No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

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Los ojos de la Sra. Pickett

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Arlene Pickett llevaba veintiséis años de secretaria en Grace Covenant Tabernacle y, en ese tiempo, había aprendido que en una congregación había exactamente tres clases de secretos.

Estaban los secretos que todo el mundo conocía y nadie mencionaba. Lo que bebía Earl Dowling. La quiebra de los Henderson. La verdadera razón por la que el hijo mayor de los Moody se había pasado un año «trabajando en un rancho de Montana» a los diecisiete.

Estaban los secretos que solo conocían unos pocos y que esos pocos guardaban como dragones sobre un montón de oro.

Quién había pagado en realidad el tejado nuevo en 2009.

Qué había sido del dinero del fondo para las misiones de Guatemala.

Por qué la mujer del diácono Pruitt se había pasado seis semanas en casa de su hermana, en Tyler, la primavera en que su hija cumplió catorce años.

Y luego estaban los secretos que nadie conocía. Todavía no. Los que no eran más que una sensación en el aire, como el cambio de presión antes de una tormenta. Los que solo se notaban si llevabas veintiséis años observando a una congregación como un granjero observa el cielo.

Arlene llevaba sintiendo uno de esos desde la segunda semana de julio.

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Todo empezó con el baptisterio.

Al pastor Halvorsen le había contado la verdad sobre aquella noche.

Aquel viernes había ido a la iglesia a las nueve de la noche a por las túnicas bautismales nuevas: el reverendo las había encargado especialmente a una empresa de Nashville, habían llegado esa misma tarde y ella quería plancharlas y colgarlas antes del bautizo del día veintiocho.

Había recorrido el pasillo de atrás. Había intentado abrir la puerta del vestuario, la llave se había atascado, como se atascaba siempre, y se había dado por vencida y había dejado las túnicas en el despacho del reverendo.

Lo que no le había contado al pastor Halvorsen era que, al recorrer aquel pasillo de atrás, había visto una luz azul por debajo de la puerta del vestuario. Las luces del baptisterio. Las de dentro del agua, esas que nadie encendía salvo para un servicio.

Y tampoco le había contado que, al meter la llave en la cerradura y moverla, había oído algo al otro lado.

No fue gran cosa. Un crujido. Una respiración. Uno de esos ruidos pequeños, secos, cortados de golpe, que se le escapan a alguien que se esfuerza muchísimo por no hacer el menor ruido.

Se había quedado allí, en el pasillo a oscuras, con la mano en la llave, un buen rato.

Y entonces había dicho «Ay, caramba» en voz alta, y «Bueno, vete al cuerno» aún más alto, había sacado la llave y se había ido escaleras arriba, al despacho del reverendo.

Y se había quedado sentada a oscuras al escritorio del reverendo cinco minutos enteros, con las túnicas en el regazo y el corazón desbocado, antes de bajar otra vez las escaleras, salir por la puerta lateral y volver a casa en coche.

No había llamado al reverendo.

Se había pasado la noche en vela preguntándose por qué.

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Arlene Pickett no era una mujer estúpida.

Tampoco era ingenua, por mucho que los jóvenes de la iglesia pudieran pensarlo al verla con su laca, sus zapatos cómodos y sus gafas de leer colgadas de una cadenita de cuentas.

Había nacido en 1958 en Beaumont, Texas, la menor de cinco hermanos, y se había criado en una casita de madera, estrecha y alargada, a dos manzanas de la refinería, donde el aire olía a huevos podridos y de noche el cielo se teñía de naranja por las llamaradas.

Su padre era montador de tuberías. Su madre limpiaba casas.

Iban a una iglesia pentecostal de Magnolia Avenue donde la gente hablaba en lenguas y se desplomaba en los pasillos y, los domingos por la noche, el predicador imponía las manos a los enfermos y expulsaba demonios, y Arlene se sentaba en el último banco y lo miraba todo con los ojos como platos.

Había tenido un hermano. Donnie. Cuatro años mayor que ella. El chico más dulce de Beaumont. Sabía dibujar cualquier cosa. Una vez, cuando ella tenía siete años y estaba con el sarampión, le dibujó a Arlene un caballo, y lo tuvo colgado en la pared hasta que se hizo mayor.

Cuando Donnie tenía diecisiete años, el predicador de Magnolia Avenue le impuso las manos delante de toda la congregación e intentó expulsarle un demonio de perversión.

Arlene tenía trece. Lo recordaba como se recuerda un accidente de coche.

Las luces. El calor. Las manos del predicador en la cabeza de Donnie, apretando, apretando.

Su madre llorando. Su padre de pie en el pasillo, con los brazos cruzados y la cara de piedra.

Donnie de rodillas sobre la moqueta mugrienta, temblando, sollozando, repitiendo «Lo siento, lo siento, lo siento» una y otra vez, mientras a su alrededor la congregación gritaba, rezaba y hablaba en lenguas.

Se marchó de casa un año después. Se fue a Houston. Todos los años le mandaba a Arlene una tarjeta de cumpleaños con un dibujo —un caballo, un pájaro, un perro, una flor— y sin remite.

Las tarjetas dejaron de llegar en 1987.

Un año más tarde se enteró, por una tía, de que había muerto en la sala de beneficencia del hospital Ben Taub. Nadie de la familia había ido al entierro. Nadie había sabido siquiera que se había celebrado. Su padre no volvió a pronunciar su nombre.

Arlene aún conservaba el caballo. Lo tenía enmarcado en el dormitorio, encima de la cómoda, junto a la foto de su boda y el retrato de su difunto marido, Walt, con el uniforme de la Marina.

Nadie que fuera a su casa preguntaba nunca por él.

No era más que un dibujo infantil de un caballo, hecho a lápiz, desvaído casi hasta desaparecer.

Llevaba treinta años siendo miembro de la Fellowship.

Creía todas y cada una de las palabras de la declaración de fe.

Creía que la Biblia era la palabra infalible de Dios.

Creía en el pecado, en el infierno y en la sangre del Cordero que lo lavaba todo.

Creía en el reverendo Calvin Harlow, que le había dado trabajo cuando Walt murió y ella se quedó sin nada, y que había predicado en el funeral de Walt con lágrimas en la cara.

Y había estado de pie en la oscuridad, delante de una puerta cerrada con llave, con una luz azul colándose por debajo, y había oído a alguien contener la respiración al otro lado, y había pensado en Donnie de rodillas sobre la moqueta mugrienta de Magnolia Avenue.

Y había dicho «Ay, caramba». Y se había marchado.

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Después del baptisterio, empezó a observar.

Observó al pastor Halvorsen en el estudio bíblico del miércoles por la noche, y cómo cada pocos minutos los ojos se le iban al fondo de la sala, a la tercera fila contando desde atrás, junto al pasillo.

Observó a Nathan Harlow en los servicios del domingo, sentado al lado de su esposa con el bebé en el regazo, cantando del himnario granate, y cómo mantenía los ojos clavados en la página con una concentración fija y feroz, como un hombre que intenta no mirar al sol.

Los observó en la comida comunitaria del salón parroquial, después del servicio dominical de principios de agosto.

Estaban en lados opuestos de la sala. No se dirigieron la palabra ni una sola vez.

Pero cuando el pastor Halvorsen se rio de algo que dijo Earl Dowling —esa carcajada grande, sonora, retumbante—, la cabeza de Nathan giró hacia el sonido como la aguja de una brújula que apunta al norte, y volvió de golpe a su posición, y allí se quedó, de pie, mirando el plato de cartón con ensalada de patata y con las orejas encendidas.

Había invitado a cenar al pastor Halvorsen con su sobrina Brittany y lo había visto encandilar a la muchacha durante tres horas con modales perfectos y sin el menor destello de nada detrás de los ojos.

Le había oído decirle a Brittany cuál era su versículo favorito: «Me llevó a la casa del banquete». Le había oído decir «él».

Había visto su cara cuando, con toda naturalidad, mientras tomaban la tarta de fruta, comentó que la llave del baptisterio se atascaba.

Y había visto la camioneta de Nathan.

Eso era lo que no conseguía quitarse de la cabeza.

Volvía a casa de la de su hermana, en Buda, un sábado por la noche —tarde, casi medianoche, porque su hermana se había puesto a hablar de la vesícula y no había manera de pararla— y había tomado el camino largo por Slaughter Lane, pasando por delante de la iglesia.

Y allí, en el aparcamiento de atrás, detrás de los contenedores, había una Silverado roja con la luz de la luna sobre el capó descolorido.

Arlene conocía aquella camioneta. Todo el mundo en Grace Covenant conocía aquella camioneta. Había sido del padre de Calvin antes de ser de Nathan.

No se había detenido. Había seguido adelante con las manos apretadas al volante, había llegado a casa y se había quedado sentada en la cocina, con una taza de Sanka, hasta las dos de la madrugada.

Volvió a pasar por allí el sábado siguiente. Y el martes siguiente.

La camioneta estaba las dos veces.

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El tercer jueves de agosto, a las diez y cuarto de la mañana, Janet Dowling entró en la oficina de la iglesia con la cara del color de la leche desnatada y un cuaderno de espiral apretado contra el pecho.

—¿Está? —dijo Janet—. El reverendo, ¿está?

Arlene levantó la vista del boletín que estaba escribiendo a máquina.

—Está al teléfono con la oficina de la Fellowship en Kansas City. Tardará un rato. Janet, cariño, ¿qué pasa?

Janet se dejó caer en la silla que había junto al escritorio de Arlene. Temblaba. Apretaba el cuaderno con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

—Es Carter —dijo.

—¿Está enfermo? ¿Se ha hecho daño?

—No. No, es que… —La voz de Janet se quebró. Se apretó el cuaderno contra el pecho—. Estaba limpiando su habitación. No estaba fisgoneando, Arlene, te juro que no, solo estaba guardando la ropa limpia, y esto se cayó de debajo del colchón, y yo… lo abrí. No debería haberlo hecho. Pero lo abrí.