No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

El día amaneció soleado, como un preludio de lo que iba a ocurrir.

Adrián había hablado con los padres de Carla para citarle en comisaría.

No les había dicho demasiado acerca del motivo por el que necesitaban que asistieran.

Solo les informaron de que la investigación había avanzado y necesitaban confirmar algunos hechos.

Eso fue lo que sugirió Joaquín y es lo que decidieron que era lo más prudente.

En la recepción de comisaría, el murmullo se convertía en la música de fondo.

Raúl esperaba con las manos entrelazadas, clavado en la silla, sin atreverse a mirar la puerta de la sala de interrogatorios.

Cuando Irene apareció, le sostuvo una mirada profesional.

Marcos esperaba en la sala y Joaquín y Adrián detrás del espejo.

Habían decidido que harían lo mismo que con Mariano. Era lo mejor.

—Señor —dijo Irene con tono calmado—, necesitamos hablar primero con su esposa a solas. Le avisaremos en cuanto terminemos.

El corazón de Ariadna comenzó a galopar tan fuerte como nunca lo había sentido.

Raúl asintió con una docilidad y templanza dignas de un actor.

Ambos sabían lo que habían hecho y las consecuencias que tendrían sus actos.

Ya no eran tan jóvenes como hacía años. La vida y las malas decisiones habían ido consumiendo su vitalidad.

Eran un matrimonio triste y pusilánime. Los errores y los secretos les habían obligado a permanecer unidos, pero eso llegaría a su fin aquel día.

En cierto modo, estar allí era liberador para ambos.

Ariadna entró sin preguntar. Joaquín y Adrián observaban en silencio desde el otro lado. El gesto serio y los brazos cruzados escoltaban la escena con la gravedad de quien sabe que el final ya está escrito.

Ariadna avanzó un paso, dos, y se detuvo frente a la mesa metálica como si no supiera dónde sentarse ni dejar el bolso.

Marcos, que esperaba más nervioso que ella con la libreta abierta, le indicó la silla.

Ella se sentó despacio, cruzó los dedos mentalmente y se quedó mirando cómo Irene se sentaba frente a ella. Ninguno de los tres parpadeó.

Irene colocó la carpeta y dijo en voz alta la fecha, hora, lugar, nombre de los intervinientes y de la entrevistada.

—¿Desea declarar con un abogado? —preguntó Irene.

—No es necesario. Quiero contar lo que pasó y no quiero que haya nadie más delante —dijo Ariadna con la mirada puesta en un punto fijo de la pared.

—De acuerdo —retomó Irene después de confirmar con Marcos que continuaban—. Puede empezar cuando quiera.

Marcos cogió el bolígrafo. Irene no tenía prisa.

Era un momento crucial. Le dejarían el tiempo que necesitara para abrirse y que contara lo que ocurrió.

Joaquín miraba con temor a que se echara atrás en el último momento.

La confesión de Ariadna sería la guinda del pastel para sacar a David de la cárcel lo antes posible.

—Ya sé que saben todo lo que ocurrió. No soy tonta, estoy aquí porque lo saben. —Ariadna hablaba con lentitud y calma—. Supongo que Armando lo vio y Mariano… Bueno, habrá dicho que nos quedamos las tres, ¿no es así?

—Nuria mató a Carla de manera accidental, ¿es así?

Asintió.

—Por favor, responda con un sí o un no —ordenó Irene.

—Sí, fue de manera accidental. Venía a por mí cuando se enteró de que yo era la persona que estaba con Mariano. Nuria la empujó para apartarla y que no nos peleáramos. La mala suerte estaba esa noche con nosotras y al caer se dio con el bolardo en la cabeza —resumió con los ojos brillantes.

—Mintió en su declaración de entonces. Dijo que no estaba en casa —le recordó Marcos.

—Sí, eso es. Pensamos que era mejor así. Lo siento por David, pero tampoco tenía nada que aportar a la sociedad. Era un chico con un futuro incierto —dijo con prepotencia.

—El futuro se lo quitó usted al culparle. —Irene sintió cómo la rabia le recorría el cuerpo.

—Tiene razón, lo siento. Estoy nerviosa. —Carraspeó con la mano en la boca—. Fue todo un error detrás de otro. El primer error fue Mariano, y ese hecho arrasó con todo —reconoció.

Se tomó un par de segundos para recapitular la sucesión de malas decisiones a lo largo de su vida. Los errores, como los había calificado. Los inspectores no la apuraron, esperaron pacientemente.

—Conocí a Nuria en el colegio. Siempre estábamos juntas. Cuando su hermano y yo comenzamos el noviazgo, nos convencimos de que era el destino. Que por alguna razón debíamos continuar juntas. —Entrelazó los dedos al colocar las manos encima del bolso que reposaba en sus muslos.

—Estuvisteis juntas hasta el final. Hasta que la mataste —añadió Irene.

—Exacto, hasta que la maté —reconoció sin expresión en el rostro—. Por su culpa, perdí todo. Si no se hubiera metido, Carla estaría viva, mi matrimonio no habría muerto y Armando me hablaría. —Respiró hondo.

Jugó un instante con la alianza para continuar.

—Mariano —se obligó a pronunciarlo de nuevo en voz alta—.

No voy a justificarme. Fue una locura, fui una cobarde.

Lo sé. Empezó como una tontería sin consecuencias, pero al final me enamoré.

Parece una locura, pero ocurrió. Él era un crío en una familia desestructurada y sin cariño.

Yo fui quien le enseñó lo que era el amor y se enganchó a mí como un cachorro sin hogar.

Siempre fiel —prosiguió—. No pensé en las consecuencias de lo que estaba haciendo y, cuando quise hacerlo, ya era muy tarde.

Los ojos de los inspectores miraban sin pestañear a la asesina de Nuria. Era lo suficientemente fría como para fingir el dolor, ya lo había demostrado.

—Nuria no lo supo desde el principio —dijo en voz baja—.

Pero, cuando nos pilló, me advirtió de que estaba cometiendo un error.

Si le hubiera hecho caso… Bueno, supongo que eso ya da igual.

Le prometí que lo iba a dejar, que ese sinsentido se iba a acabar.

Obviamente, le mentí, pero continuó encubriéndome. Era mi amiga.

—¿Por qué dejó correr el rumor de que era Nuria quien estaba con Mariano? —preguntó Irene con los ojos entrecerrados.

—Quiso ayudarme. Éramos amigas. Dijo «mejor que piensen que soy yo a que te devoren a ti». Al principio, pensé en decir la verdad, pero me aproveché de su amistad. —Hizo una pausa—. Como me aproveché el día que la asesiné en el Retiro.

Contuvo el llanto sin dejar de negar con la cabeza.

—La noche en que murió Carla, lo dejé con Mariano definitivamente.

Pero tuve la mala suerte de que Carla llegó antes con David.

Cuando la dejó en la puerta, me vio con Mariano.

Nuria los vio de lejos y bajó para impedirlo, pero solo tenía que girar la cabeza para vernos, y es lo que ocurrió —reconoció con dolor la peor noche de su vida. La muerte de su hija.

—Declaró que no estaba en casa —añadió Irene.

—Lo sé, Nuria me siguió protegiendo. Raúl estaba con otra y cuando le llamé para contarle lo que había pasado…

Bueno, ya se imaginaba que estaba con Mariano, pero como el rumor era con su hermana, él no quedaba como un cornudo.

Aceptó no decir que Nuria era la asesina si guardaba el secreto de lo mío con Mariano.

—Miró a los ojos a Irene y Marcos—. No había una solución mejor.

—Luego apareció con su marido como si hubieran estado de viaje, ¿no?

—Eso es. Nuria dijo que había visto a Carla discutir con David y… simplemente me callé. No la contradije, no podía hacerlo. Mi hija había muerto. No podía pensar. Soy una persona horrible, lo sé. —Se detuvo.

—¿Confirma que estaba presente cuando Nuria empujó a Carla?

—Sí, estaba presente.

—¿Confirma que David Ruiz es inocente y que ya se había marchado cuando ocurrió el accidente que llevó a Carla a la muerte? —quiso dejar claro Irene.

—Sí, Nuria se inventó que fue David, pero se había marchado minutos antes de que tuviera lugar la desgracia. Dejó a Carla en la puerta, le dio un beso y se fue —explicó con detalle para exculparlo del asesinato.

Irene revisó las notas.

—Gracias por aclararlo. Ahora necesitamos que nos cuente el motivo que la llevó a matar a Nuria —requirió la inspectora con calma.

—Pasaron los años y creía que la mentira dormiría para siempre.

Pero Nuria me llamó y me dijo que estaba enferma y quería confesar.

Al principio me enfadé muchísimo, porque iba a contar lo de Mariano.

Ella insistió en que David no podía seguir pagando por algo que no hizo, que se merecía vivir en libertad los años que le quedaran—reconoció Ariadna, enfadada—.

Después comencé a pensar en algo abominable.

Me convencí de que Nuria iba a morir, su fin estaba cerca de todas formas, así que ya daría igual adelantar el tiempo que le quedaba. —Se quedó sin voz.

—Pensaste en matarla para que no contara nada, ¿no es así? Lo único que se te escapó fue que ella ya había hablado con David para retractarse —intervino Irene.

—Me preparé el terreno durante un tiempo. Le hice creer que estaba todo olvidado, que éramos de nuevo las mejores amigas. Quedé con ella en el Retiro. Me convencí de que era lo menos cruel…

El bolígrafo de Marcos se detuvo. Irene, inmóvil.

—Apreté hasta que dejó de moverse. La coloqué un poco y después tiré sus cosas en una papelera lejos del Retiro. Eso es todo —terminó de confesar con tranquilidad.

No había gesto en su rostro que pidiera perdón. Ariadna estaba agotada mentalmente, solo quería acabar con aquello para descansar. Vivir con esa carga había sido abrumador.

—Quiero que conste —Ariadna apoyó ambas manos sobre la mesa fría— que Nuria nunca fue la mujer que el barrio dijo.

Ella me protegió, me cubrió y se tragó ese veneno por mí.

Mató a Carla por accidente, era la persona a la que más quería y lo pasó mal.

Pero a mí me quitó a mis hijos y destruyó mi vida —añadió con rabia.

Marcos hizo un trazo final, subrayando la frase. La solidez de la confesión se sostenía sola. Cada una de las pistas encajaba con la autopsia, con las llamadas y con los testimonios.

—Ariadna —dijo Irene, ya sin formalismos—, ¿quiere añadir algo más?

—Sí, que lo siento por David. Sé que no existen palabras que lo arreglen, pero lo siento. —Ariadna, por primera vez, comenzó a llorar.

Irene miró al espejo y asintió. Era una mirada dirigida a Joaquín, que estaba al otro lado. Marcos cerró el cuaderno y colocó el bolígrafo encima.

La inspectora abrió la puerta y varios agentes entraron. El comisario esperaba en el pasillo con Adrián. Uno de los policías le colocó las esposas.

—Queda detenida por la muerte de Nuria Miret y por la participación en el encubrimiento de los hechos que derivaron en la condena de David Ruiz. Un agente le acompañará —anunció Irene con la serenidad que requería la detención de una asesina.

—¿Puedo ver a mi marido unos segundos? —preguntó con los ojos llenos de lágrimas antes de salir de la sala de interrogatorios.

Irene bajó la mirada. Sopesó el daño, la futura condena y la humanidad de la situación.

—Solo un minuto.

Raúl se levantó torpemente cuando la vio.

Nunca hablaron de lo que había pasado. No hacía falta.

Sabía que había matado a Nuria, pero no le importaba.

Nunca hubo cariño entre ellos. Alargó la mano, le tocó los nudillos fríos y la retiró enseguida.

El agente que acompañaba a Ariadna indicó el final del minuto.

Ariadna caminó con pasos cortos, esposas discretas y desapareció por el pasillo.

La puerta de la sala de interrogatorios se quedó abierta un instante más y luego se cerró.

Joaquín se apoyó en la pared, exhausto. Marcos guardó su libreta en el bolsillo interior de la americana. Irene se quedó unos segundos en silencio. El eco de la confesión le vibraba en las sienes.

—Se acabó. La verdad ha salido a la luz, como lo hace siempre. Los secretos nunca mueren, ¿eh? —dijo al comisario.

—No, nunca lo hacen —respondió Joaquín.

Adrián se mantenía al lado del comisario, que le dio una palmada cariñosa.

—Habéis hecho un buen trabajo. Os felicito a los tres —dijo el comisario con orgullo en la mirada.

Irene había temido que este caso quedara enterrado bajo rumores y silencios, pero por fin todo estaba donde tenía que estar.

Miró a Marcos, que le devolvió la sonrisa, y supo que todo el esfuerzo, las dudas y las noches en vela habían valido la pena.

David tendría una oportunidad de recuperar su vida, Carla descansaría en paz y la verdad quedaba escrita sin sombras.

Por primera vez en mucho tiempo, Irene sintió que tenía un equipo con el que podía contar.

Ya no eran Joaquín y ella contra el mundo.

Por primera vez, se permitió estar orgullosa de su trabajo y de sus compañeros.