CAPÍTULO VEINTIUNO
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Marfa
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La idea fue de Debby.
—A casa de tía Carol —dijo el martes por la noche, de pie ante el fregadero de la cocina, de espaldas a él y con las manos metidas en el agua de fregar—. En Lockhart. Este fin de semana. Ahí es donde vamos a ir. Tú, yo y el bebé.
Nathan levantó la vista de la mesa.
—¿Ah, sí?
—Tu padre va a preguntar. El mío también.
Y eso es lo que les voy a decir. Tú y yo nos vamos el fin de semana a casa de tía Carol, a visitar a la familia y a rezar por lo de la ordenación.
Y tía Carol dirá que es exactamente donde estuvimos, porque tía Carol odia a mi padre desde 1994 y le mentiría hasta al mismísimo papa con tal de fastidiarlo.
—Deb…
—Y Micah y yo nos vamos a Bandera —dijo Debby—. Y tú te vas adonde quieras.
Se volvió hacia él. Tenía el rostro muy sereno y los ojos muy brillantes.
—Se va dentro de once días, Nathan —dijo—. Y no lo ves desde el sábado. No has comido. No has dormido. Te paseas por esta casa como un fantasma. No puedo soportarlo. No soporto verlo.
Se secó las manos con el paño de cocina.
—Así que vete. Vete lejos, a algún sitio donde no os conozca nadie, ni a ti ni a él. Y di todo lo que tengas que decir. Y después vuelve.
Nathan se quedó mirándola.
—¿Por qué haces esto?
Debby permaneció callada un momento.
—Porque nadie lo hizo por mí —dijo—. Cuando Wyatt se fue. Nadie me dio un fin de semana. Nadie me dio ni una sola noche para despedirme. Mi padre se fue en coche a Bandera, le dijo algo y se acabó, así, sin más, y yo nunca tuve ocasión de…
Se detuvo. Apretó los labios.
—No voy a convertirme en mi padre. No voy a convertirme en el tuyo. Eso es todo.
Colgó el paño del tirador del horno. Lo estiró bien.
—Anda, mándale un mensaje —dijo—. Dile que prepare una bolsa.
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Luke le dijo a Arlene que iba a Big Bend.
Dijo que quería pasar su último fin de semana de libertad en oración y soledad, en pleno desierto, antes de entrar en Restoration House.
Como Jesús en el desierto. Como Elías bajo la retama.
Lo dijo el miércoles por la tarde, en el despacho de la iglesia, de pie junto a su escritorio y con las manos en los bolsillos, y, mientras lo decía, le observó la cara.
Arlene alzó la vista hacia él por encima de las gafas de leer y se quedó mirándolo largo rato.
—Hasta Big Bend hay un buen viaje en coche —dijo—. Siete horas.
—Sí, señora.
—Ese Camry no llegará. A la transmisión le patina la marcha desde la primavera.
Abrió el cajón del escritorio. Sacó un juego de llaves con un llavero de plástico de un concesionario Chevrolet de San Marcos.
—El viejo Tahoe de Walt. Está en mi garaje. Lleva un año sin salir, pero lo tengo bien cuidado. Tiene el depósito lleno.
Se las tendió.
—Querrá pasar por Marfa. De camino. Es muy bonito aquello. No hay nadie en muchos kilómetros a la redonda.
Luke miró las llaves. Luego a ella.
—Arlene…
—Tráigamelo con el depósito lleno —dijo Arlene Pickett. Le puso las llaves en la mano y le cerró los dedos alrededor—. Y, pastor, no se pierda.
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Salieron por separado el viernes por la mañana.
Nathan salió primero, a las cinco de la mañana, en la Silverado, hacia el oeste por la 290, atravesando Dripping Springs, Johnson City y Fredericksburg, pasando de largo el desvío hacia el Campamento Shiloh y Enchanted Rock, y siguió y siguió adentrándose en Hill Country mientras el sol salía a su espalda.
Luke salió una hora más tarde en el viejo Tahoe verde de Walt Pickett, que olía a tabaco de pipa y a Armor All, llevaba una pegatina de Veterano de la Marina en el parachoques y unos dados de peluche colgados del retrovisor en los que, suponía Luke, Arlene no se había fijado nunca.
No se llamaron. No se escribieron. Nathan condujo con la radio apagada y las ventanillas bajadas, con el viento caliente rugiendo dentro de la cabina, y vio cómo cambiaba la tierra.
Nunca había llegado tan al oeste. Había vivido en Texas toda su vida y nunca había pasado de Kerrville.
Vio cómo Hill Country se allanaba y se secaba: los cedros verdes cedían el paso al matorral gris; las colinas onduladas, a llanuras largas, planas e interminables de hierba amarilla, mezquites y chumberas; y el cielo se hacía cada vez más grande, hasta parecer que ocupaba el mundo entero.
Atravesó pueblos que apenas podían llamarse pueblos.
Junction. Sonora. Ozona. Una gasolinera, un Dairy Queen, un cine clausurado con tablones y, después, otra vez nada durante cien kilómetros.
Pasó junto a bombas de extracción de petróleo que cabeceaban en los campos como enormes aves de hierro.
Junto a un armadillo muerto en el arcén.
Junto a un cartel pintado a mano que decía: «¡ARREPIÉNTETE!
¡EL FIN ESTÁ CERCA!», y, un kilómetro más adelante, otro que decía: «CERVEZA BARATA EN LA PRÓXIMA SALIDA».
Se echó a reír a carcajadas, solo en la camioneta.
Y entonces, pasado Fort Stockton, aparecieron las montañas.
Surgieron del desierto de golpe, como algo salido de un sueño; no eran las suaves colinas verdes de su tierra, sino montañas de verdad, escarpadas, desnudas, de un color entre morado y marrón, apiladas una detrás de otra contra el inmenso cielo azul.
Las montañas Davis. El terreno empezó a subir.
El aire se enfrió. La hierba amarilla se volvió dorada.
Y la carretera siguió y siguió a través de una vasta meseta elevada, rodeada de montañas por todos lados, bajo un cielo tan grande, tan azul y tan vacío que a Nathan le dolió el pecho.
Se detuvo en el arcén, solo una vez, bajó y se quedó de pie junto a la camioneta, en el viento.
No había nada. Nada en ninguna dirección. Ni casas, ni coches, ni tendidos eléctricos, ni iglesia. Solo la hierba, las montañas y el cielo. Solo el viento, que soplaba limpio, seco y constante, y que traía el olor de la creosota y del polvo, y algo dulce que no sabía nombrar.
Se quedó allí mucho tiempo.
Después volvió a subir a la camioneta y recorrió los últimos treinta kilómetros hasta Marfa.
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El Starlight Motor Court estaba en las afueras del pueblo: una herradura de cabañas bajas de adobe, pintadas de rosa pálido y turquesa, alrededor de un patio de grava con una fuente seca en el centro y una hilera de bombillas desnudas tendida de tejado a tejado.
Cada cabaña tenía su pequeño porche con dos sillas metálicas y vistas al desierto.
Junto a la carretera había un letrero de neón con forma de estrella y, debajo, en letras más pequeñas: HABITACIONES LIbrES.
Y debajo de eso, en letras aún más pequeñas, escrito a mano en un trozo de cartón pegado al poste con cinta adhesiva: TODOS SON BIENVENIDOS.
La mujer de recepción llevaba una trenza gris que le llegaba a la cintura, anillos turquesa en todos los dedos y un carlino pequeño, gordo y viejo dormido en el mostrador, junto a la caja.
Miró el permiso de conducir de Nathan, después lo miró a él y luego miró por la ventana el Tahoe verde que entraba en el aparcamiento de grava detrás del Silverado, con un hombre alto y muy rubio al volante.
—¿Solo una habitación? —preguntó.
A Nathan le ardió la cara. Abrió la boca.
—Cariño —dijo la mujer con amabilidad—, esto es Marfa. A nadie le importa.
Le tendió una llave con un llavero de madera tallado en forma de coyote.
—La siete. La del fondo. Tiene las mejores vistas de las luces.
—¿Las luces?
Ella sonrió.
—Ya lo verás.
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La número siete era una sola habitación, con paredes de adobe encalado de sesenta centímetros de grosor, suelo de baldosa de barro rojo y techo de vigas de madera sin desbastar.
Había una gran cama de hierro con una colcha blanca de algodón.
Había una cocina pequeña con un hornillo de dos fuegos.
Había una ventana que daba a la parte de atrás, a la nada: solo desierto, dorado e interminable, huyendo hacia las montañas.
Junto a la ventana había una puerta que daba a un pequeño patio trasero con una hamaca, un hogar para hacer fuego y una bañera con patas de garra, completamente sola al aire libre, bajo el cielo, con una manguera conectada a un grifo de cobre.
Nathan se quedó en medio de la habitación, con la bolsa de viaje al hombro, y miró la bañera por la ventana.
A su espalda, la puerta se abrió y se cerró. Pasos sobre la baldosa.
Se volvió.
Luke estaba de pie nada más pasar la puerta, con su propia bolsa en la mano.
Llevaba siete horas conduciendo. Tenía el pelo revuelto por el viento, la nariz y los pómulos quemados por el sol, los ojos enrojecidos y cansados, y llevaba una camiseta descolorida, unos vaqueros viejos y las botas de vaquero demasiado pequeñas de South Congress.
Era lo más hermoso que Nathan había visto en su vida.
Ninguno de los dos se movió.
Seis días. Habían pasado seis días desde el aparcamiento. Seis días desde una cara en la rendija de una puerta y una mano que se alzaba y caía. Seis días de silencio, de no llamar, de no escribir, de pasar las noches despierto mirando el techo y pensando once días, diez días, nueve.
—Hola —dijo Luke.
Se le quebró la voz al decirlo.
Nathan dejó caer la bolsa al suelo.
No recordaba haber cruzado la habitación.
De pronto ya estaba allí, y la bolsa de Luke también estaba en el suelo, y los brazos de Luke lo rodeaban con tanta fuerza que no podía respirar, y tenía la cara hundida en el cuello de Luke, y temblaba tanto que le castañeteaban los dientes.
Y Luke también temblaba. Nathan lo notaba: aquel cuerpo enorme estremeciéndose contra el suyo como un árbol en un vendaval, los puños de Luke cerrados sobre la espalda de su camisa, la respiración de Luke entrecortándose una y otra vez contra su pelo.
No se besaron. No al principio. Se quedaron ahí sin más, en medio de la habitación encalada, agarrados el uno al otro, sin decir nada, sin soltarse, durante mucho, mucho tiempo.
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Cuando por fin se soltaron, el sol estaba a punto de ponerse.