Capítulo 46
Irene se despertó más tarde de lo habitual.
Hacía días que no dormía de un tirón, pero la decisión de pasar un tiempo en casa de su hermana le había traído un extraño alivio.
Juan estaba encantado de tenerla allí. Siempre se habían llevado bien.
Su relación incluso había mejorado con el tiempo y la confianza.
La quería como si fuera su propia hermana.
Solo había sido una noche, pero los silencios de su piso y las sombras que la esperaban en cada esquina habían desaparecido para dar paso a un sueño reparador.
Compartir mesa en el desayuno con su hermana y hasta discutir por nimiedades le habían devuelto una sensación que creía perdida.
Se sentía segura. El miedo a la noche había desaparecido.
Estar acompañada había sido un acierto absoluto.
Por primera vez en mucho tiempo, al mirarse al espejo no encontró un reflejo derrotado. Seguía cansada, sí, pero algo en su mirada había cambiado. Se encontraba más segura de dónde estaba y hacia dónde iba. Quizás no era el fin del miedo, pero sí un comienzo para aniquilarlo con fuerza.
Cuando salió hacia comisaría, sonrió antes de cerrar la puerta.
Tenía la sensación de que era el primer día de su nueva vida.
Cruzó el vestíbulo con paso firme, a pesar de los malos gestos de los compañeros de siempre.
Parecía que sus logros les molestaban. Se centraban en ser felices solo cuando ella fracasaba.
No llegó a avanzar demasiado cuando los vio.
Tomás Aguilar y Héctor Lozano estaban apoyados contra la pared junto a la máquina de café.
Ambos rieron por lo bajo, uno con los brazos cruzados, el otro con un vaso de plástico en la mano.
No hacían falta palabras. Los gestos y la forma en que alzaron las cejas al verla y las risas discretas eran suficientes para saber que el incidente por la noche con Tomás no había llegado a su fin.
—Mira quién vuelve a pasearse como si nada —soltó Tomás con una sonrisa torcida.
Irene no bajó la mirada, la sostuvo en silencio y le sonrió con la misma ironía.
Sintió la punzada incómoda en el estómago, el mismo desprecio, pero esta vez no le respondió con lo que quería, sino con firmeza y seguridad.
Siguió andando hasta que, al pasar por la sala de reuniones, una voz la sacó de aquel instante cargado de veneno y envidia.
—Irene, pasa, estamos aquí —la llamó Joaquín desde el interior.
Volvió varios pasos atrás y giró la cabeza. Adrián, Marcos y Joaquín estaban sentados con una sonrisa. Se alegraban enormemente de verla. El contraste entre los compañeros que acababa de dejar atrás y ellos fue inmediato.
Marcos se levantó enseguida. Se le notaba cansado por la investigación y su situación personal, pero contento por estar disfrutando ese momento con sus compañeros. Le tendió un pequeño paquete envuelto en papel de regalo.
—Esto es para ti —dijo Marcos.
Irene arqueó una ceja.
—¿Nieves está bien? —preguntó, sorprendida de verle allí.
—Está mejor. Me ha dado permiso para venir a darte esto —insistió—. Es de parte de Nieves.
Irene abrió el paquete con cuidado. Dentro, perfectamente doblada, había una bufanda de lana con tonos suaves. La acarició entre los dedos y no pudo evitar sentir una emoción inesperada de agradecimiento. Jamás nadie del trabajo, excepto Joaquín, había tenido un detalle con ella.
—Dale las gracias de mi parte —dijo Irene dándole un abrazo—. Me encanta.
Irene se la colocó y dio una vuelta con varias poses para que observaran su regalo.
—Te queda fenomenal —intervino Adrián, que miraba la escena con ternura. Sabía que Irene llevaba años pasándolo mal con el resto de los agentes. Nunca se había sentido integrada en un grupo.
—Entonces, ¿le digo que te ha gustado? —preguntó Marcos.
—Por supuesto, me ha encantado. Del próximo antojo de Nieves me encargó yo. —Sonrió.
—Venga, chicos, sentaos. Vamos a empezar —dijo Joaquín con una carpeta en la mesa.
Irene se sentó donde el comisario le había indicado con la mano.
—Estoy orgulloso del trabajo en equipo que habéis hecho. Irene se está convirtiendo en una inspectora con todos los honores y virtudes. Así que, como lo prometido es deuda… —Movió la carpeta hacia Irene—. Aquí tienes el informe que hiciste de tu secuestro. Podéis empezar cuando queráis.
La inspectora apoyó una mano sobre la carpeta. Quería atesorar ese momento para siempre en su mente.
—Tened cuidado —añadió Joaquín—. Recordad que es confidencial, nadie puede saber que lo estamos investigando. No puede salir de esta sala, ¿de acuerdo?
Los tres asintieron.
—Gracias, Joaquín. Tengo que terminar con esto de una vez.
—No estás sola —dijo Adrián.
—Estamos aquí para ayudarte a resolver el caso. Encontraremos a quien lo hizo y averiguaremos lo que pasó con el resto de las niñas —confirmó Marcos con gran motivación.
—Quiero mi informe diario y que sigas yendo a terapia con Patricia, ¿hay trato?
—Claro que lo hay. —Estiró la mano.
—De acuerdo. Voy a seguir trabajando. —Se levantó el comisario—.
Podéis quedaros aquí y repasar el caso antes de tomar ninguna decisión.
Por cierto, sed lo más discretos posible.
Tenéis enemigos cerca, y serán los primeros en enterarse si metéis la pata —recalcó en voz baja—. Me juego más que vosotros.
—Tranquilo, comisario, somos conscientes de ello —dijo Adrián, recolocándose en la silla.
—Nadie va a enterarse de que estamos metiendo las narices en este caso —confirmó Marcos.
—Por supuesto, jefe. Lo trataremos con discreción. Nadie se enterará de nada. Además, es lo mejor para encontrar a quien lo hizo. —Irene estaba nerviosa y contenta a la vez.
Joaquín asintió mientras apretaba los labios y abrió la puerta de la sala.
—Por favor, tened cuidado —repitió con una ligera sonrisa.
Asintieron a la vez y Joaquín se dio por satisfecho para cerrar la puerta.
—¿Preparado, equipo? —preguntó Irene.
Marcos y Adrián se miraron.
—Preparados —contestaron al unísono.
CONTINUARÁ…