CAPÍTULO OCHO #2
Atravesó a Nathan como la tormenta misma.
Era más grande que el cuarto de baño, más grande que el umbral, más grande que cualquier cosa que hubiera sentido o imaginado sentir.
Siguió y siguió, ola tras ola, hasta que ya no supo de quién era el latido que sentía, de quién la voz que gritaba, dónde acababa él y empezaba Luke.
Oyó a Luke gritar su nombre—gritarlo, con toda la fuerza de sus pulmones, lo bastante alto para despertar a toda la urbanización si la tormenta no lo hubiera ahogado todo—, y sintió que aquellos brazos enormes lo apretaban contra él, y hundió la cara en la garganta de Luke y tembló, y tembló, y tembló.
Y luego se acabó.
Se quedaron enredados sobre la cama destrozada e inclinada, a oscuras, empapados de sudor y de lluvia, jadeando como dos ahogados a los que acabaran de arrastrar hasta la orilla.
Durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada.
No había nada que decir. La tormenta seguía: más suave ahora, los truenos se alejaban hacia el este, rumbo a Bastrop, y la lluvia se había convertido en un repiqueteo constante y pesado sobre el tejado.
Las cortinas habían dejado de restallar y ahora solo se mecían.
En algún punto de la calle se disparó la alarma de un coche y luego calló.
Nathan estaba con la mejilla sobre el pecho de Luke y escuchaba cómo el corazón de Luke recuperaba poco a poco su ritmo.
La esperó. La culpa. La vergüenza. La voz en su cabeza que sonaba como la de su padre: «Qué eres.
Qué eres. Qué eres». La había sentido en el cuarto de baño.
La había sentido después de lo del umbral.
La había sentido cada noche durante dos años, un puño helado en las entrañas, una piedra sobre el pecho.
Estaba allí tumbado en la oscuridad, preparándose para recibirla como quien se prepara para un golpe.
Pero no llegó.
En su lugar llegó algo que no sabía nombrar.
Empezó en el pecho, donde tenía la mejilla apoyada contra la piel de Luke, y se extendió hacia fuera, lento, cálido y dorado, como la luz del sol sobre el agua.
Como aquel momento en Barton Springs, cuando salió a la superficie del agua fría y el mundo entero era luminoso, limpio y nuevo.
Lo llenó hasta que no quedó sitio para nada más.
Lo llenó hasta que le escocieron los ojos.
Al cabo de un rato se dio cuenta de que era paz.
Nunca la había sentido. Ni una sola vez en toda su vida.
Ni en la iglesia, ni ante el altar, ni en el despacho de su padre, ni en la cocina de su madre, ni en su propia boda.
No había sabido —hasta ese mismo instante, desnudo en plena tormenta, sobre una cama rota y con los brazos de un hombre alrededor— que fuera algo que una persona pudiera realmente sentir.
Se echó a llorar.
No era su intención. Simplemente pasó. Al principio en silencio; después, ya no. Luke lo notó —notó la humedad en el pecho, los temblores— y se quedó completamente inmóvil.
—Eh —susurró Luke—. Eh. Eh. Nathan.
—Estoy bien.
—Estás llorando.
—Lo sé. Estoy bien. Estoy… —Nathan se rio entre lágrimas contra la piel de Luke—. Estoy perfectamente bien. No… no sé qué es esto. Nunca me había sentido así. No sabía que se pudiera sentir algo así.
Los brazos de Luke se cerraron con más fuerza a su alrededor.
No dijo nada. Solo apretó los labios contra la coronilla de Nathan y los dejó ahí, mientras su mano enorme subía y bajaba despacio por la espalda de Nathan, una y otra vez, como se calma a un caballo asustado.
Y Nathan lloró hasta quedarse sin lágrimas, y luego se quedó allí tumbado, vacío y lleno al mismo tiempo, escuchando la lluvia.
—Te he roto la cama —dijo Luke al cabo de un rato.
Nathan resopló.
—¿Tú la has roto?
—Bueno, yo estaba haciendo la mayor parte del…
—Qué va.
—Peso más.
—Pero el trabajo no lo haces tú.
Luke temblaba de risa silenciosa debajo de él.
—Vale. Touché. Tienes razón. Te hemos roto la cama.
—Era una cama mala.
—Era una cama horrible. Le faltaba casi un metro. Llevo toda la semana con los pies colgando por el borde. —Luke se movió, el colchón se tambaleó y se inclinó unos grados más hacia el suelo. Los dos se agarraron el uno al otro—. Uff da.
—Uff da —convino Nathan, y los dos se partieron de risa.
Rieron hasta quedarse sin aliento. Rieron hasta que el colchón inclinado se deslizó del todo sobre los listones rotos con un golpe sordo y los volcó a los dos en el hundimiento del centro, y eso les hizo reír aún más, aferrados el uno al otro en la oscuridad como idiotas, como niños, como dos personas que nunca habían sido felices y no sabían qué hacer con ello.
Cuando por fin pararon, Luke se puso de lado y atrajo a Nathan contra él: espalda contra pecho, un brazo pesado echado sobre la cintura, una pierna enganchada sobre las suyas. Ajustó todo el cuerpo en torno al de Nathan como un caparazón. Como un muro. Como una casa.
Nathan había dormido todas las noches durante dos años con la espalda pegada a la espalda de alguien.
Jamás, ni una sola vez, había dormido con el pecho de alguien contra la espalda. Con el aliento de alguien en el cuello. Con el brazo de alguien encima, sujetándolo.
—¿Así está bien? —murmuró Luke contra su pelo.
Nathan cerró los ojos.
—Sí —dijo—. Sí. Así está bien.
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La electricidad volvió a las 3:12 de la madrugada.
Nathan lo supo porque el ventilador de techo del cuarto de invitados arrancó con una sacudida sobre sus cabezas, se encendió la luz del pasillo y el frigorífico de la cocina resucitó con un gemido. Se despertó parpadeando, desorientado, sin saber dónde estaba.
Entonces notó el brazo alrededor de la cintura. El aliento acompasado contra la nuca. La pierna pesada sobre la suya.
Se acordó.
Se quedó muy quieto y esperó a que llegara el pánico.
Tampoco llegó.
Luke se removió detrás de él. Hizo un sonido bajo, adormilado, interrogante, contra su pelo.
—Ha vuelto la luz —susurró Nathan.
—Mmm. —El brazo de Luke se cerró con más fuerza—. Me da igual.
—La luz del pasillo está encendida.
—Que se quede encendida.
—En la cocina… las velas, creo que una sigue…
—Nathan. —Los labios de Luke se movieron contra su nuca. Un escalofrío le recorrió la columna de arriba abajo—. Vuelve a dormirte.
—No puedo.
—¿Por qué no?
Nathan siguió tumbado bajo la luz tenue que entraba por la puerta abierta del pasillo.
Veía el suelo mojado debajo de la ventana.
Su camiseta hecha un bulto junto a la cómoda.
Los botones de la camisa de Luke desperdigados, brillando en la alfombra como monedas caídas.
El ventilador volcado de lado. La Biblia en la mesilla, con el bolígrafo metido entre las páginas.
—Porque no quiero perderme nada de esto —susurró.
A su espalda, Luke se quedó completamente inmóvil.
Luego, despacio, lo giró boca arriba, se apoyó en un codo y lo miró desde arriba bajo la tenue luz amarilla del pasillo.
Tenía el pelo hecho un desastre. Tenía una marca roja del tamaño de una moneda de medio dólar en la garganta, y otra en el hombro, y Nathan se dio cuenta de golpe de que las había dejado él, y lo recorrió un estremecimiento ardiente y posesivo como no había sentido en la vida.
Luke le tocó la cara. Solo con las yemas de los dedos: por el pómulo, por la mandíbula, sobre los labios.
—No te lo vas a perder —dijo Luke con suavidad—. Te lo prometo. No me voy a ninguna parte.
Y se inclinó y lo besó: despacio esta vez, y profundo, y con una ternura tan honda que dolía.
Y la segunda vez no se pareció en nada a la primera.
La segunda vez fue lenta y silenciosa e interminable, en la luz pálida, con la tormenta ya pasada y la lluvia goteando de los aleros y los primeros pájaros empezando a moverse en los árboles oscuros y mojados de fuera.
La segunda vez se miraron. Todo el tiempo. No cerraron los ojos ni una sola vez.
Fue lo más aterrador que Nathan había hecho en la vida.
Fue también, con mil leguas de diferencia, lo más sagrado.