No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

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Oraciones de la mañana

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Al trabajo. Ray. La cuadrilla empezaba a las siete.

Nathan no había llegado tarde ni una sola vez en dos años, ni después de las peores noches de Micah, ni con treinta y nueve de fiebre.

Se incorporó de golpe, el colchón roto cabeceó bajo él como una barca, un brazo grande se le resbaló de la cintura y cayó sobre la sábana, y una voz adormilada a su espalda dijo:

—Ay. ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Es un tornado?

Nathan bajó la vista.

Luke estaba despatarrado boca abajo sobre tres cuartas partes de la cama destrozada, con la cara hundida en la almohada y un ojo entreabierto.

La sábana se le había escurrido hasta la parte baja de la espalda.

Tenía los hombros cubiertos de marcas —rojas, moradas, la inconfundible media luna de unos dientes— y el pelo se le disparaba en todas direcciones, como un diente de león hecho vilano.

Bajo la luz intensa de la mañana que entraba por la ventana, tenía la piel tan pálida que parecía casi azul.

Era lo más hermoso que Nathan había visto en su vida. Y Nathan llegaba cuarenta y ocho minutos tarde al trabajo.

—Llego tarde —dijo Nathan.

—¿Tarde para qué?

—Al trabajo. —Se bajó de la cama a toda prisa.

El suelo bajo la ventana seguía mojado; resbaló y se agarró a la cómoda para no caerse.

Estaba desnudo. Completamente desnudo en la habitación de invitados, a plena luz del día, con la ventana abierta de par en par al patio trasero y la valla de los Henderson a unos dieciocho metros, como mucho.

Agarró lo primero que pilló —la camisa de vestir destrozada de Luke— y se la apretó contra el cuerpo como una hoja de parra.

—Dios mío. Dios mío. Ray me va a matar.

Luke levantó la cabeza de la almohada y lo miró. Miró la camisa. Miró los botones arrancados. Miró la cara de Nathan.

Luego volvió a hundir la cara en la almohada y se echó a reír.

—¡No tiene gracia!

—Tiene un poco de gracia.

—Nunca he llegado tarde. Nunca. Ni una sola vez. —Nathan miró a su alrededor como loco en busca de los vaqueros. Estaban medio metidos debajo de la cama. Los calzoncillos… no tenía ni idea de dónde estaban los calzoncillos.

—¿Dónde está el móvil? ¿Dónde está mi…?

—En la mesa de la cocina, creo. Al lado de la lasaña.

—La lasaña… —Nathan se acordó. Las velas. La silla volcada. Tiró la camisa al suelo y salió disparado de la habitación, desnudo, por el pasillo, pasó junto al marco roto del cuadro, boca abajo sobre la alfombra y rodeado de cristales que brillaban, y entró en la cocina.

Todas las velas se habían consumido. Cuatro habían quedado en charcos de cera sobre la mesa y la encimera.

La quinta, la que se había caído cuando volcó la silla, yacía de lado sobre el linóleo, fría y apagada.

La lasaña se había quedado cuajada en la bandeja.

La cocina olía a humo, a salsa de tomate y a otra cosa, algo cálido y animal que Nathan comprendió que eran ellos dos, todavía pegado a su piel.

El móvil estaba sobre la mesa. Lo cogió.

Tres llamadas perdidas de Ray. Dos mensajes:

RAY: ¿Todo bien?

RAY: La tormenta se ha llevado media 290. La obra está inundada, paramos hasta el miércoles. Quédate en casa, mijo.

Nathan lo leyó tres veces. Después dejó el móvil sobre la mesa con mucho cuidado, se sentó en la silla más cercana —desnudo, sobre el asiento frío de vinilo, en la cocina luminosa de la mañana que olía a humo—, se cubrió la cara con las manos y se echó a reír sin poder contenerse.

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Todavía se estaba riendo cuando entró Luke, con los pantalones cortos grises de North Star y nada más, y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados y la cabeza ladeada.

—¿Estás bien?

—La obra está inundada. —Nathan se secó los ojos—. No trabajamos hasta el miércoles.

—Ah, alabado sea Jesús.

—No… —Nathan se atragantó—. No digas eso.

—¿Por qué no? Lo digo en serio. —Luke se acercó. Se detuvo junto a la silla de Nathan y le puso una mano en la nuca, con suavidad, solo apoyada ahí, cálida y pesada, y Nathan se quedó inmóvil debajo de ella—. Lo digo con todo mi corazón. Gracias, Señor, por las inundaciones.

La risa de Nathan se apagó.

Siguió allí sentado bajo aquella mano, en la cocina luminosa, y por fin llegó aquello para lo que llevaba toda la noche armándose.

No como esperaba. No como un golpe. Llegó despacio, como el agua que sube y se filtra desde el suelo de una casa inundada: fría y callada, primero a la altura de los tobillos, luego de las rodillas, y después más arriba.

Gracias, Señor.

Lo había hecho. Lo había hecho de verdad.

No en su cabeza, ni en el quicio de una puerta, ni en cuatro minutos desesperados dentro de una furgoneta.

Lo había hecho con todo el cuerpo y con todo su ser, en su propia casa, en la habitación de invitados de su esposa, sobre las sábanas que la tía de ella había mandado como regalo de boda, mientras su hijo dormía a cuarenta y ocho kilómetros de allí, en Lockhart.

Lo había hecho con un pastor. Lo había hecho con un hombre al que su padre había metido en su casa como ejemplo.

Lo había hecho dos veces, y le había gustado.

Había sido mucho más que gustarle. Había llorado. Había dicho Estoy seguro.

Y en algún lugar del pasillo, sobre la alfombra, la foto de su boda seguía boca abajo entre cristales rotos.

Luke notó que se tensaba. La mano que le tenía en la nuca se quedó inmóvil.

—Eh —dijo Luke en voz baja.

—Tengo que vestirme.

—Nathan…

—Tengo que recoger esto. —Se puso en pie. La mano de Luke cayó—. Los cristales. La cera. La… la cama, tengo que hacer algo con la cama. Debby… —Se detuvo.

Se quedó de pie en medio de la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando la lasaña cuajada.

Oyó a Luke tomar aire. Lo oyó soltarlo muy despacio.

—Vale —dijo Luke. Su voz sonaba suave, cuidadosa y muy serena—. Vale. Ve a vestirte. Yo empiezo por la cocina.

Nathan se fue.

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Recogió los cristales del pasillo con cepillo y recogedor, de rodillas sobre la alfombra, y fue sacando del montón los últimos fragmentos relucientes, uno a uno, con las yemas de los dedos.

Le dio la vuelta al marco. El cristal se había rajado justo por la mitad, con una línea irregular que pasaba entre su cara y la de Debby y los partía limpiamente en dos.

En la foto estaban en los escalones de Grace Covenant, bajo el sol brutal de julio: Debby con el vestido de su madre, ensanchado para ella, y Nathan con un esmoquin alquilado.

Los dos sonreían. Ninguna de las dos sonrisas les llegaba a los ojos.

Lo miró durante un largo rato. Luego lo llevó al garaje y lo dejó en una estantería, boca abajo, detrás de una caja de luces de Navidad.

Quitó las sábanas de la cama de la habitación de invitados.

Las azules estaban húmedas y arrugadas y olían a los dos, y cuando las hizo un ovillo entre los brazos para llevarlas a la lavadora, el olor le subió a la cara y lo golpeó con tanta fuerza que tuvo que quedarse quieto en el pasillo, con los ojos cerrados.

Las puso a lavar con agua caliente. Aclarado extra. Doble de detergente.

El armazón de la cama no tenía arreglo. Dos de las lamas de madera se habían partido de lado a lado y el larguero se había desprendido del cabecero; los tornillos se habían salido del aglomerado viejo. Se quedó mirándolo con las manos en las caderas y el estómago revuelto.

—Puedo arreglarlo —dijo Luke desde la puerta.

Nathan no se volvió.

—Crecí en una granja —dijo Luke—. Sé arreglar cualquier cosa. ¿Tienes un taladro?

—En el garaje.

—¿Cola de madera?

—Seguramente.

—Dame una hora. Quedará mejor que nueva. —Una pausa—. Nathan. Háblame.

—No hay nada de qué hablar.

—Mentiroso.

Nathan se estremeció.

Luke entró en la habitación. No lo tocó. Se puso a su lado, a un paso de distancia, y miró con él la cama destrozada, y durante un largo rato ninguno de los dos dijo nada.

—Quieres decirme que fue un error —dijo Luke en voz baja—. No pasa nada. Puedes decírmelo. No me voy a romper.

A Nathan le dolía la garganta. Abrió la boca y no le salió nada.

—Pero quiero que sepas —añadió Luke— que yo no creo que lo fuera. Creo que lo de anoche fue lo más sincero que ha pasado nunca en esta casa. Y creo que tú también lo sabes. Y creo que eso es lo que te da miedo.

—No es tan sencillo.

—Lo sé.

—Estoy casado.

—Lo sé.

—Tengo un hijo.

—Lo sé, Nathan.

—Mi padre es el pastor de tu iglesia…

—Lo sé. —La voz de Luke no subió de tono; solo se volvió más suave—. Lo sé todo. Anoche también lo sabía. Y tú también. —Volvió la cabeza y miró el perfil de Nathan—. Dijiste que estabas seguro.

—Lo estaba. —Se le quebró la voz—. Lo estoy.

No… Luke, no sé qué soy. No sé cómo ser esta persona.

No sé cómo ser esta persona y la otra, y tengo que ser la otra, no me queda más remedio; dentro de cuatro horas mi padre va a llamar para decirnos que vayamos a cenar y tendré que sentarme a la mesa de mi madre, pasarle las judías verdes y mirarlo a los ojos, y no sé cómo hacer eso.

No sé cómo hacer eso después de… después de…

Se calló. Estaba temblando.

Luke alargó la mano despacio, dándole todas las oportunidades de apartarse, y le cogió la mano.

Solo la mano. Entrelazó los dedos con los suyos y no la soltó.

—Se hace minuto a minuto —dijo Luke—. Así es como se hace. Pasas las judías verdes. Lo miras a los ojos. Y, debajo de la mesa, te acuerdas de que no estás solo. —Le apretó la mano—. Eso es todo. Ese es todo el truco. Ya no estás solo. Has estado solo mucho tiempo, pero ya no.

Nathan bajó la vista hacia las manos unidas: los dedos de Luke, grandes, pálidos y encallecidos, entretejidos con los suyos, curtidos por el sol.

—¿Cuánto llevas haciendo esto? —susurró—. Siendo las dos personas a la vez.

Luke guardó silencio un momento.

—Toda la vida —dijo—. Y estoy muy cansado de hacerlo. Pero se me da bien. —El pulgar le recorrió el dorso de la mano—. Yo te enseñaré.

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Su padre llamó a la una.

—Tu madre está haciendo carne asada. A las seis. Trae a Luke. Hannah ha vuelto de Waco.

—Sí, señor.