CAPÍTULO TRES #2
Y —esto era lo esencial, esto era lo que se le quedaría a Nathan durante años, lo que reproduciría mentalmente mil veces— Luke no estaba buscando nada.
Nathan lo supo igual que uno sabe que un coche está a punto de saltarse un semáforo en rojo.
Lo veía en el ángulo de la cabeza de Luke.
En la forma en que iba de un armario a otro, despacio y con intención, como quien curiosea en una tienda en la que no tiene la menor intención de comprar.
En la manera en que acababa de detenerse, justo antes de incorporarse, y había mirado por encima del hombro —apenas un destello de aquellos ojos azul pálido, un instante y nada más, abajo y luego arriba— y se había vuelto hacia el estante con la más leve, la más íntima curva en la comisura de la boca.
Lo sabía.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Nathan dejó caer la espátula en la sartén con estrépito.
—Yo… el baño —dijo—. Perdona. Ahora vuelvo.
No esperó respuesta. Ya se había puesto en marcha, fuera de la cocina y pasillo adelante, andando rápido con las manos metidas torpemente por delante y la sangre retumbándole en los oídos como el oleaje.
Cerró de golpe la puerta del baño, echó el pestillo y se apoyó de espaldas contra ella, respirando con dificultad.
«Esto no está pasando. Esto no está pasando. Esto no…»
Ya tenía las manos en el cinturón.
Ni siquiera se bajó los vaqueros del todo.
Apenas se tocó —una mano, un agarre, un movimiento— y aquello lo golpeó como un camión.
Surgió de la nada y lo atravesó con tanta fuerza que las rodillas le fallaron y la cabeza le rebotó contra la puerta, y el sonido se le escapó del pecho antes de que pudiera detenerlo: no fue un gemido ni un jadeo, sino un rugido profundo, ronco, animal, lo bastante fuerte para hacer vibrar el botiquín, lo bastante fuerte para despertar a los muertos del cementerio que había detrás de la iglesia metodista, a tres calles.
Y siguió, y siguió. Lo vio todo blanco. Le tembló el cuerpo entero, oleada tras oleada, como algo represado durante años que por fin reventaba, violentamente.
Luego acabó, y se deslizó por la puerta del baño hasta quedar sentado en las baldosas frías, con los vaqueros a la altura de los muslos y el corazón intentando abrirse paso a puñetazos entre las costillas.
La casa estaba muy silenciosa.
Luego, desde la cocina, pasos. Pies descalzos sobre el linóleo y después sobre la moqueta del pasillo. Se detuvieron justo al otro lado de la puerta.
Unos golpecitos suaves.
—Eh. —La voz de Luke llegó a través de la madera, muy cerca. Muy suave—. ¿Nathan? ¿Estás bien ahí dentro, amigo?
Nathan cerró los ojos.
—Bien —consiguió articular con voz ronca.
—¿Seguro? Eso ha sido… eh. —Hubo una pausa. Cuando Luke volvió a hablar, había algo en su voz que podía ser preocupación, o una sonrisa que se esforzaba muchísimo por que no se le notara—. Ha sido un ruido bastante fuerte.
—Me he dado un golpe en el dedo del pie.
—Ah. Uf.
—Con la bañera.
—Esas bañeras. Son peligrosas.
—Ya.
Otra pausa. Nathan lo oyó respirar al otro lado de la puerta. Se lo imaginó de pie en el pasillo, con aquellos pantalones cortos grises, una mano apoyada en el marco y la cabeza inclinada hacia la madera. Se imaginó la expresión de su cara.
—Bueno —dijo Luke al fin—, se te están enfriando los huevos.
—Ahora salgo.
—Tómate tu tiempo. —Los pasos empezaron a alejarse. Luego se detuvieron—. Ah, oye, Nathan.
—¿Sí?
—He encontrado la salsa picante —dijo Luke con despreocupación—. Estaba en la nevera.
❦
No hablaron de ello.
Nathan salió del baño diez minutos después, con la cara lavada, el pelo peinado y las pulsaciones acercándose a algo parecido a lo normal, y Luke estaba sentado a la mesa de la cocina comiendo huevos ahogados en Cholula y leyendo algo en el móvil, y se había puesto una camiseta.
Una blanca, sencilla. No ayudó tanto como debería, pero algo era algo.
—Eh —dijo Luke, alzando la vista—. ¿Qué tal el dedo?
—Bien.
—Estupendo.
Y eso fue todo. Volvió al móvil. Terminó de desayunar, enjuagó el plato y preguntó dónde podía enchufar el portátil y si la contraseña del wifi estaba apuntada en algún sitio.
Se mostró agradable, tranquilo y completamente normal, y no miró a Nathan más de un segundo seguido, y Nathan casi —casi— llegó a creerse que se lo había imaginado todo.
Casi.
A las ocho menos veinte subieron a la Silverado.
El asiento ya quemaba. Luke se había cambiado: pantalones caqui y camisa azul claro —ropa de pastor, ropa de oficina parroquial—, y se plegó para entrar en la cabina, con las rodillas prácticamente metidas en el salpicadero, y pegó un grito cuando el antebrazo le tocó el borde metálico del marco de la ventanilla.
—¡Santo cielo, cómo quema!
—Tampoco toques la hebilla del cinturón.
—¿Por qué, qué…? —Luke tocó la hebilla del cinturón—. ¡Ay! Vale. Madre mía. Vale. —Sacudió la mano—. Todo tu estado intenta matarme.
—Solo un poco.
—¿Hay alguna parte de Texas que no intente matarme?
Nathan arrancó la camioneta. El aire acondicionado les escupió aire caliente a la cara.
—No —dijo—. La verdad es que no.
Luke se rio.
Y Nathan, aferrado al volante con las dos manos y mirando fijamente el asfalto tembloroso del callejón sin salida a través del parabrisas, descubrió que estaba sonriendo. No pudo evitarlo. Le brotó de dentro como algo que sube a la superficie del agua.
Salió marcha atrás del camino de entrada. El nogal dejó caer una nuez verde sobre el capó, tin. La radio se encendió en una de sus dos emisoras: George Strait, cantando sobre Amarillo.
En algún punto entre la casa y la iglesia, a mitad de Brodie Lane, parados en un semáforo en rojo detrás de una F-250 elevada con una pegatina de «Ven y cógelo» en el parachoques, Luke giró la cabeza y lo miró. Nathan lo notó. Mantuvo la vista en la carretera.
—Oye —dijo Luke en voz baja—, de verdad que siento lo de la puerta.
—No pasa nada.
—La mantendré cerrada.
—Vale.
El semáforo se puso en verde. La F-250 arrancó con un rugido. Nathan levantó el pie del freno.
—A menos —añadió Luke, todavía más bajo, mirando ahora por su propia ventanilla los centros comerciales, las taquerías y el interminable desfile de robles de Virginia que iban pasando— que prefieras que no lo haga.
A Nathan se le resbaló el pie en el acelerador. La Silverado dio una sacudida hacia delante.
No respondió. No podía. Tenía la garganta cerrada del todo, le sudaban las manos en el volante, George Strait seguía cantando sobre Amarillo y Luke Halvorsen iba sentado a su lado, con la camisa azul claro de la oficina de la iglesia, mirando por la ventanilla con el más leve amago de sonrisa en la cara, como un hombre que había hecho una pregunta cuya respuesta ya conocía y que estaba dispuesto a esperar con toda la calma del mundo.