No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO SIETE #2
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CAPÍTULO SIETE #2

—El obispo me sentó en su despacho. Las persianas bajadas.

Una lámpara de escritorio. —A Luke se le torció la boca—.

Siempre bajan las persianas, ¿verdad? Como si Dios no pudiera ver a través de ellas.

Dijo que lo mantendría en secreto. Dijo que no me arruinaría la carrera.

Dijo que solo necesitaba empezar de cero en algún sitio lejano, bajo un pastor fuerte que pudiera vigilarme, en algún sitio donde pudiera ponerme a bien con Dios.

—Se rio bajito, sin pizca de humor—. Y luego cogió el teléfono y llamó a tu padre.

Nathan se quedó mirándolo.

—Así que no —dijo Luke—, no creo que seas...

lo que sea que creas que pienso de ti. No creo que seas nada que yo no sea.

—Le sostuvo la mirada—. Soy gay, Nathan.

Lo sé desde que era un crío. Nunca, ni un solo día, he dejado de saberlo.

Y me he pasado la vida entera en la Fellowship fingiendo que no, y estoy tan cansado de eso que podría tumbarme en plena carretera.

Era la primera vez que Nathan oía a alguien decirlo en voz alta. De sí mismo. Con voz de iglesia. En una cocina.

«Soy gay».

Dos palabras. Así de sencillo. Como decir «soy alto». Como decir «soy de Minnesota».

Algo se resquebrajó dentro del pecho de Nathan y se abrió de par en par.

—Soy… —empezó.

Se detuvo. Tenía la garganta cerrada. La palabra estaba ahí. Estaba ahí mismo, en la punta de la lengua, donde siempre había estado, donde había vivido toda su vida, escondida y esperando. El agujero en el suelo. Llevaba veinte años rodeándolo.

Luke no dijo nada. No lo ayudó. No terminó la frase por él. Se limitó a esperar, al otro lado de la mesa, a la luz de las velas, con la tormenta rugiendo fuera y la lluvia cayendo, igual que había dicho que Dios esperaba a oscuras en la orilla del río.

Nathan cerró los ojos.

—Soy gay —susurró.

El trueno se alejó retumbando por las colinas, largo y grave.

Y no pasó nada. El techo no se hundió. Ningún rayo lo partió.

Su padre no entró de golpe por la puerta de atrás con una Biblia y una linterna.

La lluvia siguió cayendo, constante y ruidosa, sobre el tejado, el nogal pecanero y las calles oscuras y mojadas del sur de Austin; las llamas de las velas se inclinaron y volvieron a enderezarse, y cuando Nathan abrió los ojos, Luke seguía ahí, al otro lado de la mesa, mirándolo.

Y Luke sonreía.

No era la sonrisa burlona. Ni la sonrisa encantadora del púlpito, ni la sonrisa ancha de la piscina. Era una sonrisa pequeña, lo más tierno que Nathan había visto nunca, y tenía los ojos claros llenos de lágrimas.

—Hola —dijo Luke en voz baja—. Me alegro mucho de conocerte.

Nathan soltó un sonido a medio camino entre la risa y el sollozo.

Y de pronto ya estaba fuera de la silla.

No recordaba haberlo decidido. No recordaba haber cruzado la cocina. Un segundo estaba sentado a la mesa y, al siguiente, de pie junto a Luke, con las manos a ambos lados de su cara, y Luke echaba la cabeza atrás para mirarlo, con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos…

Nathan lo besó.

Fue torpe. Fue desesperado. Fue el beso de un chico, un primer beso, dos años y toda una vida de deseo aplastados en un único choque de bocas, duro y sin gracia.

Los dientes chocaron. La nariz de Nathan le dio en la mejilla a Luke.

No le importó. No le importaba nada. Tenía las manos en el pelo de Luke, aquel pelo rubio casi blanco, y era más suave de lo que había imaginado, más suave que nada, y la boca de Luke estaba caliente y sabía a salsa de tomate y a la Shiner Bock que había bebido con la cena, y Luke soltó un sonido grave y sorprendido en lo hondo de la garganta…

Y entonces las manos de Luke subieron, se cerraron sobre las caderas de Nathan y tiraron.

Nathan cayó en su regazo. La silla de la cocina crujió bajo el peso de los dos.

Luke lo envolvió con unos brazos como bandas de hierro, uno cruzado sobre la espalda, la otra mano abierta entre los omóplatos, exactamente donde se le había posado aquella primera noche en el porche, y ladeó la cabeza, abrió la boca y le devolvió el beso.

Y, oh…

Aquello no era el beso de un chico. Era el de un hombre que sabía exactamente lo que hacía y llevaba una semana esperando para hacerlo.

Fue lento, profundo y devastador. No se acababa nunca.

La boca de Luke se movía contra la suya como si leyera algo escrito ahí, como si lo estuviera aprendiendo —con paciencia, con minuciosidad y con hambre—, y cuando su lengua rozó la de Nathan, Nathan lo notó hasta en las plantas de los pies.

Se estremeció. Se aferró a él. Soltó dentro de la boca de Luke un sonido que no había emitido nunca en su vida: pequeño, roto, suplicante; y los brazos de Luke se cerraron en torno a él hasta que apenas podía respirar, y no quería respirar, no necesitaba respirar, nunca había necesitado nada más que aquello…

Un relámpago. Un trueno. Las ventanas temblaron.

Luke rompió el beso. No lo soltó. Apoyó la frente contra la de Nathan y lo retuvo ahí, los dos jadeando, el aliento de ambos mezclado en el minúsculo espacio caliente que separaba sus caras.

—Nathan —murmuró—. Nathan. Mírame.

Nathan abrió los ojos. Los de Luke estaban ahí mismo, a unos centímetros, oscurecidos de deseo, con las pupilas tragándose el azul.

—Necesito que estés seguro —dijo Luke con voz rasposa. Le temblaban las manos sobre la espalda de Nathan; Nathan lo notaba—. Necesito que estés seguro. Porque si hacemos esto… yo no puedo hacerlo a medias. No puedo ser algo que te quites rezando por la mañana. No puedo ser tu Josh. No puedo.

Nathan lo miró.

Miró a ese hombre enorme, hermoso e imposible que había recorrido tres mil kilómetros desde el norte helado hasta una casa con el aire acondicionado roto.

Que se había tumbado desnudo bajo la luna.

Que había buscado salsa picante en todos los armarios menos en la nevera.

Que se había tirado al agua fría gritando de alegría, había predicado sobre un hombre que luchaba a oscuras y, al otro lado de una mesa de cocina, en plena tormenta, había dicho soy gay como si fuera lo más sencillo del mundo.

Que había esperado. Que había llamado a la puerta, había esperado y lo había dejado abrirla.

—Estoy seguro —susurró Nathan—. Luke, nunca en mi vida he estado seguro de nada. De esto sí lo estoy.

Luke cerró los ojos. Soltó un largo suspiro tembloroso, como algo que llevara años conteniendo.

Luego los abrió, y algo en ellos había cambiado. Algo se había soltado. Algo salvaje.

Se levantó.

Se levantó con Nathan aún en los brazos —se levantó sin más, con todo su metro noventa y tres, como si no le costara nada, como si Nathan no pesara absolutamente nada—, y Nathan se agarró a sus hombros con un jadeo de sorpresa y le rodeó la cintura con las piernas por puro instinto; la silla de la cocina cayó de espaldas con estrépito, y una de las velas de la mesa se tambaleó, cayó y se apagó.

Ninguno de los dos se dio cuenta.

Luke volvió a besarlo, con fuerza, y lo llevó en brazos fuera de la cocina, hacia la oscuridad.