CAPÍTULO CINCO #3
Más tarde —Nathan nunca llegaría a saber cómo había pasado, si se había dejado llevar él, o Luke, o los dos a la vez— acabaron en el extremo más apartado de la zona honda, cerca del trampolín, donde la pared de piedra caliza caía a pico hasta el agua y había un hueco en sombra bajo el saliente, fuera del sol y fuera de la vista de casi toda la hierba.
Estaban agarrados al borde, uno al lado del otro, recuperando el aliento.
El agua les lamía el pecho. Arriba, en el trampolín, una niña con un bañador rosa reúna valor para saltar mientras su padre la animaba a gritos.
Bajo el agua, Nathan sintió que algo le rozaba la pierna.
Se quedó inmóvil.
Volvió a pasar. La rodilla de Luke, o el pie, o la pantorrilla; Nathan no habría sabido decirlo. Algo cálido en medio de todo aquel frío se deslizó despacio y ligero por la cara externa de su muslo. Luego desapareció. Y volvió.
Nathan no se apartó.
Se agarró al reborde de piedra caliza con las dos manos y miró fijamente al frente, a la pared, al musgo y a los hilillos de agua del manantial que brotaban de la roca, y sintió que la pierna de Luke volvía a deslizarse contra la suya, esta vez a propósito, de forma inconfundible: el largo y duro músculo del muslo se apretó contra el suyo bajo el agua y se quedó ahí.
—Nathan —dijo Luke en voz muy baja.
Nathan volvió la cabeza.
La cara de Luke estaba a unos centímetros de la suya.
El agua le corría por las mejillas y le goteaba de la barbilla.
Tenía las pestañas puntiagudas y oscuras por el agua.
Tenía los labios un poco entreabiertos, algo azulados del frío, y los ojos se le habían oscurecido, con las pupilas dilatadas, y le miraba la boca a Nathan.
La niña del trampolín chilló de gusto y saltó. El chapuzón fue enorme. El agua golpeó contra la pared y les bañó la cara a los dos.
Ninguno de los dos se movió.
—Voy a preguntarte una cosa —murmuró Luke—, y puedes decir que no.
A Nathan el corazón le latía con tanta fuerza que lo sentía en los dientes.
—Vale —susurró.
Luke se inclinó hacia él—
—¿NATHAN HARLOW?—
Se separaron tan deprisa que Nathan tragó media piscina.
Salió a la superficie tosiendo y atragantándose, con los ojos llorosos, y se volvió.
Allí, en la hierba, en lo alto de los escalones del trampolín, con una sombrilla, una nevera portátil y un niño pequeño de la mano, estaba la señora Janet Dowling, que daba clase a las niñas de tercero en la escuela dominical de Grace Covenant, cuyo marido, Earl, era el ujier jefe y cuya lengua tenía fama de llevar las noticias de una punta a otra del sur de Austin más rápido que el parte del tráfico.
—¡Ya me parecía a mí que eras tú! —exclamó radiante—. ¿Qué haces aquí abajo, por el amor de Dios? ¿Lo sabe tu padre?
Nathan no podía respirar. Se agarró al borde de la piscina, tosió e intentó que su cara hiciera algo normal.
—Hola, señora Dowling. —Le salió la voz como un graznido—. Solo… le estaba enseñando esto al pastor Halvorsen. Nunca ha estado en Texas. Se moría de calor.
—¡Ah, este debe de ser nuestro nuevo pastor asociado!
—Janet Dowling se hizo visera con la mano y escrutó a Luke con interés descarado.
Luego bajó la mirada a su pecho desnudo, que brillaba mojado en la sombra, parpadeó dos veces y pareció perder el hilo—.
Vaya. Madre mía. Pero qué alto y qué guapo eres tú.
—Sí, señora —respondió Luke, con una sonrisa tan cálida, educada e inocente que habría derretido un iceberg—. Luke Halvorsen. Es un placer conocerla.
—Janet Dowling. Nos vemos mañana por la noche.
Estamos todos deseando oírte predicar. —Apartó la vista de su pecho con un esfuerzo visible y volvió a mirar a Nathan; algo cambió en su rostro: se le afiló, apenas, en los bordes—.
Pasadlo bien. Y no paséis calor. Y, Nathan, cielo, dale recuerdos a tu padre de mi parte.
—Sí, señora.
Se alejó cuesta abajo con sus andares de pato, cargada con la nevera, la sombrilla y el niño, y miró dos veces hacia atrás por encima del hombro.
Nathan siguió agarrado al borde de la piscina, en el agua fría, con el corazón golpeándole las costillas.
No miró a Luke. No podía.
—Nathan —dijo Luke en voz baja.
—Deberíamos irnos.
—Eh. Mírame.
—Deberíamos irnos. —Nathan se impulsó para salir del agua.
Le temblaban las piernas. El calor lo golpeó como una pared después del frío, y se quedó de pie sobre la piedra caliza caliente, chorreando, con la sombra corta y negra a sus pies—.
Se está haciendo tarde. Tengo que… Papá quiere repasar tu sermón.
Esta noche. Lo ha dicho él. Tenemos que irnos.
No esperó. Subió por la hierba hasta las toallas, agarró la camiseta y se la puso sobre la piel mojada. Luego se quedó allí, de espaldas al agua y con los puños apretados a los costados, intentando respirar.
Un minuto después oyó a Luke acercarse por detrás. Lo oyó coger la toalla. Lo oyó secarse, despacio, y recoger el teléfono, la cartera y las botas.
—Vale —dijo Luke. Tenía la voz suave. No había enfado en ella, y, de algún modo, eso era peor—. Vale. Vámonos.
Subieron la cuesta hasta la camioneta en silencio.
Los nogales pecaneros proyectaban sombras largas sobre la hierba.
A sus espaldas, el agua centelleaba y chapoteaba, y la niña del bañador rosa volvía a tirarse del trampolín, una y otra vez, y otra, chillando de alegría cada vez, como si en el mundo no existiera eso de caerse.