CAPÍTULO CINCO
——— ❧ ———
Agua fría
❦
La puerta permaneció cerrada tres noches.
Nathan las notó todas, una por una. Lo notaba como se nota la falta de un diente: con la lengua, con la atención, una y otra vez, sin querer.
Volvía a casa de la obra y allí estaba Luke, sentado a la mesa de la cocina con la Biblia, un bloc de notas y tres comentarios distintos desplegados a su alrededor, preparando el sermón con el bolígrafo en la boca.
Cenaban. Hablaban: de la Fellowship, de las vacas de la familia de Luke, de los Longhorns y los Vikings y de si el hockey era un deporte de verdad (Luke: sí; Nathan: discutible).
Se sentaban en el porche a mirar los relámpagos de calor. Y entonces Luke decía:
—Bueno, estoy reventado.
Y se estiraba, y se iba por el pasillo, y la puerta se cerraba tras él con un clic suave y deliberado.
Cada noche, Nathan se quedaba despierto, escuchando aquel clic resonar en la oscuridad.
Lo odiaba. Lo había pedido él, y lo odiaba. Y se odiaba a sí mismo por odiarlo, y se quedaba tumbado en su lado de la cama, con los puños bajo la almohada, rezando para tener fuerzas para sentirse agradecido.
El jueves por la noche Debby llamó por FaceTime. Tenía a Micah en el regazo, colorado y furioso por algo, y cuando vio a Nathan en la pantalla dejó de berrear en seco y se quedó mirándolo; luego rompió en una sonrisa enorme, de encías y cuatro dientes, y golpeó el teléfono con las dos manos.
—¡Pa!
—Hola, campeón. —A Nathan le dolía el pecho entero—. Hola, hombrecito. ¿Te portas bien con mamá?
—No se está portando nada bien —dijo Debby, meciéndolo.
Parecía agotada: el pelo rubio miel recogido en un moño en lo alto de la cabeza, sin maquillaje, una mancha de vómito de bebé en el hombro de la camiseta.
Al fondo, Nathan alcanzaba a ver las paredes revestidas de madera del salón de sus padres, una cabeza de ciervo disecada, un bordado enmarcado que decía YO Y MI CASA.
—Ha mordido a la tía Carol. Ha tirado al suelo un tarro entero de melocotón. Se ha pasado toda la fisioterapia de mamá gritando. El fisioterapeuta ha preguntado si estaba poseído.
—¿Y tú qué has dicho?
—Que ha salido a su padre.
Y ahí estaba: ese leve destello en la comisura de los labios, ese gesto íntimo y sardónico que Nathan había aprendido a reconocer en el primer mes de matrimonio y por el que jamás, ni una sola vez, había preguntado. Porque los dos sabían que no se refería a él.
—¿Qué tal tu invitado?
—Bien. Está bien.
—Tu madre dice que es muy guapo.
—¿Eso ha dicho mi madre?
—Tu madre ha dicho que es un joven de muy buena planta y que espera que encuentre pronto una buena esposa cristiana. —Debby puso los ojos en blanco—. Lo que, en boca de Ruth Harlow, significa: «Señor, qué guapo es».
Nathan no supo qué responder. Así que se rió, con un instante de retraso, y preguntó por la madre de Debby.
Lorraine Pruitt seguía igual. Quizá un poco mejor.
El derrame le había quitado casi toda la sensibilidad del lado izquierdo y buena parte del habla, y los médicos iban con mucho cuidado con lo que prometían.
Debby se quedaría otra semana, por lo menos.
Puede que más. La tía Carol no podía sola, y papá no servía para nada; papá se pasaba el día en la iglesia o en su taller; papá se comportaba como si, mientras no mirara a mamá en la cama de hospital del salón, ella fuera a levantarse de repente y a ponerse a hacer panecillos otra vez.
—Lo siento, Deb —dijo Nathan.
—No lo sientas. Tú solo no dejes que la casa se incendie. —Besó a Micah en la coronilla, de pelo rubio casi blanco—. Dile adiós a papá.
—¡Ba! —chilló Micah, y volvió a golpear la pantalla, y la llamada terminó en un primer plano congelado de su diminuta palma húmeda.
Después Nathan se quedó mucho rato sentado al borde de la cama, con el teléfono en las manos.
Un joven de muy buena planta.
Otra semana, por lo menos. Puede que más.
❦
El sábado amaneció como todos los demás: blanco, abrasador y quieto.
Lo había planeado con cuidado. Demasiado, quizá.
Primero el centro, antes de que apretara el calor: el Capitolio, con su cúpula de granito rosa, construida a propósito más alta que la de Washington porque aquello era Texas y de eso se trataba.
Después, tacos en un camión de South Congress.
Luego, un paseo por la avenida para ver las tiendas de ropa vintage, los murales y a los turistas haciéndose selfis delante del muro del I LOVE YOU SO MUCH.
Y luego, en lo peor del calor de la tarde, cuando la ciudad entera se quedara quieta y temblorosa bajo un cielo blanco, los Springs.
Era un buen plan. Un plan normal. El tipo de plan que prepara un hombre para enseñarle la ciudad a un pastor de visita, a petición de su padre.
Lo que no había previsto era cómo iba a sentirse.
No había previsto a Luke de pie en la rotonda del Capitolio, con la cabeza echada hacia atrás, mirando el interior de la cúpula con la boca un poco abierta y la luz cayéndole en la cara desde los ventanales.
Ni cómo se le transformaba la cara entera cuando se rió de algo que dijo un guía: se le arrugaron los ojos y se le puso un aire luminoso, de niño.
Ni cómo Luke se lamió la salsa verde del pulgar en el camión de tacos, de pie en el aparcamiento bajo aquel calor abrasador, con las gafas de sol subidas al pelo, y dijo:
—Nathan, necesito que sepas que no voy a volver a Minnesota. Me voy a quedar a vivir aquí, en este aparcamiento, y a comer esto todos los días hasta que me muera.
Tampoco había previsto la cantidad de gente que iba a mirarlo.
Miraba todo el mundo. Mujeres. Hombres. Ancianas en los bancos.
Adolescentes con vaqueros cortados que dejaban de hablar a media frase cuando pasaba y luego estallaban en risitas a su espalda.
Dos chicos cogidos de la mano delante de una cafetería que se volvieron, los dos a la vez, en perfecta sincronía, para verlo pasar; después miraron a Nathan, luego se miraron entre sí y sonrieron.
A Nathan le ardió la cara. Aceleró el paso.
Luke, que o no se daba cuenta o era muy bueno fingiendo, caminaba tranquilamente a su lado con unos pantalones cortos cargo, una camiseta descolorida de los Minnesota Twins y unas gafas de aviador baratas que había comprado en el expositor de una gasolinera, y leía en voz alta todos los murales, y hacía cien preguntas, y se compró en una tienda vintage unas botas de vaquero por cuarenta dólares que le quedaban una talla pequeñas, solo porque, según dijo:
—Ahora tengo que tener unas botas de vaquero. Es la ley.
—No puedes ponértelas si no te quedan bien.
—Me las pondré en la cama.
Nathan tropezó con un bordillo.
A las dos de la tarde el calor era un peso físico.
Las aceras reverberaban. El aire era tan espeso que respirar era como hacerlo a través de una toalla mojada.
La cara de Luke había pasado del rosa al rojo y de ahí a un alarmante carmesí de langosta cocida, el sudor le corría libremente por las sienes y por la nuca y le empapaba la camiseta de los Twins en manchas oscuras, y empezaba a parecer, pensó Nathan, un hombre que llevaba una semana perdido en el desierto.
—Vale —dijo Nathan—. Se acabó. Nos vamos al agua.
—¿Está lejos?
—Diez minutos.
—No sé si aguantaré diez minutos. —Luke se abanicó con la bolsa vacía de las botas—. Creo que me estoy muriendo. Dile a mi madre que la quería. Dile a mi padre que siento lo del tractor.
—¿Qué le pasó al tractor?
—Larga historia. Hay una zanja de por medio.
❦
La piscina de Barton Springs quedaba al pie de una larga colina cubierta de hierba, en Zilker Park, a la sombra de enormes pacanos centenarios. Era el lugar más bonito de Austin, y Nathan no había vuelto desde los quince años.
En realidad no era una piscina: era hectárea y cuarto de agua fría y transparente, alimentada por manantiales subterráneos y contenida por diques en ambos extremos, con un fondo de piedra caliza que en el centro se hundía hasta cinco metros y medio de agua honda, limpia y de un azul verdoso.
El agua era tan clara que se veían todas las piedras y cada hoja de alga que ondeaba en el fondo.
La gente se tumbaba en las laderas de césped de uno y otro lado, sobre toallas y mantas, bajo los árboles, en bikini, en bañador y casi sin nada; muchas de las mujeres estaban en topless, algo legal allí, y una de las razones por las que el padre de Nathan había declarado zona prohibida todo el lugar el verano en que Nathan cumplió los quince, y había predicado un sermón sobre el asunto que acabó reseñado en el Chronicle.
Nathan siguió yendo de todos modos, a escondidas, hasta que lo pillaron. Entonces dejó de ir.
Ahora, de pie en lo alto de la colina, con la toalla al hombro, miró el agua, que centelleaba al sol, y sintió una punzada tan fuerte que casi le quitó el aliento.
—Oh —dijo Luke a su lado, muy bajito—. Oh.
Encontraron un sitio bajo un pacano, cerca del trampolín.
Nathan extendió la toalla. Luke dejó caer en un montón la bolsa de las botas, las gafas de sol, la cartera y el móvil; luego se agachó, agarró el borde de la camiseta de los Twins, empapada de sudor, y se la sacó por la cabeza en un solo movimiento largo.
Nathan ya lo había visto antes. A la luz de la luna, en el pasillo. Lo había visto en la cocina con aquellos pantalones cortos grises. Había pensado —con ingenuidad, con estupidez— que volver a verlo sería más fácil.
No lo fue.