No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

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Tres días

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Debby llamó el miércoles a la hora de comer.

Nathan había vuelto al tejado en Dripping Springs.

Estaba sentado a la sombra de un hastial a medio armar, con un sándwich de mortadela y una botella de agua, mirando las colinas del oeste.

La tormenta había barrido el cielo y lo había dejado limpio.

Todo se veía más nítido que en semanas: el verde de los cedros, el blanco de los afloramientos de piedra caliza, el azul del cielo, tan intenso y brillante que parecía pintado.

Abajo, sobre la losa, Ray y los demás discutían si los Cowboys volverían a ganar una Super Bowl en lo que les quedaba de vida.

El teléfono le vibró. DEBBY.

Miró el nombre durante tres tonos completos antes de contestar.

—Hola.

—Hola.

Sonaba distinta. Más ligera, quizá. Cansada, pero más ligera.

—¿Tienes un minuto?

—Claro, estoy comiendo.

—Mamá se muda el sábado por la mañana al centro de rehabilitación de San Marcos. El que está junto a Wonder World. Por fin ha llegado la aprobación del seguro.

Soltó un largo suspiro.

—Así que vuelvo a casa.

El sándwich se le quedó a medio camino de la boca.

—¿El sábado?

—El sábado por la tarde. Después de instalarla. La tía Carol se quedará con ella la primera semana y yo bajaré los fines de semana.

Hizo una pausa.

—No pareces muy ilusionado.

—No, sí... sí que lo estoy. Es estupendo, Deb. Es muy buena noticia. Lo de tu madre.

—Sí.

Otra pausa, más larga. Nathan oía a Micah de fondo, balbuceando para sí, y la tele con algo de risas enlatadas.

—¿Sigue ahí tu pastor?

—¿Luke? Sí. El apartamento aún no está listo. Dale todavía tiene allí al fontanero.

—Papá no sería capaz de arreglar un grifo que gotea ni con una Biblia ni con una oración.

Soltó una risa breve y seca.

—Bueno. Supongo que será acogedor. Los tres y el bebé.

—Supongo.

—¿Nathan?

—¿Sí?

Ella se quedó callada un momento. Al otro lado de la línea, Micah soltó una carcajada por algo, y cuando Debby volvió a hablar, su voz sonó muy queda y muy extraña.

—Nada —dijo—. Olvídalo. Nos vemos el sábado.

Se cortó la llamada.

Nathan se quedó en el tejado con el teléfono en la mano. Las colinas ondulaban con el calor. Abajo, sobre la losa, Ray gritaba que a Tony Romo le habían robado.

Sábado.

Hoy era miércoles.

Tres días.

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No se lo dijo a Luke hasta esa noche.

Esperó a que estuvieran en el porche después de cenar, con dos latas de Shiner sudando sobre el cemento entre las sillas.

El martes se habían terminado el paquete de seis y Luke había bajado aquella tarde andando a la tienda de la esquina a comprar otro, sin asomo de vergüenza, como un hombre que había decidido que el pacto de estilo de vida era más bien una orientación.

El cielo sobre la zona verde se iba poniendo naranja, luego rosa y al final de un azul profundo de terciopelo.

—Debby vuelve a casa el sábado.

Luke tardó un rato en decir algo. Se quedó mirando los árboles. En algún sitio entre los cedros se arrullaban dos tórtolas, con ese sonido suave, hueco y doliente.

—De acuerdo —dijo por fin.

—¿Eso es todo? ¿De acuerdo?

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

Nathan jugueteó con la anilla de la lata.

—Algo.

Luke volvió la cabeza y lo miró. La última luz le daba en la cara. Las marcas de la garganta se le habían desvanecido hasta quedar en un amarillo verdoso pálido, pero Nathan seguía viéndolas si sabía dónde mirar, y sabía exactamente dónde mirar.

—Podría decir que me voy —dijo Luke—. Que me busco un motel. Decirle a tu padre que lo del apartamento se ha convertido en demasiada molestia para tu familia y que no quiero estorbaros.

A Nathan se le encogió el estómago.

—¿Es eso lo que quieres?

—No.

Luke tenía la voz muy tranquila.

—No, eso no es lo que quiero. Pero creo que podría ser lo más sensato. Y creo que tú sabes que podría ser lo más sensato. Y creo que me lo preguntas porque quieres que lo diga yo, para no tener que decirlo tú.

Nathan se quedó mirándolo.

—No lo hagas —dijo Nathan.

—¿Que no haga qué?

—No te vayas.

Le salió demasiado alto. Demasiado crudo. Las tórtolas de los cedros se callaron. Nathan bajó la voz.

—Ni se te ocurra. Sé que es una estupidez. Sé que es una locura. Sé que ella estará al final del pasillo, que el bebé estará en su cuarto y que mi padre llamará todos los días, y sé que va a ser... Ni siquiera sé cómo va a ser. Pero no te vayas. Por favor.

Luke lo miró un largo momento.

Luego alargó el brazo, cogió la mano de Nathan del brazo de la silla de jardín, se la llevó a la boca y le besó el dorso de los nudillos, despacio, con suavidad, uno a uno.

—De acuerdo —dijo contra la piel de Nathan—. No me iré.

Nathan cerró los ojos.

—Pero tienes que saber una cosa —dijo Luke—. Cuando ella vuelva a casa, todo será distinto. No podemos descuidarnos. No en esta casa. No con tu hijo aquí. No con tu padre, Arlene Pickett, Janet Dowling y todo el coro vigilándonos como halcones. Tendremos que andarnos con cuidado. Con mucho cuidado.

—Lo sé.

—Nada de escabullirnos por el pasillo de noche.

—Lo sé.

—Nada de mirarme así en la cena, desde el otro lado de la mesa.

—¿Así cómo?

Luke le lanzó una mirada.

—...Vale —dijo Nathan—. Lo sé.

—Entonces... —Luke bajó la mano, pero no lo soltó—. Tres días.

—Tres días.

Luke sonrió despacio. La última luz había desaparecido ya del cielo, las estrellas empezaban a asomar sobre los árboles y los relámpagos de calor titilaban muy lejos, al oeste, sobre las colinas, igual que aquella primera noche.

—Bueno —dijo—, supongo que más nos vale aprovecharlos.

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Nathan llamó para decir que estaba enfermo el jueves.

Era el primer día de baja que se tomaba en dos años sin estar realmente enfermo.

A las seis y cuarto de la mañana estaba sentado en el borde de la cama del cuarto de invitados, en calzoncillos, con el teléfono pegado a la oreja y la mano de Luke subiéndole y bajándole despacio por la espalda, y le dijo a Ray que había comido una falda de ternera en mal estado y se había pasado media noche en vela, y Ray, bendito sea, le dijo que bebiera Sprite, comiera galletas saladas y no volviera hasta que pudiera mirar a la cara a un taco.

Nathan colgó.

La mano de Luke se detuvo en la parte baja de su espalda.

—Mientes muy mal —dijo Luke.

—Lo sé.

—Se te ha puesto la voz muy aguda.

—Lo sé.

—Ha sido adorable. —Luke le rodeó la cintura con un brazo y tiró de él para tumbarlo otra vez en la cama, y Nathan cayó riéndose en aquel revoltijo de sábanas, calor y brazos enormes—. Ahora, hermano Harlow, ¿qué quieres hacer con tu día robado?

Resultó que lo que Nathan quería era quedarse en la cama hasta las once.

Después, ducharse juntos en el diminuto baño principal, con los codos de Luke golpeando los azulejos por todas partes y una presión de agua que apenas bastaba para quitarse el jabón, los dos riéndose, resbalando y agarrándose el uno al otro, con tanto vapor que casi no se veían.

Y luego desayunar a mediodía, desnudos, en la mesa de la cocina: unas tortitas que Luke preparó desde cero con la receta de su abuela y mermelada de arándanos rojos que había encontrado en la sección escandinava del Central Market de North Lamar: «porque no soy un animal, Nathan, no pienso comer tortitas con sirope». Y después, otra vez a la cama.

Y entonces, a las cinco, cuando el calor del día empezaba apenas a ceder, Nathan cogió las llaves de la Silverado.

—¿Adónde vamos?

—Ya lo verás.

—¿Hace frío?

—Es justo lo contrario del frío.

—Uff da.

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El lago Travis estaba a cuarenta minutos al oeste de la ciudad: un embalse largo y sinuoso, de aguas verdeazuladas, que serpenteaba por el Hill Country entre escarpados farallones de piedra caliza.

Los fines de semana aquello era un manicomio: barcazas de fiesta, lanchas de esquí, motos acuáticas, despedidas de soltera en pontones que escupían música a todo volumen sobre el agua.

Pero un jueves de julio por la tarde, si sabías adónde ir, podías encontrar rincones que no conocía nadie más.

Nathan sabía adónde ir.

Los llevó más allá de Lakeway, más allá de Hudson Bend, más allá de los puertos deportivos y de las casas grandes de los farallones, por una sucesión de carreteras cada vez más estrechas, hasta meterse al final por una pista de caliche llena de surcos que cruzaba un bosquecillo de cedros y encinas y moría ante una cancela ganadera cerrada con candado.

Bajó y abrió la combinación del candado sin mirarla. Era la misma desde hacía diez años.

—¿Esto es allanamiento? —preguntó Luke cuando Nathan volvió a subir.

—Es el terreno del primo de mi abuelo. Tiene noventa y un años, vive en una residencia de Marble Falls y no ha venido por aquí desde la Administración Bush.

La primera. —Nathan metió despacio la camioneta por la cancela—.

Venía mucho por aquí en el instituto. Cuando necesitaba estar donde nadie pudiera encontrarme.

—¿Con Josh?

Nathan lo miró de reojo. En la cara de Luke no había celos. Solo una pregunta tranquila.

—No —dijo Nathan—. Nunca con nadie. Solo yo.

La pista bajó serpenteando entre los árboles otro kilómetro y medio.

Luego los árboles se abrieron, el suelo se hundió de golpe y se encontraron en una plataforma llana de caliza clara, al borde de un farallón, doce metros por encima de una cala escondida del lago: una bahía pequeña, perfecta, resguardada, cerrada por tres lados de acantilados y cedros, con el agua tan quieta y transparente que se veían las rocas del fondo brillar doradas en la luz del atardecer.

Al otro lado de la cala, el farallón de enfrente se teñía de naranja y rosa con el sol poniente.

No se veía una sola embarcación. Ni una casa.

Ni una luz. Ni la menor señal de otro ser humano en ninguna dirección.

Nathan apagó el motor.

El silencio irrumpió de golpe. Grillos. Cigarras. El suave chapoteo del agua muy abajo. Un halcón trazando círculos en lo alto, sobre el risco de enfrente, chillando.

Luke se quedó muy quieto en el asiento del copiloto. No dijo uff da. No dijo absolutamente nada.