Capítulo 45
Debido a la dedicación de Irene al caso, había dejado su vida personal a un lado.
Le debía una explicación a Elia acerca de la cancelación de la cena que había organizado con el compañero de trabajo de Juan, así que decidió ir a casa de su hermana para disculparse en persona y contarle que necesitaba su ayuda.
Al principio pensó que era mejor no preocuparla, pero no podía seguir ocultándole más tiempo que los traumas y las pesadillas habían vuelto.
Elia abrió la puerta con gesto sorprendido.
No esperaba a su hermana a esas horas y menos aún con esa expresión cansada y triste.
Irene apenas la saludó con un murmullo y entró, como si la casa aún fuese un refugio donde pudiera soltar la armadura que siempre llevaba puesta.
Elia no necesitó preguntar. Llevaban demasiado tiempo conociéndose para saberlo.
Preparó dos cafés y esperó a que Irene hablara.
—Qué raro que hayas venido a estas horas. ¿Has comido? —preguntó Elia al dejar pasar varios minutos en silencio.
Se sentó en la silla junto a ella y le dio la mano por encima de la mesa.
—¿Qué pasa, Irene? Puedes contar conmigo para lo que sea que necesites —insistió Elia con las palabras ahogadas en la garganta.
—Necesito ayuda —dijo al fin, con la voz baja.
Elia le mantuvo la mirada y le apretó la mano con más fuerza por unos instantes.
—Por supuesto. ¿Estás bien?, ¿ha pasado algo grave?
Irene no sabía por dónde empezar. Podía hablar del caso, de los interrogatorios y de las confesiones, pero cuando se trataba de cualquier tema relacionado con su secuestro, se volvía muda.
—No puedo más con esto. Las pesadillas han vuelto, Elia. Pero ahora son todavía peor. No puedo ni salir de casa por la noche. Me está volviendo a pasar. —Se tapó la cara con ambas manos.
Elia se las quitó en el momento y los ojos acuosos de Irene la miraron fijamente.
—¿No puedes salir por las noches?, ¿han vuelto los miedos?
Irene asintió, frotándose los ojos.
—No quiero seguir así. No puedo seguir así —recalcó—. Si no lo supero, tendré que dejar la policía. Joaquín me ha dejado reabrir mi caso, pero necesito ayuda para superar la noche.
Elia parpadeó, incrédula.
—¿Reabrir el caso? No creo que sea buena idea. Puede que consigas lo contrario de lo que buscas. Remover todo lo que ocurrió solo te hará más daño, Irene. —Se levantó sin dejar de frotarse la frente mientras pensaba lo más rápido que podía.
—Tengo que hacerlo. Lo que me hace daño es callarme.
Intentar hacer como si no hubiera ocurrido.
Murieron niñas, Elia. No puedo dejarlo estar sin más.
No me hice policía para mirar hacia otro lado.
Aunque me duela, es mi obligación —replicó contundente.
Se acercó la taza de café y comenzó a removerlo con la mirada perdida.
—No lo creo. Puede que sea peor, y así no ayudarás a las niñas que desaparecieron ni a nadie más. No podrás ayudar a más víctimas. Te centras en algo que te va a hacer más daño. ¿Por qué no me escuchas? —recriminó.
—¿Y por qué no lo haces tú? —preguntó sin entender su reacción.
Elia se volvió a sentar, igual de nerviosa que se había levantado.
—Irene, tu cerebro bloqueó muchos de los sucesos que ocurrieron por un motivo: protegerte. Sin embargo, tú te empeñas en desenterrarlos. —La voz de Elia se tornó maternal—. Quiero ayudarte, pero no creo que el camino que estás escogiendo sea el adecuado.
—¿Y cuál es el adecuado?, ¿olvidarlo?
—¡Exacto! —exclamó Elia.
—Eso no ha funcionado durante varias décadas. Siguen ahí. Los recuerdos luchan por salir. Tengo que saber qué ocurrió, encontrar a quien lo hizo y encerrarle —dijo con ira en la voz.
La cocina se quedó en silencio. El único sonido era el tictac del reloj. Elia posó la mirada en el café, que se estaba quedando frío.
—Solo quiero que estés bien. Me da miedo que este paso te destroce más.
Irene bajó la mirada con los ojos humedecidos, pero contuvo el llanto.
—Lo único que me puede destrozar es no hacer nada.
Sigo en ese zulo, aunque esté fuera. Tengo que salir de allí de una vez por todas.
Hacer mi vida y no mirar atrás. Necesito saber que hice lo que pude…
Necesito tener la libertad de salir por las noches y no sentir que en cualquier momento me van a meter en una furgoneta, ¿lo entiendes?
Elia respiró profundamente.
—Entonces, no lo harás sola. Quédate unos días con Juan y conmigo. Saldremos juntas todas las noches. Poco a poco lo conseguiremos.
—¿Como cuando volví y me dabas la mano todas las noches hasta que me quedaba dormida? —recordó Irene con una débil sonrisa mientras el labio inferior le temblaba de emoción.
—Por supuesto. Eres mi hermana y lo volvería a hacer todas las veces que hicieran falta. Te quiero.
—Y yo a ti —respondió Irene con un gran sentimiento de felicidad.
—Haremos lo que haga falta para que superes lo que ocurrió hace años. Con calma. No hay prisa, así que no intentes acelerar los procesos, ¿vale?
Elia la conocía y sabía que los nervios de no conseguir un avance rápido le harían abandonar. Pero esta vez no lo iba a consentir. Llegarían hasta el final.
—Gracias.
Las hermanas se levantaron para darse un gran abrazo con lágrimas de emoción. Cuando se separaron, Elia se secó los ojos.
—¿Vamos a por tus cosas? —preguntó.
—¿Seguro que a Juan no le molestará que me quede aquí sin que lo hayas consultado con él? —quiso asegurarse Irene.
—Por supuesto que no. Te adora, ya lo sabes. Pero tienes que contárselo a papá y a mamá, ¿vale?
—Claro, pero eso puede ser mañana. Hace días que no duermo. Me vendría bien una noche de descanso antes de enfrentarme a ellos para decirles que se reabre mi caso, ¿puede ser?
—Vale. Una última cosa…
—¿Qué pasa ahora? —Irene puso los ojos en blanco.
—Tienes que prometerme que, si te empieza a afectar el caso, lo dejarás. —Elia acarició su brazo con ternura.
—Lo prometo. —Asintió.
En el fondo, sabía que no iba a detenerse. Pero necesitaba que su hermana la creyera. Aunque solo fuera por esa noche.