CAPÍTULO SIETE
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La tormenta
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Se hizo esperar todo el lunes.
El cielo sobre la obra, en Dripping Springs, tenía un color extraño y enfermizo —amarillo grisáceo, como un moratón—, y la luz era plana y pesada y no estaba bien.
El aire no se movía. Ni un soplo. El calor se echaba encima de la cuadrilla como un animal mojado.
A mediodía Ray había mandado parar dos veces a beber agua y, a las dos, dio la jornada por terminada.
—Se acerca tormenta —dijo, entornando los ojos hacia el oeste, hacia las colinas, donde las nubes se amontonaban en oscuras murallas—. Una grande. La radio dice que puede caer granizo. Marchaos a casa, muchachos. Atrancadlo todo. Dadle un beso a vuestras mujeres.
Los hombres se echaron a reír y se dispersaron. Nathan se sentó en la cabina de la Silverado, con el motor en marcha y el aire acondicionado puesto, y se quedó un buen rato mirando las nubes antes de meter primera.
No fue directo a casa. Condujo hasta el H-E-B de Slaughter y compró velas, pilas, una caja de agua y una bolsa de hielo.
Era lo que se hacía cuando se acercaba una tormenta.
Era lo que había hecho siempre su madre.
En la cola de la caja, detrás de un anciano que compraba doce latas de salchichas de Viena, pensó en la voz de Luke desde el púlpito, grave, serena, segura: «No nos soltará hasta que le digamos nuestro verdadero nombre».
Le había dado vueltas toda la noche. Se había quedado despierto en la oscuridad, escuchando el retumbar lejano de los truenos hacia el suroeste y el silencio al otro lado de la puerta de la habitación de invitados, y había seguido dándole vueltas hasta que las palabras perdieron todo significado y se quedaron en simples sonidos.
«Verdadero nombre. Verdadero nombre. Verdadero nombre».
Le había dado vueltas toda la mañana, en el tejado, mientras la pistola de clavos le pegaba sacudidas en la mano.
No sabía cuál era su verdadero nombre. Esa era la parte terrible.
Sabía lo que no era. No era un marido, no de verdad, no de ninguna manera que contara.
No era padre, no de sangre, aunque Dios sabía que quería a aquel niño.
No era un buen hijo, ni un buen cristiano, ni bueno en nada.
Pero lo que sí era —la palabra que se escondía debajo de todas las palabras— no lo había dicho nunca.
Ni en voz alta. Ni siquiera para sus adentros.
Se había pasado la vida entera dándole la vuelta, como se le da la vuelta a un agujero en el suelo.
La cajera dijo:
—¿Cariño? Son veintitrés con dieciocho.
Pagó y se fue a casa.
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La tormenta cayó a las 20:40.
Estaban cenando —lasaña congelada, porque a ninguno de los dos le apetecía cocinar— en la mesa de la cocina, en un silencio tan espeso que se habría podido cortar con el cuchillo de la mantequilla.
Desde que Nathan había llegado a casa se habían dicho unas quince palabras, como mucho.
Luke había pasado la tarde en la iglesia; la señora Pickett lo había traído de vuelta a las cinco.
Desde entonces estaba callado. No distante.
Solo callado. No levantaba la vista del plato y, cuando la levantaba, tenía una cara cauta, cerrada, cortés: la cara de un invitado en casa ajena.
«Pararé», había dicho la noche anterior.
Y lo había dicho en serio. Esa era la peor parte. Estaba haciendo exactamente lo que Nathan le había pedido, y eso estaba matando a Nathan poco a poco.
La primera ráfaga de viento golpeó la casa como un puñetazo. Las ventanas temblaron en sus marcos. Fuera, el nogal pecanero se dobló y crujió, y una lluvia de nueces verdes repiqueteó en el tejado como una rociada de disparos.
Luke levantó la cabeza.
Entonces llegó la lluvia. No una llovizna, no un repiqueteo: un muro.
Cayó de golpe, un aguacero rugiente, machacón, atronador, que tamborileó en el tejado, bajó en láminas por los cristales y convirtió el jardín trasero, en un instante, en un borrón gris y revuelto.
Un relámpago partió el cielo tan cerca que la cocina se volvió de un blanco cegador; el trueno llegó menos de un segundo después, un chasquido como si el mundo se partiera en dos, tan fuerte que hizo temblar la vajilla dentro del armario.
—Uff da —murmuró Luke.
—Bienvenido a Texas —dijo Nathan.
Y se fue la luz.
Se quedaron ahí sentados, en la oscuridad repentina.
El zumbido del frigorífico se apagó. El ventilador del techo perdió velocidad hasta detenerse.
La única luz era la de los relámpagos, que cada pocos segundos centelleaban por la ventana de encima del fregadero, lo recortaban todo en un blanco y negro nítido y luego lo devolvían a la oscuridad.
—Bueno —dijo Luke al cabo de un momento. Su voz, en la oscuridad, sonaba muy cerca—. Supongo que me terminaré la lasaña en braille.
Nathan se rio. Se le escapó antes de que pudiera frenarla —un ladrido corto y sorprendido—, y oyó que Luke se reía también, bajito, al otro lado de la mesa.
—He comprado velas —dijo Nathan—. Espera.
Las encontró a tientas en la bolsa del H-E-B, junto a la puerta de atrás.
Encontró el mechero en el cajón de los trastos.
La primera lengua de llama fue de un brillo sobrecogedor; iluminó desde abajo la cara de Luke, al otro lado de la mesa, oro y sombra, y sus ojos pálidos la atraparon y la retuvieron como el agua.
Nathan encendió tres velas y las dejó en la mesa. Luego otras dos en la encimera. La cocina se llenó de una luz cálida, anaranjada y vacilante que hacía que todo pareciera viejo y suave y extraño, como una habitación de un cuadro.
Fuera, la tormenta seguía rugiendo. Los truenos pasaban por encima de la casa en oleadas largas y pesadas. La lluvia martilleaba el tejado.
—¿Pasa mucho? —preguntó Luke.
—¿La luz? Sí, cuando hay tormenta. Volverá. A veces en una hora. A veces no hasta la mañana.
—Y sin aire acondicionado.
—Sin aire acondicionado.
Luke lo miró por encima de las velas.
—Pues entonces supongo que la puerta tendrá que quedarse abierta esta noche —dijo en tono muy ligero.
Era lo primero que decía en dos días que no sonaba calculado. Quedó ahí suspendido entre los dos, en la luz anaranjada.
Nathan bajó la vista hacia la mesa.
—Luke —dijo.
—Sí.
—¿Puedo contarte una cosa?
El trueno retumbó. Las llamas de las velas se inclinaron y temblaron con alguna corriente de aire que entraba por la ventana.
—Sí —dijo Luke en voz baja—. Puedes contarme lo que quieras.
Nathan no sabía cómo empezar. Así que empezó por donde siempre empezaba todo: por retazos. Por olores y sonidos.
Le habló de la cera del suelo y de la luz fluorescente.
Del Senior Lock-In, del balón prisionero y del pastor de jóvenes de Dallas.
Le habló de Josh Whitaker, del diente delantero torcido, de la mirada que se alargó un instante de más y de la furgoneta de la iglesia en el aparcamiento de atrás a las tres de la madrugada.
Le habló de los cuatro minutos. Le habló de la puerta lateral al deslizarse, de la luz del techo y de la linterna de Dale Pruitt.
Le habló del despacho de su padre con las persianas bajadas, de la voz baja y paciente y de las palabras —perversión, liberación, espíritu inmundo—, y de su madre llorando en el pasillo.
Le habló de Tulsa. Del teléfono que nunca sonó.
De la boda el día más caluroso de julio, del vestido al que habían tenido que soltar las costuras y del bebé de pelo rubio platino que nació siete meses después, que no era suyo y que era suyo de todas formas, porque Nathan lo decía.
Le habló de los dos años. De estar tumbado en la cama, espalda contra espalda con su mujer, con los puños debajo de la almohada. Del silencio.
Le llevó mucho rato. La tormenta no amainó.
Las velas se consumieron. Luke no dijo una sola palabra en todo ese tiempo.
Se quedó sentado al otro lado de la mesa, con las manos grandes entrelazadas delante de él, y escuchó; a la luz de las velas, su cara estaba muy quieta.
Y una vez —cuando Nathan llegó a la parte del teléfono que nunca sonó— cerró los ojos.
Cuando Nathan acabó, se hizo un largo silencio. Solo la lluvia.
—Nunca le he contado esto a nadie —dijo Nathan con la voz ronca—. No así. No todo entero.
—Lo sé.
—Ni siquiera a Debby. Ella lo sabe; sabe lo que pasó. Todo el mundo sabe lo que pasó. Pero nadie me ha preguntado nunca cómo fue. Nadie me ha preguntado nada. Simplemente decidieron lo que era y lo arreglaron.
—Nathan.
—No sé por qué te lo estoy contando. —Se rio, y la risa se le quebró por la mitad—. Ni siquiera te conozco. Llevas aquí una semana. Eres el... de mi padre, eres un pastor, eres el chico estrella de la Fellowship, probablemente piensas que soy...
—Nathan. —La voz de Luke sonó muy baja y muy firme—. Mírame.
Nathan lo miró.
Luke estaba inclinado hacia delante sobre la mesa. La luz de las velas le brillaba en los ojos. Tenía la cara abierta, sin defensas, de una manera que Nathan no le había visto nunca: despojada, en carne viva, sin nada del encanto ni de las bromas; solo un hombre.
—¿Sabes por qué me mandaron aquí? —dijo Luke.
Nathan negó con la cabeza.
—Por lo mismo que mandaron a tu amigo a Tulsa.
El trueno estalló sobre sus cabezas. Las ventanas vibraron.
—Había un hombre en Bloomington —dijo Luke—.
El director de alabanza de mi iglesia. Nosotros...
duró mucho tiempo. Casi un año. Estaba casado.
Yo sabía que estaba casado. Sabía que estaba mal y lo hice de todos modos, porque lo quería y pensaba que él me quería a mí.
—Tomó aire—. Su mujer encontró unos mensajes.
Y cuando salió todo a la luz, les dijo a los ancianos que yo lo había estado persiguiendo.
Que lo había presionado. Que él había sido débil y yo me había aprovechado.
Y le creyeron, porque tenía mujer, dos hijos y una hipoteca en Eden Prairie, y yo no era más que el pastor de jóvenes soltero, con demasiada energía y muy pocas novias.
—Luke...