No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO NUEVE #2
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CAPÍTULO NUEVE #2

—Se te nota cansado, hijo. ¿Has podido dormir algo con la tormenta?

Nathan estaba en el garaje con un bote de cola de carpintero en la mano.

Por la puerta abierta que daba a la casa le llegaba el zumbido del taladro desde el cuarto de invitados y la voz de Luke, baja, acompañando a la radio un himno antiguo, Blessed Assurance, con un barítono sorprendentemente dulce; cada pocos compases se interrumpía para soltar un taco contra un tornillo pasado de rosca.

—No mucho —respondió Nathan.

—Pues échate una siesta. Necesitas descansar. A las seis.

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Sus padres vivían en una casa colonial de ladrillo de dos plantas en Circle C, en un barrio de jardines amplios, garajes para tres coches y banderas en todos los porches.

Era la casa en la que Nathan había crecido.

Tenía un comedor formal con una lámpara de araña y una vitrina llena de la vajilla Blue Willow de la abuela de Ruth Harlow, y un bordado enmarcado en el recibidor que decía: CRISTO ES LA CABEZA DE ESTA CASA, EL INVITADO INVISIBLE EN CADA COMIDA, EL OYENTE SILENCIOSO DE CADA CONVERSACIÓN.

Nathan había pasado por delante diez mil veces sin verlo. Aquella noche lo detuvo en seco en el umbral.

El oyente silencioso de cada conversación.

—¡Nathan! —Su hermana bajó las escaleras a toda velocidad y le echó los brazos al cuello.

Hannah tenía diecinueve años, estudiaba en Baylor con una beca que había tenido que pelearle a su padre con uñas y dientes para poder aceptarla, y era la única persona de su familia que, después del encierro, lo había mirado sin lástima ni recelo en los ojos.

Era menuda y morena como él, con los ojos grises de su madre y la mandíbula de su padre, y llevaba un aro en la nariz que se quitaba cada vez que volvía a casa y se ponía otra vez en cuanto cruzaba el límite del condado—.

Dios mío, cuánto te he echado de menos. Tienes un aspecto horrible. ¿Estás durmiendo algo? ¿Micah sigue…?

Se detuvo. Había visto a Luke por encima del hombro de Nathan.

—Ah —dijo Hannah—. Hola.

—Hannah, este es el pastor Luke Halvorsen. Luke, mi hermana Hannah.

—Hola. —Luke sonrió y le tendió la mano—. He oído hablar mucho de ti.

—Seguro que no. —Hannah le estrechó la mano y levantó la vista hacia él, muy arriba, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos grises entrecerrados.

Después volvió a mirar a Nathan. Luego a Luke.

Y otra vez a Nathan, y algo cambió en su cara, un destello rápido y vivo de cálculo que a Nathan no le gustó nada.

—Bueno —dijo Hannah—. Pasad. Mamá lleva cocinando desde el mediodía. Ha hecho los panecillos buenos.

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La cena fue un suplicio.

No porque pasara nada. No pasó nada. Ahí estaba el suplicio.

Su madre fue pasando la carne asada, el puré de patatas, las judías verdes con beicon y los buenos panecillos de levadura; su padre bendijo la mesa y comieron en los platos de la Blue Willow, con la lámpara de araña centelleando sobre sus cabezas, y todo era exactamente igual que cada martes por la noche de la vida de Nathan.

Salvo que Luke estaba sentado enfrente, con un polo limpio abrochado hasta arriba para tapar las marcas de la garganta, y Nathan llevaba una camisa con cuello por la misma razón; y cada vez que levantaba la vista del plato, Luke estaba ahí, y cada vez que Luke lo miraba, Nathan lo sentía en todo el cuerpo, como una mano.

Su padre habló del sermón. De la buena acogida que había tenido.

De cómo tres familias distintas lo habían llamado aquella mañana para preguntar cuándo volvería a predicar el pastor Halvorsen.

De que estaba pensando en darle a Luke el estudio bíblico de jóvenes adultos de los miércoles, y quizá también el de los chicos de secundaria.

—Nathan iba a hacerse cargo de los chicos de secundaria —dijo Hannah.

—Nathan tiene una familia en la que pensar. —Su padre no lo miró—. Nathan tiene responsabilidades.

—¿Y Luke no?

—Luke está soltero. Tiene tiempo. Tiene la obra del Señor por hacer. —Su padre le sonrió—. Y a ver si no le encontramos una buena chica dentro de poco, ¿verdad, Ruth?

—Calvin —dijo su madre en voz baja.

—¿Qué? La hija mayor de los Dowling ha vuelto de A y aquello fue lo más íntimo que Nathan había hecho jamás en aquella casa.

Cuando por fin levantó la vista de la tarta, Hannah lo estaba observando.

No dijo nada. Se limitó a mirarlo desde el otro lado de la mesa con los ojos grises muy firmes, y entonces —tan despacio, tan sutilmente que nadie más en la mesa podría haberlo notado— arqueó una ceja.

Nathan bajó de nuevo la vista al plato. Le ardía la cara.

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Después, mientras su padre llevaba a Luke al despacho para enseñarle su colección de sermones de Spurgeon en primeras ediciones, Nathan ayudó a su madre con los platos.

Ella fregaba. Él secaba. Era lo que habían hecho siempre. La ventana de la cocina daba al jardín trasero, donde la tormenta había arrancado una rama grande del roble, que yacía atravesada en el césped como un cuerpo caído. El cielo, por encima, estaba despejado, limpio y dorado.

—Es un buen chico —dijo su madre, y le pasó un plato.

—Sí, señora.

—Parece que os lleváis bien.

—Es fácil llevarse bien con él.

Su madre enjuagó un vaso. Lo levantó hacia la luz para comprobar que no tuviera manchas, como hacía siempre, girándolo despacio.

Ruth Harlow era una mujer menuda, dulce, canosa y callada, que había pasado treinta años de pie, un paso detrás de su marido, en el estrado, con una sonrisa en los labios y las manos entrelazadas delante del cuerpo.

Nathan no la había oído discrepar de su padre delante de nadie ni una sola vez.

Apenas la había oído discrepar de él en absoluto.

—Pareces feliz, Nathan —dijo ella en voz baja.

A punto estuvo de dejar caer el plato.

—Yo… ¿qué?

—Pareces feliz. —Dejó el vaso en el escurridor. No lo miró. Cogió otro y lo sumergió en el agua jabonosa—. Hace mucho que no te veo feliz. Quizá desde que eras pequeño. De niño sonreías así. Antes de… —Se detuvo. Las manos se le quedaron inmóviles dentro del agua—. Bueno. Antes.

Nathan se quedó allí, con el paño de cocina en las manos.

Su madre volvió la cabeza y alzó la vista hacia él. Sus ojos grises —los ojos de Hannah— estaban húmedos, serenos y muy, muy cansados.

—Solo quería decírtelo —dijo—. Nada más. Me alegro de que seas feliz, hijo.

Y volvió a los platos.

Nathan se quedó allí, en la cocina de su madre, con el paño entre las manos y la luz dorada entrando por la ventana, y no sabía qué sabía ella. No sabía qué había visto. No sabía si estaba diciendo lo que él creía que estaba diciendo, o algo completamente distinto, o nada en absoluto.

Secó el plato. Lo guardó en el armario.

—Gracias, mamá —dijo.

Ella no respondió. Se limitó a asentir una vez y siguió fregando.

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De camino a casa, Luke alargó la mano en la oscuridad por el asiento corrido, le cogió la suya y la sostuvo durante todo el trayecto hasta la calle sin salida; ninguno de los dos dijo una palabra.

En casa, la cama de la habitación de invitados estaba arreglada.

Luke había reconstruido el armazón con listones nuevos cortados de unos tablones de dos por cuatro que había encontrado en el garaje, había pegado y atornillado de nuevo el larguero al cabecero y había reforzado todas las uniones con escuadras de acero.

Era sólida como una roca. Parecía capaz de sobrevivir a un terremoto.

—Mejor que nueva —dijo Luke—. Te lo dije.

Nathan la contempló.

Después miró a Luke, de pie en el umbral bajo la luz de la lámpara, con el polo todavía abrochado hasta la barbilla y las manos en los bolsillos.

—Deberíamos probarla —dijo Nathan.

Luke alzó las cejas.

—Ya sabes —dijo Nathan. Tenía la cara ardiendo. El corazón le golpeaba con fuerza. Tenía la voz firme—. Para asegurarnos de que aguanta.

Durante un segundo, Luke se limitó a mirarlo. Entonces se le extendió por el rostro la sonrisa más lenta, más amplia y más perversa que Nathan había visto jamás.

—Hermano Harlow —dijo en voz baja—. Pensaba que nunca me lo ibas a pedir.

La cama aguantó.

Aguantó toda la noche.