Capítulo 39
Adrián miraba por la ventanilla mientras el coche avanzaba lentamente por las calles.
No estaba acostumbrado a salir de comisaría, y menos aún con Joaquín.
Se sentía una persona importante. Sabía que era una tontería, pero le habían escogido entre todos los agentes de la comisaría.
Había sido el elegido por el mismo comisario, y eso generaría asperezas, al igual que ocurría con la relación con Irene.
El simple hecho de que Joaquín tuviera una relación más personal con ella y, por tanto, un trato de favor en cualquier situación, creaba envidias.
Un cosquilleo le recorrió el interior del cuerpo al comprobar que estaba en una especie de misión con Joaquín. Era una mezcla de nervios y orgullo.
Joaquín conducía con gesto serio, pero a la vez pensativo.
La conversación con Irene acerca de la nueva información que le había dado Andrea le había hecho recordar.
No podía quitarse de la cabeza la culpabilidad de haber hecho tan mal la investigación del asesinato de Carla.
Era consciente de que por su culpa Nuria había muerto y David había perdido veinte años de su vida en la cárcel.
Le dolía en lo más profundo del corazón haber realizado una investigación chapucera.
Sin embargo, se escudaba en la idea de que él no era quien había dictado la sentencia.
El peso sobre sus hombros de todos los casos, y la responsabilidad de su puesto, cada vez era más denso y complicado de llevar.
Repasó mentalmente las notas que Irene le había dado.
Beltrán podía ser la pieza clave que uniera lo que sabían de Nuria con el presente y el caso de Carla.
El móvil les avisó de que estaban en la dirección adecuada. Joaquín no podía perder el tiempo, así que decidió llamar a Beltrán para confirmar que podían hablar con él esa mañana. Les estaría esperando.
—¿Listo? —preguntó Joaquín a su compañero improvisado.
—Sí, comisario, preparado —respondió, tratando de sonar seguro a pesar de que la garganta se le había quedado seca.
Beltrán vivía en un bloque de pisos modesto, lejos del barrio de Carla y donde Nuria había decidido instalarse hace años en Madrid.
El lugar no llamaba la atención, una fachada más en un barrio cualquiera.
Adrián se fijaba en todo para no perder detalle.
Estaba realmente emocionado ante la oportunidad que le habían dado.
Era solo un agente de apoyo, pero confiaban en él y eso era lo más importante y sincero, a su manera de ver la vida.
Subieron las escaleras y el eco de los pasos retumbaba en un portal vacío y sin ningún tipo de decoración.
Era un barrio obrero en el que las florituras estaban de más.
Joaquín tocó el timbre con decisión. Tardaron unos segundos en oír pasos al otro lado.
La puerta se abrió lentamente. Beltrán apareció ante ellos.
Les estaba esperando. Su rostro denotaba la tristeza y el cansancio que arrastraba desde el asesinato de Nuria.
Las ojeras marcadas, el pelo despeinado y el pijama eran señales claras de que no estaba en su mejor momento.
Los miró con desconfianza al principio, pero al reconocer al comisario relajó ligeramente el gesto.
—Hola, Beltrán. Soy el comisario Joaquín Requejo. Hemos hablado por teléfono. Él es mi compañero, Adrián Montoya. ¿Podemos pasar? —Se saludaron.
El hombre desaliñado dudó unos instantes, como si evaluara si aquello le convenía, y finalmente se hizo a un lado.
—Claro. Pasen.
El salón era pequeño, pero decorado con gusto y limpio.
Sin embargo, la mesa estaba abarrotada de tazas y un cenicero vacío.
Beltrán les señaló el sofá y él mismo se sentó en una de las sillas que había frente a ellos.
Su postura era de abatimiento absoluto. En la época en la que asesinaron a Carla, ni siquiera conocía a Nuria, así que no tenía ningún motivo para estar nervioso.
Adrián abrió su libreta con las manos temblorosas, dispuesto a anotar cada palabra importante, como Irene le había enseñado.
—No se preocupe, no vamos a estar mucho tiempo. Necesitamos confirmar algunos datos con usted —empezó Joaquín, intentando sonar cordial—. Venimos a hablar de Nuria, como le comenté.
Beltrán no dijo nada, solo asintió, cruzándose de brazos. Le costaba prestar atención por la falta de sueño, pero intentaría dar la máxima información posible para que los policías dieran con la persona que asesinó a Nuria.
—¿Tenía una relación con Nuria Miret? —preguntó el comisario. Inclinó ligeramente la cabeza.
—Sí, desde hacía varios años. Pero cada uno vivía en su casa. No éramos novios de todos los días, por temas laborales. Quedábamos cuando queríamos, sin agobiarnos —explicó con un hilo de voz—. ¿Les importa que fume?
—No, por supuesto. Está usted en su casa —contestó Joaquín simpático—. ¿Se encuentra bien?
—Todo lo bien que se puede estar en una situación como esta —contestó con gesto de insuficiencia. Se encendió el cigarro y se acercó el cenicero.
—Nos interesa que nos cuente todo lo que Nuria le confió del asesinato de Carla. Creemos que el asesino es el mismo. ¿Sabía que Nuria iba a confesar la verdad? Mintió en el juicio de Carla y culpó a David Ruiz, que era el novio de su sobrina por aquel entonces —explicó lo más resumido posible.
Adrián aguardaba la respuesta con el bolígrafo en la mano.
—Sí, me lo contó. No todo, claro. Pero cuando le diagnosticaron el cáncer, cambió. Empezó a decir que tenía que decir la verdad, no podía irse de este mundo con esa gran carga a cuestas. —Dio una calada.
—¿Qué quería confesar exactamente? —indagó Joaquín.
—Quién mató a su sobrina. Nuria sabía quién lo hizo, y no fue David Ruiz. Le culpó porque no tenía otra opción. Al menos, es lo que ella me dijo.
Adrián anotaba con rapidez, levantaba la mirada de vez en cuando para no perderse ningún matiz de los gestos de Beltrán.
—Es raro que no le dijera quién fue, ¿no le parece? —insistió Joaquín, que no se creía que se hubiera llevado a la tumba la identidad del asesino. Se lo tenía que haber contado a alguien.
Beltrán dudó, como si no estuviera seguro de hasta dónde podía decir sin traicionar a Nuria.
—Le pregunté mil veces que cómo estaba tan segura de quién había sido y siempre respondía que lo vio con sus propios ojos —recordó con un brillo en los ojos—.
Supongo que piensa que me lo dijo, pero Nuria no quería hablar del tema.
Me dijo que todo el mundo lo sabría a la misma vez.
Que solo protegió a su amiga de la infancia.
—Se calló unos segundos para dar una gran calada—.
Estaba decepcionada, esa es la verdad. Después de haberse jugado el cuello por su amiga, no respondió como Nuria esperaba.
Joaquín le observaba escéptico.
—¿No le dijo nada más?, ¿ni siquiera un detalle o un lugar? —insistió una vez más.
Adrián le miró de soslayo. Beltrán no parecía una persona muy estable en ese momento y presionarle podía ser contraproducente.
—Miren, agentes, yo tenía mucha curiosidad por saber la verdad, pero Nuria no tenía ninguna intención de decírselo a nadie.
Decidió estar callada hasta el último momento.
Solo repetía que cuando llegara el día lo contaría para irse tranquila.
Por eso tomó la decisión de hacerlo cuando le dijeron que tenía metástasis.
No le daban una esperanza de vida de más de un par de meses…
Y parece que no se equivocaron —dijo con sarcasmo al apretar el cigarro contra el cenicero.
Adrián anotó «amiga de la infancia» y lo subrayó dos veces.
—¿Sabe con quién había quedado el día de su muerte? —preguntó Joaquín al acomodarse y colocar los codos en las rodillas.
—No, lo siento. Ojalá hubiera insistido más y lo supiera. Nuria era una mujer muy misteriosa en cuanto a su pasado. Solo me dijo que era importante y que tenía que ir sola. Incluso estaba contenta por el encuentro. —Apretó la mandíbula. Se sentía culpable por haberla dejado ir sola.
El aire pesaba cada vez más en el salón.
Beltrán tenía la sensación de que no podía respirar bien.
No sabía si era porque no ventilaba desde hacía días, el humo del tabaco o la cantidad de secretos que Nuria tenía.
Después del asesinato, sentía que había estado con alguien a quien no conocía de nada en absoluto.
Era una extraña. Con el interrogatorio se dio cuenta de que no podía aportar ningún detalle porque desconocía la vida pasada y presente de su supuesta pareja.
Ya ni siquiera estaba seguro de que lo hubieran sido.
—¿Le suena el nombre de Andrea Herrera? —Joaquín volvió a la carga. No se iba a dar por vencido tan fácilmente.
—¡Vaya! Ese nombre sí que me suena. La llamó varias veces, pero Nuria no quería hablar con ella.
—¿Y sabe el motivo?
—Me dijo que no quería meter en problemas a nadie más. Que era mejor que supiera la verdad el día que se retractara. Eso es todo lo que sé acerca de la tal Andrea. —Suspiró con dolor.
—¿No hablaba con su familia? Nuria tenía un hermano, Raúl Miret, ¿sabe si tenían relación?
Adrián anotó el nombre.
—No tenían relación. Me dijo que ya desde pequeños se llevaban mal.
No se entendían. Después de lo de Carla dejaron la relación para siempre —recordó moviendo los ojos a ambos lados—.
Bueno, hay una cosa que sí me dijo de él, que solo la empezó a llamar cuando le pasaba dinero. Pero que era un interesado.
Joaquín miró con rapidez y extrañeza a Adrián.
—Teníamos entendido que se llevaba bien con él y por eso venía a verlo a Madrid cuando ella aún vivía en Cuenca —recalcó el comisario con sorpresa.
—Ya, sí, pero era porque se llevaba bien con la mujer, creo que se llama Ariadna. —Beltrán comenzó a bostezar con la mano en la boca—. Lo siento, pero son las pastillas que me han mandado para los nervios. Me dejan un poco trastocado.
—¿Nos puede contar algo más de la relación con su hermano? No tardaremos mucho más. Lo siento —dijo Joaquín tratando de ser amable.
—No mucho más. Solo que le echaban la culpa de todo a ella. Con su sobrino, Armando, tampoco se hablaba. Me dijo que no quería saber nada de él, que todo era por su culpa. Como verán, era todo un sinsentido. —Se volvió a encoger de hombros con los parpados cada vez más pesados.
—¿Cree que el día que la asesinaron pudo quedar con su amiga de la infancia?
—Puede ser, pero no lo sé. A mí no me dijo con quién quedaba, solo que era alguien del pasado —insistió en su respuesta inicial.
Adrián apuntó en silencio mientras sentía que cada palabra daba lugar a otra nueva incógnita. No sabía qué pensaría Joaquín, pero él tenía más preguntas que al principio.
—Así que Nuria pensaba confesarlo todo —resumió Joaquín—. ¿Algo más que debamos saber?
—No, eso es todo lo que sé. Ojalá hubiera sabido más. Nuria iba decidida a arreglar lo que hizo, tenía esa fuerza que solo tienen los que saben que ya no les queda tiempo.
Joaquín se puso en pie y Adrián lo imitó enseguida, guardando el cuaderno.
—Gracias por su tiempo —dijo el comisario.
Beltrán le dio la mano, se quedó sentado, encorvado, como un hombre derrotado. Se despidió de Adrián con el mismo movimiento automático, sin fuerza.
—No hace falta que se levante. Conocemos la salida. Descanse —se despidió Joaquín antes de enfilar el pasillo que los llevaría a la puerta principal.
Al salir del edificio, Adrián respiró hondo.
El aire fresco y sin humo de la calle le despejó la cabeza, pero el peso de lo que acababan de oír seguía con ellos.
Miró de reojo al comisario, que caminaba con paso firme hacia el coche, y se preguntó si también estaría pensando en la identidad de esa «amiga de la infancia» que Nuria había protegido hasta el final.
Joaquín decidió no mencionar a Mariano delante de Beltrán, podía provocar que se retrajese.
La información había podido ser útil si el pobre hombre supiera algo, pero no había sido así.
Les había dado alguna pista y confirmado otras con la nueva declaración de Andrea, pero lo que le había contado acerca de la relación de Nuria y Raúl era lo que realmente le había sorprendido.
El caso no hacía más que enredarse.
—Hay que hablar con Armando ya. Es urgente.
—Vale. Puede que nos diga quién es la famosa amiga de la infancia de Nuria —recordó Adrián.
—Si alguien sabe quién es, solo puede ser Armando.