CAPÍTULO TRECE #2
—Sí. Es… —Debby se detuvo. No sabía cómo explicar lo de Nathan. No sabía cómo explicar nada de aquello—. Es el mejor padre que podría haber pedido. Quiere a ese niño más que a nada en el mundo. Nunca me ha preguntado. Ni una sola vez. Dos años.
Wyatt se quedó callado.
—Va a estar en la vida de Micah —dijo Debby—. Pase lo que pase. Necesito que lo entiendas. Es su padre. Es el que recorrió el pasillo con él a las tres de la mañana. Es el que estuvo ahí. Pase lo que pase, lo que haya entre tú y yo…, ese niño tiene un padre, y es Nathan Harlow.
Wyatt la miró un largo rato. Luego miró a Micah, que se había quedado dormido en la trona, con la cara hundida en un montón de Cheerios y el caballo de peluche apretado contra el pecho.
—Vale —dijo en voz baja—. Vale, Deb. Lo entiendo.
—¿De verdad?
—No intento quitárselo a nadie. —Alargó la mano con cuidado y le quitó un Cheerio de la mejilla al bebé con la yema de un dedo encallecido y lleno de cicatrices—. Solo quiero conocerlo. Nada más. Si me dejas.
Debby le observó la mano. La delicadeza. Cómo temblaba.
—¿Qué quieres decir —dijo Wyatt, sin apartar la vista del bebé— con eso de lo que haya entre tú y yo?
Ella no respondió.
Él levantó la vista.
—Has dicho «pase lo que pase, lo que haya entre tú y yo». —Sus ojos verdes se mantenían muy firmes—. ¿Qué querías decir con eso?
Los perros dormían amontonados bajo el porche. Las cigarras chillaban en las encinas. Allá en el prado, una vaca mugió, largo, grave y solitario.
Debby dejó el té en la mesa.
—Mi marido está enamorado de alguien —dijo.
Era la primera vez que lo decía en voz alta. Las palabras quedaron suspendidas en el aire caluroso e inmóvil del porche, como humo.
Wyatt se quedó mirándola.
—No es... —Se rio, temblorosa—. No es lo que piensas. No es otra mujer.
Vio cómo lo entendía. Vio cómo recordaba lo que Kaylee debía de haberle contado: toda la historia, la furgoneta de la iglesia, el encierro nocturno, el diácono con la linterna, los rumores.
—Ah —dijo Wyatt en voz baja.
—Hay un pastor alojado en nuestra casa. Es de Minnesota.
Lo mandó la iglesia y, como el apartamento no estaba listo, el padre de Nathan lo instaló en el cuarto de invitados.
—Debby se apretó los dedos contra los ojos—.
Y volví de casa de mamá, me bastó una mirada a los dos y lo supe.
Lo supe sin más. Se les nota a los dos. Se nota en cómo evitan mirarse.
Se nota en cómo vuelve Nathan del trabajo.
Está... está feliz, Wyatt. Nunca lo había visto feliz.
Ni una sola vez. Y ahora anda por la casa como si alguien le hubiera encendido una vela dentro, y ni siquiera se da cuenta de que se le nota.
—¿Sabe que tú lo sabes?
—No creo. Quizá. No lo sé. —Bajó las manos—. El viernes por la noche llegó a casa con la camisa mal abotonada.
Wyatt soltó un silbido bajo.
—No estoy enfadada —dijo Debby. Y al oír las palabras salir de su boca se dio cuenta, con una extraña sensación de vértigo, de que era verdad—.
Pensé que lo estaría. El sábado por la noche me metí en la cama y esperé a enfadarme.
Y no me enfadé. No lo estoy. Es que... no paro de pensar: me alegro por él.
Se lo merece. Se merece a alguien que lo mire así.
Dios sabe que yo nunca lo hice. —Volvió a reírse, con los ojos húmedos—.
Y luego pienso: si él puede tener eso, ¿por qué demonios no puedo tenerlo yo?
Silencio.
Wyatt no se movió. No alargó la mano hacia ella. No dijo nada ingenioso, ni dulce, ni romántico a lo vaquero. Se limitó a mirarla desde el otro lado de la mesita del porche, por encima de la cabeza del bebé dormido, con los ojos verdes muy brillantes.
—Deb —dijo al fin, en voz muy baja—. ¿Qué me estás pidiendo?
Ella no lo sabía.
Estaba ahí sentada, en el porche del Rocking M, con el sudor corriéndole por la espalda, su hijo dormido sobre un montón de Cheerios y el hombre al que amaba desde los veinte años enfrente de ella, con la espalda rota, la nariz rota y el corazón asomándole a los ojos, y no sabía qué le estaba pidiendo.
Ya no sabía nada. No sabía quién era, ni qué quería, ni qué quería Dios, ni si Dios había querido alguna vez algo para Debby Pruitt aparte de que se callara y se casara con quien le dijeran.
—No lo sé —susurró—. No sé qué te estoy pidiendo.
Wyatt asintió despacio.
—Vale —dijo—. Entonces no pidas nada todavía. Solo vuelve. El próximo martes. Tráelo. Ya nos ocuparemos del resto.
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La acompañó hasta el coche a las cuatro.
Llevó a Micah en brazos. No la dejó hacerlo a ella.
Sostuvo al bebé dormido contra el hombro, con una mano grande y llena de cicatrices extendida sobre la espalda del pequeño, y bajó con cuidado, despacio, los escalones del porche y cruzó el patio polvoriento.
Lo sujetó en la sillita del coche con una torpe ternura que a Debby le hizo doler la garganta.
Le puso al lado el caballo de peluche. Se quedó un largo rato mirando la cara dormida de su hijo.
Después se irguió —con cuidado, apoyando una mano en el techo del coche— y se volvió.
Estaban muy cerca. Ella lo olía. Cuero, caballo, sudor y la misma loción de afeitado de farmacia que llevaba a los veinticuatro años. Reconocería ese olor a oscuras.
No intentó besarla.
Se limitó a mirarla, levantó la mano y le rozó la mejilla. Solo con las yemas de los dedos. Solo una vez. Igual que había hecho a las dos de la madrugada en el aparcamiento de Gruene Hall, antes de que ella, en lugar de eso, se echara a reír y lo besara.
—El próximo martes —dijo.
—El próximo martes.
Subió al coche. Recorrió el largo camino de grava entre los pastos dorados, con el ganado Angus a la sombra, cruzó la entrada de piedra con la M mecedora y salió al camino de caliche.
Miró por el retrovisor todo el trayecto: él seguía en el patio, con el sombrero en la mano, viéndola marchar hasta que el polvo se lo tragó.
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Llegó a casa a las seis y cuarto.
La camioneta de Nathan estaba en la cochera.
El Camry, aparcado en la calle. La luz de la cocina estaba encendida y, por la ventana, podía verlos a los dos: Nathan ante los fogones, removiendo algo en una olla, y Luke en la encimera, cortando una cebolla.
No se tocaban. Estaban a poco más de un metro el uno del otro.
Luke dijo algo y Nathan se rio; echó la cabeza atrás y soltó una carcajada, una risa de verdad, suelta y luminosa, y luego miró a Luke por encima del hombro, un instante, y toda la cara se le abrió.
Debby se quedó sentada en el coche, en la entrada, mirándolos por la ventana.
Luego sacó a Micah de la sillita, con el caballo de peluche y todo, y entró en casa.
—¡Eh! —Nathan se volvió desde los fogones—. ¿Cómo está tu madre?
—Mejor. Ha sujetado una cuchara.
—Qué bien, Deb.
—Sí. —Dejó la bolsa de los pañales. Micah, ya despierto y de mal humor, agarraba el caballo pinto por la crin de lana y le mordisqueaba una oreja—. Huele muy bien.
—Las albóndigas de la abuela de Luke. Suecas. Me obliga a aprender.
—Con arándanos rojos —dijo Luke desde la encimera—. Que no te diga lo contrario. Intentó usar salsa de arándanos de lata.
—¡Es lo mismo!
—No es lo mismo, y no pienso tolerar ese tipo de comentarios en mi presencia.
Nathan volvió a reírse. Debby lo observó. Luego miró a Luke, inclinado sobre la tabla de cortar, escondiendo su propia sonrisa.
—Oye, ¿de dónde ha salido el caballo? —preguntó Nathan. Se había acercado a coger a Micah; tenía los brazos tendidos. Micah pasó a ellos encantado, con caballo de peluche y todo—. Qué bonito. Ese no lo había visto nunca.
Debby lo miró.
Su marido. Nathan Elias Harlow. El chico de la furgoneta de la iglesia.
El mejor amigo que había tenido jamás. De pie en su cocina, con su hijo en la cadera, un paño de cocina al hombro y harina en la mejilla, y detrás de él un pastor de Minnesota con las mangas de la camisa subidas, picando cebolla para las albóndigas de su abuela.
«Volviste a casa con la camisa mal abrochada», pensó. «Y yo vuelvo a casa con un caballo».
—En la tienda de regalos —dijo—. En el centro de rehabilitación.
—Vaya —dijo Nathan. Meció a Micah—. Bueno, le encanta.
No preguntó. Por supuesto que no. Nunca preguntaba.
Debby fue por el pasillo a cambiarse de ropa. En el dormitorio se sentó un minuto a los pies de la cama y sacó el móvil.
Un mensaje nuevo.
WYATT: Gracias. Por hoy. Por él. Por todo.
Lo miró un buen rato. Luego escribió la respuesta.
El próximo martes.
Dejó el móvil boca abajo en la mesilla. De la cocina llegaban la voz de Nathan cantándole a Micah una canción tonta que se inventaba sobre las albóndigas, la risa de Luke y el chisporroteo de algo en la sartén.
Debby se quedó sentada en la cama, escuchándolos, y pensó en un porche de Bandera, en una mano llena de cicatrices sobre la espalda de su hijo y en un vaquero de pie en medio del polvo, con el sombrero en la mano.
Y por primera vez en dos años, al pensar en el futuro, no tuvo la sensación de estar ahogándose.
Se sintió de pie al borde del agua, mirando hacia abajo.
Y tratando de decidir si saltar o no.