CAPÍTULO VEINTIDÓS #2
—Estoy aquí —dijo Luke contra su pelo—. Estoy aquí. Estoy aquí.
—Ha dejado de respirar, Luke. He pensado…, por un segundo he pensado que…
—Lo sé.
—No sabía qué hacer…
—Lo has hecho todo bien. Lo has traído aquí. —La mano de Luke le subía y bajaba por la espalda—. Lo has hecho todo bien, Nathan. Está bien. Está bien.
Una de las enfermeras del control levantó la vista. Los miró un momento —dos hombres abrazados en el pasillo en plena noche— y después volvió a bajar los ojos a la pantalla del ordenador y siguió escribiendo.
Nada más.
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Wyatt Callahan llegó a las 3:25.
Nathan estaba sentado en la sala de familiares del final del pasillo, un cuarto pequeño y beige con una máquina expendedora y un televisor colgado en la pared que emitía, sin sonido, un publirreportaje de una olla a presión.
Luke estaba a su lado, en el sofá de vinilo.
No se tocaban. Tenía los codos apoyados en las rodillas y, entre las manos, un vaso de café de la máquina que no había tocado.
Debby se había quedado en la habitación con Micah.
Nathan lo oyó antes de verlo. Botas en el pasillo: pesadas, desiguales, lentas. Se oía una cojera en su ritmo. Luego las botas se detuvieron en el control de enfermería y una voz grave y áspera, con acento del Hill Country, dijo:
—¿Micah Harlow? ¿Habitación trescientos doce? Soy... soy de la familia.
Nathan se puso en pie.
No sabía por qué. No sabía qué iba a hacer. Simplemente se levantó, caminó hasta la puerta de la sala de espera y miró al pasillo.
Había un hombre en el control de enfermería.
Era alto, delgado y desgarbado, con el pelo rubio ceniza aplastado bajo el sombrero que acababa de quitarse, y el rostro bronceado por el sol, surcado de arrugas alrededor de los ojos.
Tenía la nariz rota, y mal curada, y más de una vez.
Llevaba una camisa de broches nacarados, vaqueros Wrangler y botas camperas rozadas, y se aferraba con una mano al borde del mostrador, como si fuera lo único que lo mantuviese en pie.
Tenía la espalda muy erguida. Demasiado erguida.
Como se yergue un hombre que ha aprendido que cualquier otra postura duele.
Volvió la cabeza. Vio a Nathan.
Y Nathan vio sus ojos.
Verdes. Verde dorado. Exactamente del mismo color. Incluso tenían la misma forma: un poco hundidos, un poco inclinados en las comisuras exteriores. Los ojos de Micah. En el rostro de un hombre adulto.
Se quedaron allí mirándose, separados por seis metros de pasillo de hospital.
Wyatt Callahan soltó el mostrador. Caminó hacia Nathan despacio, con aquel andar cuidadoso, dolorido, desigual. Se detuvo a poco más de un metro. Daba vueltas y vueltas al sombrero entre las manos.
—Tú eres Nathan.
—Sí.
—Soy Wyatt.
—Lo sé.
Wyatt tragó saliva. La nuez le subió y bajó en la garganta quemada por el sol. Bajó la vista hacia el sombrero.
—Yo... Deb me dijo que debía venir —dijo—. No sabía si debía. No sabía si tú... si te parecería bien. A ti. No quería... —Se detuvo—. Lo siento. No se me da muy bien esto.
Nathan lo miró.
A aquel jinete de toros hecho polvo que lloraba con los anuncios de Folgers.
Al que había dejado que Dale Pruitt lo echara como a un perro.
Al que se había hecho ciento cuarenta kilómetros por el Hill Country a las tres de la madrugada porque un bebé al que había visto cuatro veces estaba en el hospital.
Al que había dicho: «Dile a tu marido que espero que pueda ser feliz».
—Está dormido —dijo Nathan—. Le ha bajado la fiebre. Creen que es un virus. Lo van a dejar ingresado para vigilarlo.
El rostro entero de Wyatt se descompuso. Se apretó el dorso de la muñeca contra la boca.
—Gracias a Dios —dijo con voz ahogada—. Ay, gracias a Dios.
—¿Quieres verlo?
Wyatt bajó la mano y se quedó mirándolo.
—¿Tú... —Se le quebró la voz—. ¿Me dejarías?
—Es tu hijo —dijo Nathan.
Las palabras le salieron con facilidad. Con más facilidad de la que jamás habría imaginado. Las oyó quedar suspendidas en el aire del pasillo del hospital y no quiso retirarlas.
—Es tu hijo —repitió—. Y es hijo mío. Es de los dos. Así son... así son las cosas ahora.
Wyatt lo miró largo rato, con los ojos verde dorado llenos de lágrimas.
Entonces le tendió la mano.
Nathan se la estrechó. Era una mano dura, seca y llena de cicatrices, la mano de un hombre que se había aferrado a las cuerdas de animales de novecientos kilos, y estaba temblando.
—Deb me dijo que paseas con él por los pasillos —dijo Wyatt con voz ronca—. A las tres de la madrugada. Cuando tiene cólicos.
—Sí.
—Gracias —dijo Wyatt Callahan—. Por eso. Por todo. Por estar ahí cuando yo no estaba. Nunca podré... Nunca... —Se detuvo y negó con la cabeza. No consiguió terminar.
—No tienes por qué —dijo Nathan—. Ven. Es por aquí.
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A las cuatro y media de la madrugada, eran cuatro en la habitación 312.
Debby estaba sentada junto a la cuna, sujetando el pie de Micah.
Wyatt se encontraba al otro lado de la cuna, con el sombrero entre las manos, mirando a su hijo dormido con una expresión que Nathan recordaría el resto de su vida.
Nathan estaba junto a la ventana. Y Luke permanecía en la puerta, apoyado en el marco con los brazos cruzados, porque había dicho que la habitación era demasiado pequeña para él y que se quedaba fuera para no estorbar.
Nadie dijo gran cosa. No había mucho que decir. El monitor pitaba suavemente. La bomba de infusión hacía clic. Fuera, el cielo sobre la ciudad empezaba apenas a teñirse de gris.
En un momento dado, Micah se removió en la cuna. Gimoteó. Abrió los ojos, vidriosos y confusos, miró alrededor, a todos los rostros inclinados sobre él bajo la tenue luz, y le empezó a temblar el labio.
—Eh, campeón —dijo Nathan con suavidad, inclinándose sobre la barandilla.
—Eh, pequeñajo —dijo Wyatt al mismo tiempo.
Los dos se detuvieron. Se miraron por encima de la cuna. Y entonces —Nathan no supo quién empezó— ambos se rieron en voz baja; Debby se rio también, con la risa un poco llorosa, y en la puerta Luke se llevó una mano a la boca.
Micah alzó la vista hacia los dos hombres inclinados sobre él. Al de pelo oscuro y al de pelo rubio ceniza. Arrugó la cara. Sopesó la idea de llorar.
Entonces levantó una manita regordeta, con la vía sujeta al dorso con esparadrapo, y agarró un puñado de dedos de cada uno. Uno en cada mano. Y no los soltó.
Y volvió a dormirse.
Nadie se movió durante mucho tiempo.
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A las 6:40 de la mañana llegaron los padres de Nathan.
Él no los había llamado. Debby sí. Le había escrito a Ruth a las cinco, cuando el cielo empezaba a teñirse de rosa y los médicos acababan de pasar para decir que los análisis de sangre tenían buen aspecto, que casi con toda seguridad era un virus, que no había indicios de meningitis y que probablemente podría volver a casa al día siguiente.
«Micah tuvo una convulsión febril anoche.
Estamos en el Dell Children’s. Está bien.
Habitación 312». Solo eso. Nathan la había visto hacerlo y no la había detenido.
Era la abuela de Micah. Tenía derecho a saberlo.
No había pensado en su padre.
Oyó al reverendo antes de verlo. Aquella voz —la voz de órgano de tubos— tronaba en el control de enfermería: «Harlow, mi nieto, Micah Harlow». La enfermera dijo algo en voz baja y entonces, los pasos. Fuertes y rápidos. Venían por el pasillo.
Nathan estaba de pie en la puerta, junto a Luke.
Habían estado hablando en voz baja, de cualquier cosa —de si la cafetería abriría a las siete, de si al Tahoe de Walt Pickett le quedaba gasolina suficiente para llevar a Luke a casa—.
Los dos oyeron la voz al mismo tiempo. Los dos se quedaron inmóviles.
—Vete —dijo Nathan—. Luke. Vete. Ahora.
—No.
—Luke…
—No voy a dejarte. —Luke tenía la mandíbula apretada, el rostro pálido y absolutamente sereno—. Dije que no iba a cargar yo con las culpas. Tampoco voy a salir corriendo. Ya no.
El reverendo apareció por la esquina del pasillo.