No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO VEINTIUNO #3
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CAPÍTULO VEINTIUNO #3

Se metieron juntos en la bañera. Era demasiado pequeña.

Siempre iba a ser demasiado pequeña; nada en el mundo estaba hecho para un hombre del tamaño de Luke.

Pero, de algún modo, consiguieron acomodarse, enredados en el agua caliente, con las piernas colgando por encima del borde de hierro y el viento del desierto fresco en los hombros mojados, y Nathan se recostó contra el pecho de Luke, que lo rodeó con los brazos, y los dos miraron las estrellas.

Y, al cabo de un rato, las manos de Luke empezaron a moverse.

Despacio. Muy despacio. Bajaron por el pecho de Nathan dentro del agua caliente.

Por las costillas. Por el vientre. A Nathan se le cortó la respiración.

Echó la cabeza atrás, la apoyó en el hombro de Luke y cerró los ojos, y la boca de Luke le encontró la garganta, y la mandíbula, y el punto blando bajo la oreja, y el agua caliente los lamía y se agitaba a su alrededor mientras empezaban a moverse juntos.

No se parecía en nada a la tormenta. Ni al baptisterio, ni al futón, ni al suelo de la cabaña de los monitores.

No hacía falta guardar silencio. No había nadie en ciento sesenta kilómetros a la redonda.

No había padre, ni iglesia, ni Arlene, ni Janet, ni Dale Pruitt con su linterna.

En el mundo entero no existía nada más que ellos dos, el agua, el viento y el cielo.

Así que no guardaron silencio.

Nathan se oyó a sí mismo. Oyó los sonidos que hacía y no los detuvo, no se los tragó, no los aplastó contra el hombro ni la palma de nadie.

Los dejó salir. Los dejó subir desde dentro hacia la noche del desierto, crudos, altos y sin vergüenza: el nombre de Luke, una y otra vez, y sí, y por favor, y no pares, y cosas que no eran palabras siquiera.

Y Luke le respondió. Aquella voz profunda retumbando contra su espalda, quebrándose, jadeando, lanzando el nombre de Nathan hacia las estrellas como un hombre que clama a Dios.

El agua se desbordó por el borde de la bañera y salpicó las piedras.

A ninguno de los dos le importó. Se volvieron para mirarse de frente y Nathan se subió al regazo de Luke, le rodeó el cuello con los brazos y se aferró a él, y Luke lo sostuvo, y se movieron juntos en el agua caliente bajo el océano entero y ardiente del cielo.

Nathan abrió los ojos una vez, miró por encima del hombro de Luke y vio la Vía Láctea arqueándose sobre ellos como los huesos de una catedral, y vio una de aquellas luces extrañas colgada en el horizonte, dorada y luminosa, observándolos.

Y pensó: «Que observe». Pensó: «Que observe el universo entero.

Que observe Dios. No me escondo. Ya no me escondo».

Cuando rompió sobre ellos, rompió sobre los dos a la vez, y fue tan inmenso y tan brillante que Nathan pensó por un segundo de locura que el cielo entero se había desplomado, que las estrellas estaban cayéndoles encima, que las luces del horizonte habían cruzado el desierto a toda velocidad y se los habían tragado enteros.

Gritó —fuerte, a pleno pulmón, un solo grito largo que subió y subió y volvió en eco desde las montañas—, y sintió los brazos de Luke apretándolo contra él, y oyó la voz de Luke quebrarse contra su garganta, y se aferraron el uno al otro en la bañera que desbordaba y temblaron y temblaron y temblaron.

Después se quedaron tumbados, enredados en el agua que se enfriaba, con la cabeza echada hacia atrás contra el borde de hierro, y miraron las estrellas, y no hablaron durante mucho, mucho tiempo.

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—Te quiero —dijo Luke por fin.

No lo susurró. No lo articuló en silencio. Lo dijo en voz alta, con su voz de siempre, hacia la oscuridad del desierto.

—Yo también te quiero —dijo Nathan. Del mismo modo. En voz alta.

—No voy a subir a ese avión.

Nathan volvió la cabeza.

Luke miraba las estrellas. A su luz, tenía la cara pálida y mojada, y muy serena, y la mandíbula apretada de una manera que Nathan solo había visto una vez antes, en el púlpito, el primer domingo por la noche, cuando se quedó mirando a la congregación tanto rato que la gente empezó a removerse en los asientos.

—No sé qué voy a hacer en vez de eso —dijo Luke—. No sé cómo proteger a Carter. No sé qué va a hacer tu padre. No sé dónde voy a trabajar, ni dónde voy a vivir, ni qué va a decir la Fellowship, ni si mi madre volverá a hablarme alguna vez. No sé nada.

Volvió la cabeza y miró a Nathan.

—Pero no voy a subir a ese avión. Y no voy a cargar con las culpas. Esta vez no. Por nadie.

Nathan lo miró.

—Vale —dijo.

—¿Vale?

—Vale. —Nathan sacó la mano mojada del agua y la apoyó en la cara de Luke—. Entonces ya nos ocuparemos del resto.

—Juntos.

—Juntos.

Luke cerró los ojos. Volvió la cara hacia la palma de Nathan y la besó.

Allá en el horizonte, las luces seguían suspendidas en la oscuridad: ahora eran dos, una al lado de la otra, con un brillo suave y dorado al pie de las montañas negras. Fueron derivando la una hacia la otra, despacio. Se tocaron. Se convirtieron en una sola luz.

Y entonces se apagó, y no quedó nada más que las estrellas.