No desearás (La escritura impía nº 1) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

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Desayuno

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A las seis y cuarto, Nathan estaba de pie frente a los fogones, en vaqueros y camiseta limpia, haciendo unos huevos revueltos con la concentración de un hombre que desactiva una bomba.

Se había duchado. Se había afeitado. Había hecho la cama —su propia cama— con las esquinas metidas al estilo militar, como le había enseñado su padre cuando tenía siete años.

Había puesto el café. Había sacado el beicon.

Se había colocado en la cara una expresión de calma, amabilidad y hospitalidad cristiana, y pensaba mantenerla ahí hasta que dejara a Luke Halvorsen en el despacho de la iglesia a las ocho y pudiera conducir hasta la obra, subirse a un tejado y gritarle al viento.

La cafetera borboteó. El beicon chisporroteó. Al otro lado de la ventana de la cocina, el cielo ya estaba blanco de calor; las hojas del pacano colgaban lacias e inmóviles, sin el menor soplo de aire. Hoy iban a caer treinta y nueve grados, decía la radio. Cuarenta y uno mañana.

Oyó la puerta de la habitación de invitados.

Oyó los pies descalzos en el pasillo.

No se volvió.

—Madre mía —dijo Luke Halvorsen, con la voz aún ronca y espesa de sueño—. ¿Eso es beicon? Dime que es beicon. Dime que no me morí anoche y acabé en el sitio bueno.

—Es beicon —les respondió Nathan a los huevos.

—Alabado sea Jesús. —Un bostezo enorme, de desencajar la mandíbula, perfectamente audible—. Y café. Eres un santo. Un santo de verdad. Voy a escribirle al Papa.

—No somos católicos.

—Le escribiré de todos modos. Querrá enterarse.

Nathan removió los huevos en la sartén. Ya estaban hechos. Llevaban un rato hechos. Siguió removiéndolos.

—¿Dónde guardas las tazas?

—En el armario, a la izquierda del fregadero.

Oyó abrirse el armario. Oyó bajar una taza.

Oyó servirse el café. Lo estaba haciendo muy bien.

Lo estaba haciendo fenomenal. Y entonces Luke rodeó el extremo de la encimera para llegar al frigorífico a por la leche, se metió en el campo de visión periférica de Nathan y Nathan cometió el error fatal de mirar de reojo.

Luke llevaba unos pantalones cortos de deporte.

Eso era todo. Solo unos pantalones cortos de deporte, finos y descoloridos, de un gris jaspeado, con las palabras NORTH STAR ATHLETICS en letras azules cuarteadas a lo largo de una pernera, caídos sobre las caderas, con el cordón desatado y colgando.

Sin camiseta. Sin zapatos. Tenía el pelo aplastado por el sueño, hecho un desastre, levantado por un lado, y una marca de la funda de la almohada impresa en la mejilla.

Se rascaba el pecho desnudo con una mano, sostenía la taza de café con la otra y entrecerraba los ojos ante el frigorífico abierto como si lo hubiese ofendido personalmente.

Y resultaba muy, muy evidente —por la forma en que el fino algodón gris colgaba, se movía y oscilaba cuando él se movía— que no llevaba absolutamente nada debajo.

Nathan volvió a concentrarse en los huevos tan deprisa que casi tiró la sartén del fogón.

—¿Estás bien? —preguntó Luke.

—Bien. —La voz le salió media octava más aguda de lo normal. Se aclaró la garganta—. Bien. Calor. Los fogones están calientes.

—Ya te digo. Todo el estado es una estufa. —Luke encontró la leche, se sirvió y la volvió a guardar. Apoyó una cadera en la encimera, a un metro del codo de Nathan, y sopló sobre el café—. Oye, siento lo de anoche.

La espátula dejó de moverse.

—¿Lo de qué? —dijo Nathan.

—El aire acondicionado. Creo que me lo cargué.

Hizo un ruido como de alce agonizando y se apagó sin más.

—Luke dio un sorbo e hizo una mueca por lo caliente que estaba—.

Intenté arreglarlo: lo saqué de la ventana, toqueteé algunas cosas.

Nada. Así que abrí la ventana y saqué el ventilador de tu armario. Espero que no te importe.

—No pasa nada.

—No te desperté, ¿verdad? ¿Con todo el jaleo?

—No. —Nathan pasó los huevos a un plato. Las manos casi no le temblaban—. No oí nada.

—Bien.

Hubo una pausa.

Fue una pausa extraña. Breve. Cargada. Nathan la notó como se nota un cambio en la presión del aire antes de una tormenta: una pesadez sutil, una quietud que no era del todo quietud.

Mantuvo la mirada fija en el plato. Añadió beicon.

Añadió tostadas. Era consciente, con cada centímetro de la piel del lado izquierdo del cuerpo, del hombre apoyado en la encimera a su lado.

—Nathan —dijo Luke.

—¿Mmm?

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Claro.

—¿Tú tienes… como… alguna norma? Sobre dormir.

Nathan dejó el plato.

—¿A qué te refieres?

—Bueno. —Luke se rascó la nuca. Al levantar el brazo, el largo músculo del costado se le estiró y se le movió bajo la piel pálida—.

Esta mañana me he dado cuenta de que anoche dejé la puerta medio abierta.

Por el ventilador. Para que corriese el aire.

Y yo no… quiero decir, normalmente no duermo con mucha ropa.

En casa estoy solo, así que… —Se encogió de hombros—.

En fin. Si resulta raro. Si no está bien.

Solo quiero saber las normas de la casa.

Nathan tenía la cara ardiendo.

Se volvió. Se obligó a volverse y a mirar a Luke a los ojos como un adulto, como el cabeza de familia de un hogar cristiano, como el hijo de su padre, y dijo, con el tono más razonable que fue capaz de reunir:

—¿Sueles dormir desnudo?

Luke lo miró con un parpadeo. Luego, despacio, sonrió.

—Solo cuando hace treinta y ocho grados —dijo.

—Bueno. —A Nathan se le quebró la voz. Se obligó a mantenerla firme—.

Mira, me da igual. O sea, no pasa nada. Es tu habitación, haz lo que quieras ahí dentro.

Pero deja la puerta cerrada, ¿vale? Debby vuelve dentro de unos días, con el bebé, y va a estar yendo y viniendo por el pasillo a todas horas, y no quiero…

simplemente no quiero que se lleve un susto.

—Ay, no, qué va. Sí, claro. Por supuesto.

—Luke parecía sinceramente arrepentido. Dejó la taza en la encimera y levantó las dos manos—.

Lo siento, tío. De verdad. Es que no estoy acostumbrado a esto.

Al calor. En mi tierra, en junio duermes con tres edredones.

Me desperté a la una de la madrugada y estaba tumbado en un charco.

Pensé que iba a morirme cocido. Me quité todo, lo abrí todo de par en par y caí redondo.

No pensaba con claridad. —Negó con la cabeza—.

Tendré más cuidado. Puerta cerrada. Palabra de scout.

—¿Fuiste scout?

—Unas seis semanas. Me echaron por meter una culebra en el saco de dormir del jefe de tropa. —Luke sonrió—. Pero lo de la palabra se me quedó.

Se apartó de la encimera y alargó el brazo por encima de Nathan para coger un plato del armario de los fogones.

La cocina era pequeña. Estrecha y alargada, tipo pasillo: los fogones a un lado, el fregadero y el lavavajillas al otro y poco más de un metro de linóleo entre ambos.

Para llegar al armario, Luke tuvo que colocarse justo detrás de Nathan y estirarse por encima de su hombro.

Durante un segundo larguísimo, Nathan sintió todo el calor de aquel cuerpo enorme a su espalda —sin tocarlo, aunque casi: apenas unos milímetros de aire cargado entre los dos— y lo olió: a sueño, a piel caliente y al leve punzor a pino verde del jabón que hubiera usado la noche anterior en la ducha.

Entonces Luke retrocedió con un plato en la mano y Nathan volvió a respirar.

—Gracias por cocinar —dijo Luke—. Tiene una pinta estupenda.

—Solo son huevos.

—Son huevos hechos por otra persona, y eso los convierte en la mejor comida que he tomado en una semana. —Luke empezó a llenarse el plato—. ¿Dónde guardas los tenedores?

—En el cajón de al lado del lavavajillas.

Y ahí fue cuando todo empezó a torcerse.

Porque el cajón de al lado del lavavajillas estaba justo delante de Nathan, y la única forma de llegar hasta él era darse la vuelta y cruzar la cocina, que es lo que Luke hizo. Abrió el cajón. Sacó un tenedor. Y entonces, en vez de ir a la mesa, se giró y abrió el armario de al lado.

—¿Tienes servilletas?

—Papel de cocina. En la encimera.

—Ah, ya. Perdona. —Cerró aquel armario. Abrió el de encima—. ¿Y salsa picante? Eres tejano. Tienes que tener salsa picante.

—En la nevera. En la puerta.

—Vale. Pero no fue a la nevera. En su lugar abrió el armario de al lado de la ventana —el alto, el de encima del fregadero, donde Debby guardaba la vajilla buena, la cristalería de la boda y la salsera que nadie usaba— y se puso de puntillas para mirar dentro, de espaldas a Nathan, los brazos en alto, cada músculo desde los hombros hasta los talones estirado en una sola línea larga, tirante y perfecta.

El pantalón corto gris se le deslizó un poco más por las caderas.

Nathan se quedó inmóvil ante los fogones, con la espátula en la mano.

—Hum —dijo Luke, todavía asomado al armario—. Nada. Solo platos.

Apoyó de nuevo los talones y cerró la puerta. Pasó al armario siguiente. Lo abrió. Se inclinó —se inclinó de verdad, desde la cintura, como se inclina un hombre que busca algo en un estante bajo y le da igual quién lo vea—, y el algodón gris se tensó, osciló y volvió a asentarse.

—Salsa picante —murmuró Luke—. Salsa picante, salsa picante. Dónde escondería un tejano su salsa picante.

La nevera, pensó Nathan con la parte del cerebro que aún era capaz de formar palabras. Te lo he dicho. Te lo he dicho. Está en la nevera.

No lo dijo en voz alta. No pudo. Porque todos y cada uno de los mil ladrillos que se le habían venido abajo la noche anterior en el pasillo acababan de venirse abajo otra vez, ya no le quedaba nada detrás de lo que parapetarse y estaba duro —dolorosamente, humillantemente, inconfundiblemente duro—, apretado contra los vaqueros de una forma que no habría podido disimular ningún Wrangler fabricado jamás en el estado de Texas.

Estaba de pie en su propia cocina, a las seis y media de la mañana, con una espátula en la mano y una erección descomunal, y el hombre que la provocaba estaba agachado delante de la bandeja giratoria del armario buscando Cholula.