No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Era el día en que, quien había sido el principal sospechoso, se había convertido en simple testigo e iba a declarar.

Había costado localizarlo. Se acercaba la hora en la que Mariano tendría que cruzar la puerta de la sala de interrogatorios para contar lo que vivió y lo que vio el día del asesinato de Carla.

Mariano llegó antes de la hora a la recepción de comisaría.

Un agente le acompañó hasta la sala y se marchó.

En la sala contigua, donde se le observaba detrás del espejo, se encontraban Irene, Marcos, Joaquín y Adrián.

El equipo se había creado de manera natural y espontánea, y estaban contemplando los gestos de Mariano.

Su aspecto denotaba que la vida no le había tratado con cariño.

—Vamos a ello —se animó Irene—. Entraremos Marcos y yo, ¿os parece?

—Por supuesto, yo veré el interrogatorio desde este lado. Adrián, ¿te animas a quedarte conmigo? —le preguntó Joaquín.

—¿Puedo? —Le sorprendió la invitación del comisario.

—Claro, perteneces al equipo de investigación que ha llevado este caso —confirmó Joaquín.

Adrián asintió. Irene y Marcos sonrieron antes de abrir la puerta para entrar en la sala de interrogatorios donde Mariano esperaba, nervioso.

Se notaba que no quería estar allí. Los hombros tensos, la mirada baja y sus dedos, jugando con el borde de la mesa metálica denotaban lo inquietante que era la situación para él.

—Gracias por venir —comenzó Irene con tono neutro, procurando no cargar el ambiente desde el principio—. Ya hemos hablado con Armando. Nos ha contado lo que recuerda de la noche que murió Carla.

Mariano se movió en la silla cuando los inspectores se sentaron.

—¿Y qué dice Armando? —preguntó para tener toda la cantidad de información posible antes de empezar a hablar.

—Sabemos que no tuviste nada que ver. No eres sospechoso, estás aquí en calidad de testigo. Puedes estar tranquilo —aclaró Irene para que fuera lo más sincero posible en su declaración.

—¿Seguro que no necesito un abogado? —pensó que era una treta para engañarle.

—Te lo prometo. ¿Has matado a alguien? —preguntó Irene para romper el hielo.

—¡Por supuesto que no! —exclamó asustado.

—Lo dicho, entonces no tienes de que preocuparte —le volvió a confirmar Irene—.

Armando nos contó lo que ocurrió aquella noche.

Te vio irte por la ventana de su cuarto antes de que Carla muriera.

Como ya te he dicho, no eres sospechoso.

Solo testigo de lo que ocurrió momentos antes…

Bueno, eres una parte fundamental de la historia, pero no el culpable, ¿vale?

Mariano movió la cabeza sin dejar de frotarse las manos. Marcos le miraba sin pestañear. Estaba intrigado por escuchar la sucesión de hechos desde la perspectiva de uno de los protagonistas. Al final todo lo que ocurrió fue por la relación que tenía con una mujer casada.

—Si te parece, voy a comenzar a hacerte las preguntas que necesitamos que confirmes hasta el día en que asesinaron a Carla, ¿vale? —La voz de Irene le trasmitía la confianza que Mariano necesitaba.

—De acuerdo.

—¿Tenías una relación con Ariadna, la madre de Carla?

—Sí, eso es. Al principio, era como un tonteo sin más.

Cuando iba a por agua ella estaba ahí, me miraba y me preguntaba si tenía novia y cosas por el estilo.

Como Nuria me llevaba cada vez más para que jugara con Armando y Javier, pues al final el tonteo era más frecuente.

—Cogió aire—. Al principio, Nuria no sabía nada.

Pero un día nos pilló en la cocina. Yo ese día me marché sin decir nada más, pero la relación no acabó.

—Después de aquello seguisteis con la relación, ¿no?

—Sí, Ariadna me dijo que Nuria lo entendía, porque su hermano no le hacía caso.

Que Raúl tenía una amante en Cuenca y que por eso iba tantas veces por trabajo.

Era mentira, pero a Ariadna ya le daba igual, porque estaba feliz conmigo.

Supongo que Nuria no quería meterse en la relación siempre que sus sobrinos no se enteraran. —Se encogió de hombros.

—¿Quieres decir que a Nuria le daba igual que engañara a su hermano?

—Se podría decir que sí. Nuria quería a Ariadna, su relación con Raúl era nula. Además, creo que pensó que era algo pasajero y que tenía los días contados. —Cerró los ojos un segundo para calmarse—. Sin embargo, duró años. Cuando empezamos, era menor de edad, pero cuando acabó, ya no lo era.

—¿Qué día acabó? —Aquella fecha era importante.

—El día de la muerte de Carla, Ariadna me dejó. Por eso, cuando vio discutir a Nuria con Carla me dijo que me largara, que se había acabado. Y eso es lo que hice. No volver a acercarme a nadie de la familia —dijo Mariano contundente.

—¿Viste lo que pasó?

—No lo vi. Pero cuando Ariadna me gritó que me fuera y no volviera, solo estaban ellas tres. No había nadie más. Yo vi cómo David dejó a Carla y se marchó, por eso sabía que David no era el asesino.

—Pero no entiendo por qué nunca dijiste nada —intervino Marcos, entregado a descubrir los motivos de callarse algo tan grave.

—Miren, yo era un pieza de cuidado, peor que David.

Al pobre chico le declararon culpable por tener malas compañías.

En mi caso, hubiera sido mucho peor. Mi fama era pésima, y si salía a la luz mi relación con la madre de la chica asesinada, la sociedad me tildaría de asesino sin necesidad de juicio.

Era el perfecto pringado para hacerle culpable de un asesinato —dijo Mariano con pesar por lo que le ocurrió a David—.

Tenía que pensar en mí. Lo sentía mucho por él, pero sabía que iba a pagar porque a ellas les interesaba.

Y así fue. Descubrí cómo eran las dos, estaban dispuestas a cualquier cosa por salir ilesas de la situación.

No podía haber hecho nada sin salir perjudicado.

No tenía otra opción que callarme. Debía evitar que pusieran su atención en mí para culparme con cualquier excusa.

—¿Cómo te enteraste de lo que pasó? —Volvió a preguntar Marcos después de mirar a Irene y que asintiera para que continuara con el interrogatorio.

—En el barrio no se hablaba de otra cosa. Además, yo ya estaba en boca de todo el mundo por la estúpida del centro cultural.

—¿Silvia Casas?

—Sí, eso es. Nuria dejó correr el rumor porque era mejor ese que la triste realidad. Un menor con una mujer casada —respondió cabizbajo.

—Entiendo. ¿Nunca más volviste a hablar con ninguna de las dos?

—No, solo me habían traído problemas. Ahora sé que eso no iba a ningún lado. Pero me enamoré de Ariadna. Ella no me trataba como un despojo social, nos queríamos. —Tragó saliva con vergüenza—. Bueno, al menos eso es lo que yo creo.

—De acuerdo, ¿hay algo más que recuerdes de esa noche? —preguntó Marcos para cerrar la declaración.

—Creo que no. Fue todo muy rápido y yo me marché en cuanto David se fue. Nuria bajó rápido. Estaba en la terraza, esperando a que Carla llegara.

La declaración cayó con un peso definitivo al confirmar la confesión de Armando. Marcos anotó con rapidez lo que hablaron, consciente de que ya tenían lo que necesitaban.

—Gracias por contarlo, Mariano. Sabemos que no es fácil.

Mariano bajó la cabeza.

—He callado demasiado tiempo por vergüenza y miedo, pero ha llegado el momento de que pague quien lo hizo.

Cuando por fin le dejaron marchar, Irene se quedó en la sala con Marcos. La carpeta estaba sobre la mesa con la declaración firmada de Mariano.

Joaquín entró con Adrián.

—Esta vez sí que tenemos una investigación en condiciones. Ya no hay sospechas, es una certeza. Tenemos que ir a buscar a Ariadna y detenerla —dijo el comisario.

Irene lo observó un instante antes de levantarse.

—Y esta vez no habrá manera de que se esconda detrás de rumores. —Notó cómo se le tensaban los músculos.

Salieron de la sala en silencio, cada uno con la misma sensación. El caso había llegado a su fin. Nuria había sido asesinada por Ariadna y la justicia divina se encargó de que pagara lo que le hizo a Carla.

El último movimiento que daría el caso por cerrado estaba cerca de hacerse realidad.