CAPÍTULO VEINTE #3
Comprendió que su padre lo quería. Que esto —esto— era el aspecto que tenía el amor de su padre. Era como un hombre plantado delante de una casa que había salvado del fuego, con una cerilla en la mano.
—Serías capaz —dijo Nathan—. A Carter. A un niño. Lo utilizarías.
—Me serviré de lo que el Señor ponga en mi mano.
—El Señor no puso eso en tu mano, papá. Lo puso Janet Dowling. Porque estaba asustada y confiaba en ti.
A su padre se le tensó la mandíbula.
—Tres semanas —dijo—. Dentro de tres semanas serás ordenado. Vete a casa, hijo. Vete a casa con Debby. Reza. Pídele a Dios que te perdone. Y yo también rezaré por ti. Todas las noches. Como he hecho siempre.
Nathan se puso en pie.
Se quedó allí, en el despacho, un largo instante, mirando a su padre detrás del escritorio.
Pensó en mil cosas que podía decirle. Pensó en los murciélagos que salían en tropel de debajo del puente, a quince minutos de su casa, todas y cada una de las noches de su vida.
Pensó en Sodoma a orillas del Colorado y en la presentación de diapositivas.
Pensó en un anciano sentado en un banco que daba de comer a los patos y decía: «Buenas tardes, muchachos».
Pensó en la cara de Luke, gris y temblorosa, asomada a la ventanilla de la camioneta. «Ten cuidado».
—Me voy a casa —dijo.
A su padre se le hundieron los hombros. Apenas un poco. Solo un segundo. Alivio.
—Bien —dijo—. Bien. Eso es…
—Me voy a casa con Debby —dijo Nathan—. Porque ella me ha pedido que vuelva. No porque me lo hayas mandado tú.
Dio media vuelta y salió.
No cerró la puerta tras de sí.
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No fue al apartamento.
Quería ir. Dios, cómo quería ir. Se quedó al pie de la escalera, en el santuario vacío y en penumbra, y miró hacia el pasillo del fondo, hacia la puerta lateral, hacia la escalera de acero galvanizado que subía a la puerta metálica tras la que lo esperaba Luke. Todo el cuerpo le tiraba hacia allí.
Pero su padre estaba en lo alto de la escalera, a su espalda. Lo notaba. Notaba a su padre de pie en el vano de la puerta abierta del despacho, mirando hacia abajo, esperando a ver qué camino tomaría.
Así que salió por la puerta principal.
Se subió a la Silverado. Se quedó allí sentado, con el motor en marcha y las manos en el volante y todo el cuerpo temblándole, y sacó el móvil.
Lo sabe, escribió. Dale se lo contó. Arlene vio la camioneta. Dice que, si vuelvo a verte antes de que te marches, hará que Janet presente la denuncia. Dice que te pondrá en una lista. Dijo que sería yo quien te lo habría hecho. No él. Yo.
Le dio a enviar. Se quedó mirando la pantalla.
Los tres puntos aparecieron casi al instante. Se detuvieron. Volvieron a aparecer.
LUKE: ¿Estás bien?
No.
LUKE: ¿Te ha hecho daño?
No de esa manera. Nunca me ha puesto la mano encima. No le hace falta.
Hubo una larga pausa.
LUKE: ¿Qué le has dicho?
Nathan se quedó mirando la pantalla un largo rato. La pregunta. Las cuatro palabras de hacía cuatro noches, todavía allí, más arriba en la conversación. Yo también te quiero.
La verdad, escribió. Le dije que fui yo. Que tú nunca me hiciste nada que yo no quisiera. Que fui yo el que fue a buscarte. Le dije que no eres un lobo.
Los puntos aparecieron. Se detuvieron. Aparecieron. Se detuvieron. Volvieron a aparecer.
Tardó mucho en llegar el mensaje.
LUKE: Has cumplido tu promesa.
Nathan se apretó el dorso de la mano contra la boca.
Te dije que lo haría.
LUKE: Nadie me había cumplido nunca una promesa así. Nadie. En toda mi vida.
Nathan ya no veía la pantalla. Tenía los ojos llenos. Parpadeó con fuerza y las lágrimas le resbalaron por la cara, cayeron sobre el móvil y se las secó con el pulgar.
LUKE: Vete a casa, Nathan. Vuelve a casa con Deb y Micah. No vengas aquí. No dejes que utilice a Carter. Ya se me ocurrirá algo.
¿Qué?
LUKE: Todavía no lo sé. Pero no voy a dejar que le haga daño a ese chico. Y no voy a dejar que te lo haga a ti. Vete a casa. Te quiero.
Nathan siguió sentado en el aparcamiento de Grace Covenant Tabernacle, con el motor en marcha y el móvil en la mano, y alzó la vista hacia el edificio a través del parabrisas.
Hacia el antiguo Walmart, con sus grandes letras azules tapadas con pintura y el letrero nuevo montado encima de las puertas, en cursiva dorada.
Hacia la ventana de la segunda planta, la del despacho del encargado, con las persianas todavía bajadas.
Y hacia la esquina del edificio, donde el anexo del salón parroquial sobresalía hacia el aparcamiento de atrás y donde alcanzaba a ver —si se inclinaba hacia delante sobre el volante y aguzaba la vista— el borde de una escalera de acero galvanizado y la parte de arriba de una puerta metálica.
La puerta estaba abierta. Solo una rendija.
Y en aquella rendija, pálido e inmóvil, había un rostro.
Estaba demasiado lejos para verlo con claridad. Solo era una forma. Una forma alta y un destello de pelo rubio casi blanco donde le daba el sol de la mañana.
Nathan levantó la mano del volante. Apenas un centímetro. Solo los dedos.
Al cabo de un rato largo, en la rendija de la puerta, otra mano se alzó también.
Después, la puerta se cerró.
Nathan metió la marcha y condujo de vuelta a casa.