No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO QUINCE #2
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CAPÍTULO QUINCE #2

—Lo ven —dijo Nathan por fin—. Todos. Madison. Su madre. Janet Dowling. Toda la iglesia. Lo ven en mi cara.

—Ven que eres feliz.

—Ven algo. —La voz de Nathan sonaba quebrada—. Todavía no saben qué es. Pero acabarán descubriéndolo. Arlene acabará descubriéndolo. Debby... —Se detuvo.

—Debby ya lo sabe —dijo Luke en voz baja.

Nathan volvió la cabeza.

—Lo sabe, Nathan. Lo sabe desde el primer día.

Desde que entró por esa puerta y vio que faltaba la foto de la boda.

—Luke contempló el valle iluminado por la luna—.

El día que me mudé, cuando dijo «Los domingos, no te olvides», esa fue su manera de decirme que lo sabía. Y que no iba a hacer nada al respecto.

—¿Cómo puedes...?

—Porque me crie en la Fellowship y sé cómo suena cuando una mujer te está diciendo algo sin decirlo en voz alta. Mi madre lo lleva haciendo toda mi vida. —Volvió la cabeza—. Y porque ella tiene su propio secreto. Eso también lo sabes. Solo que no te permites mirarlo.

Nathan lo miró fijamente. Luego apartó la vista hacia el río iluminado por la luna.

—El caballo —dijo.

—¿Qué caballo?

—El martes pasado volvió a casa con un caballo de peluche. Dijo que era de la tienda de regalos del centro de rehabilitación. —La voz de Nathan sonaba completamente inexpresiva—. No hay ninguna tienda de regalos. He estado allí.

Luke guardó silencio.

—Y ahora tararea —dijo Nathan—. En la ducha. Antes nunca tarareaba. Y lleva el móvil encima a todas horas. Duerme con él pegado al pecho. Y los martes va a San Marcos, y vuelve a las seis, y su cara… —Se detuvo—. Es la misma cara que veo en el espejo del baño.

—Entonces… —dijo Luke.

—Entonces los dos mentimos. —Nathan soltó una risa breve y quebrada—.

Los dos nos mentimos el uno al otro, los dos lo sabemos y ninguno de los dos dice nada.

Y dentro de cinco semanas mi padre me va a ordenar pastor y a decirles a trescientas personas que soy el cabeza de un hogar piadoso.

—Dejó caer la cabeza sobre las rodillas—.

¿Qué estoy haciendo, Luke? ¿Qué estoy haciendo?

Luke lo observó un largo rato. Aquella cabeza oscura y rizada, inclinada sobre las rodillas bajo la luz de la luna. Aquellos hombros afilados, encorvados y temblorosos.

Entonces alargó la mano y la apoyó en la nuca de Nathan.

—Estás viviendo —dijo—. Por primera vez. Eso es lo que estás haciendo. Y es un lío, y da miedo, y va a hacer daño a gente. No te voy a mentir. Va a hacer daño a gente, y parte de esa gente vas a ser tú. Pero estás viviendo, Nathan. Ya no llevas puesta la ropa de otro.

Nathan no levantó la cabeza. Pero, bajo la mano de Luke, los hombros dejaron de temblarle.

—David y Jonatán —dijo con la voz amortiguada contra las rodillas.

—Sí.

—¿Sabes lo que hizo el padre de Jonatán? ¿Saúl? ¿Cuando se enteró?

—Le arrojó una lanza —dijo Luke—. Lo llamó hijo de una mujer perversa y rebelde.

Le dijo que se cubría de vergüenza a sí mismo y a la desnudez de su madre.

—Hizo una pausa—. Es el primer libro de Samuel, capítulo veinte.

Prediqué sobre ello una vez. En el grupo de jóvenes.

Tuve que parar a la mitad porque no conseguía mantener la voz firme.

Nathan levantó entonces la cabeza y lo miró.

—Y Jonatán salió al campo de todos modos —dijo Luke en voz baja—. Aun así fue a buscar a David. Aun así le dijo la verdad. Y se besaron y lloraron juntos, hasta que David se excedió. —Sonrió un poco bajo la luz de la luna—. A veces la King James es tremendamente sutil.

Nathan soltó un sonido a medio camino entre la risa y el sollozo. Se secó la cara con la muñeca.

—Eres un pastor terrible —dijo.

—Soy un pastor excelente. Lo que soy es un pastor terrible de la Fellowship. —El pulgar de Luke se movió sobre su nuca—. Venga. Entra. A las cinco de la mañana tienes que dirigir una caminata para ver el amanecer, y doce chavales que creen que caminas sobre el agua.

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No durmieron en las literas.

Bajaron al suelo los dos colchones de abajo, los juntaron debajo del ventilador de techo, hicieron un nido con las finas sábanas del campamento y las ásperas mantas de lana y se tumbaron allí, en la oscuridad calurosa.

Había silencio. Tenía que haberlo. Ladera abajo, a unos cuarenta metros, había seis cabañas llenas de chavales que se suponía que estaban dormidos y que no lo estaban ni de lejos.

De vez en cuando un haz de linterna barría los árboles y llegaba por el sendero una ráfaga de risitas, y los dos se quedaban inmóviles bajo la sábana, como ciervos.

Pero la puerta estaba cerrada con llave. Y las ventanas, a oscuras. Y la luz de la luna entraba por la mosquitera y caía sobre ellos en largas franjas plateadas, y Nathan atrajo a Luke hacia sí en la oscuridad y lo besó como si estuviera diciendo algo para lo que no tenía palabras.

Fue lento. Lentísimo. Nunca habían tenido que ir tan despacio: ni durante la tormenta, ni en el baptisterio, ni siquiera en el futón del apartamento.

Se movieron juntos bajo la sábana fina como dos personas bajo el agua, casi sin hacer ruido, cada roce prolongado, deliberado, dolorido.

La boca de Luke en la garganta de Nathan.

Las manos de Nathan bajando por la espalda de Luke, notando cada relieve del músculo, cada cambio de peso.

La respiración de ambos, sonora en el silencio.

El tictac del ventilador en el techo. El chotacabras, abajo junto al río, llamando y llamando.

En un momento dado llegó un sonido desde el valle: un gemido largo, grave, inquietante, como una puerta que se abre sola en una casa vacía, como algo enorme que se da la vuelta en sueños. Luke se quedó inmóvil.

—¿Qué ha sido eso?

—La roca —susurró Nathan. Sonreía contra el hombro de Luke—. Se está enfriando. Lo hace siempre. Ya te lo dije.

—Suena como si estuviera viva.

—Los comanches pensaban lo mismo. Creían que vivían espíritus dentro.

La roca volvió a gemir, largo y grave, y el sonido resonó por el valle bajo la luz de la luna. Luke se estremeció.

—Es lo más espeluznante que he oído en mi vida.

—Tú eres el que quería venir a Texas.

—Yo no quería venir a Texas. Me enviaron a Texas. —Luke levantó la cabeza y lo miró desde arriba, en la oscuridad plateada. Tenía los ojos muy brillantes—. Lo mejor que me ha pasado en la vida.

Nathan tiró de él y lo hizo bajar otra vez.

Cuando todo acabó se quedaron enredados en el suelo, sobre los dos colchones que habían juntado, sudados y agotados, con la sábana apartada de una patada y la luz de la luna recorriéndoles despacio los cuerpos conforme avanzaba la noche.

Luke estaba tumbado boca arriba, con la cabeza de Nathan sobre el pecho.

Los dedos de Nathan trazaban dibujos lentos en el vello rubio y fino que Luke tenía sobre el corazón.

—Las cinco de la mañana… —murmuró Luke.

—Mmm.

—Faltan cuatro horas.

—Mmm.

—No vas a aguantar.

—Aguantaré. —La voz de Nathan sonaba espesa, lenta, medio dormida—. Quiero que lo veas. Desde arriba. Cuando salga el sol. Es… es lo mejor del mundo.

Luke lo miró desde arriba. Las pestañas oscuras sobre la mejilla, la curva del hombro, los labios entreabiertos en el sueño.

No, pensó Luke. No lo es.