No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO DOCE #2
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CAPÍTULO DOCE #2

El estrecho pasillo de atrás estaba negro como boca de lobo.

Avanzó a tientas pegado a la pared, pasó por delante del cuarto del conserje y de la puerta de la tribuna del coro, rozando con las yemas de los dedos los bloques de hormigón, el extintor y la fría placa metálica de un interruptor que no tocó.

Al final del pasillo estaba la puerta del vestuario.

Encontró el pomo. Encontró el ojo de la cerradura.

Sacó la llave. La introdujo. Se atascó.

Muévela y tira hacia arriba.

La movió. Tiró hacia arriba. La cerradura giró con un clonc pesado y engrasado.

La puerta se abrió.

El fluorescente estaba apagado. La única luz del vestuario entraba por la otra puerta —la que daba al hueco del baptisterio—, que estaba abierta.

Habían encendido las luces sumergidas del tanque y proyectaban sobre el suelo, las paredes y el perchero de túnicas blancas un resplandor extraño, líquido y ondulante, de modo que todo parecía moverse, oscilar, respirar, como si la habitación entera estuviera bajo el agua.

Luke estaba sentado en el banco.

Llevaba vaqueros y una camiseta, y estaba descalzo. Había dejado los zapatos junto a la puerta. Alzó la vista cuando Nathan entró y, en aquella luz azul ondulante, su cara se veía pálida, extraña y luminosa, y sus ojos eran casi plateados.

Nathan cerró la puerta a su espalda. Echó la llave.

Durante un segundo, ninguno de los dos se movió.

—Hola —dijo Luke en voz baja.

—Hola.

—Has venido.

—Me has dado una llave del baptisterio.

—Ya lo sé. —A Luke le tembló la comisura de la boca—. ¿Me he pasado?

—Es lo más sacrílego que ha hecho nadie en toda la historia de esta iglesia.

—No sé yo. Tu iglesia antes era un Walmart. Seguro que en el almacén pasaban muchas cosas.

Nathan se rio. Le salió una risa temblorosa. Y luego dejó de reírse, porque Luke se estaba levantando —despacio, desplegando todo su metro noventa y tres bajo la luz azul— y cruzaba la diminuta habitación en dos pasos y le tomaba la cara entre las manos.

—Cinco días —susurró Luke—. Cinco días sin tocarte.

—Lo sé.

—Cinco días sentado al otro lado de esa mesa sin mirarte.

—Lo sé.

—¿Sabes lo difícil que ha sido? —Sus pulgares recorrieron los pómulos de Nathan.

Tenía la voz áspera—. ¿Sabes lo difícil que es no mirarte?

Eres lo único que quiero mirar. Eres lo único que hay en la habitación.

Entras y ya no veo nada más, y tengo que quedarme ahí sentado, pasar el parmesano, preguntarle a tu mujer por su madre y hacer como si fueras una lámpara—

Nathan lo besó.

Fue como si la tormenta volviera a desatarse.

Cinco días de no mirarse se consumieron en llamas.

Luke emitió un sonido en lo más hondo del pecho —mitad gruñido, mitad gemido—, lo empujó de espaldas contra la puerta cerrada con llave con tanta fuerza que tembló en el marco y le devolvió el beso como un hombre a punto de ahogarse.

Tenía las manos en el pelo de Nathan. Nathan tenía las manos bajo la camiseta de Luke, extendidas sobre la piel caliente de su espalda, atrayéndolo más cerca, más cerca, y no era suficiente, nunca iba a ser suficiente.

—Tenemos que estar callados —jadeó Luke contra sus labios.

—Lo sé.

—Lo digo en serio. Hay una patrulla de seguridad. Pasan por aquí a las diez. Y el reverendo tiene llave, y Arlene—

—Lo sé, Luke. Cállate.

Luke soltó una risa suave, entrecortada e incrédula, y se calló.

No hubo silencio.

Lo intentaron. Dios sabía que lo intentaron.

Pero había algo en aquella habitación —la luz azul moviéndose por las paredes como el agua, las túnicas blancas colgadas de sus ganchos como una hilera de fantasmas vigilantes, el río Jordán pintado que se vislumbraba por la puerta abierta, la paloma descendiendo, lo vertiginoso, lo blasfemo, lo rotundamente mal que estaba todo aquello— que lo hacía imposible.

Era como estar borracho. Era como estar en un tejado con viento huracanado.

Cada roce era eléctrico. Cada beso era un pecado pequeño, dulce y deliberado, y los dos se habían criado en la Fellowship, y los dos sabían exactamente lo que estaban haciendo, y eso lo empeoraba, y eso lo mejoraba.

La camisa de Nathan acabó en un gancho, entre dos túnicas bautismales.

La de Luke terminó en el suelo. El banco era demasiado estrecho, demasiado duro y demasiado corto, y lo usaron de todas formas.

El espejo de la pared los devolvía a destellos —un hombro pálido, una cabeza morena echada hacia atrás, dos cuerpos enredados en el azul tembloroso— y Nathan miró una vez, los vio allí y no pudo apartar la vista.

Nunca se había visto así. Nunca se había visto deseado.

Nunca había visto su propia cara de aquella manera —encendida, la boca abierta, los ojos entornados, completamente deshecho— y encima la cara de Luke, hundida en su cuello, y las manos grandes y pálidas de Luke agarradas a sus caderas.

—Mírate —susurró Luke, siguiendo su mirada hasta el espejo—. Mírate, Nathan. Dios. Mira lo guapo que eres.

Nathan soltó un sonido demasiado alto.

Luke le tapó la boca con una mano. Nathan le mordió.

Luke siseó y apretó con más fuerza, y todo el cuerpo de Nathan se arqueó y se levantó del banco, y en algún rincón de su cabeza una voz que sonaba como la de su padre citaba el Levítico, y a Nathan no le importaba, no le importaba, no le importaba, porque tenía la mano de un hombre sobre la boca y el cuerpo de un hombre moviéndose contra el suyo y la voz de un hombre en el oído diciendo su nombre como si fuera sagrado, y la luz azul ondulaba en el techo como la superficie del río, y él se hundía, se hundía, se hundía—

La puerta de un coche se cerró de golpe.

Los dos se quedaron inmóviles.

Venía de fuera. Del aparcamiento de atrás. Cerca. Luego otro ruido: pasos sobre el asfalto y después sobre el hormigón del camino junto a la puerta lateral.

Entonces se abrió la puerta lateral.

Luke seguía tapándole la boca a Nathan. Tenía todo el cuerpo rígido. Nathan notaba el corazón de Luke martilleando dentro de su pecho.

Pasos en el pasillo de atrás. Pasos lentos, medidos, sensatos. El chirrido de unas suelas de goma sobre el linóleo.

Y la voz de una mujer, tarareando.

Reunámonos junto al río, donde han pisado los pies luminosos de los ángeles—

Arlene Pickett.

La sangre de Nathan se convirtió en hielo.

Los pasos bajaron por el pasillo. Se acercaron. Se detuvieron, justo al otro lado de la puerta del vestuario. Nathan veía la sombra de sus pies en la franja de luz bajo la puerta, donde se había encendido la luz de emergencia del pasillo. Oyó un tintineo de llaves.

Oyó que metía una en la cerradura.

Se atascó.

—Ay, caramba —dijo Arlene Pickett al otro lado de la puerta. La movió de un lado a otro. No giraba—. Ay, qué trasto más tonto.

Nathan no podía respirar. Luke seguía tapándole la boca.

Tenía la frente apoyada contra la suya. Ninguno de los dos movió un solo músculo.

Estaban medio desnudos sobre el banco del baptisterio, bañados en luz azul, con las camisas en los ganchos y en el suelo, y al otro lado de siete centímetros de madera había una secretaria de la iglesia de sesenta y siete años, y si conseguía abrir aquella puerta—

Forcejó con más fuerza. El pomo traqueteó.

Tira hacia arriba, pensó Nathan, enloquecido. Tienes que tirar hacia arriba. No tires hacia arriba. Dios mío, por favor, no tires hacia arriba—

—Pues anda y que te zurzan —dijo Arlene Pickett.

Las llaves tintinearon al salir de la cerradura.

Los pasos se alejaron; no hacia la puerta lateral, sino por el pasillo, hacia las escaleras que subían al despacho del reverendo.

La oyeron subirlas, todavía tarareando. Oyeron abrirse una puerta arriba.

Oyeron un cajón, el roce de unos papeles y cómo dejaban algo sobre un escritorio.

Después, otra vez los pasos. De vuelta, escaleras abajo. Por delante de la puerta del vestuario, sin detenerse.

La puerta lateral se abrió y se cerró.

La puerta de un coche. Un motor. Los faros barrieron el aparcamiento trasero y se alejaron.

Silencio.

Luke apartó la mano de la boca de Nathan.