CAPÍTULO UNO #2
Deborah Lynn Pruitt era tres años mayor que Nathan y, desde que él tenía memoria, había sido objeto de cierta clase de susurros en la iglesia.
No de los que se dicen en voz alta. De los que se dicen con las cejas alzadas y un cierto apretar de labios.
Esa chica de los Pruitt. La habían visto en una camioneta con un chico de Bandera.
La habían visto en una sala de baile de Gruene.
El invierno anterior había faltado tres domingos seguidos y, cuando volvió, estaba más delgada y más callada, y había dejado de cantar en el coro.
Los dos padres lo arreglaron entre ellos en menos de una semana.
Nathan nunca tuvo del todo claro quién lo había propuesto primero.
Lo que sabía era que, una tarde de principios de junio, su padre lo había llamado otra vez al despacho y le había dicho, con delicadeza, que el matrimonio era el remedio de Dios para los deseos de la carne —que el propio Pablo había dicho que era mejor casarse que arder— y que el diácono Pruitt había tenido la bondad de conceder la mano de su hija a un joven que necesitaba la influencia estabilizadora de una esposa piadosa.
—No la quiero —había dicho Nathan—. Apenas la conozco.
—El amor —había dicho su padre— es una decisión. No un sentimiento.
Nathan tenía dieciocho años. No tenía dinero propio ni ningún otro sitio adonde ir, y la única persona en el mundo que quizá le habría dicho que huyera estaba en Oklahoma y no contestaba al teléfono.
La boda se celebró el último sábado de julio.
Hacía cuarenta grados. Debby llevó el vestido de su madre, ensanchado de cintura.
Siete meses después nació Micah: un bebé grande, sano y ruidoso, con una mata de pelo tan rubio que casi parecía blanco y unos ojos que no se parecían en nada a los de Nathan.
En la iglesia nadie hizo las cuentas en voz alta. Nathan las hacía mentalmente todos los días.
Nunca había tocado a Debby antes de la boda. Ni una sola vez. Ni siquiera un beso más allá de aquel pico seco y avergonzado en el altar.
Desde la primera semana había sabido que el bebé no era suyo.
Y había decidido —igual que su padre decía que el amor era una decisión— que eso no importaba.
Que aquel ser humano diminuto, furioso y perfecto que le había agarrado un dedo en el paritorio y se había negado a soltarlo era su hijo, porque Nathan lo decía y porque nadie más había aparecido a reclamarlo.
Era la única decisión que había tomado en dos años que sentía verdaderamente suya.
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A las siete y media, la habitación de invitados estaba casi despejada.
Había llevado la cuna de viaje y las cajas de bodies que ya le quedaban pequeños al cuarto del niño, había apilado los paquetes de pañales en el armario del pasillo y había puesto las sábanas buenas en la cama de matrimonio: las que había enviado la tía de Debby como regalo de boda, de algodón azul, todavía tiesas del paquete.
Se había duchado y se había puesto unos vaqueros y una camisa limpia, porque su padre se daría cuenta si no lo hacía.
Había precalentado el horno para la cazuela de su madre.
Se quedó en el umbral de la habitación de invitados, mirándola.
La única ventana, asomada al patio de atrás.
La cómoda vieja con el espejo que lo hacía parecer todo ligeramente sumergido.
El ventilador de techo, que se bamboleaba a máxima potencia.
El aparato de aire de ventana, lo único que se interponía entre aquella habitación y el peso entero y asesino de una noche de verano en Texas.
Lo probó. Tosió, traqueteó y escupió un aire quizá tres grados más fresco que la habitación.
—Genial —murmuró—. Bienvenido a Texas, predicador.
Unos faros barrieron la ventana de la fachada. A Nathan el estómago le hizo algo que no le gustó. Se secó las palmas en los vaqueros y fue hacia la puerta.
El Buick de su padre estaba en el camino de entrada, plateado e impecable. El reverendo Harlow se bajó por el lado del conductor hablando ya, una mano señalando la casa y la otra con una fuente envuelta en un paño de cocina. Nathan apenas se fijó en él.
Porque la puerta del copiloto se había abierto y un hombre salía de ella desplegándose.
Y seguía desplegándose.
Era alto —no alto a lo tejano, que era más que nada botas y actitud, sino alto—, al menos un metro noventa y tres, con unos hombros que parecían ocupar todo el ancho del marco de la puerta del Buick.
Llevaba una bolsa de viaje colgada de un hombro y una funda de ropa del otro.
Se irguió en el camino de entrada y contempló la casa, el nogal pacano, el largo cielo violeta sobre los tejados, como mira un hombre un país extranjero que ha decidido que le gusta.
Tenía el pelo rubio. No rubio ceniza, ni rubio sucio, ni el dorado aclarado por el sol de los socorristas de Barton Springs.
Era rubio blanquecino, nórdico, del color de la nata en un vaso; lo llevaba corto a los lados y peinado hacia atrás por arriba, como si se hubiera estado pasando las manos por él durante el vuelo.
Tenía la piel pálida —de una palidez asombrosa, lechosa, intacta, la de alguien venido de un lugar donde el sol es un rumor la mitad del año—.
Incluso bajo el resplandor anaranjado de la farola, incluso desde seis metros de distancia, Nathan vio que el calor de Texas ya había hecho de las suyas con él: tenía las mejillas sonrosadas, una franja oscura de sudor le bajaba por delante del polo gris y entrecerraba un poco los ojos, como si el aire mismo fuera demasiado luminoso.
Entonces se volvió hacia el porche y Nathan le vio la cara.
«Oh, no», pensó Nathan con toda claridad. «Oh, no. No, no, no».
No era que el hombre fuera guapo. Guapo era una palabra para los hombres de los catálogos.
Aquello tenía más voltaje. Una mandíbula marcada, con un hoyuelo apenas visible en la barbilla.
Una nariz recta. Una boca ancha que parecía hecha para reír.
Y sus ojos —incluso a esa distancia, incluso con aquella luz— eran de un azul claro, pálido, impactante, como el cielo reflejado en el hielo.
Sonrió.
La sonrisa atravesó a Nathan como la clavadora. Chac.
—Nathan —dijo su padre mientras subía los escalones del porche y le ponía la fuente en las manos—. Este es el pastor Luke Halvorsen, de la iglesia Covenant Word, en Bloomington, Minnesota. Pastor Halvorsen, mi hijo, Nathan.
—Luke está bien.
El hombre dejó la bolsa de viaje en el suelo y le tendió la mano. Tenía una voz grave y tranquila, con un acento que Nathan solo había oído en las películas: las vocales más redondas, los bordes más suaves, cada o estirada como un caramelo blando.
—El pastor Halvorsen es primo de mi padre y es un auténtico pelmazo. Encantado de conocerte, Nathan.
Nathan pasó la fuente a un brazo y le estrechó la mano.
Era una mano grande. Cálida y seca, con callos en la parte alta de la palma; la mano de alguien que alguna vez había hecho trabajo de verdad, no solo pasado páginas de la Biblia en un púlpito.
Se cerró por completo alrededor de la de Nathan.
Y la retuvo un segundo más de lo que exigía un apretón de manos —solo un segundo—, mientras aquellos ojos pálidos le recorrían la cara con un interés franco, amistoso, sin prisa.
—Gracias por alojarme —dijo Luke—. Sé que ha sido todo muy precipitado. Le dije a tu padre que podía buscarme un hotel, pero casi me arranca la cabeza.
—No es ninguna molestia —se oyó decir Nathan.
—Eso lo dices ahora.
Luke le soltó la mano y sonrió de oreja a oreja.
—Espera a oírme roncar.
Su padre soltó su gran carcajada de púlpito y le dio una palmada en la espalda a Luke.
—Pasa, pasa. Nathan, no te quedes ahí con el atún en las manos. Mételo en el horno.
Nathan entró en la cocina, metió la fuente en el horno y se quedó allí un momento, con las dos manos apoyadas en la encimera y el corazón latiendo como el de un conejo.
Todavía notaba la forma de aquella mano alrededor de la suya.
«No es nada», se dijo. «Es pastor. Es un invitado. Es el proyecto predilecto de tu padre, recién llegado del norte helado, y va a estar aquí una semana, quizá dos; luego se mudará al apartamento de encima de la sala parroquial, y lo verás los domingos y nada más. Eso es todo».
A su espalda, en el salón, oyó a su padre hacer de guía:
—Y esta es la salita, y Debby tiene sus manualidades en ese rincón; hace estas coronitas y las vende en el bazar de Navidad.
Y oyó responder a la voz grave y divertida de Luke:
—Ah, qué bonitas son.
Lo dijo de un modo que hizo sospechar a Nathan que no le parecían bonitas en absoluto.
A Nathan le tembló la boca. Apretó los labios para borrarlo.
«Una semana», se dijo. «Dos como mucho».
Había sobrevivido a dos años de cosas peores.
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Comieron en la mesa de la cocina porque el comedor estaba lleno de la costura de Debby.
Su padre bendijo la mesa durante cuatro minutos enteros: mencionó el viaje seguro de su invitado, la curación de la hermana Lorraine Pruitt, la protección de las tropas, la decadencia moral de la ciudad de Austin en general y de la Universidad de Texas en particular, y la bendición continua sobre el ministerio de Grace Covenant Tabernacle, «que Tú, Padre, has tenido a bien ampliar con la llegada de este Tu siervo».