CAPÍTULO QUINCE
——— ❧ ———
Campamento Shiloh
❦
—¿Pastor Luke? —preguntó Madison desde la última fila—. ¿Nos hemos perdido?
—No.
Miraba por el parabrisas la tierra que se desplegaba ante ellos: largos valles dorados, colinas de un verde oscuro, una cinta de río plateada y reluciente que serpenteaba por el fondo y, a lo lejos, alzándose entre los árboles como el lomo de un animal enorme y dormido, una vasta cúpula pelada de granito rosa que resplandecía al sol de la tarde.
—No nos hemos perdido. ¿Qué es eso?
—Enchanted Rock —dijo Nathan desde el asiento del copiloto.
—Parece un planeta.
—Es granito. Tiene mil millones de años. Los comanches creían que estaba encantado. Por la noche gime, al enfriarse.
Nathan lo miró de reojo y había algo en su cara: un pequeño destello íntimo de placer, como el de un hombre que le enseña a alguien su lugar favorito.
—Se puede subir. Se tarda una hora más o menos en llegar arriba.
—¿Podemos?
—Mañana por la mañana. La excursión al amanecer está en el programa.
Luke volvió la cabeza y lo miró. Nathan estaba sentado con el codo en la ventanilla abierta y el viento caliente le echaba el pelo oscuro hacia atrás; llevaba una camiseta gris descolorida de Delgado Construction y una gorra de los Longhorns, con las gafas de sol subidas a la cabeza, y parecía cualquier cosa menos el acompañante de un grupo de la iglesia.
Parecía un viaje por carretera. Parecía el verano.
—Al amanecer —dijo Luke.
—A las cinco de la mañana —dijo Nathan.
A sus espaldas, doce jóvenes adultos del Grace Covenant Tabernacle gimieron al unísono.
❦
Había seis cabañas para los campistas, tres para las chicas y tres para los chicos, agrupadas en una arboleda de pacanas sobre la ribera alta del río.
Había un comedor con un porche protegido por mosquiteras y un triángulo de hierro que repicaba.
Había un tabernáculo al aire libre con techo de hojalata y toscos bancos de cedro, orientado al oeste, hacia el río y el sol poniente.
Había una poza con un columpio de cuerda, una pista de voleibol y un foso para hogueras rodeado de bloques de piedra caliza.
Y un poco más arriba, apartado al final de un sendero de grava, tras una pantalla de cedros, estaba el alojamiento de los monitores.
Tenía dos habitaciones. Una delantera, con un sofá hundido, una mesa plegable y una cafetera, y otra trasera, con dos literas.
Tenía un cuarto de baño diminuto, con una ducha que siempre echaba agua fría, giraras como giraras el grifo.
Tenía una puerta mosquitera que se cerraba de golpe y un porche trasero con vistas al valle del río, hacia Enchanted Rock.
Tenía una sola puerta. Y aquella puerta tenía cerradura.
Luke estaba de pie en la habitación trasera, con la bolsa de viaje al hombro, mirando las literas.
—¿Arriba o abajo? —preguntó Nathan a su espalda con toda naturalidad.
Luke se volvió. Nathan estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y la gorra echada hacia atrás; tenía el rostro absolutamente impasible, pero le bailaban los ojos.
—Hermano Harlow —dijo Luke—. Estoy escandalizado.
—Pregunto por las literas.
—Claro que sí.
A Nathan le tembló la boca.
—Eres demasiado alto para la de arriba. Te darías con la cabeza en el techo.
—Soy demasiado alto para la de abajo. Me colgarán los pies.
Luke dejó caer la bolsa de viaje en la litera inferior.
—Soy demasiado alto para todas las camas de Texas. Es una conspiración.
—Supongo que tendrás que conformarte.
Luke lo miró.
—Supongo que sí.
Desde fuera, cuesta abajo, llegó el repique del triángulo de la cena, el estruendo de doce jóvenes adultos en estampida hacia el comedor y la voz de Madison, que gritaba:
—¡PASTOR LUKE! ¡NATHAN! ¡HOY HAY TACOS!
Nathan se apartó del marco de la puerta. Al darse la vuelta para marcharse, le deslizó la mano por el vientre a Luke —solo las yemas de los dedos, solo un segundo, a través de la camiseta— y siguió andando.
Luke se quedó solo en la habitación trasera del alojamiento de los monitores y soltó el aire despacio, en una exhalación larga.
—Uff da —dijo a las literas.
❦
Los días eran largos, calurosos y apretados.
Había devocionales por la mañana en el tabernáculo al aire libre, con el río resplandeciendo abajo y las cigarras chillando ya a pleno pulmón.
Había estudios bíblicos en grupos pequeños, en el porche del comedor.
Hubo voleibol y una carrera de canoas por el Pedernales que acabó con Tyler Novak y su prometida volcados en un cañaveral y chillando por las serpientes.
Hubo baños en el río, el columpio de cuerda y tiempo libre por la tarde, cuando todos se desplomaban a la sombra como perros.
Hubo comida y cena y más tacos y mucho té dulce.
Y durante todo aquello, Luke observaba a Nathan.
No podía evitarlo. Había tenido cuidado en casa, cuidado en la iglesia, cuidado durante semanas, sin mirar, sin mirar, hasta que le dolían los ojos del esfuerzo.
Pero allí, en campo abierto, a sesenta y cuatro kilómetros de Austin y a ciento sesenta del reverendo, en el Hill Country blanco y ardiente, con el río, el granito y el cielo, algo se había soltado dentro de los dos.
Observó a Nathan en la cancha de voleibol, sudado y sonriente, lanzándose al suelo para alcanzar una pelota y levantándose con las rodillas despellejadas y un grito triunfal.
Observó a Nathan en el columpio de cuerda —sin camisa, con el cuerpo enjuto, moreno y fibroso, los antebrazos musculosos, el bronceado de quien trabaja al aire libre y los omóplatos marcados— lanzarse sobre el agua verde con un grito, soltarse en lo más alto del arco y quedarse allí, suspendido un instante largo y glorioso contra el cielo azul, antes de caer.
Observó a Nathan junto a la fogata por la noche, con una guitarra prestada sobre la rodilla, tocando mal y desafinado, riéndose de sí mismo, con la luz del fuego en la cara.
Jamás había visto a Nathan así. Ni siquiera en el lago.
En el lago, Nathan había estado alegre, pero era la alegría de un hombre que sabía que estaba robando algo.
Allí fuera, rodeado de doce chicos de la iglesia de su padre, con un silbato al cuello y una carpeta en la mano, era otra cosa.
Estaba relajado. Era él mismo. Era el Nathan que debió de existir alguna vez, antes de la noche de juegos, la furgoneta y la linterna: el chico que su madre recordaba, el que sonreía así de pequeño.
Luke no podía dejar de mirarlo. Y a la segunda noche ya no era el único que se había dado cuenta.
❦
—Sois tan monos —dijo Madison.
Fue después de la fogata del sábado por la noche.
Los chicos se habían ido a sus cabañas —o se suponía que se habían ido; Luke oía risitas y haces de linterna bailando entre los nogales, y había decidido, por una cuestión de política pastoral, no oír nada—, y Nathan y él estaban cubriendo el fuego con paladas de arena cuando Madison volvió a por su sudadera.
La pala de Luke se detuvo en el aire.
—¿Perdona? —dijo.
—Tú y Nathan. —Madison había encontrado su sudadera sobre una roca. La sacudió y se la pasó por la cabeza—. Sois como... como mejores amigos. Como hermanos. Es tan tierno. Tyler también lo dijo. Dijo que sois como David y Jonatán.
Al otro lado de la hoguera, Nathan se había quedado completamente inmóvil.
—David y Jonatán —repitió Luke.
—Ya sabes. Del Primer Libro de Samuel. «El alma de Jonatán quedó ligada a la de David, y Jonatán lo amó como a sí mismo».
—Madison sonrió radiante. Era dulce, sincera y sin pizca de malicia; llevaba en el dedo un anillo del tamaño de un terrón de azúcar, iba a casarse la primavera siguiente con un pastor de jóvenes de Round Rock, tendría cuatro hijos y daría clases en la escuela dominical el resto de su vida—.
El pastor Harlow tiene mucha suerte de tenerte.
Y con Nathan... eres buenísimo con él. Lo has cambiado.
Antes nunca sonreía así. Todo el mundo se ha dado cuenta.
—Todo el mundo —dijo Nathan en voz muy baja.
—Bueno, sí. Lo dice mi madre. Y la señora Dowling. En la iglesia todos dicen que eres otra persona desde que llegó el pastor Luke. —Madison se sacó el pelo del cuello de la sudadera—. En fin, que es tierno. Nada más. ¡Buenas noches!
Bajó dando saltitos por el sendero hacia las cabañas de las chicas, con la linterna bailando.
Luke y Nathan se quedaron a lados opuestos de la hoguera humeante, mirándose.
Las brasas resplandecían rojas entre ellos. En algún lugar del bosque ululó un búho. Junto al río, un chotacabras arrancó con su interminable canto líquido de tres notas.
—«Lo amó como a sí mismo» —dijo Luke en voz baja.
Nathan no respondió. Dejó caer la pala. Se dio la vuelta y subió deprisa por el sendero de grava hacia la cabaña de los monitores, sin mirar atrás.
Luke acabó de cubrir el fuego solo.
❦
Cuando entró, la cabaña estaba a oscuras.
La sala de delante estaba vacía. La puerta mosquitera se cerró de golpe a su espalda.
Se quedó un momento a oscuras, dejando que los ojos se le acostumbraran, atento.
Los aparatos de aire de ventana no estaban encendidos —no había ninguno; la cabaña solo tenía ventiladores de techo— y el aire era caliente y cargado, con olor a cedro, a madera vieja y a repelente de insectos.
—¿Nathan?
No hubo respuesta.
Entró en la habitación del fondo. Las literas estaban vacías. La puerta de atrás estaba abierta y daba al porche.
Nathan estaba sentado en los escalones del porche, abrazado a las rodillas, con la vista puesta en el valle.
Había salido la luna —casi llena, enorme y blanca— y bañaba de plata y negro todo el valle del río, allá abajo.
El río era una cinta resplandeciente. Las colinas, bultos oscuros contra el cielo.
Y a lo lejos, Enchanted Rock se alzaba entre los árboles, pálida, luminosa y enorme bajo la luz de la luna, como el lomo curvado del mundo.
Luke se sentó a su lado en el escalón. No lo tocó.
Durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada.