dijo que sí, no les pidió que se sentaran.
Los llevó directos a través de las puertas dobles hasta una habitación con una cuna, un monitor y un montón de máquinas, y al cabo de un minuto había tres personas con pijama sanitario alrededor de la cama, y una de ellas le estaba poniendo una vía diminuta en la diminuta mano de Micah, y Micah seguía sin despertarse, y Debby emitió un sonido como de animal atrapado en un cepo.
—No pasa nada, mamá —dijo una de las enfermeras sin levantar la vista—. No pasa nada. Las convulsiones febriles dan mucho miedo, pero son muy frecuentes a esta edad. Las vemos a diario. Le vamos a bajar la fiebre, le haremos unas pruebas y averiguaremos qué la provoca.
—¿Se va a poner bien? —La voz de Debby era un hilo.
La enfermera levantó entonces la vista. Era joven, llevaba un aro en la nariz y un pijama sanitario morado, y tenía unos ojos amables y cansados.
—Lo vamos a cuidar muy bien —dijo.
No era un sí. Nathan oyó que no era un sí.
Se quedó de pie contra la pared de la pequeña habitación, de bloques de hormigón pintados, con las palmas apoyadas en ella, mirándolos trabajar, y no podía respirar.
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Trasladaron a Micah a una habitación de la tercera planta a la una y media de la madrugada.
Los médicos estaban bastante seguros de que era un virus.
Alguno de esos virus de verano, probablemente, que le había disparado la temperatura demasiado deprisa para lo que su pequeño cerebro podía soportar.
Le habían hecho análisis de sangre y de orina, además de una radiografía de tórax, y estaban esperando los resultados.
Querían tenerlo ingresado esa noche en observación, quizá más tiempo, para asegurarse de que no volvía a pasar y descartar algo más grave.
Dijeron la palabra meningitis una vez, con cautela, como quien rodea a una serpiente, y después no volvieron a pronunciarla.
La fiebre había bajado a 38,3 grados. Se había despertado una vez, en urgencias, y había llorado —un gemido fino, agotado y furioso—, y a Nathan casi se le doblaron las piernas de alivio al oírlo.
Ahora dormía en una cuna de hospital con barandillas a los cuatro lados, con una bata demasiado grande estampada de jirafas de dibujos animados, una vía pegada con esparadrapo a la mano y un pulsioxímetro prendido en un dedo del pie que brillaba en rojo en la oscuridad como una brasa minúscula.
Debby estaba sentada en la silla junto a la cuna, le sujetaba el pie entre las barandillas y no lo soltaba.
Nathan estaba junto a la ventana. Abajo, el aparcamiento.
Más allá, las luces de la ciudad. En algún punto de ahí fuera, a tres kilómetros al sur del río y a trece al sur de aquella ventana, había un apartamento de bloques de hormigón encima de un salón de actos, con una puerta metálica en lo alto de una escalera de acero galvanizado.
Sacó el móvil.
Lo miró durante un largo rato.
«No lo llamarás, ni le escribirás, ni irás a ese apartamento».
Empezó a escribir.
Micah ha tenido una convulsión. Estamos en el Dell Children’s. Habitación 312. Creo que está bien. Creen que es un virus. Tengo miedo.
Le dio a enviar antes de poder pensárselo.
La respuesta llegó en menos de quince segundos. Era una sola palabra.
LUKE: Voy.
Nathan se quedó mirando la pantalla.
No puedes, escribió. Papá ha dicho que…
LUKE: Me da igual lo que haya dicho tu padre. Estoy en el coche. Quince minutos.
A Nathan le escocieron los ojos. Levantó la vista del móvil y miró al otro extremo de la habitación en penumbra, hacia Debby, sentada en la silla.
Ella estaba con su móvil. El resplandor azul de la pantalla le iluminaba la cara.
Escribía deprisa con una mano, mientras con la otra seguía sujetando el pie de Micah entre las barandillas.
Levantó la vista, lo sorprendió mirándola y, durante un segundo, se quedaron mirandose el uno al otro en aquella habitación de hospital a oscuras.
—Le he escrito a Wyatt —dijo Debby en voz baja.
Nathan asintió despacio.
—Viene —dijo ella—. Desde Bandera. Ya está en la camioneta. Ha dicho que tardará una hora y media.
—Luke también viene —dijo Nathan.
Debby lo miró un largo momento. Después soltó el aire en algo que casi fue una risa.
—Bueno —dijo—. Pues parece que vamos a hacerlo.
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Luke llegó a las 2:10.
Nathan lo recibió junto al ascensor. No era su intención —pensaba quedarse en la habitación, con Micah—, pero había estado de pie frente a la ventana, vigilando el aparcamiento, y cuando vio el viejo Tahoe verde con la pegatina de la Marina entrar bajo las luces y a una figura alta bajarse y echar a correr, se encontró en el pasillo, delante de los ascensores, antes incluso de haber decidido moverse.
Las puertas se abrieron. Luke salió.
Llevaba unos pantalones de chándal, una sudadera de los Minnesota Wild con la capucha echada hacia atrás y chanclas; tenía el pelo de punta por un lado, como si acabara de levantarse, y la cara blanca. Miró a Nathan y se quedó sin aire.
—¿Está…?
—Está bien. Duerme. La fiebre ha bajado.
Luke cerró los ojos. Apoyó una mano en la pared, como si la necesitara para seguir de pie.
—Vale —dijo—. Vale. Vale.
Entonces abrió los ojos y miró a Nathan, y su cara cambió, y abrió los brazos, y Nathan se metió en ellos.
Era el pasillo de un hospital. Había enfermeras en el control de enfermería, a seis metros.
Un celador empujaba un carro. En la esquina del techo había una cámara de seguridad con su lucecita roja parpadeando.
A Nathan le daba igual. Se quedó en el pasillo de la tercera planta del Dell Children’s Medical Center, a las dos de la madrugada, con la cara hundida en una sudadera de los Minnesota Wild y los brazos de Luke cerrados con fuerza a su alrededor, y tembló.