CAPÍTULO CINCO #2
A la luz de la luna, Luke parecía de mármol.
En la tarde blanca, dura y cegadora de Texas parecía algo aún más peligroso: parecía real.
Cada centímetro de aquella piel pálida estaba encendido por el calor y relucía de sudor.
El sol encendía el fino vello rubio del pecho y los antebrazos como oro hilado.
Nathan veía cosas que la luz de la luna había ocultado: un puñado de pecas claras en lo alto de los hombros, un pequeño lunar marrón justo encima de la cadera izquierda, la leve marca rosada que le había dejado la cintura del bañador.
Los músculos de la espalda se le movían al moverse —anchos, pesados, esculpidos— y se estrechaban hasta una cintura que Nathan quizá habría podido abarcar con las dos manos.
No era el único que lo miraba. Una mujer tumbada en una toalla a tres metros se bajó las gafas de sol. Dos universitarios que estaban en el trampolín dejaron de discutir y se quedaron mirándolo.
Luke no se dio cuenta. O fingió no darse cuenta. Se descalzó las zapatillas con la punta de los pies y se quedó de pie sobre la hierba, sin nada más encima que un bañador azul marino, y miró a Nathan desde arriba con una sonrisa.
—¿Vienes?
—En un minuto.
—Nathan.
—Ya voy. Vete. Anda. Te va a dar un golpe de calor.
La sonrisa de Luke se ensanchó. Luego se dio la vuelta y bajó trotando por la hierba hasta el borde de la caliza y, sin aminorar el paso, sin probar el agua, sin detenerse siquiera, se lanzó al vacío en un salto largo, plano y potente, y desapareció en el azul.
Salió a flote seis metros más allá con un grito que resonó entre los árboles.
—¡MADRE MÍA!
La mitad de la gente que estaba en la hierba se volvió a mirar. Luke se mantenía a flote en medio de la zona honda, el pelo rubio oscurecido y pegado a la cabeza, el agua chorreándole por la cara, la boca abierta de par en par en un asombro puro, infantil, eléctrico.
—¡Está fría! —gritó, feliz, a nadie en particular—. ¡De verdad que está fría! ¡Nathan! ¡Está fría!
Y se rió: echó la cabeza atrás y soltó una carcajada enorme, retumbante y feliz que rodó sobre el agua, y luego se dio media vuelta y se quedó flotando boca arriba, con los brazos abiertos de par en par como una estrella de mar, los ojos cerrados y la cara vuelta al sol.
Nathan se sentó en la toalla y se quedó mirándolo.
«Oh», pensó. «Oh, estoy metido en un lío».
Estaba en un lío desde que el Buick enfiló el camino de entrada.
Lo sabía. Pero había creído que era de los líos que uno puede manejar.
De los que viven en el cuerpo, por los que uno puede rezar, de los que puede huir, los que puede desgastar a fuerza de trabajo duro y duchas frías hasta que vuelven a callarse.
Esto era distinto. Esto no era cosa del cuerpo.
Era lo que tenía debajo de las costillas, aquello que se le había abierto en el porche cuando Luke hizo chocar su lata de cerveza y dijo «Por Micah».
Aquello que había sonreído al oír a George Strait.
Aquello que, en ese mismo instante, miraba a un grandullón tontorrón de Minnesota flotar de espaldas en una piscina de manantial, con los ojos cerrados y una sonrisa de oreja a oreja, y que quería —más de lo que quería tocarlo, más que nada en el mundo— verlo así de feliz todos los días del resto de su vida.
Eso era mucho más peligroso que una erección.
Nathan se puso en pie. Se quitó la camiseta deprisa, antes de poder pensárselo, bajó por la hierba hasta la orilla y se quedó allí, con los dedos de los pies curvados sobre el liso reborde de piedra caliza.
—¡Venga! —gritó Luke. Se había enderezado y volvía a mantenerse a flote, mirándolo—. ¡Es increíble!
—¡Está helada!
—¡Está perfecta! ¡Métete!
Nathan saltó.
El frío lo golpeó como una bofetada de Dios.
Se le cerró sobre la cabeza, le estrujó el pecho y le barrió del cerebro todos los pensamientos de un solo golpe limpio y aturdidor, y durante un segundo no hubo nada —ni padre, ni iglesia, ni esposa, ni pecado, ni Luke—, solo aquel impacto, el silencio verde, la luz del sol que temblaba hacia el fondo en largas barras doradas.
Luego impulsó las piernas, rompió la superficie entre jadeos y Luke estaba allí mismo, riéndose de él.
—¿Lo ves? ¿Lo ves?
—La madre... —farfulló Nathan—. ¡La madre que lo parió...!
—Cuida ese lenguaje, hermano Harlow.
—Está tan fría...
—Está a veinte grados. Eso es templado. Eso es julio en Duluth.
Luke sonreía de oreja a oreja; el agua le goteaba de las pestañas. Ahora estaban muy cerca. Se mantenían a flote en la zona honda, a un metro de distancia, luego a medio. Los ojos claros de Luke, al sol, tenían un color casi imposible: el azul límpido y brillante del agua misma.
—Pero sienta bien, ¿a que sí?
A Nathan le castañeteaban los dientes. Le ardía la piel de frío. El corazón le golpeaba como un martillo neumático.
—Sí —dijo—. Sienta bien.
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Estuvieron nadando una hora.
Echaron una carrera hasta la cuerda y de vuelta.
Luke ganó con facilidad y luego fingió que no.
Se zambulleron hasta el fondo de la zona honda, tocaron el frío suelo de piedra caliza y subieron jadeando.
Flotaron de espaldas, uno al lado del otro, mirando las hojas de los nogales pecaneros contra el cielo.
Luke le habló del lago Carlos, el lago de su abuela, donde había aprendido a nadar a los tres años al caerse del muelle; de la pesca en el hielo en enero, en una caseta pequeña sobre el lago helado, con su padre, los dos sin decir palabra durante ocho horas seguidas, mirando el agujero y nada más; de los colimbos que llamaban de noche en verano, un sonido como de alguien que llora muy lejos.
—Me gustaría oírlo —dijo Nathan.
Luke giró la cabeza sobre el agua para mirarlo.
—Puede que lo oigas —dijo.
Después de eso, ninguno de los dos dijo nada durante un rato.