No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 36
78%

Capítulo 36

La puerta del gimnasio se cerró tras ellos con un golpe seco.

Irene aún repasaba mentalmente las palabras de Aitor Mota, aquel testimonio que se enredaba entre lo que había visto, lo que había oído y lo que quizás había querido callar.

La inspectora levantó la vista y tropezó con la mirada de compasión que no quería encontrarse.

Joaquín se había tomado la molestia de abandonar el trabajo para ir a hablar con Irene.

Adrián sabía el motivo igual que ellos. Sin embargo, el agente sintió cierto alivio.

Ahora no tendría que ser él quien portara las malas noticias.

El comisario estaba de pie, apoyado sobre su coche, como si llevara rato esperándolos.

No llevaba prisa, tampoco el gesto serio de cuando quería regañarlos.

Sonreía con esa calma que podría ser cercana o amenazante según el momento.

Aunque en esa situación era de una gran preocupación.

Irene se tensó al instante. El eco de la conversación mantenida a primera hora de la mañana le revolvió el estómago como una ráfaga de viento lo hacía con su pelo.

—Hola, chicos, ¿qué tal el interrogatorio? —dijo sin un atisbo que dejara entrever si iba con segundas.

—Bien, vamos avanzando. Parece que todo el mundo da la misma versión… Pero no estoy segura si eso es bueno, malo o solo un rumor —resumió Irene sin ganas de hablar. Conocía el motivo de que Joaquín estuviera allí y las fuerzas le flaqueaban al recordar lo que había pasado con Tomás.

El comisario asintió con los labios apretados.

—Tengo que hablar contigo, Irene. Es importante, por eso he venido hasta aquí —la voz le temblaba. No sabía cómo abordar el tema.

—Creo que es mejor que espere en el coche —intervino Adrián, que comenzaba a encontrarse incómodo.

Irene le miró con ojos suplicantes.

—Somos compañeros. Puedes quedarte —dijo convencida.

—Es un tema personal, Irene. ¿Estás segura? —insistió Joaquín.

—Sí, es uno de los pocos amigos que tengo. —Se encogió de hombros con oscuridad en el ánimo.

—Vale. Creo que es mejor que hablemos dentro del coche. No quiero que nadie escuche esta conversación. Es confidencial y privada —incidió Joaquín mirando a Adrián, que confirmó al instante para que supieran que lo había comprendido.

Se montaron en el vehículo del comisario. Irene se sentó en el asiento del copiloto y Adrián atrás.

Joaquín cogió aire de manera sutil antes de comenzar a hablar de nuevo. Se giró en el asiento con la mano apoyada en el volante para mirar directamente a la cara a Irene.

—Supongo que sabes que Tomás no ha tardado más de cinco minutos en contar que ayer por la noche coincidió contigo en la calle, ¿verdad?

—Me lo supongo —confirmó Irene.

—Vale. Ha contado que parecías una niña pequeña asustada y que te faltó ponerte a llorar. Quiero saber la verdad, ¿fue así?

—Sí, más o menos. Creo que fue él —dijo sin preámbulos y con los ojos brillantes.

Adrián se mantenía en silencio y sin intención de intervenir en la conversación, a no ser que pidieran su opinión expresamente.

—Irene, vamos a dejar el tema de quién fue o no.

Quiero saber si estás bien. —Se calló unos segundos—.

Bueno, mejor dicho, quiero saber cuánto de mal estás.

Sé que no estás bien. He pasado por alto demasiadas cosas y la relación de cariño que nos une no me ha dejado ver la realidad de lo que está ocurriendo.

Si no eres capaz de superar el trauma, no puedes continuar en la policía hasta que te recuperes —tartamudeó en un par de ocasiones.

—Me parece bien —dijo convencida.

Los ojos de Adrián se abrieron de par en par a la misma vez que lo hizo su boca. Joaquín se cruzó de brazos.

—No es un pulso, quiero que lo tengas claro.

He hablado con Patricia y me ha dicho que es normal, pero que deberías ir a hablar con ella.

Puede que ir a ver a un psiquiatra colega suyo te venga mejor.

—Se acomodó en el asiento y se pasó la mano por la cara—.

Patricia no puede hacer más por ti. No quería que llegara este momento, Irene.

Pero no superar esto es un inconveniente. No eres apta para ser policía.

—He dicho que vale —respondió con dureza—. Puede que sea lo mejor. Tienes razón.

—¿Vas a ir a ver al psiquiatra?

Irene sonrió ante la atenta mirada de Adrián.

—Por supuesto que no. Lo que quiere es mandarme unas pastillas que me dejen medio drogada para volverme más loca aún. Si crees que necesito…, bueno, mejor dicho, si creéis que necesito ir, es vuestra opinión. Yo solo necesito saber que el culpable está preso, o muerto, que sería mejor.

Joaquín negaba, sobrepasado por la respuesta de Irene.

—¿Me quieres chantajear? —preguntó Joaquín.

Adrián pensó en intervenir y decidió en varias ocasiones que era mejor no hacerlo, pero no podía aguantar más callado.

—Comisario, creo que Irene debería dar su versión de lo ocurrido antes de continuar por el camino de desesperanza que han escogido los dos —dijo con prudencia y amabilidad.

—¿Para qué? Ellos ya han tomado la decisión por mí —dijo con desdén—.

Ha llegado un estúpido a comisaría contando lo que le da la gana y ya está.

Lo paso mal por la noche porque me siento indefensa.

Tomás me acorraló contra el coche por la fuerza.

No me dejaba irme y su mirada junto a su risa burlona más los insultos me hicieron recordar y querer escapar.

Ni tú ni Patricia habéis sido secuestrados durante semanas cuando erais niños, así que, por mucho que lo leáis en los libros, no lo habéis vivido. Y punto.

—¿Eres apta para trabajar en la policía? —preguntó insistente Joaquín.

—Por supuesto. Necesito un tiempo para hacerlo por la noche. Siempre has estado conmigo, apoyándome, no entiendo por qué ya no. —Irene aguantó las ganas de llorar.

—No es que no te apoye, Irene, la cuestión es que no avanzamos. Pensábamos que sí, pero no ha sido así.

—Yo no lo creo. Ahora he avanzado socialmente y tengo hasta amigos en la comisaría. —Miró a Adrián y le sonrió.

—¡Cierto! Somos amigos y yo la ayudaré. Me presento voluntario para las guardias nocturnas con la inspectora —dijo orgulloso.

—Hablaré con Patricia, pero tienes que ir a las sesiones y decirle la verdad. Ella piensa que puedes no ser apta para seguir trabajando. Sé que solo te pasa por la noche, pero si no lo solucionamos te acabará pasando factura en otras situaciones cotidianas —explicó Joaquín.

—¿Por qué no me dejas continuar con mi caso? Nadie va a enterarse. Necesito saber quién fue y dónde están las demás niñas. Nadie se ha preocupado por ellas. Lo haré en mis horas libres. Joaquín, por favor —suplicó Irene.

—Comisario, si ha sido un policía, tiene que pagarlo —añadió Adrián, motivado por el discurso de su compañera.

Joaquín desvió la mirada por la ventana de Irene. Se rascó la barbilla con un gesto de preocupación y culpabilidad.

—Con una condición. —Movía la cabeza sin descanso.

—La que quieras. —Irene no pudo contener la sonrisa.

—Antes de cualquier movimiento, tienes que consultármelo.

—Irene iba a hablar y Joaquín la paró, enseñándole el interior de la palma de la mano—.

Por descontado que nadie puede saberlo y que es extraoficial.

¿Lo entendéis los dos? —El comisario miró primero a Irene y, cuando asintió, verificó la respuesta afirmativa de Adrián—.

Quiero que habléis conmigo todos los días.

No hagáis nada sin que yo lo sepa, ¿vale?

—Por supuesto.

—Pero, antes de nada, quiero que cerréis este caso. Si el caso de Nuria sigue abierto, el tuyo sigue confiscado —insistió con dureza.

—Vale —dijo Irene con alegría contenida.

Joaquín levantó una ceja. Sabía que se iba a arrepentir de la decisión, pero creía que era la única opción de poder ayudarla antes de dar todo por perdido.

—Ahora, vamos a comer, y luego iremos los tres juntos a comisaría. Quiero ver cómo reacciona Tomás delante de mí.

—Irene, cállate. Es lo mejor —se adelantó Adrián antes de que contestara y dijera algo de lo que se iba a arrepentir después.

—De acuerdo, pero solo quiero que sepas que me estaba esperando para acecharme en la oscuridad.

Además, estoy convencida de que cualquier persona se sentiría insegura en una situación similar a la que me ocurrió —añadió Irene con el máximo tacto que tenía—.

Sabía cosas que solo sabría quien me secuestró.

—O quizá haya leído el expediente —matizó Joaquín—. Escúchame, si ha sido un policía de comisaría, lo sabremos. Te lo puedo asegurar —confirmó lleno de confianza.

—¿Comemos? —preguntó Adrián para cambiar de tema y que Irene no metiera la pata después de haber conseguido que Joaquín aceptara abrir el caso de manera extraoficial.

—Sí, vamos, así me ponéis al día sobre el caso Miret. A lo mejor esta vez puedo hacer algo bien —dijo con nostalgia.

Irene se quedó mirando por la ventanilla mientras el coche avanzaba, aunque apenas veía el paisaje.

No sabía si había ganado una batalla o si acababa de firmar su condena.

Joaquín había cedido, sí, pero las condiciones eran una cadena invisible para que no se excediera y solo pudiera investigar lo que él quería.

Aun así, estaba contenta porque había comprobado que no estaba sola.

Adrián estaba con ella y se lo había demostrado.

Marcos, en ese momento, no había podido estar presente, pero intuía que la apoyaría a lo largo de la investigación, aunque fuera trabajando desde casa, como en ese momento.

Al acordarse, miró el móvil por si le había escrito.

Como se tenía que quedar en casa con Nieves repasaría las visitas que había tenido David a lo largo de los años.

El caso del suicidio de Samuel no estaba cerrado e Irene no estaba dispuesta a dejarlo estar.