Capítulo 37
Marcos pasó el cerrojo con cuidado, como si el ruido pudiera empeorar el cansancio que flotaba en el salón.
Nieves estaba acurrucada en el sofá con una manta hasta el pecho y la tele a un volumen bajísimo.
Tenía el gesto desdibujado por el sueño y la preocupación, pero al verle sonrió del modo que a él siempre le había bastado para respirar mejor.
Marcos había bajado a comprar para que Nieves solo se preocupara de descansar.
No quería que se moviera nada más que para ir al baño.
Reposo absoluto, era lo que había dicho el médico, y lo que iba a procurar que cumpliera.
Dejó la bolsa con la compra en la mesa del salón y se sentó en un pequeño hueco que Nieves había procurado dejar cuando entró por la puerta. Sabía que iría a darle un beso.
—¿Cómo vas? —preguntó, asegurando que estaba estable en el borde del sofá.
—Tranquila —respondió con un esbozo de sonrisa forzada pero sincera—. No ha sido nada, ya casi se me ha olvidado qué es lo que ha pasado. Solo hay que descansar, y eso es fácil.
Marcos se levantó y le acomodó la manta por un reflejo instintivo. Se quedó de pie, mirándola el tiempo justo para que ella le cogiera de la mano.
—No te preocupes. No pienso moverme. Si quieres, ponte un rato en la mesa con el ordenador.
Yo voy a dormirme un rato aquí mientras escucho el susurro de la tele —le animó para que no pensara tanto en la situación trágica que estaban viviendo y se distrajera con el trabajo.
En el fondo se sentía culpable de que tuviera que estar en casa como un prisionero.
—¿Seguro? —Nieves asintió—. Vale, pues entonces me pondré con el ordenador un rato. ¿Quieres algo antes de que me siente?
—No, cariño. Haz eso que tengas que hacer y lo que tantas ganas tienes de descubrir —dijo Nieves con gracia.
Le conocía lo suficiente para saber que estaba deseando abrir el archivo y estudiar de arriba abajo lo que tantos pensamientos le había robado.
Desde que lo recibió por correo electrónico estaba distraído.
Nieves sabía que tenía una pista y quería dar con ella.
No quería entretenerlo más. Se había levantado temprano para hacerle un desayuno especial y después había ido a comprar.
Quería dejarle todo preparado para que ella solo pensara en descansar y él ponerse a trabajar.
El portátil estaba sobre la mesa, abierto en un archivo que había recibido del centro penitenciario.
Después de la visita en la cárcel decidió que quería comprobar la identidad de las personas que habían ido a ver a David Ruiz.
Había dejado a medio consultar los registros la noche anterior, cuando el sueño y dolor de ojos por el llanto le había vencido el pulso a la inquietud.
Ahora, con Nieves adormilada, volvió a sentarse, metió la contraseña y dejó que la pantalla llenara el silencio con filas, fechas y nombres.
El plan era sencillo. Tenía que confirmar si las versiones de los interrogados acerca de las visitas eran verídicas o no.
Y comprobar, a su vez, si Joaquín y Samuel habían ido varias veces, como David aseguraba y el comisario había omitido.
«Andrea…».
Marcos tensó la espalda. Se acercó a la pantalla para comprobar que veía bien. Había un par de visitas al comienzo del internamiento y una antes de la fecha del asesinato de Nuria.
«Ha mentido. ¿Por qué?».
Volvió a comprobarlo, por si había un error y la emoción y el despiste le jugaban una mala pasada.
El DNI coincidía con el que constaba en la declaración de Andrea.
Era ella, no había duda. Había ido a ver a David y les había confirmado que no lo había hecho ni antes ni ahora.
La garganta se le cerró. Tuvo que carraspear varias veces para recuperar el habla.
Repitió la operación con los nombres del comisario y su compañero Samuel.
Ahí estaban. Habían realizado varias visitas, más de diez.
Marcos se estaba poniendo nervioso. Sintió cómo empezaba a latirle el corazón más rápido y las manos le sudaban.
El inspector apretó los labios para coger la carpeta antigua del expediente de Carla Miret.
Necesitaba repasar de manera concienzuda que no había ninguna anotación de las visitas.
Joaquín no había incluido nada en los informes.
Había omitido por completo las declaraciones de David.
Puede que fuera un despiste aislado, pero ya eran demasiados.
Parecía más un patrón por parte del comisario en el caso de Carla.
«Es lógico que nos animara a volver a realizar los interrogatorios y la investigación al completo. Está demasiado incompleto», pensaba Marcos mientras repasaba rápido las hojas que tenía el expediente.
No cuadraba que Samuel, tan obsesivo, hubiese dejado ese hueco.
Joaquín tuvo que recopilar los informes y no lo hizo.
Puede que fuera por dejadez o por un motivo oculto.
No quería pensar mal, no lo conocía. Pero las dudas de Irene y su gran insistencia le habían calado y ahora hasta él se preguntaba qué era lo que habría pasado en realidad.
—¿Encuentras algo importante? —murmuró Nieves desde el sofá, sin abrir del todo los ojos.
—Estoy en ello. Tú duérmete. Luego te cuento —susurró con una ternura que le impedía sentir la inquietud en su interior.
Se levantó para darle un beso y coger el móvil que había dejado en el abrigo. Le dedicó un guiño a su mujer antes de volver a las pantallas. Revisó una vez más las visitas y después volvió al móvil para marcar el número de Irene.
Sonó varias veces antes de que unas voces masculinas en segundo plano le indicaran que estaba con Joaquín y Adrián.
—Irene, ya he repasado las visitas —dijo sin saludar.
—Hola, Marcos, ¿qué tal Nieves? —Quiso saber, antes que nada. Estaba preocupada.
—Ayer avanzó un poco en tu bufanda, pero ahora está medio dormida en el sofá —informó al quitar hierro al asunto del embarazo que tanto le preocupaba y le dolía al recordarlo.
—Me alegro mucho por las dos cosas. ¿Te ha dado tiempo a repasar las visitas? —dijo en alto.
Marcos supuso que lo hizo con la intención de que Joaquín lo escuchara. Le tenía que contar lo que había pasado con Tomás y que había conseguido que el comisario accediera a abrir el caso de su secuestro, pero lo haría en otro momento.
—Sí, ya lo he revisado. Joaquín y Samuel fueron bastante —dijo Marcos sin añadir ninguna emoción extra—. Y la mejor amiga de Carla, Andrea, nos mintió. Sí fue haberle al principio de entrar a prisión y la semana después de que Nuria fuera a verle.
—¿Andrea?
—Sí.
—Vamos a salir del bar. Ahora te vuelvo a llamar. Le voy a preguntar a Joaquín porque fue tantas veces y no está reflejado en el expediente antiguo, ¿vale?
—Vale. Espero tu llamada.
Irene alzó la vista. Joaquín ya se estaba incorporando.
Adrián recogió el cuaderno sin hacer preguntas.
Los tres cruzaron el bar después de avisar al camarero de que volvían después de la conversación que iban a tener.
Les enseñó la placa de policía para que supieran que no les estaban estafando.
Salieron a la acera donde el ruido se deshacía en tráfico y pasos.
Irene puso el altavoz y acercó el teléfono al centro del pequeño círculo que formaban.
Llamó de nuevo.
—Hemos salido del bar. Le pregunto ahora a Joaquín para que escuchemos los tres lo mismo.
Joaquín escudriñó con la mirada a la inspectora.
—Marcos tiene las visitas y fuiste con Samuel varias veces, pero no hay registro. ¿Qué es lo que hablasteis? —empezó Irene.
El comisario se rio.
—¿Estáis pensando que lo hice con mala intención?
—preguntó sin dejar de sonreír—. Si os he dejado hasta las notas de Samuel.
—Puso los ojos en blanco—. En fin, ya os dije que no estaba bien porque se suicidó mi compañero.
Cuando ocurrió me volví loco. —Tragó saliva—.
No quería entrar en detalles, pero veo que os pensáis cosas extrañas de ese caso y del suicidio de Samuel así que lo voy a dejar claro de una vez por todas —les reprochó, enfadado pero comprensivo.
Adrián no sabía dónde meterse. Prefería no tomar parte en aquella conversación y decidió que lo mejor era no mirar a Joaquín a los ojos.
—Pensaba igual que vosotros. Estaba convencido de que habían asesinado a Samuel por culpa de este caso.
Así que mal cerré este caso para investigar la vida de mi compañero.
No incluí prácticamente nada. Samuel siempre pensó que David era inocente, por eso lo dejé sin investigar.
Estaba convencido de que lo habían asesinado al descubrir una pista clave de que era él.
Habíamos tocado en hueso y no quise correr la misma suerte que él.
—Carraspeó varias veces para ordenar las ideas—.
Abrí una investigación del caso de Samuel por mi cuenta.
No sé si os lo ha dicho algún veterano de la comisaría, pero estuve de baja bastante tiempo, y cada una de las horas fueron dedicadas a descubrir la verdad.
Lo tengo en mi despacho y, si pensáis que fue asesinado o que escondo algo, os puedo dar acceso cuando queráis.
—¿Por qué no incluiste nada en el expediente de Carla Miret? —preguntó Irene, sosteniéndole la mirada.
Joaquín bajó la suya antes de contestar.
—Suena fatal lo que voy a decir, pero es la verdad.
—Hizo una pausa—. No me importaba nada en absoluto lo que le había ocurrido a Carla Miret.
Solo me importaba qué le había ocurrido a mi compañero y amigo Samuel.
No podía comprender que se hubiera suicidado y yo no me hubiera dado cuenta de nada.
Por eso mismo dejé las notas de la investigación que hicimos los dos.
Pero no me molesté en hacer nada más. Si David era culpable o no, me importaba entre poco y nada.
Irene le miraba con ojos acuosos. Cuando terminó de hablar le abrazó tan fuerte que notó cómo el corazón del comisario latía con fuerza.
—Lo siento. No volveremos a hablar de Samuel —dijo Irene sin dejar de abrazarle.
—Lo siento, comisario.
—Tranquilos, chicos. Si queréis ver el expediente de Samuel, no hay ningún problema.
—Irene se separó y le agarró por el brazo—.
Me gustaría decir que le asesinaron, pero se suicidó.
Y yo ni siquiera me enteré de lo mal que lo estaba pasando mi propio compañero.
Supongo que tomó esa determinación porque estaría desbordado en su vida.
Llevo años culpándome de lo que ocurrió, de lo solo que se tuvo que sentir para querer suicidarse.
Marcos aún seguía escuchando a través del altavoz.
—Lo siento mucho, comisario. Si necesita hablarlo con alguien, aquí estamos —se ofreció Marcos desde el otro lado.
—Lo que me ayudaría es que cerráramos este caso como dios manda. Si David ha perdido su vida en la cárcel, es culpa mía. La investigación fue mediocre —se culpó.
—Tranquilo, vamos a solucionarlo —añadió Adrián.
—Vale, pues creo que lo mejor es que repartamos lo que tenemos encima de la mesa —dijo Irene centrada en aclarar el caso—. Mañana iré a hablar con Andrea, porque la primera vez fui yo con Marcos. Adrián irá a ver a Beltrán, para ver si tenemos suerte y nos aclara algo más.
—¿Solo? —preguntó Adrián angustiado.
—No, yo iré contigo —se ofreció Joaquín.
—No hace falta. Yo iré con Adrián —dijo Marcos al otro lado del teléfono.
—No, de ninguna manera —dijo Joaquín con autoridad—.
Mañana te quedas en casa con tu mujer. Necesitamos que revises las llamadas de Nuria.
Hay que comprobar si mantenía contacto con Andrea.
Quizá haya algo en el registro de visitas de David.
Puede que Nuria le dijera quién había sido el verdadero asesino o cualquier otra información.
—De acuerdo, me parece buena idea —confirmó Marcos, feliz de poder quedarse en casa con Nieves.
—Vale, pues entonces, ahora todos a comer, que es la hora. —Irene señaló la puerta del bar—. Te llamaremos con la información que saquemos mañana, ¿vale, Marcos? —Se acercó el teléfono y desactivó el altavoz.
—De acuerdo.
—Muchas gracias. A pesar de las adversidades que nos estamos encontrando, lo estás haciendo fenomenal —le agradeció la inspectora, de corazón.
—Gracias, Irene, que me hayas dado la oportunidad de quedarme en casa es un detalle muy importante para mí. Solo quiero que lo sepas —dijo con un nudo en la garganta.
—Venga, que nos ponemos sentimentales. Mañana te llamo. Dale un beso a Nieves.
—Claro.
Irene colgó y al darse la vuelta vio que Adrián y Joaquín ya habían entrado al bar para terminar de comer.
—Anda que me esperan —murmuró entre dientes.