CAPÍTULO TRECE
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El secreto de Debby
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Bandera, Texas, se autoproclamaba la Capital Vaquera del Mundo, y un martes por la mañana, a finales de julio, hacía honor al título: una larga calle principal de edificios con fachadas postizas, saloons y tiendas de ropa vaquera achicharrándose al sol, la estatua de un jinete de potros salvajes delante del juzgado, camionetas con soportes para rifles aparcadas en batería frente a la cafetería y, a la entrada del pueblo, un cartel que decía WELCOME, Y’ALL con un par de revólveres cruzados.
Debby había estado allí exactamente una vez, tres años atrás, a lomos de la moto de Wyatt, abrazada a la cintura de Wyatt, con el pelo al viento ondeando tras ella y toda la vida por delante, como una carretera abierta.
Ahora cruzaba el pueblo en el Corolla, con Micah sujeto en el asiento de atrás y agarrando el volante con tanta fuerza que le dolían los nudillos.
Le había dicho a Nathan que iba a San Marcos a ver a mamá.
No era mentira. Había ido. Había pasado una hora sentada con mamá en su habitación, la que tiene vistas al aparcamiento y la lámina del puente cubierto; le había cogido la mano buena, le había hablado del nuevo diente de Micah y había ayudado a la enfermera a sentarla en la silla de ruedas para la fisioterapia.
Luego le había besado la frente, había salido al coche y había puesto rumbo al oeste en vez de al norte.
Noventa y seis kilómetros de Hill Country.
Pasado Wimberley, pasado Blanco, colinas abajo hasta el valle del río Medina, donde los cipreses crecían junto al agua, tan altos y verdes que parecían columnas de catedral, y los ranchos se extendían a ambos lados de la carretera, miles de hectáreas bajo un cielo tan inmenso que a uno le dolía el pecho.
El Rocking M quedaba diecinueve kilómetros pasado el pueblo, por un camino de caliche. Lo sabía porque lo había buscado la noche del sábado, a las dos de la madrugada, en la cama, espalda contra espalda con Nathan y el brillo del móvil al mínimo.
Había una entrada de piedra con un arco de hierro y una M grande colgando del centro, y debajo un balancín curvo, como el de una mecedora.
Más allá, un largo camino de grava serpenteaba colina arriba entre pastos de hierba dorada y seca, donde las vacas Angus negras estaban a la sombra de encinas dispersas, con la cabeza gacha.
Detuvo el coche ante la entrada. Se quedó allí sentada, con el motor en marcha.
«Todavía puedes dar la vuelta», se dijo. «Puedes volver a casa. Puedes mandarle un mensaje y decirle que has cambiado de opinión. Puedes regresar a tu vida».
Pensó en su vida.
Pensó en la camisa de Nathan mal abotonada.
En su boca hinchada. En cómo le había temblado la mano en el marco de la puerta al entrar, y en cómo la había mirado: aterrorizado, culpable y, por debajo de todo eso, encendido por algo que ella no había visto nunca en su cara en dos años. Algo parecido a la alegría.
Pensó en el tarareo que atravesaba la pared del dormitorio por la noche.
Atravesó la entrada.
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Él esperaba en el porche.
La casa del rancho era vieja, baja y alargada, de piedra caliza clara, con tejado de chapa y un porche hondo y sombreado que recorría toda la fachada, con una hilera de mecedoras y un abrevadero lleno de geranios.
Detrás había establos, un picadero circular, un remolque para caballos y tres o cuatro perros de raza indefinida que salieron disparados de debajo del porche ladrando a pleno pulmón en cuanto aparcó.
Wyatt se levantó de una de las mecedoras.
Parecía mayor. Eso fue lo primero. Seguía siendo flaco y espigado, seguía con la piel quemada por el sol y con la nariz rota —se la habían vuelto a romper, se le notaba: tenía una torcedura nueva en el puente—, pero le habían salido arrugas alrededor de los ojos verdes que antes no estaban, llevaba el pelo castaño claro más corto y se movía de otra manera.
Con cuidado. Como un hombre que había aprendido por las malas lo que le costaba exactamente cada paso.
Me destrocé la espalda en Cheyenne.
Se quitó el sombrero. Bajó despacio los escalones del porche, uno a uno, agarrado a la barandilla.
Debby salió del coche. Los perros la rodearon, olisqueándola y moviendo el rabo. Ella ni se dio cuenta.
Se detuvo al pie de la escalera. Se miraron desde unos seis metros de patio polvoriento, bajo el calor blanco del mediodía.
—Hola, Deb —dijo él.
Su voz era la misma. Grave, áspera y un poco tímida. La atravesó como un cuchillo.
—Hola, Wyatt.
—Has venido.
—Dije que vendría.
—Ya lo sé. Es que no… —Se interrumpió. Hizo girar el sombrero entre las manos—. No me lo creía. Llevo sentado en este porche desde las siete.
—Son las doce y media.
—Sí. —Una sombra de la vieja sonrisa—. Ya lo sé.
Ella no dijo nada. No se fiaba de su propia voz.
Él miró detrás de ella. Al coche. Al asiento de atrás, donde Micah acababa de despertarse y empezaba a protestar, con un gemido fino de advertencia que significaba que en unos treinta segundos estaría chillando.
La cara de Wyatt cambió. Todo en ella se detuvo.
—¿Es…?
—Sí.
—¿Puedo…? —Tragó saliva. Se le movió la nuez—. ¿Puedo verlo?
Debby abrió la puerta de atrás. Desabrochó a Micah de la sillita. Estaba acalorado, sudado y de mal humor, con el pelo rubio blanquecino pegado a la cabeza y la cara roja, arrugada, a punto de romper a aullar. Lo sacó, se lo acomodó en la cadera y se dio la vuelta.
Micah miró a Wyatt.
Wyatt miró a Micah.
Y el bebé, que chillaba a todo el mundo —a los desconocidos del supermercado, a las cuidadoras de la guardería de la iglesia, a la tía Carol, a la fisioterapeuta y al perro del vecino—, alzó la vista hacia aquel desconocido alto, tostado por el sol y de nariz rota, con los ojos verde dorado muy abiertos y solemnes, y no hizo ni un ruido.
—Hola, pequeñín —susurró Wyatt.
Micah se quedó mirándolo.
Entonces alargó una manita rolliza y le agarró el dedo.
Wyatt hizo un sonido que Debby no había oído nunca en un hombre. Fue como si algo se rompiera. Se quedó allí, en el patio polvoriento, con el sombrero en una mano y el dedo preso en el puño de su hijo, y se le descompuso la cara entera y empezó a llorar.
No en silencio. No como lloran los hombres en las películas, con una sola lágrima varonil rodando por una mejilla con barba de tres días.
Sollozó. Se le sacudían los hombros. Agachó la cabeza y las lágrimas le corrieron por la cara y gotearon de su nariz rota y de la barbilla, y no se las limpió, no trató de esconderlas, no soltó aquella manita.
—Tiene mis ojos —dijo con la voz quebrada—. Deb. Dios mío. Tiene mis ojos.
—Lo sé.
—Lo siento. Lo siento muchísimo. Lo siento muchísimo…
—Lo sé, Wyatt.
—Tenía que haber estado ahí. Tenía que haber estado ahí. Dejé que tu padre me echara como a un… como a un cobarde, como a un perro. Tenía que haber luchado por ti, tenía que haber vuelto, tenía que…
—Wyatt.
Se calló. La miró, con la cara mojada, roja, deshecha.
—Lo sé —dijo Debby, y ahora también ella estaba llorando.
Creía que ya no le quedaban lágrimas, creía haberlas gastado todas entre Lockhart y los límites del condado, pero ahora volvían—.
Lo sé. Tenías que haber estado. Y no estuviste.
Y yo me casé con otro. Y eso ya está hecho.
Eso es lo que pasó. No puedes cambiarlo.
—Lo sé.
—Así que deja de pedir perdón. Solo… —se cambió a Micah de cadera. El niño seguía agarrado al dedo de Wyatt, seguía mirándolo con aquella atención solemne, de ojos muy abiertos, en perfecto silencio—. Solo está aquí. Ahora. ¿Puedes hacer eso?
Wyatt la miró un largo instante. Luego, por fin, se secó la cara con el dorso de la muñeca y asintió.
—Sí —dijo con voz ronca—. Sí, eso puedo hacerlo.
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Se quedaron toda la tarde sentados en el porche.
Había preparado la comida: sándwiches, ensalada de patata del H-E-B del pueblo y una jarra de té dulce con rodajas de limón flotando dentro.
Había comprado una trona. Una trona de verdad, nueva, con la etiqueta del precio todavía puesta, que había colocado al fondo del porche, a la sombra, y Micah se sentó en ella, comía Cheerios de la bandeja, se los lanzaba a los perros y chillaba de risa cada vez que uno los cazaba al vuelo.
Había comprado también un caballo de peluche, un pinto marrón y blanco con crines de lana, y Micah lo sujetaba con un puño y le mordisqueaba la oreja.
Wyatt no podía dejar de mirarlo.
Le contó lo de Cheyenne. El toro se llamaba Bad Company y había aguantado seis segundos antes de que el animal lo lanzara contra la valla y le cayera encima con las dos pezuñas delanteras.
Dos vértebras aplastadas. Cuatro meses en un hospital de Denver.
Le dijeron que a lo mejor no volvía a caminar bien.
Les había demostrado lo contrario, más o menos, pero no volvería a montar, y había mañanas en que no podía levantarse de la cama sin arrastrarse antes hasta la ducha y quedarse bajo el agua caliente hasta que se le destrababa la columna.
—Esto es de los Matheson —dijo—. Un matrimonio mayor, viven en San Antonio, tienen más dinero que Dios.
Su capataz se jubiló y necesitaban a alguien que llevara el rancho.
Mi tío los conocía. Apostaron por mí. —Miró hacia los pastos—.
Me gusta. Es tranquilo. Es la primera vez en la vida que paro más de un mes en el mismo sitio.
—Pareces distinto.
—Lo soy. —Volvió la cabeza y la miró—. Cuando te pisotea un toro y te pasas cuatro meses en una cama de hospital mirando al techo, piensas en muchas cosas.
Piensas en qué has hecho con tu vida. En lo que echaste a perder.
—Hizo una pausa—. Pensé en ti todos los días, Deb.
No te lo digo para… No pretendo nada. Solo te lo cuento. Todos los días.
Debby bajó la vista hacia su té.
—Estoy casada —dijo.
—Lo sé.
—Con un buen hombre.
—Lo sé. Kaylee me lo contó. El hijo del predicador. —Lo dijo sin desprecio. Solo con cautela.
—Dice que se porta muy bien contigo. Muy bien con el niño.