Capítulo 40
Joaquín había llamado a Berta la tarde anterior.
Tardó un par de intentos en pulsar el botón de la llamada, como si su dedo pesara más que el resto del cuerpo.
Hablar con ella significaba admitir lo que había ido aplazando durante años.
Se había equivocado, había cometido un error garrafal y dejó a David en la estacada.
Samuel estaba convencido de su inocencia, pero con su ausencia, él también dejó de creer en David y le sentenció con una investigación inacabada.
Debía pedir perdón a los padres de David, mirándolos a los ojos.
Cara a cara. No iba a arreglar nada, ya lo sabía, pero al menos su conciencia dormiría por primera vez desde hacía dos décadas.
—Voy contigo, no pienso dejarte solo. Creo que se merecen que estemos los dos presentes y que dejen de mirarme por encima del hombro como si yo tuviera la culpa de que David hubiera terminado en la cárcel —dijo Berta sin dudas cuando terminó de escucharle—.
Les aviso ahora y quedamos mañana a primera hora en la puerta de su casa.
La decisión, una vez pronunciada, se hizo irreversible.
Esa mañana, al poner un pie en la acera de enfrente del portal, Joaquín no era el comisario que tenía todo bajo control.
Era un chico asustado que esperaba una reprimenda, y merecida.
Iba a reconocer que había fallado y aceptaría la reacción de los padres.
Notaba el latido en la garganta, un golpe sordo y regular que le recordaba cada error que cometió en el pasado.
Berta le esperaba junto al portero automático. Le sostuvo la mirada y le trasmitió la tranquilidad que necesitaba. Cuando llegó a su altura le acarició el brazo.
—Joaquín, este gesto te honra más que toda tu carrera al cuerpo de policía. Eres un buen hombre —le susurró con una media sonrisa antes de subir.
Dolores y Salvador estaban esperando que llegaran, así que no era ninguna sorpresa.
La puerta se abrió antes del segundo timbrazo.
Salvador, más encorvado que en los recuerdos de Joaquín, les cedió el paso con un gesto breve.
Dolores apareció por detrás. Su rostro dejaba entrever que había llorado tanto que no le quedaban más lágrimas.
—Pasad —dijo Salvador sin más.
El salón conservaba la dignidad de las casas antiguas, pero limpias.
Había multitud de fotos de David de todas las edades hasta que su vida se truncó por la declaración falsa de Nuria.
Nadie ofreció café, estaba fuera de lugar.
No era una visita de cortesía ni una reunión de amigos.
Berta comenzó a sentirse incómoda, pese a que ella no había hecho nada mal.
Se acomodaron frente a los dueños de la casa.
Joaquín se humedeció los labios. Había repasado mil veces el discurso, pero, aun así, le costaba hablar.
—Lo siento. Lo siento mucho. Condené a vuestro hijo. No le di la opción de demostrar su inocencia. —Los ojos del comisario comenzaron a brillar. Contuvo las lágrimas. La culpabilidad de haber destrozado una vida le pesaba profundamente.
Dolores alzó el mentón y Salvador apretó la mandíbula con fuerza. Decidieron mantenerse en silencio.
—En su día cerré una investigación inacabada y David pagó las consecuencias.
Mi compañero Samuel estaba convencido de la inocencia de su hijo, pero se suicidó durante la investigación.
Me volví loco. Me convencí a mí mismo de que alguien del entorno de David le había asesinado porque estaba cerca de la verdad…
—Meditó unos segundos—. Fue una estupidez, pero no estaba en mis cabales.
La imagen de mi compañero ahorcado en la lámpara del salón de su casa me atormentó durante años.
Hoy sé que fue un error mío, y le arrastré a mi desgracia.
Bueno, os arrastré a todos. —Joaquín se frotaba las manos debido a los nervios que invadían su espina dorsal.
El silencio continuó. En este caso, las disculpas no arreglaban nada y llegaban tarde, demasiado tarde.
—Mi hijo ha pasado veinte años entre rejas por tu incompetencia —dijo Salvador, rompiendo el silencio—. No hay perdón que compense eso.
—Lo sé —admitió Joaquín—. No vengo a compensar nada, porque es imposible.
Pero les prometo que no descansaré hasta sacar a su hijo de la cárcel.
Estamos investigando el asesinato de Carla y de Nuria, están relacionados.
Si consigo demostrarlo, podré reabrir el caso de Carla y demostrar la inocencia de David.
—Se están abriendo nuevas líneas de investigación —explicó Berta con suavidad—. Hay declaraciones que entonces no se escucharon, y nuevos testimonios. Pistas que hoy indican que el rumor de Nuria con Mariano no fue más que eso, un rumor. Nuria dejó que se extendiera.
—¿Y por qué iba a hacer eso? Nuria solo quería a Nuria —intercedió Dolores con desdén.
—Silvia Casas, la persona que lleva ahora el centro cultural, tenía envidia de Nuria porque le ofrecieron el trabajo que ella tiene ahora.
Así que le pareció buena idea decir que estaba con Mariano para desprestigiarla en el trabajo.
A partir de ahí, la gente se sumó al rumor de que tenían una relación —resumió Joaquín.
—Sigo sin entender. Nuria no era buena persona, solo se protegía a sí misma. ¿A quién iba a proteger? —insistió Dolores, dirigiendo una mirada escéptica a su marido.
—Bueno, la pareja de Nuria confirma que le dijo que lo hizo por proteger a su «amiga de la infancia» —añadió Joaquín, que se sentía en deuda con ellos y quería que tuvieran la información que habían descubierto hasta ese momento—.
Además, creemos que es la misma persona con la que quedó el día que la asesinaron.
Dolores se quedó inmóvil durante unos segundos. Los ojos se volvieron hacia su marido, que también se había quedado petrificado al escuchar las palabras. Joaquín los miraba con el ceño fruncido ante la reacción que ambos habían tenido al escuchar la nueva información por parte de Beltrán.
—Nosotros sabemos quién es esa amiga de la infancia —Dolores tragó saliva—. Es Ariadna, la madre de Carla.
Joaquín sintió cómo se le aceleraba el pensamiento.
Ahora los hechos encajaban de una vez por todas.
Mariano no estaba con Nuria, sino con Ariadna.
Por eso, Javier Castaño, Armando y la propia Carla vieron a Mariano levantarse por las noches e ir a la habitación de sus padres.
No era Nuria quien le esperaba, sino su propia madre.
Incluso lo que Andrea declaró que le dijo Carla: «La verdad es mucho peor». Y lo era.
—¿La madre de Carla? —fue lo único que fue capaz de decir Joaquín a la misma vez que las piezas le encajaban con el pequeño dato.
—Sí, fueron al mismo colegio. Ariadna y Nuria estaban en la misma clase.
Después Ariadna comenzó a salir con el hermano de Nuria.
Ella se mudó a Cuenca, pero estudiaron aquí.
Venía a verla a ella. Se querían mucho. Todo lo contrario que con su hermano.
Ellas eran las que parecían hermanas. Así que no me extrañaría que la encubriera hasta en una aventura con un menor y que no le importara lo que dijeran con tal de que Raúl no se enterara de nada y la amistad entre ellas continuara.
—Dolores negaba con la cabeza y suspiraba con resignación.
No daba crédito a lo que Nuria había hecho por Ariadna.
—Entonces ¿fue Ariadna quién mató a Carla? —preguntó Salvador, confuso.
—No es posible. Ariadna y Raúl se habían ido de viaje. No estaban en Madrid —respondió Joaquín con la mirada perdida.
—¿Está seguro de esa afirmación? —Se interesó Berta—. Según parece, ambas se encubrían, puede ser que eso también fuera mentira, ¿no? No es algo tan descabellado.
—Tengo que llamar a la inspectora Vega. —Joaquín se levantó con urgencia—. No se imaginan lo que nos acaban de ayudar. Les prometo que intentaré que tengan a su hijo en casa lo antes posible.
—Gracias por venir hasta aquí y pedirnos perdón. Lo necesitábamos —dijo Salvador con sinceridad—. Solo espero que esta vez no nos falle.
—De eso puede estar seguro. Os mantendré informados, lo prometo. —Asintió con culpabilidad antes de desaparecer por el pasillo.
El comisario salió corriendo para coger el coche y llamar a Irene lo antes posible.
Estaban cerca de conocer la verdad. Cuando salió del portal, el aire fresco de la calle le golpeó en la cara como si fuera la primera bocanada limpia que respiraba en años.
Joaquín se detuvo un segundo en la acera, apoyó una mano en la barandilla y bajó la cabeza.
Había esperado sentirse más ligero, pero lo que le embargaba era una mezcla extraña.
Había mirado a los ojos a Salvador y a Dolores y les había dicho lo que nunca pensó que podría pronunciar.
No había excusas ni justificaciones. Solo una verdad: les había fallado.
Sus ganas de disculparse habían traído la mejor de las consecuencias: escuchar a Dolores revelar la identidad de la amiga de Nuria.
No iba devolverle a David los veinte años que le había robado, pero por primera vez desde que Samuel se suicidó se permitió pensar que todavía podía hacer algo útil, que no todo estaba perdido.
David seguía vivo y él creía en la justicia.
Ahora estaba en la obligación de conseguir las pruebas que no dejaran ni un resquicio de duda ante su inocencia.
Mientras marcaba el número de Irene en el móvil, Joaquín se sintió bien consigo mismo. El giro de la línea de la investigación era el adecuado. «Gracias, Dolores».