No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

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Regreso a casa

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Debby Harlow había sido muchas cosas en la vida, pero estúpida no había sido nunca.

Pensaba en eso el sábado por la tarde, mientras conducía hacia el norte por la 183, a la salida de San Marcos, con las ventanillas bajadas porque el aire acondicionado del Corolla llevaba desde junio haciendo un ruido de batidora agonizante y no se fiaba de él en la autopista.

Micah dormía por fin en la sillita, detrás de ella, después de cuarenta y cinco minutos de gritos durante todo el proceso de ingresar a mamá en el centro de rehabilitación: durante el papeleo, durante la visita guiada de la enfermera, durante el momento en que llevaron a mamá en la silla de ruedas a su nueva habitación, con su cama de hospital, sus vistas a un aparcamiento y su lámina enmarcada de un puente cubierto, y mamá levantó la vista hacia Debby con medio rostro todavía caído y los ojos llorosos, e intentó decir algo y no pudo.

Debby le cogió la mano buena, sonrió y dijo:

—Lo sé, mamá. Lo sé. Volveré el próximo fin de semana.

Y luego salió al aparcamiento, se sentó en el Corolla con la frente apoyada en el volante y lloró con tanta desesperación que asustó al bebé.

Ya no lloraba. Había llorado desde Lockhart hasta San Marcos y desde San Marcos hasta el límite del condado.

Estaba seca como el cauce de un arroyo en agosto.

Se limitaba a conducir, con el viento caliente azotándole el pelo contra la cara, Miranda Lambert en la radio y el móvil boca abajo en el portavasos, donde no podía verlo.

Sabía exactamente cuántos mensajes sin leer tenía. Cuatro. Los había contado.

Sabía exactamente quién se los había enviado.

Estúpida, no, pensó. Estúpida nunca. Solo con mala suerte. Solo una Pruitt.

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En la iglesia pensaban que era una ordinaria.

Lo sabía. Lo sabía desde los quince años, cuando empezó a llevar los vaqueros un poco demasiado ceñidos, a pintarse los labios de un rojo un poco demasiado subido y a reírse un poco demasiado fuerte en el salón parroquial.

Lo sabía desde los diecisiete, cuando empezó a escaparse los sábados por la noche a los salones de baile de Gruene y New Braunfels con su amiga Kaylee: les decía a sus padres que se quedaba a dormir en casa de una amiga y volvía al amanecer con las botas en la mano y el pelo oliendo a cerveza y a tabaco.

Lo sabía desde los veinte, cuando conoció a Wyatt Callahan.

Era jinete de toros. Por supuesto que lo era.

De todos los hombres de Texas, Debby Pruitt había tenido que enamorarse de un jinete de toros: un vaquero de Bandera delgado, fibroso, con la piel quemada por el sol, los ojos verdes, la nariz rota, una sonrisa tímida y manos de cuero, que competía en el circuito de la PRCA diez meses al año y pasaba los otros dos trabajando en el rancho de su tío, a las afueras de Medina.

Tenía veinticuatro años. Lo habían lanzado por los aires, pisoteado y corneado, y se había roto más huesos de los que ella podía contar.

No iba a la iglesia. Decía que había visto a Dios una vez, en los ocho segundos que pasó sobre el lomo de un brahmán de casi novecientos kilos llamado Widowmaker, en el rodeo de Mesquite, y que Dios se parecía bastante al suelo viniéndole al encuentro a toda velocidad.

Lo conoció en Gruene Hall un sábado de abril.

Bailaron todas las canciones. Él la acompañó hasta el coche a las dos de la madrugada y no intentó besarla.

Solo le preguntó si podía volver a verla.

Y puso tal cara de miedo al preguntarlo —aquel hombre que se ganaba la vida montándose en el lomo de monstruos— que se rio a carcajadas y lo besó ella.

Aquel fue el mejor año de su vida.

Su papá se enteró en otoño. Alguien de la iglesia los había visto juntos en el rodeo de San Antonio: la había visto en las gradas, gritando, de pie sobre los bancos con los puños en alto mientras Wyatt aguantaba los ocho segundos completos sobre un toro llamado Lucifer’s Revenge; luego se le quedó el pie enganchado en la cuerda y el animal lo arrastró diez metros por la tierra.

Alguien la había visto saltar la valla y correr hacia él.

Alguien la había visto arrodillada en la tierra del ruedo, con la cabeza ensangrentada de él en el regazo.

Alguien se lo contó a Dale Pruitt.

Su papá no le pegó. Nunca le pegaba. Simplemente la sentó a la mesa de la cocina y le dijo con voz fría y queda que, si volvía a ver a aquel chico, para él estaría muerta.

Que ninguna hija suya iba a tirar su vida por la borda por un borracho sin Dios que estaría muerto o lisiado antes de los treinta.

Que estaba avergonzando a su madre, a la familia y a la iglesia.

Que la gente hablaba. Que su madre estaba enferma de la pena.

Y luego se plantó él mismo en Bandera, encontró a Wyatt en el rancho de su tío y le dijo algo —Debby nunca supo qué—, y cuando ella lo llamó aquella noche, llorando, él le contestó en voz muy baja:

—Quizá tu papá tenga razón, Deb. Quizá yo no soy bueno para ti.

Y colgó. Tres días después se marchó al circuito de invierno de Oklahoma, Kansas y Colorado, y dejó de responder a sus llamadas.

Descubrió que estaba embarazada en marzo.

No se lo contó a nadie durante dos meses.

Vomitaba en el baño de la iglesia todos los domingos por la mañana.

Dejó de cantar en el coro porque no aguantaba de pie el calor de la tribuna sin que se le nublara la vista.

Faltó tres domingos seguidos aquel invierno y los susurros se hicieron más fuertes.

Esa chica de los Pruitt. Se pasaba las noches en vela, con las manos sobre el vientre, llamaba al teléfono de Wyatt y escuchaba el tono sonar y sonar y sonar hasta que saltaba el buzón de voz, y nunca dejaba mensaje, porque ¿qué iba a decir?

Hola, soy yo, la chica del «quizá yo no soy bueno para ti», ¿adivina qué?

Y entonces, en mayo, Dale Pruitt sorprendió al chico de los Harlow en la furgoneta de la iglesia con Josh Whitaker.

Después, Debby nunca tuvo claro cuál de los dos padres había visto primero la oportunidad.

Tal vez se les ocurrió a los dos a la vez, como una revelación venida de lo alto.

Pero recordaba que aquella semana su papá volvió del despacho del reverendo con una cara que ella no le había visto nunca: una expresión extraña, sombría y satisfecha, la de un hombre que acaba de resolver un problema con el que llevaba meses lidiando.

Volvió a sentarla a la mesa de la cocina.

—Te vas a casar con Nathan Harlow —dijo.

Se le rio en la cara. No pudo evitarlo. Nathan Harlow era un crío.

Era el hijo callado, delgado y moreno del reverendo, el que tocaba fatal la guitarra en el grupo de jóvenes y se ponía rojo si le hablabas.

Era tres años menor que ella. Una vez, cuando ella tenía doce años, le había hecho de canguro.

—Sé lo de tu estado —dijo su padre.

La risa se le murió en la garganta.

—¿Crees que tu madre no te oía en el baño todas las mañanas?

—Su voz era muy fría y muy serena—. ¿Crees que no llevaba la cuenta?

Deborah Lynn. Lo sé. Y te estoy ofreciendo una salida.

Una forma de conservar tu apellido. El apellido de tu madre.

Una forma de darle a ese bebé un padre, un hogar y un sitio en la iglesia.

El chico de los Harlow necesita una esposa.

Tú necesitas un marido. El reverendo y yo hemos llegado a un acuerdo. Está hecho.

—Si ni siquiera le gustan las chicas —había dicho ella—. Todo el mundo sabe lo de la furgoneta.

—Y precisamente por eso —dijo su padre— nunca preguntará de quién es el bebé.

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Así que ese era el trato. Ese era el trato entero, feo, práctico y temeroso de Dios, cerrado por dos hombres en un despacho con las persianas echadas.

La vergüenza de ella a cambio de la de él.

El secreto de ella a cambio del de él. Un vestido de novia al que habían sacado costuras, un día de julio a cuarenta grados y el hijo de un pastor que, ante el altar, parecía estar frente a un pelotón de fusilamiento.

Al principio lo había odiado. No por nada que él hubiera hecho. Solo porque estaba allí y Wyatt no. Porque él era la cara del trato.

Aquello no duró.

Era difícil odiar a alguien que se levantaba a las tres de la madrugada y paseaba dos horas por el pasillo a un bebé con cólicos para que tú pudieras dormir.

Que se iba al H-E-B a medianoche a por la marca concreta de crema para el pañal que querías.

Que nunca, ni una sola vez, en dos años, había preguntado nada.

Que había sostenido a Micah en la sala de partos como si el niño fuera de cristal y de oro, y había llorado, y la había mirado por encima de la cabecita rubia, casi blanca, del bebé, con los ojos color avellana húmedos, y había dicho: «Es perfecto, Deb.

Es tan perfecto», como si lo dijera en serio.

Y lo decía en serio. Había acabado por entenderlo. Quería a ese niño con todo lo que tenía. Puede que más que ella algunos días, los días malos en que miraba los ojos verdes y dorados de Micah y veía los de Wyatt.

Se habían acostado cuatro veces en dos años.

Con torpeza, a oscuras, por una especie de sentido del deber que ninguno de los dos habría sabido explicar.

Todo el tiempo supo que él estaba en otra parte.

Ella también. Después se quedaban cada uno en su lado de la cama, dándose la espalda, sin decir nada, y ella lo escuchaba respirar y pensaba: «Somos tal para cual, ¿no? Tal para cual de verdad».

No lo quería. No de esa forma. Y nunca lo querría.

Pero era el mejor amigo que había tenido en su vida. Y él ni siquiera lo sabía.

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Cuatro mensajes sin leer.

El primero había llegado tres semanas atrás. Estaba cambiando a Micah en el suelo del salón de su madre, en Lockhart, cuando el móvil vibró en la mesa de centro; le echó un vistazo, vio el nombre y se le cayó el pañal.