CAPÍTULO UNO #3
Nathan mantuvo los ojos cerrados y la cabeza inclinada. Al otro lado de la mesa, por debajo, notaba el calor que desprendía la rodilla de Luke.
No lo tocaba. Ni de lejos. La mesa era pequeña, Luke era grande y tenía las piernas largas dobladas con torpeza debajo; entre su rodilla y la de Nathan habría unos diez centímetros. Pero Nathan la notaba, igual que se nota el calor de un fogón antes de tocarlo.
—En el nombre de Jesús —dijo su padre.
—Amén —dijo Luke.
Nathan abrió los ojos. Luke lo miraba directamente a él.
Duró medio segundo. Luego Luke se volvió hacia el reverendo Harlow y le hizo una pregunta sobre el fondo para la construcción de la iglesia, y su padre arrancó, y Nathan se quedó mirando su cazuela de atún con la clara impresión de que acababan de notar algo.
Comió sin saborear nada. Escuchó a su padre hablar de la Fellowship, la red de unas cuarenta iglesias independientes desperdigadas desde Texas hasta las Dakotas, que compartían una declaración de fe, un himnario y una desconfianza casi patológica hacia los seminarios.
Escuchó a Luke hablar de Minnesota: de la granja lechera que su familia tenía a las afueras de Alexandria, del lago en cuya orilla vivía su abuela y de unos inviernos tan largos que se te olvidaba cómo era la hierba.
—Cuarenta bajo cero, algunas noches —dijo Luke—. Sales a la calle y se te congelan los mocos en la nariz. Perdón... —Sonrió al reverendo Harlow—. La mucosidad. Se congela la mucosidad.
Su padre se rio. Nathan no sabía qué le provocaba oír a su padre reírse de un chiste sobre mocos. Hacía que aquel hombre pareciera humano por un instante, como una estatua que hubiera parpadeado.
—Bueno, aquí ya te descongelarás —dijo su padre—. En julio, en Austin, estarás rezando por un poco de Minnesota.
—Ya estoy rezando. —Luke se separó el polo del pecho tirando de la tela—. Llevo sudando desde la pasarela de embarque. ¿Siempre hace este calor?
—Esto no es nada. Espera a agosto.
—Uff da. —Luke negó con la cabeza—. Me voy a morir aquí abajo.
—¿Uff qué? —preguntó Nathan antes de poder contenerse.
Luke se volvió hacia él, encantado.
—Uff da. Es... noruego, más o menos. Es lo que dices cuando algo es demasiado.
Cuando se te cae una cazuela, o ves la factura de la luz, o sales de un aeropuerto y entras en un alto horno.
—Se encogió de hombros, y aquellos hombros se movieron bajo el algodón gris y húmedo de una forma que Nathan se obligó a no mirar—.
Es la versión de Minnesota de «Señor, ten piedad».
—Nosotros decimos simplemente «Señor, ten piedad» —dijo Nathan.
—Bueno, claro. Pero vosotros sois bautistas.
—No somos bautistas —dijo su padre con rigidez—. Somos de la Fellowship.
—Lo siento, señor. Es una forma de hablar.
Luke volvió a cruzar la mirada con Nathan y la comisura de la boca se le curvó apenas. «Tu padre es demasiado», decía aquella mirada. «¿A que sí?»
Nathan bajó la vista al plato. Le ardía la cara.
Después de cenar, su padre se quedó en la puerta haciendo tintinear las llaves y le dio a Nathan una lista de instrucciones: por la mañana habría que llevar a Luke a la iglesia, habría que enseñarle dónde estaba el supermercado, habría que presentarle a la hermana Pickett, en la oficina, para que le preparara las llaves y un buzón.
—Trátalo como a uno de la familia —dijo su padre, y luego, más bajo, con la mano en el hombro de Nathan, solo para él—: Da buen ejemplo, hijo. Te está observando.
Nathan no supo qué responder a eso. Así que dijo:
—Sí, señor.
El Buick salió del camino de entrada. La calle sin salida quedó a oscuras y en silencio, salvo por las cigarras, que chillaban desde los árboles con un zumbido eléctrico y prolongado que no cesaba de mayo a octubre.
Nathan cerró la puerta y se dio la vuelta.
Luke estaba de pie en el pasillo, con un hombro apoyado en la pared, mirándolo.
—Bueno —dijo Luke—. ¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Como un hombre que no se ha preguntado ni una sola vez en su vida si podría estar equivocado. —Luke lo dijo a la ligera, casi con afecto. Pero no apartaba los ojos de la cara de Nathan—. Perdona. No es asunto mío. Es solo que... habló mucho de ti durante el trayecto. No en mal sentido. Pero mucho.
Se le helaron las tripas.
—¿Qué dijo?
—Que eres un buen marido. Que eres un buen padre. Que trabajas mucho. Que de verdad has «enderezado tu vida». —Luke hizo una pausa—. Lo dijo así. Como si fuera entre comillas. No pregunté qué cosas.
El pasillo estaba muy silencioso. En algún lugar bajo el suelo, las viejas tuberías sonaron con un golpe seco.
—Bien —dijo Nathan—. No lo hagas.
Luke lo estudió con la mirada un largo instante. Luego asintió, una sola vez, y se separó de la pared.
—Vale —dijo en voz baja—. No lo haré.
Y cogió su bolsa de viaje y se fue por el pasillo hacia el cuarto de invitados, y Nathan se quedó junto a la puerta de entrada viéndolo marchar —aquella zancada larga y despreocupada, la espalda ancha, el modo en que el polo gris se le pegaba, húmedo, entre los omóplatos— y comprendió, con la sensación de que el suelo se le inclinaba bajo los pies, que las dos semanas siguientes iban a ser las más largas de su vida.