No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO VEINTE #2
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CAPÍTULO VEINTE #2

—Y, Nathan… —Luke apretó las manos en el marco de la puerta—. Lo sabe. Lo nuestro. Creo. No lo dijo. Pero dijo mi familia. Dijo que protegería a su iglesia y a su familia. Y la cara que tenía… —Se detuvo—. Ten cuidado. Por favor. Diga lo que diga ahí dentro. Ten cuidado.

—Luke…

—Ve. —Luke se irguió y se apartó de la camioneta. Tenía el rostro tenso, pálido y muy firme, igual que en el púlpito aquel primer domingo por la noche—. Anda, ve. Yo estaré en el apartamento. Ven cuando acabes.

Se alejó en dirección al Camry.

Nathan salió de la camioneta.

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Las persianas estaban cerradas.

Fue lo primero que vio al entrar. El ventanal, ciego y beige. La lámpara del escritorio. El círculo amarillo y duro. Se quedó en el umbral y, durante un segundo, volvió a tener dieciocho años: eran las cuatro y media de la madrugada y su madre lloraba en el pasillo.

—Cierra la puerta, hijo.

La cerró.

—Siéntate.

Se sentó.

Su padre no dijo nada durante mucho rato. Permaneció sentado detrás del escritorio, con las manos entrelazadas, mirando a Nathan; Nathan le sostuvo la mirada, y la lámpara zumbaba.

La libreta verde ya no estaba. En su lugar, sobre el cartapacio, pegada al borde del escritorio, había una sola hoja de papel. Nathan no podía leerla desde donde estaba sentado. Parecía una lista. Fechas y horas.

—Dale Pruitt vino a verme ayer —dijo su padre.

A Nathan se le quedó el cuerpo inmóvil.

—Estuvo en la iglesia el martes por la noche. Hasta tarde. Arreglando el aire acondicionado del apartamento. —La voz de su padre era muy baja, muy serena—. Vio tu camioneta detrás de los contenedores. A las once de la noche.

Nathan no dijo nada.

—Y oyó algo. —Su padre hizo una pausa—. Oyó algo a través de esa puerta que ya había oído una vez. Hace dos años. En una furgoneta de la iglesia.

La lámpara zumbaba. En algún punto, debajo de ellos, en el santuario vacío, el viejo aire acondicionado del edificio se puso en marcha con un gemido y un traqueteo, y el aire frío empezó a respirar por las rejillas.

—Arlene también lo ha visto —dijo su padre—.

Tu camioneta. Los sábados por la noche. No quería contármelo.

Tuve que sacárselo con tenazas. Te tiene mucho cariño.

—Tocó la hoja de papel que había sobre el cartapacio—.

Y Janet Dowling os vio juntos en Barton Springs.

Y Madison Carr volvió del Campamento Shiloh y le contó a su madre que el pastor Halvorsen y tú erais como David y Jonatán.

—Torció la boca—. Todo el mundo tan encantado.

Todo el mundo diciendo lo mucho que has cambiado.

Alzó la vista.

—Yo también estaba encantado —dijo—. Que Dios me perdone. Estaba tan orgulloso.

A Nathan se le cerró la garganta.

—Papá…

—No. Déjame terminar. —Su padre levantó una mano—.

Llevo aquí sentado desde las cinco de la mañana.

Rezando. Preguntándole al Señor qué hice mal.

En qué te fallé. Pensé… después de lo de la furgoneta…

pensé que lo habíamos conseguido. Pensé que había hecho todo lo que un padre puede hacer.

Te casé. Te conseguí un hogar. Te conseguí un trabajo, una familia, un sitio en la iglesia.

Recé por ti todas las noches durante dos años.

Y te observé, hijo. Te vi crecer. Te vi hacerte un hombre. Y pensé: gracias, Señor, es libre.

Se le quebró la voz. Solo un poco. Solo una vez.

—Y entonces metí a ese hombre en tu casa —dijo—. Lo hice yo. Con mis propias manos. Lo instalé en tu cuarto de invitados. Te dije que sería una buena influencia. —Soltó una risa: un sonido terrible, seco, quebrado—. Esto lo hice yo. Abrí la puerta. Dejé entrar al lobo en el redil.

—No es un lobo.

Las palabras salieron antes de que Nathan pudiera contenerlas. Los ojos de su padre se clavaron en su rostro.

—¿Qué has dicho?

A Nathan le golpeaba el corazón contra las costillas.

Tenía las palmas húmedas. Notaba cómo le subía el viejo terror: el chico de dieciocho años en la silla dura a las cuatro y media de la madrugada, el muchacho que decía sí, señor a todo, el que dejó que dos hombres sentados a un escritorio negociaran su vida sin decir una palabra.

Le subía por dentro como una riada, fría, oscura, que lo ahogaba.

Y entonces pensó en el cuarto de baño a medianoche. El ventilador rugiendo. Las cuatro palabras en la pantalla que no había borrado.

Nunca, jamás les diré que me hiciste algo que yo no quería. Nunca.

—No es un lobo —repitió Nathan. Le temblaba la voz, pero habló alto—.

No me hizo nada. No me presionó. No se aprovechó de mí.

No me corrompió. Fui yo quien acudió a él.

¿Me oyes? Fui yo. Siempre fui yo. Fui yo en la piscina, y en la tormenta, y en la camioneta detrás de los contenedores.

Él esperó. Me preguntó. Me dio todas las oportunidades de decir que no.

Y yo no quería decir que no. Nunca en mi vida he deseado nada como…

—Basta.

Su padre se había puesto en pie. Se le había encendido la cara de un rojo oscuro y moteado. Tenía las manos apoyadas, planas, sobre el escritorio, y le temblaban.

—No sabes lo que estás diciendo —dijo—. Estás confundido. Te han engañado. Es el enemigo el que habla, Nathan; es el espíritu que expulsamos de ti hace dos años, y ha vuelto, y ha traído consigo otros siete peores que él, tal como dice la Escritura…

—No es un espíritu, papá. Soy yo.

—¡No eres tú!

Era la primera vez en su vida que Nathan oía gritar a su padre.

El grito llenó el pequeño despacho. Pareció rebotar contra las persianas cerradas, la moqueta granate y la lámina enmarcada de Jesús en el jardín.

Se quedó suspendido en el aire, enorme, crudo y feo.

Y después se apagó, y su padre seguía de pie detrás del escritorio, respirando con dificultad, y Nathan seguía sentado en el sillón de cuero, mirándolo desde abajo. Ninguno de los dos se movió.

—No eres tú —repitió su padre en voz muy baja—.

No eres mi hijo. Mi hijo es un marido. Mi hijo es un padre.

Mi hijo va a ser ordenado diácono de esta iglesia dentro de tres semanas, y va a arrodillarse en esa plataforma delante de esta congregación, y yo voy a imponer las manos sobre su cabeza y a rezar para que el Espíritu Santo lo llene. Y se levantará limpio.

Nathan no podía hablar.

Su padre se sentó despacio. Cogió la hoja de papel que había sobre el secante y la miró; luego la dobló por la mitad, y otra vez por la mitad, y se la guardó en el bolsillo del pecho de la camisa.

—Luke Halvorsen se marcha el primero de septiembre —dijo—. Va a ir a un programa en Oklahoma. Ha aceptado.

—No ha aceptado. Lo amenazaste.

—Ha aceptado —dijo su padre, como si Nathan no hubiera hablado—.

Predicará su sermón de despedida el treinta y uno.

Subirá a ese avión. Y tú no volverás a verlo.

Ni antes de que se vaya. Ni después. No lo llamarás, ni le mandarás mensajes, ni irás a ese piso, ni acercarás tu camioneta a esta iglesia después de que anochezca.

Volverás a casa con tu mujer y tu hijo. Y el segundo domingo de septiembre serás ordenado.

—¿Y si no?

Su padre lo miró desde el otro lado del escritorio.

—Entonces Janet Dowling hará lo que tenga que hacer para proteger a su hijo —dijo—.

Y la Fellowship hará lo que tenga que hacer.

Y Luke Halvorsen no volverá a trabajar en el ministerio.

Ni en la Fellowship ni en ninguna parte.

Su nombre figurará en una lista. De esas listas que persiguen a un hombre el resto de su vida.

—Hizo una pausa—. Y se lo habrás hecho tú, Nathan. No yo. Tú.

En la habitación se hizo un silencio absoluto.

Nathan permaneció sentado en el sillón de cuero y miró a su padre. El pelo plateado, la camisa planchada, las grandes manos de pastor. Los ojos verde avellana, exactamente iguales que los suyos.

Y por fin lo entendió todo. El dibujo completo.

Comprendió que su padre no había alzado la voz en veinte años porque nunca había tenido que hacerlo.

Porque siempre había tenido algo en la mano.

Un diácono con una linterna. Una chica en apuros.

Un escritorio, una lámpara y unas persianas cerradas.

El diario de un chico de dieciséis años.