No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO CUATRO #2
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CAPÍTULO CUATRO #2

El aire acondicionado zumbaba. Abajo, en el santuario, alguien pasaba el aspirador por el pasillo entre las sillas plegables, y el sonido subía tenue y constante a través del cristal.

—Sí, señor —dijo Luke.

—No me dio detalles. Tampoco se los pedí.

Le dije a Harold que te aceptaría porque creo que todo hombre merece una oportunidad de andar en la luz, porque la Fellowship necesita hombres jóvenes con fuego en las entrañas y porque, francamente, hijo, tienes pinta de ser de los que consiguen que un montón de adolescentes suelten el móvil y escuchen.

El reverendo dejó el té. Entrelazó las manos sobre el escritorio.

—Pero quiero dejar una cosa clara. Mi iglesia es mi familia. Y mi familia es mi iglesia. Y protegeré a ambas con cada aliento que Dios me conceda. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Lo entiendo, señor.

—Bien.

El reverendo volvió a sonreír, ahora con más calidez, y se recostó.

—Bien. No creo que vayamos a tener problemas. Nathan es un buen ejemplo para ti. Ha atravesado el fuego y ha salido limpio. Pasad tiempo juntos. Que te enseñe la ciudad. Que te enseñe cómo es un hombre joven que ha entregado su vida entera a la voluntad de Dios.

Luke pensó en el sonido ahogado bajo la luz de la luna.

En la puerta del baño cerrada con llave.

En aquel rugido —Dios mío, aquel rugido— que había atravesado la madera aquella mañana y le había bajado por la columna y se le había asentado en el fondo del vientre y se había quedado ahí el resto del desayuno.

—Sí, señor —dijo—. Me gustaría.

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Nathan fue a recogerlo a las cinco y media.

Venía quemado por el sol y mugriento; la camisa gris de trabajo oscurecida de sudor en el pecho y bajo los brazos, serrín en el pelo, un churretón negro en la mandíbula.

Había bajado las ventanillas porque el aire acondicionado de la camioneta no daba para el calor de la tarde, y el viento caliente entraba en la cabina, y en la radio sonaba algo con violín.

Al subir a la cabina, Luke pensó que parecía lo mejor que le había pasado en todo el día.

—¿Qué tal? —preguntó Nathan.

—Arlene Pickett da más miedo que tu padre.

Nathan soltó un bufido.

—Eso lo sabe todo el mundo.

—No me dejó llamarla por su nombre de pila. Dijo que tenía que ganármelo.

—A mí me hizo llamarla Sra. Pickett hasta los dieciséis. Y un día, de pronto, me dijo: «Ahora puedes llamarme Arlene, Nathan», como si me estuviera nombrando caballero.

Sacó la camioneta del aparcamiento lleno de baches y se incorporó a Slaughter Lane, la Silverado dando botes.

—Creo que aquel día toqué techo. Desde entonces, todo cuesta abajo.

Luke se rio. Estiró el brazo por encima del respaldo del asiento corrido, como hace uno en una camioneta cuando tiene los brazos largos y no sabe dónde ponerlos. Las puntas de los dedos se le quedaron a unos centímetros del hombro de Nathan. No las acercó. Tampoco las apartó.

Nathan lanzó una mirada al retrovisor. Luego volvió a la carretera.

—Papá quiere que prediques el domingo por la noche —dijo Nathan.

—¿Te has enterado?

—Me llamó a la hora de comer. Me pidió que me asegurara de que tuvieras un sitio tranquilo para prepararte. Y de que comieras. —Una pausa—. Le caes muy bien.

—No me conoce.

—Normalmente es cuando mejor le cae la gente.

Luke volvió la cabeza y lo miró. Nathan miraba fijamente al frente, a través del parabrisas, con la mandíbula tensa y las manos, quemadas por el sol, apretadas en el volante.

El viento le echaba el pelo oscuro hacia atrás y le despejaba la frente.

Tenía una diminuta cicatriz blanca que le cruzaba la ceja izquierda en la que Luke no se había fijado hasta entonces, y una leve constelación de pecas en el puente de la nariz que el sol le había sacado, y las pestañas largas, oscuras y absurdas.

—Me dijo que pasara tiempo contigo —dijo Luke—. Que me enseñarías la ciudad.

—¿Ah, sí?

—Dijo que serías un buen ejemplo.

A Nathan se le pusieron los nudillos blancos en el volante.

Durante un largo rato no dijo nada. La camioneta bajaba traqueteando por Brodie Lane bajo la luz dorada del final de la tarde, dejando atrás el Walgreens, el Whataburger y los interminables complejos de apartamentos con nombres como The Reserve at Sunset Ridge.

—El sábado libro —dijo Nathan por fin, con voz muy serena—. Podría enseñarte la ciudad. Si quieres. El centro, el Capitolio. Quizá los manantiales.

—¿Los manantiales?

—Barton Springs. Es una piscina. Bueno, es un manantial, en Zilker Park. Es natural, de agua de manantial. Se mantiene a unos veinte grados todo el año. —Lo miró de reojo, rápido, y apartó la vista—. Es la única agua fría de Austin. Pensé que querrías verla. Antes de derretirte.

Algo se le removió a Luke dentro del pecho. Algo cálido, peligroso y tierno.

—Sí —dijo en voz baja—. Me gustaría mucho.

—Vale.

—Vale.

Recorrieron en silencio el resto del camino a casa, con el violín sonando en la radio, el viento caliente entrando en la cabina y las puntas de los dedos de Luke apoyadas en el respaldo del asiento corrido, a ocho centímetros del hombro de Nathan, durante todo el trayecto.

No acortó esos ocho centímetros. Quería hacerlo.

Dios, cómo quería. Pero había cometido muchos errores en su vida por precipitarse, y empezaba a comprender que aquel no era un hombre al que se le pudiera meter prisa.

Era un hombre que llevaba mucho tiempo encerrado en una habitación.

No echabas la puerta abajo de una patada.

Llamabas, esperabas y dejabas que él decidiera si abría o no.

Y esperabas con toda tu alma que abriera.

Aquella noche, cuando Luke se acostó, cerró la puerta de la habitación de invitados.

Se quedó mucho rato delante de ella, con la mano apoyada en la madera, escuchando a Nathan moverse por la cocina: el tintineo de los platos, el grifo abierto, el murmullo bajo de la radio.

Luego se apagó la luz de la cocina. Pasos en el pasillo.

Aminoraron al pasar por delante de su puerta.

Aminoraron… y se detuvieron. Luke contuvo la respiración.

Cinco segundos. Diez.

Entonces los pasos siguieron adelante. La puerta del dormitorio principal se abrió y se cerró.

Luke soltó el aire y se tumbó en la cama a oscuras, con el ventilador girando, la ventana abierta y las cigarras chillando, y pensó: «sábado», y pensó: «agua fría», y pensó en los ocho centímetros, y tardó muchísimo en dormirse.